miércoles, 15 de octubre de 2014

Rebobinando ‘Ágora’ (y 2)



En ‘Ágora’, Amenábar se prometía dar al Cine un capítulo épico de ‘La Decadencia y Caída del Imperio Romano’, a lo Gibbon. Una gran caída pide al menos los vestigios de una grandeza todavía en pie. Esto es lo que representan, en Alejandría, el Serapeo con la Biblioteca, más el Faro, más Hipacia. Más Alejandro Amenábar.
El Faro - Mosaico s. III
(El Faro: Maravilla del Mundo, que ella como buena astrónoma debería odiar, por lo mucho que tales artefactos estorban al observador del firmamento. El director debió permitirse la humorada de hacerlo apagar las noches críticas de alguna efeméride celeste.)

La razón de la sinrazón
En Alejandría todos admiran a Hipacia, muchos la respetan, algunos la quieren. Sabia y hermosa como Minerva, ejerce su magisterio con natural empaque varonil, incluso en el vestir toga. Los testimonios convienen en que ella superaba intelectualmente a su padre Teón [1]. Nadie parece reparar en la psicosis disociativa que padece, entre la concreción mundana y la abstracción etérea. Justo cuando su consejo aquí abajo es más necesario, su mente se evade  por los Cielos de Úbeda.
Las grandes crisis vitales o políticas se resuelven para Hipacia en un hallazgo científico. La noche antes de su pasión la emplea, a solas con Aspasio su esclavo secretario, trazando en el cajón del gato, sobre la arena, elipses keplerianas. Y aunque no irrumpan los sayones, como en el Huerto de los Olivos, a prenderla en pleno sudor de sangre, se insinúa el paralelo con Jesucristo. (También con la muerte de Arquímedes.)

Pues bien, la hija filósofa y matemática preparaba a la juventud de élite, futuros cuadros de la sociedad en lo civil (Orestes) y en lo eclesiástico (Sinesio). 
¿Y cómo les forma, qué les enseña? ¿Historia, Política, Economía…? ¡Qué va! Ella a lo suyo: astrofísica y curvas. Los principios que les inculca no están sacados de ‘La República’, ‘Las Leyes’, ‘Las Éticas’ o Plutarco; ni siquiera del sentido común. Para guiarse en sociedad tan turbulenta como la alejandrina, nada como el ‘Euclides’:
«Dos cosas iguales a una tercera son iguales entres sí». Ergo, «es más lo que nos une que lo que nos separa». Ergo,  «somos hermanos, ¡somos hermanos!, ¡¡somos hermanos!!».
Todo ello referido a las personas libres. Respecto a los esclavos, la filósofa comparte el prejuicio vulgar: no son personas. El otro día  iniciaba a sus alumnos en el equilibrio cósmico; hoy toca hablar de las curvas cónicas. Mientras, en la calle, estalla de nuevo la guerra civil.
Hipacia pastorea a sus chicos como una cofradía pitagórica. Los líderes naturales son dos: Orestes el pagano y el cristiano Sinesio. Orestes es irreverente, como cuando se apropia aquello de: «Si Dios me hubieses consultado al diseñar el mundo, le habría sugerido algo más sencillo». Expresión, como se sabe, atribuida a Alfonso X el Sabio y a Federico II Barbarroja, entre otros. Sinesio le reprocha que critique la obra de nuestro Señor.
Sinesio y Orestes. Opuestos en todo, salvo en lo mucho que les asemeja y les une el principio euclidiano. Los demás alumnos,  un hatajo de borregos que sólo saben tomar apuntes, y fuera de clase caminan en grupo tras la divina Pastora. No hay más que verles las caras. Así, casi sorprende que dos de ellos hayan salido espabilados.


Desde el principio se intuye un paralelo con Jesucristo y su colegio de apóstoles. El paralelo se hará explícito al final, cuando todos abandonen a Hipacia, mientras es conducida al matadero.
«Somos hermanos». Por supuesto, esa fraternidad no se extiende al esclavo Davos, por inteligente que sea. Él solito, con cuatro palos y un ovillo de lana, ha construido un modelo del sistema de Tolomeo. La propia maestra,  admirada,  le permite hacer demostración de su chisme ante los señoritos. Luego, a una señal de ella, todos le aplauden. Y eso es todo, no vaya él a pensar… La misma ama que le llama aplicado, pronto le llamará idiota. Y es que, como ella bien dice:
«Las personas, los objetos, los esclavos...»
«No discutáis entre vosotros. Las disputas son para el vulgo y los esclavos.»
El sistema de Hipacia es estanco. Para un esclavito ambiciosillo inteligente, el cristianismo es la única salida. Su destino llevará a Davos hasta el monje Amonio, y el cristianismo le llevará a romper su lealtad al ama. He aquí el punto de inflexión, a punto de caer la Gran Biblioteca en manos de Amonio:
–Señora, tenemos que irnos.
–¿Pero dónde estabas? Coge ese saco. ¡Coge el saco! ¡¡El saco!!... ¿Es que los esclavos nunca estáis cuando se os necesita?
–Señora, yo estaba…
–¡Vamos, muévete!...  ¡¡¡IDIOTA!!!

¡Idiota, él! Tras haber destrozado un ídolo, obedeciendo a Amonio, ahora despechado hace añicos su propio modelo mecánico del Tolomeo.

Amonio y los parabolanos
En todo este musea de cera, Amonio es la única figura viviente.  Demoníaco, mefistofélico, dionisíaco; también personaje lucianesco. En ‘Ágora’ interviene ya desde la escena segunda, precisamente como el amo del Ágora de Alejandría, donde actúa como predicador espontáneo, agente provocador y charlatán de feria, blasfemando de los dioses y retando a los rivales paganos con milagros trucados, como la marcha a la brasa [3]
Amonio, ¿personaje real, o imaginario? Amonio –del dios egipción Amón– fue nombre corriente entre coptos. En la historia de Hipacia hubo un monje Amonio, que en un tumulto hirió al prefecto Orestes de una pedrada. Sometido a tormento murió y el patriarca Cirilo, enfrentado al prefecto, le declaró mártir. Pero no le busquemos en el santoral, porque su canonización política fue una pifia. A diferencia de hoy, nadie tomaba entonces en serio que tirar pedradas a la autoridad merezca la palma del martirio.  
Aquel Amonio episódico, puntual, se crece aquí en un personaje clave, ejecutado por el actor cristiano galileo Ashraf Barhom, que lo borda. Amonio es un fanático, pero no ciego ni ignorante, al contrario: Amenábar lo hace diabólico. Cada victoria cristiana le produce placer a título personal, por lo que entraña de violencia destructiva. Por eso el Amonio de ‘Ágora’ no es un apóstol sino un seductor. Por él, Davos el esclavo se hará cristiano, ingresando en las filas de los ‘parabolanos’.

He aquí otro elemento gratuito de la fábula alejandrina. Claro que hubo parabolanos (o parabalanos), un cuerpo asistencial con organización paramilitar, posiblemente bajo la regla de San Pacomio. ‘Los arriesgados’ (eso significaba su nombre), se jugaban la vida por el prójimo en epidemias y catástrofes, impartiendo ayuda mientras imponían respeto para mantener el orden. Los obispos los utilizaron como fuerza de choque, incluso en sus disputas conciliares. De su implicación en lo de Hipacia no consta.

Sinesio de Cirene

De todo el reparto de ‘Ágora’, la figura histórica peor tratada es el discípulo cristiano de Hipacia, Sinesio de Cirene. Joven escurridizo, con sus ribetes de celo fanático ya en la escuela, en el cerco al Serapeo huye de noche con los compañeros cristianos abandonando el grupo. 
Hasta aquí todo mal, pero pase. Lo inadmisible es que Sinesio se va para volver tiempo después, ya convertido en obispo y perfecto canalla. Sinesio es el títere necesario para humillar y encanallar también a Orestes. Para eso Amenábar realiza el milagro de resucitarle; porque para entonces el obispo Sinesio había fallecido, sin siquiera conocer a Cirilo como patriarca.
Aun así,  lo peor es que para un papel tan ruin se haya fijado precisamente en Sinesio, de quien consta su carácter opuesto al de la película. ¿No pudo elegir a otro? ¿no pudo, mejor, inventarlo? Para mí es la cosa más gratuita y sin razón de todo el engendro. No hay derecho.
Caza a caballo - Museo del Bardo, Túnez
Sinesio de Cirene es uno de los caracteres más simpáticos y atractivos en la literatura cristiana de la época. Nacido hacia 370, muy joven escribe su primera obra sobre el primer amor de su vida: la caza a caballo. En 394 pasa a estudiar en Alejandría. Allí conoce y trata a Hipacia, aunque no por mucho tiempo, pues en 395 visita la decaída Atenas. Tras una aventura marítima, a fines de año es diputado por sus paisanos de la Cirenaica para representarles ante la Corte de Constantinopla. Tres años de trato con la nobleza más granada, y jornada de gloria cuando pronuncia ante el emperador Arcadio un discurso sobre ‘La Realeza’.
Agitación política y un gran terremoto en la ciudad le invitan a embarcarse para su Cirenaica, que encuentra en estado de guerra. Sin embargo, saca tiempo para concluir un tratado sobre ‘La Providencia’, que alterna con la composición de himnos religiosos. A fines de 400 o principios de 401 da a luz el ‘Elogio de la Calvicie’, divertimento erudito para burlarse de la suya prematura.
A comienzos de 403 decide residir en Alejandría. Allí se casa, escribe sobre ‘Los Sueños’, le nace su primer hijo… Pero dos años después regresa a su tierra y pronto le nace un segundo hijo. Sinesio es buen vividor, apasionado del campo y la caza, la familia y los amigos, sus libros, sus caballos, su jauría. Gobierna su gran cortijo apartado de la ciudad sin escaquearse del servicio cívico. En su finca tiene también su gabinete de trabajo, donde el filósofo aficionado piensa y escribe, escribe sobre todo cartas, mientras a ratos construye relojes, clepsidras, astrolabios y otros instrumentos científicos.
¿Feliz? Todo cuanto podía serlo en un país regido por los gobernadores más incompetentes y rapaces del Imperio, en rápida sucesión. En especial, el nuevo gobernador de la Pentápolis, Cerealio, es un desastre y mla persona, que ha llevado el país a la ruina, pero sobre todo ha envalentonado a los bandidos beduinos, empezando por la tribu de los maketos (ustedes leen bien).
Cercada la ciudad de Cirene, los hidalgos rurales como Sinesio tienen sus cortijos convertidos en fortalezas, con gente armada. Nuestro filósofo y poeta sigue escribiendo con una mano, fabricando armas con la otra. Por entonces (407/408) se hace formalmente cristiano. Se corre la voz (en la Pentápolis libia todos se conocen), y sólo un año después o poco más, el pueblo de Tolemaida le solicita para obispo.
La reacción de Sinesio es de rechazo. El empleo de obispo, que él toma muy en serio, no le atrae lo más mínimo. No está dispuesto a renunciar a su mujer y familia, pero ni siquiera a sus ideas filosóficas que los cristianos comunes entienden de otro modo. Por ejemplo, la resurrección del cuerpo es para el nuevo cristiano pura alegoría. Tampoco es ortodoxa su idea del alma, amén de otros dogmas y formulismos teologales. Además, la tarea episcopal le obligaría a dejar sus aficiones y a enemistarse con personas. Decididamente no. En ese sentido mantiene correspondencia con el que sería su patriarca, Teófilo de Alejandría.
Ahora bien, para sorpresa de los espectadores de ‘Ágora’, el Teófilo real no se parecía en nada al vejete obtuso de la película, pues llegado el caso sabía transigir. De hecho no dio importancia a las objeciones de Sinesio, y una vez ablandado y convencido le cita a la metrópoli, para administrarle el bautismo seguido inmediatamente de la consagración episcopal (409/410). [4]

Eso prueba que el cristianismo de allí y de entonces tenía muy poco que ver con el que refleja Amenábar, en guerra a muerte con el pensamiento pagano. Tan cerriles no serían quienes se permitían elegir para obispo a un neófito de costumbres epicúreas y dogmas harto liberales. El hecho de haber bendecido su matrimonio el patriarca Teófilo no demuestra ni siquiera que fuese entonces catecúmeno (con ser cristiana la esposa era suficiente) [5]
La composición de himnos religiosos tampoco prueba que Sinesio fuese cristiano, entre otras cosas por el enfoque más filosófico que teológico, con no pocas ambigüedades. Cualquier neoplatónico abierto a alegorías y símbolos cristianas podría recitarlos sin problema. Y aunque parezca excesivo, hay quien piensa que el obispo Sinesio nunca fue cristiano del todo.
La estancia en su diócesis de Tolemaida fue la etapa más triste de la vida de un hombre inclinado por naturaleza al optimismo. Ante gobernadores y generales incompetentes, el obispo tenía que hacer de todo, incluso organizar la defensa e intendencia para resistir de nuevo a los bárbaros. Como Sinesio temía, su cargo le obliga a hacerse enemigos; como el gobernador Andrónico, al que tuvo que excomulgar. Y lo peor de todo, la desgracia familiar, perder a los hijos uno tras otro.
Aun así, el buen obispo saca fuerzas para escribir y pronunciar un discurso (Catástasis I), en homenaje ¡por fin! a un general joven competente y honrado, Anisio, que con un puñado de tropa de élite hace frente con éxito a los maketos y los ausurianos. También disfruta ahora el país de un gobernador, el sirio Genadio, buen economista.
Ese cambio a mejor no compensa las amarguras de dentro.  El año 413, tras perder al único hijo que le quedaba, Sinesio desaparece. ¿Se retiró a la vida monástica? Parece que tuvo intenciones al respecto, pero la opinión común es que ese mismo año murió, muy probablemente viudo. La última de sus cartas va dirigida precisamente a Hipacia, llena de afecto y añoranza, igual que otras anteriores. En ésta, ni un solo indicio de conocer los problemas de la filósofa con el patriarca Cirilo. Tampoco escribe a Cirilo, que ya era obispo desde 412 [6] Recordemos: el asesinato de la pobre filósofa tuvo lugar en marzo de 415.
Así, la cabalgata de Sinesio a Alejandría en ‘Agora’, sus intrigas untuosas ante su antigua maestra Hipacia, luego su empeño en amedrentar al condiscípulo Orestes hasta convertirle en un Pilato, mientras él mismo la abandona y condena en su condición de mujer:  ese mamarracho no es Sinesio, y su contrahechura es una de las mayores vergüenzas del filme. Para el caso, da igual una Hipacia más vieja o más joven. Sinesio, para nada. No hay derecho.



Epílogo
Quisiera olvidarme cuanto antes de una película olvidada también por el público. Con toda razón. Resulta confusa, aparte de falsa. Aburre tanto diálogo de balde, expresando lo que se ve.
En fin, un terror me asalta: ¿maquinará Amenábar un ‘Ágora-2’? No se me rían, también parecía imposible esta primera.  Pues bien, para tal evento, seamos constructivos. ¿Qué nudo ha quedado por desatar? ¿qué rabo por desollar? Davos. Muerta Hipacia, muerto Amonio, Davos se ha quedado huérfano. ¿Qué fue de él? Queremos saberlo. Mejor aún, ya lo sabemos, a falta sólo de recuperarlo para la memoria histórica de Euscalerría y para el cine.
En efecto, tras su asesinato de Hipacia, Davos huye de Alejandría. De tumbo en tumbo, por Italia y la Septimania, da con sus huesos en Iruña/Veleya. En este óppidum éuscaro-romano se establece y abre un paedagogium, que en breve alcanza cierto renombre. Davos, que ahora se hace llamar Aegidius Elysius, además de la escritura normal presabiniana imparte también rudimentos de jeroglíficos, ganando entre los alumnos el sobrenombre de Ped-Horro («Horus se explaya», en lengua egipcia). Jeróglíficos que él nunca entendió, pero que contenían todo el saber esotérico de su tierra.
Una vez aquí, por lo visto, la proverbial desidia várdulo-caristia hacia la palabra escrita se le pegó a nuestro hombre. Así fue como toda su obra literaria quedó reducida a una morralada de óstracos o tejoletas cubiertas de grafitos. Son las que trajo consigo, como reliquias, de las que usó la turba fanática para desollar a la pobre Hipacia. En algunas se repiten las cinco letras: DAVOS.
¿Aparecerá algo más? Nuestros arqueólogos trabajan en ello. Nuestros expertos exigen algo más que palabras sueltas, frases, páginas, alguna obra en eusquera, aunque sea traducida. ¿Qué tal ‘El libro de los Muertos’? Traducido del egipcio por Davos, esa sí que sería gran primicia para la lengua viva más vieja de Europa.
Termino esta elucubración uniéndome en espíritu a ‘Ágora’, como un extra más,  en una de las escena más grotescas del filme, cuando la turba arroja contra la estatua de Minerva lo que parecen tomates.


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A la atención de Navarth, sobre el ‘ped’ de ‘Ped-Horro’:


Alan Gardiner, Egyptian Grammar, 3ª ed. London, 1957, pág. 566.Roger Lambert, Léxique hyéroglyphique. P. Geuthner, 1925, pág. 260.



Créditos. Fotos de Janzur-Sabratha (Libia): Jona Lendering.




[1] De ahí a hacer a éste medio bobo va un trecho.  Pobre Michel Donsdale, qué le habrás hecho a Amenábar en tu carrera artística para que te maltrate así.
[2] El Serapis de Briaxis que presidía el Serapeo al parecer era sedente.
[3] 


Este episodio evoca el texto bíblico: «¿Puede uno caminar sobre ascuas sin quemarse los pies?» (Proverbios, 6: 28). La pregunta retórica se refiere a otro fuego: la mujer ajena. «Nadie que la toque sale ileso.» En cuanto al otro fuego, el material, la respuesta comprobada es «sí». El Horno de Babilonia respetó a Daniel y sus dos compañeros, y desde entonces no ha dejado de rendirse ante los creyentes. El padre teatino  Bonifacio Bagatta, en su enciclopedia de milagros cristianos, recoge cantidad de casos sobre el fuego que no quema a los siervos de Dios (Admiranda Orbis Christiani, lib. 2, cap. 1; edic. 1700, t. 1: pp. 61-105.) Y no solo el fuego. San Pedro anduvo sobre el agua. «Andarás sobre el áspid y el basilisco, pisarás al león con el dragón», dice el salmo.
La prueba del fuego para demostrar la verdad aparece ya en alguna historia cercana al siglo que nos ocupa, aunque en general ese rito fue más moderno, empleado como ordalía purgativa. Valga el ejemplo de Pedro Aldobrandino, llamado el Ígneo, monje de Vallombrosa, que para demostrar que el arzobispo de Florencia era un simoníaco que se  había mercado la mitra anduvo paseándose en público por una hoguera. Más tarde fue cardenal. El milagro habría ocurrido en 1063.
Más folclórico, en el lugar de San Pedro Manrique (Soria), el 23 de junio víspera de San Juan, marchan los mozos descalzos por un camino de brasas sin quemarse, esa es la costumbre; y lo hacen pisando fuerte y llevando a su moza a cuestas, ese sería el truco.





[4] Estas prisas no eran raras en casos urgentes. San Ambrosio de Milán fue consagrado obispo en 374, dentro de la misma semana de su bautismo; y lo mismo ocurrió con Nectario, patriarca de Constantinopla en 381, pocos días después de ser bautizado, «vistiendo los ornamentos episcopales encima de su túnica blanca de neófito» (cit. por Crawford, Synesius, pág. p. 41.
[5] El docto jesuita Dionisio Petau, primer editor de Sinesio allá por el siglo XVII, aseguraba tener muchas pruebas de que era cristiano viejo, aunque el buen padre no se molestó en aportar ni una sola.  
[6] El Cirilo de alguna carta  de Sinesio no tiene nada que ver con el patriarca alejandrino .

martes, 7 de octubre de 2014

Rebobinando ‘Ágora’ (1)


Ágora-lemas-1.jpg

Este verano, en ‘El Blog de Santiago González’, se desarrollaba un serial monográfico sobre ‘películas sobrevaloradas’. Yo me pedí ‘Ágora’ (2009) de Amenábar, y aunque luego no pude cumplir, tampoco quiero que las notas recogidas se pierdan del todo, por su interés al margen de la película.
En realidad ya hice mi crítica aquí mismo, nada más verla cuando se estrenó en Bilbao. ‘Ágora’ me decepcionó, después de haberme impresionado ‘Los Otros’ (2001) y haber logrado seguir con interés ‘Mar adentro’ (2004). El salto desde esta historia intimista y quieta a una producción a lo péplum parecía mortal. Mortal como fue mi aburrimiento en la butaca del cine. Tal vez esperaba demasiado, por efecto del autobombo publicitario para una película sin fuste.
«Esta es una historia real …  Cristianos, de perseguidos a perseguidores … Conflicto entre Religión y Ciencia … Hipacia, feminista y mártir ...» Por otra parte, parece que el proyecto del autor era un filme de ciencia-ficción, en mal hora cambiado por este otro de ficción histórica. Ni fu, ni fa.
Coincidía que tiempo antes anduve interesado en la misma historia que (eso creí) iba a ver plasmada en un espectáculo a lo grande. Historia de conflictos entre cristianos –más que entre éstos y un paganismo residual, sin prestigio–, y cuyo pábulo tampoco fueron anacrónicos debates entre religión y ciencia, sino personalismos clericales encastillados en ‘cuestiones bizantinas’.
Sobre técnica –escenografía, planos y ángulos, movimientos, montaje y todo eso– mi profanidad sólo puede decir que la veo a la altura del presupuesto y de un director capaz. El problema va con el guión y con la manipulación de hechos reales y otros figurados, hasta dar en una trama carcomida por la ideología. Atropellar fechas, falsificar carnets de identidad, resucitar muertos para calumniarles en lo que ni siquiera alcanzaron a vivir, anacronismos garrafales; y en fin –el peor crimen estético–, embaucar al espectador incauto y enfadar al informado: se ve que todo ello entraba en el cálculo.
Un autor tiene derecho a defender una tesis valiéndose, bien  de una historia real honestamente contada, o al contrario, de una invención o parábola:
En el primer caso (historia real), la fuerza argumental pende de la fidelidad a los hechos, sin perjuicio de tal o cual ingrediente imaginario al servicio de la estética y hasta de la retórica, pero nunca como puntal de la tesis. En el segundo (fabulación), la tesis quedará servida o no, según la consistencia interna de la fábula. Digamos que en el drama histórico la tesis fluye  de los hechos, mientras que en la fábula son los hechos los que confluyen en la tesis. Lo que no tiene pies ni cabeza es mezclar ambos géneros, refabulando la historia y rehistorificando la fábula, porque eso le quita el valor probatorio.
Para mí, ‘Ágora’ como historia es una engañifa, con el agravante de cierta confusión argumental como fábula. Porque el discurso trenza tres hilos:
1) Declive de Alejandría bajo la tiranía episcopal: primero la de Teófilo, destructor del emblemático Serapeo con la Biblioteca; luego la de su sobrino Cirilo, que en aplicación de la misoginia cristiana acaba con Hipacia.
2) Pasión y muerte de Hipacia, santa laica, heroína y mártir de la razón, la ciencia pura y la femineidad virginal, a manos de monjes rijosos y fanáticos.
3) Aventura de Davos, el esclavo de Hipacia, enamorado de su ama, que despechado se enrola en las huestes cristianas del diabólico monje Amonio, para terminar matando por amor al objeto de su amor imposible.
Tres hilos argumentales a lo largo de un par de horas. «Cordón triple mucho aguanta», dice el Eclesiastés (4:12). El cordón, sin duda. El público, depende: siempre hay una fracción más entregada o menos soñolienta. Mejor haber consultado a Horacio, que en su ‘Poética’ recomienda al autor no liarse en sus invenciones hasta olvidarse del respetable, que no va al cine a que le vuelvan tarumba.
Tiremos de los hilos. Pero sólo la puntita, porque iría para largo.
Vaya por delante que todo lo que sabemos de Hipacia por fuentes históricas primarias cabe en una cuartilla. Tan lacónico todo, tan confuso y discrepante, que desde luego excluye a esta mujer como protagonista de cualquier historia de tesis. De los historiadores Sócrates  y Filostorgio (adversos a Cirilo), más la tardía Crónica de Juan de Niciu (s. VII) y la enciclopedia bizantina llamada Suda (s. X), sólo se sacan fragmentos desdibujados de un retrato roto. La correspondencia de Sinesio, discípulo de Hipacia, tampoco dice mucho.
Un rompecabezas imposible. Pero bueno, echándole imaginación se han logrado varias reconstrucciones coherentes. Sacar de ahí una novela, una buena película sobre Hipacia, nada que objetar. Precisamente el fallo de Amenábar es no haber hecho esa buena película. ¿Por qué? Porque más allá del espectáculo, al autor le importa más su tesis, y para ello se hace trampas en el rompecabezas.
1. Hipacia y el sexo.
No hace falta repetir que la mujer descuartizada en la cuaresma de 415 en una orgía de fanáticos cristianos no era una joven. Si nació en 360 tenía 55 años, aunque probablemente andaba por los 60 pasados, bien llevados pero bien cumplidos. ‘Ágora’, siguiendo la leyenda romántica, la rejuvenece hasta casi la edad de sus alumnos, para cumplir con la erótica.
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Erótica que se revela desde el principio, en un primer plano de un pañuelo que cae. La profesora Hipacia está dando clase de cosmología, y  experimenta con la caída de graves en línea recta, en contraste con los cuerpos celestes que se mueven en círculo y no caen. «¿Por qué así?» , pregunta ella a sus dos alumnos aventajados, Orestes y Sinesio, en un barrunto de la gravitación universal. Los chicos no tienen ni idea. La profesora tampoco, pero sí una intuición voluntariosa, expresada en hacer una pelotita con el pañuelo. Y cuando parece que ya hemos pillado la noción de centro de masa gravitatoria, a la profesora de la una especie de pataleta, y presa de entusiasmo corta el rollo.
Aquí el espectador, a su vez y metido en anacronismo, se pregunta por qué no usar descaradamente una manzana, en vez de un pañuelo, acompañando incluso sobre la repisa algún busto de rasgos newtonianos, en guiño de complicidad... Pues no. Ha de ser un pañuelo. No hay más que ver el modo cómo el joven esclavo ayudante de cátedra, Davo, se apresura a levantarlo del suelo  para devolverlo a su ama. El pañuelo es un fetiche para Davo. Un fetiche encargado de revelarnos también  la idea un tanto rara de la dama sobre su propia sexualidad reprimida.
Según la referida Suda (aunque esto no le conviene a Amenábar), Hipacia tuvo marido, el también filósofo Isidoro, aunque ella «permaneció virgen». Virginidad no era exactamente castidad, era continencia filosófica, dominio de sí y del propio cuerpo. Deporte, más que virtud. Pues bien:
«Tal era su belleza, que uno de sus alumnos se enamoró de forma incontenible, y así se lo hizo sentir. Sobre este punto corrió la especie vulgar de que ella le curó de su mal por medio de la música. A decir verdad, la música nada tuvo que ver en esto. Lo que hizo Hipatia fue sacar uno de sus trapos mujeriles y arrojarle la muestra de su origen impuro: “Eso es lo que amas, jovencito, nada hermoso por cierto”. Así se sacudio al moscón, que abochornado y sorprendido a la vista de cosa tan fea recobró la cordura.»
La anécdota, realmente extraña, da para la controversia. En todo caso se refiere a una Hipacia no menopáusica. Amenábar la explota con habilidad llevando el agua a su molino. Su enamorado es Orestes, que se le declara en la Biblioteca, entre las estanterías, ante las narices de un Davos celoso. Hipacia da largas a Orestes con lo de la música. Total, que el novio sale auledo compositor, y en pleno teatro, aprovechando un entreacto, se mete por la boca hasta la campanilla un par de flautas y plañe su amor a Hipacia en una melodía cósmica. Tan cósmica, que Amenábar nos la ahorra elevándonos en viaje espacial con Google Earth, regresando justo a tiempo para el último aliento musical de Orestes, que en arras de amor dedica a la filósofa su flauta doble,  con aplauso del público.
Agora-Orestes.jpg
El primer día lectivo, Hipacia toma revancha de Orestes con otro obsequio: el pañuelo fetiche, de nuevo arrebujado en ovillo. Al abrirlo, el enamorado ve una flor roja.  Su perplejidad se trueca en asco cuando la maestra se lo explica: a diferencia de los ciclos celestes, perfectos y puros, ella como mujer está sujeta a un ciclo menstrual impuro, fuera de razón. Orestes abandona la clase, arrojando con enfado la prenda-fetiche, que Davos recoge y guarda dando gracias a Cristo. Porque se ha vuelto cristiano.
Hipacia era filósofa de la secta neoplatónica. Esto es de la mayor importancia, aunque Amenábar lo soslaye, empeñado en convertir a su heroína en una racionalista científica de una pieza. La filosofía estaba de capa caída, las escuelas se van cerrando. El neoplatonismo se defendió algo mejor, precisamente porque no seguía la razón pura, adoptando una espiritualidad aceptable para los judíos helenizados y los cristianos. Imaginar el alma humana como imagen o emanación divina, encerrada en el cuerpo como en una cárcel temporal, encajaba en la antropología judeocristiana.
Los neoplatónicos sublimaban el espíritu a expensas del cuerpo, y algunos como el maestro Plotino se avergonzaban de su corporeidad, con su fisiología, sus necesidades y apetitos. El sexo sobre todo lo miraban mal: una industria de cárceles corpóreas para enjaular almas divinas. El remedio ideal era el autocrontrol guiado por la sofrosine (templanza, sobriedad, «nada en exceso»). Sin embargo, a algunos se les iba la mano y preconizaban la total abstinencia, como los monjes y también como ciertos sectarios, los encratitas. Para refuerzo de la voluntad, como vía purificadora y en parte también como evasión, estos filósofos tan sincréticos  se daban a religiones mistéricas, como también a la teurgia, la ‘magia blanca’. Hipacia no sería excepción, pues según algunas fuentes sus asesinos la acusaron de hechicera, como se recoge en la película. Algún testimonio incluso insinúa que Hipacia, en su sincretismo teológico, comulgó con el dogma cristiano en su variante arriana. Amenábar en cambio la supone virtualmente atea.

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En ‘Ágora’, Hipacia tortura sin querer al pobre Davos, que cada día está obligado a verla desnuda saliendo del baño para ponerse en sus manos, enjugando y perfumando aquel cuerpo hermoso mientras a él le consume el deseo.
No sé de dónde ha sacado Amenábar semejante dieta de régimen para el pobre esclavo, puede que haya sido ocurrencia suya. Lo cierto es que nos ofrece un caso típico de encratismo, donde a veces se cargaba la suerte creando situaciones de riesgo, por ejemplo acostándose varón y mujer juntos para dormir o velar en continencia, como se ve en la película. A Davos no le llamaba Dios por ahí, y harto de martirio filosófico  acabará convirtiéndose en buen cristiano, hasta violar a su ama y merecer así de ella la manumisión o libertad. En todo caso, este hilo argumentario está empapado de morbo encratita.
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Los últimos momentos de Hipacia no son excepción. La Historia dice que sus asesinos la despedazaron usando tejoletas (óstraka) a modo de cuchillos, arrastrando y quemando sus despojos.
–«No os manchéis con sangre impura.»
–«¡Lapidemos a esta bruja!»
El esteta Amenábar nos ahorra el asco superfluo, pero cobrando peaje encratita. Davos se las compone para quedar a solas con la que fue su ama, ahora totalmente desnuda. ¿La poseerá de nuevo? En cierto modo sí, con virtuosismo encratita, recreando imágenes de su intimidad con ella, en un idilio amoroso mientras él la asfixia para librarla del suplicio. Finalmente el director decide que los fanáticos apedreen un cadáver.
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Teniendo en cuenta que Hipacia es la única mujer en ‘Ágora’, la representación del ‘segundo sexo’ (que decía Simona de Beauvoir) no es muy lucida. Por supuesto, tampoco los ‘eunucos por el Reino de los Cielos’ (Uta Ranke-Heinemann), los ‘parabolanos’ rijosos que la desnudan y lapidan, hacen gala de equilibro en materia de sexo.

2. Cristianismo violento: de perseguidos a perseguidores
Es todo un tópico. El Evangelio de Cristo dictó una ley de amor recíproco obligatorio y dedicó una bienaventuranza a los pacíficos. Sin embargo, de la misma boca del mismo Cristo hay frases incendiarias y proclamas bélicas. «Mi paz os dejo», sí, pero «¿pensáis que vengo en son de paz? de eso nada, a definirse tocan» (Lucas, 12: 51). No paz, sino espada, el hijo contra el padre, etc. «El Reino de Dios es para los violentos que lo toman por la fuerza» (Mateo, 11: 12). No entro en exégesis, ya que tampoco hace falta, cuando vemos que en ‘Ágora’ la violencia está repartida.
Con razón. Alejandría siempre tuvo fama de ciudad violenta. Los judíos, muy arraigados desde la fundación, y que en época Imperial representaban un tercio del vecindario, en tiempo de Trajano movieron una revuelta sangrienta con mucho destrozo (año 116). Nueva agitación se produce en la ciudad bajo Caracalla, saldada con una degollina de mozos en edad militar y cierra de la Academia de filosofía aristotélica. En tiempo de la reina Zenobia de Palmira y su guerra con Roma, Alejandría hizo una intentona de independencia, que Aureliano castigó saqueándola y destruyéndola en gran parte (270). Más grave fue la masacre y ruina ordenada por Diocleciano, a raíz de otra revuelta que costó nueve meses de asedio. En una palabra, Alejandría no aprendió rudimentos de violencia en la escuela del Cristianismo.
La nueva religión prendió fuerte en la ciudad, pero tuvo muchos mártires bajo Decio y sus sucesores. A las persecuciones externas se sumaron muy pronto luchas intestinas entre cristianos. La prepotencia cristiana en Oriente se acentúa sobre todo cuando Teodosio I (379-395) oficializa la ortodoxia y emprende la destrucción del paganismo. En esta movida, el patriarca Teófilo (385-412) fue el encargado de aplicar en Alejandría y Egipto los decretos reforzados por Teodosio II, inspirados por él mismo, mientras disputaba la supremacía eclesiástica a los otros patriarcas de Oriente, incluída la capital Constantinopla.
El pragmatismo de Teófilo le llevó a destruir templos, monumentos, estatuas, ciego para su valor material o artístico, donde él sólo veía «el pecado». Acabó con el templo de Dionisio, el célebre Serapeo y el ídolo de Serapis, obra maestra de Briaxis. Estas destrucciones fueron matando a la ciudad. Su sobrino y sucesor Cirilo, igual de pragmático, terminó de arruinarla expulsando a los judíos. En ese contexto ocurrió el asesinato de Hipacia por el populacho, a instigación del clérigo Pedro el Lector (415).
Diríase que estoy contando la película, y con ello dando la razón a Amenábar. Nada más lejos. Precisamente por su singularidad, la Alejandría de Teófilo y Cirilo no sirve como paradigma de los comportamientos típicamente cristianos. El mismo lema, «de perseguidos a perseguidores», es inexacto, ya que al cristianismo triunfante no le interesó en general hacer mártires sino quitar estorbos.
«Teófilo era un sujeto sin escrúpulos, en cuanto a los medios para sus fines». Esto no lo tomo de Bayle,  Gibbon o Voltaire. Es de monseñor Luis Duchesne, sacerdote católico y autor de una ‘Historia antigua de la Iglesia’ bien documentada. En el tomo III abunda en rasgos sobre el carácter y mañas del personaje.
Pues el sobrino Cirilo tampoco sale bien parado. En la corte de Bizancio se le conocía como ‘El Faraón’, apodo que también pudo cuadrar al tío. Para ellos, todo un elogio. Egipto –granero imperial–, por imperativo del Nilo siempre se vio en la alternativa de tener un faraón o hundirse en la miseria. El Imperio decadente no estaba en condiciones de asegurar por sí el pan y el orden, y no por casualidad fue la Iglesia de Alejandría la que se hizo cargo, como en otras partes, de la asistencia social.
No sé si Teófilo fue el populachero que en ‘Ágora’ emplaza a los ídolos mudos a que digan algo. Más le veo  como el pastor que en la misma película lee a los pobres las Bienaventuranzas mientras se les reparte un bocadillo. Iglesia popular, porque la asistencia funcionaba por todo el país, gracias a la red monástica. Todo lo discutible que se quiera, con todos sus fallos humanos, pero eficaz en Egipto gracias al sistema cuasi militar creado por san Pacomio. (Los ‘parabolanos’, muñecos del  pim-pam-pum alejandrino: hablaremos de ellos.)
¿Ordenó Teófilo la destrucción del Serapeo y la Biblioteca? Tal vez sí, tal vez no, evidencia histórica no hay. Veamos en cambio qué instalaciones y qué libros hizo quemar, según la Historia documentada.
En 399, el venerable monje Isidoro, hombre de confianza del patriarca, nombrado por él director general de beneficencia –por tanto, presunto jefe de los ‘parabolanos’–, se permite censurar el despilfarro eclesiástico en edificios y ornamentos de lujo, en detrimento de la asistencia,  y cae en desgracia. Teófilo excomulga al atrevido, un octogenario que con toda dignidad vuelve a su retiro ermitaño en el desierto de Nitria. Allí le acogen monjes de todo pelaje, simples unos, cultos otros, pero todos en desacuerdo con la gestión de Teófilo. Quien para rematar la faena, calumnió a Isidoro en su honra y le excomulgó sin juicio. Obviamente, el pueblo alejandrino acogido al pesebre estaba con Teófilo, contra Isidoro.
No fue eso todo. Teófilo consigue del prefecto augustal el destierro a Siria de los monjes partidarios de Isidoro. A uno de éstos, llamado precisamente Amonio, le abofeteó y le rodeó el cuello con el palio arzobispal como corbata para estrangularle: «¡Hereje, anatematiza a Orígenes!» Bien se ve que san Teófilo de Alejandría no andaba en sus cabales y no vale de paradigma. Pues bien: el loco Teófilo no dudó en prender fuego a las cabañas y bibliotecas de sus objetores monásticos. No sólo los judíos le estorbaban.

(Concluirá)