martes, 10 de diciembre de 2013

Insultar en Valdivielso (2)



La Sala de Hijosdalgo. Chancillería de Valladolid

Cuadro  I. Ser, o no ser
Pues, Señor, érase que se era uno que se decía hidalgo, vecino del barrio de Tejada, en La Puente de Valdivielso. Llamábase Juan de Tejada, qué casualidad, pues era hijo de Juan (García) del Olmo y nieto de Pedro García del Olmo, difuntos.
Ya se sabe que en lo antiguo hubo amplia libertad y creatividad en la elección de apellidos.  A buen seguro, el primer García del Olmo en Castilla fue un García a secas, curioso de distinguirse de los García del Fresno, García del Álamo, del Moral o del Manzano, en la maraña espesa de los Garcías, a secas o a remojo. Tales retoques no suponían renegar del linaje, muy al contrario. En cambio, mutaciones radicales como la de nuestro Juan bien estaban para emigrantes aventureros, no para un vástago de tronco hidalgo en pueblo pequeño, donde hasta podía dar problemas.
Y los dio. En 1522, al hacerse un padrón del Valle para el reparto de contribuciones, el  supuesto hidalgo Tejada oyó su nombre incluído entre los pecheros de La Puente. Más aún, como garantía de pago le habían embargado ciertas prendas. Juan de Tejada, hombre maduro, con unos 30 años de casado y paterfamilias, jamás se vio en otra igual.
«¿Se puede saber qué broma es esta?» En seguida se lo explicaron. Para el Concejo, a instigación de la hermandad de labradores ‘hombres buenos’  –así se llamaba a los pecheros, como animándoles a cumplir con su deber fiscal, el Tejada era un falso hidalgo, como tantos que pululaban en Castilla;  hijo y nieto de pecheros, que si alguna vez en vida no cotizaron fue por su pobreza.
La reacción del humillado fue inmediata: el 12 de noviembre, el registro de la Sala de Hisjosdalgo de la Real Chancillería de Valladolid sellaba la entrada de un pleito de hidalguía por el pretendiente Juan de Tejada contra su concejo y el de la Merindad.

Lo primero que uno se pregunta: ¿Por qué ahora? El padre de Juan, Pedro García del Olmo, llevaba muerto más de 30 años y nunca litigó. El abuelo, Juan del Olmo, ni se recordaba: más de 40 años, 50 tal vez. Fuesen hidalgos o pecheros, ¿cómo así es que el gazapo se levanta en 1522, y no antes?
Busquemos la respusta en la situación del país, tras los sucesos de 1520-1521. Empezando por la revuelta de los Comuneros y las invasiones francesas de Navarra.
Cuando todo el mundo, nobles y plebeyos, reprochaban a Carlos de Gante por traer a España su corte de flamencos, el Condestable Íñigo Fernández de Velasco elige ser el primer ‘carlista’ de la Historia de España. Como corregente o gobernador del reino en ausencia de Carlos para ser Emperador del Sacro Imperio, él manipula el movimiento comunero hasta machacarlo en Villalar (1520-1522), mientras afrontaba las guerras de Navarra (1521).
Para gasto tan enorme, el Condestable se endeudó personalmente, es decir, agravó la presión sobre sus tributarios, incluidas las Merindades de Castilla [1]. Desde principios del siglo XVI, sus recaudadores señoriales habían suplantado a los arrendadores de rentas de la Corona, de modo que aquí decir Velasco o Fisco era lo mismo. Así, por reacción, estos territorios mal avenidos con la tiranía señorial respiraron en comunero, contra su señor el Condestable [2].
De la revuelta comunera salió don Íñigo más fuerte,  y para sus vasallos más odioso que nunca. A los impuestos ordinarios y extraordinarios por las guerras hubo que añadir (1522) un reparto de casi dos millonadas de maravedís,  en concepto de indemnización por haber quemado la tropa comunera de las Siete Merindades un arrabal de Medina del Campo [3].
Para colmo, el papa León X se muere de repente, y el 9 de enero el Espíritu Santo, como por complacer a Carlos V, se divierte llamando al cardenal Adriano de Utrecht a gozar de 20 meses de sumo pontificado. El elegido, regente de estos reinos, recibe la noticia en Vitoria, donde residía entonces el gobierno de toda España, qué cosas. Nueva movida de dinero en agasajos y preparativos de viaje. Y por último, el 2 de julio de 1522 se presenta el César don Carlos en Santander, y hay que gastar, y siempre gastar, en ofrecerle recibimiento digno [4].
Todo ello, traducido a términos fiscales, viene a decir que los encabezamientos de 1521-1522 en las Merindades fueron especialmente rigurosos. Y en el escrutinio, alguien reparó en aquel  Juan de Tejada: hijodalgo, ¿de qué?


Pleito a tres bandas
Un pleito así, planteado entre dos partes, se jugaba de hecho a tres, pues la hidalguía interesaba sobre todo a la corona. Helas aquí:


1) Juan de Tejada, demandante, representado por su procurador.
2) Un Dr. Villarroel, como procurador de sus Majestades y su fiscal en el caso [5].
3) El Concejo de Valdivielso y Junta de La Puente, autoridades, oficiales y pecheros.  

Con notable celeridad, como solía funcionar entonces la justicia, el año siguiente se veía  la causa, con la parte concejil ausente en rebeldía.
Toma la palabra –por pluma de escribano, se entiende– un personaje de muchísima cuenta, que va a ser quien nos pone al corriente del lance, de cabo a rabo. Adivinemos quién:

«Don Carlos, por la gracia de Dios, etc.  
Al nuestro Justicia Mayor e a los del nuestro consejo, Presidente e oidores de las nuestras audiencias… e cualquier o cualesquiera dellos a quien esta mi carta executoria fuere mostrada o leída… en manera que haga fe: Salud e gracia.
Sepades que pleito se trató en la nuestra Corte e Chancillería...»

¡La majestad de Carlos I de España, y ahora también Majestad Cesárea de Carlos V Emperador Germánico, echando un pregón solemne por todos sus reinos y señoríos (aquí resumidos en un simple etc. por el escribano), sobre el oscuro pleito de un oscuro vecino en la Montaña de Burgos! Pues ahí lo tenemos, tan importante era la hidalguía. Todo lo que sigue nos lo refiere el propio rey en esta carta abierta y pública, a modo de encíclica.
En su demanda, Juan de Tejada expone ser
«hombre fijo dalgo de padre e de agüelo (sic), e de solar conocido, e de vengar quinientos sueldos, según fuero e costumbre de España …»
Notable confesión. Como quien se adelante a sus acusadores, salen a relucir aquí los ‘quinientos sueldos’: reconocimiento implícito de coyunda irregular entre los padres, legitimidad dudosa del flamante hidalgo. Se habla también de un ‘solar conocido’ … ¿Pero qué solar? ¿La casucha en el barrio de Tejada, donde vivieron hacinados abuelos, hijos y nietos? ¿Y cómo se llamaba ese solar? Tejada no, desde luego. ¿El Olmo, tal vez? Estas y semejante serían las comidillas y cuchufletas del vecindario, cada vez que se mentaba el pleito.
En suma, Juan arremete contra sus contrarios, pidiendo se les condene en rebeldía, le devuelvan sus prendas, y se les obligue a respetar su «posesión, vel casy (sic)» de su libertad e hidalguía. El latinajo vel quasi (posesión, o casi) –usado un poco a troche y moche por los picapleitos antiguos–, aunque mal escrito, aquí está muy bien traído: elemental prudencia, por respeto a la Sala en una causa pendiente.
Admitida la denuncia, los Alcaldes de hijosdalgo emplazan al  Concejo y Ayuntamiento del lugar y merindad, como parte contraria. Respuesta inmediata, tajante y sin duda sabia: Obedecían con el debido acatamiento. Por lo demás, en cuanto a la cuestión de fondo, primera sorpresa:


«dijeron que ellos habían tenido e tenían a Juan de Tejada por hombre fijo dalgo notorio e conocido; e que si algunas prendas le habían mandado sacar, que se las mandarían tornar, e que non querían pleito con él sobre razón de la dicha hidalguía, ni entendían responder ni alegar más…»


Tanto jaleo para esto. Un viraje tan brusco se presta a especulación. ¿Tal vez los hombres buenos y Concejo habían tratado sólo de fastidiar? No lo creo. ¿Habien estudiado el caso y vuelto de su acuerdo? No cuela. Si desisten, sería porque alguien les sopló razones de peso, aun corriendo con las costas. Este Tejada nos está resultando tipo de cuidado. Con lo cual, sus convecinos contrarios quedaban fuera de combate.
Era el turno del fiscal-procurador real. Y con él, segunda sorpresa:
«En Nuestro nombre prosigue Don Carlos– presentó una petición de exebciones [excepciones], respondiendo a la demanda puesta por Juan de Tejada … E la negó en todo e por todo como en ella se contenía, con ánimo de la contrariar».
El alegato, realmente de fiscal, era demoledor, y por un momento el cielo se viene abajo sobre el pobre Juan. Su demanda no ha lugar, por extemporánea, «ineta» (inepta) y mal formada. Eso en cuanto al formalismo; porque lo fuerte viene ahora:
«El dicho parte contraria non era hombre fijo dalgo, como decía, antes era y es pechero, hijo e nieto de pecheros… y en tal posición estuvieron los dichos su padre e agüelo… e siempre pecharon llanamente. E si en algún tiempo se excusaron de pechar, sería por ser criados e allegados de caballeros e personas poderosas, o de iglesia o monesterio, o por tener oficio de concejo, o por mantener armas e caballo al fuero de ello, o por ser pobres e non tener de qué pechar, e non por ser fijos dalgo».


En un tercer asalto, diríase que el Dr.Villarroel busca la victoria por K. O. Ahora golpea sin piedad, sin olvidar los ‘quinientos sueldos’, de los que nadie parece acordarse:


« Lo otro, porque dicho parte contraria era adulterino e nacido de dañado ayuntamiento, y pobres… Lo otro, porque non fue a las guerras e llamamientos que eran obligado a servir, a pena de perder su libertad e fidalguía. Lo otro, porque el dicho parte contraria, e su padre e agüelo, siempre se juntaron con los ‘buenos hombres’. Lo otro, porque hubieron oficios civiles e bajos, por donde perdieron cualquier privilegio de hidalguía que tuviesen…»


He resaltado las razones del fiscal que dan alguna pista sobre la condición familiar del pretendiente. Lo veremos mejor al final de toda esta historia.
En definitiva, un fiscal que parece conocer al dedillo la vida y milagros de aquellos truhanes –padres amancebados, y encima pobres– pide carpetazo, con «perpetuo silencio» para que Juan no pueda volver con  su demanda, quedando como villano en su rincón el resto de su vida. Y para remate, pidió costas.
Pasada la tromba, como quien ha oído llover, con toda flema (siempre según Don Carlos),
«sin embargo de la dicha petición de excepciones, la parte de Juan de Tejada concluyó;  e los dichos nuestros Alcaldes e notario hubieron el pleito por concluso».
Concluso, pero no acabado. Faltaba probar las conclusiones.
Juan de Tejada designó a nueve testigos de La Puente; si bien, «por evitar prolijidad» sólo las deposiciones de cinco figuran en autos.  Todos gente mayor que declaran haber conocido al pretendiente, a su padre y abuelo. Con algún traspiés de memoria, se saca que la familia residía en el lugar al menos desde hacia 1470 y probablemente desde 1400, si no antes. Del ‘solar conocido’, ni palabra [6].
Los cinco coincidieron en que Juan de Tejada era hijo legítimo, de legítimo matrimonio entre sus padres, por «estar casado Pedro García del Olmo con Elvira García su mujer, e hacer vida maridable», igual que los abuelos Juan y María García. De los quinientos sueldos, chitón. Sin embargo, el alegato del fiscal no hacía sino recoger lo que le gente decía sin rebozo:  de «dañado, ilegítimo matrimonio», eso era Pedro. ¡Y el apellido! Porque en un tercero y definitivo documento (años después) leeremos atónitos que el padre de nuestro Tejada ni siquiera era García, sino Alonso.
Y aquí, tercera sorpresa: el Dr. Villarroel que se nos va de autos sin molestarse en probar sus terribles acusaciones. Nadie pareció extrañarse por ello, y sin más se pronunció sentencia:
«Fallamos que Juan de Tejada probó bien y cumplidamente su intención y demanda», mientras que «el procurador y fiscal de Sus Majestades no hizo probanza alguna»…  
Al pretendiente se le declara, a todos los efectos, hidalgo, hijo y nieto de hidalgos, nunca pecheros, y se le concede carta ejecutoria de hidalguía.  Se condena a sus contrarios, el procurador-fiscal y el concejo y ‘hombres buenos’ de La Puente y Merindad, «e a otros cualesquier concejos… a donde el dicho viviere e morare» a borrarles de los padrones de pecheros. Las prendas le serán devueltas, o su equivalente.
Por último, ¡y cuarta sorpresa!:
«Et por algunas razones que a ello nos mueven, non facemos condenación alguna de costas contra ninguna de las dichas partes»
«Dada e rezada fue… en la noble villa de Valladolid, en audiencia pública, a 10 días del mes de agosto deste presente año»  (1523).



Bien, aquí tenemos a nuestro hidalgo en posesión de su sentencia y carta ejecutoria. Ahí la tenemos.
La sentencia, no nos quepa duda, fue obedecida, y los Tejada pudieron ufanarse de ser respetados. En sus derechos, y por la espada que llevaron cinto (luego lo vemos). ¿Amigos queridos también? No de todo el mundo, como parecerá en los cuadros siguientes.


Cuadro  II. El arte del insulto


Hemos vuelto a tener carta del Emperador, por la Chancillería de Valladolid. ¿Asunto? Una sola palabra: CRIMEN.
¿Qué noticias truculentas nos trae Don Carlos? Algo que sucedió en 1528, en la Puente de Valdivielso, y que en 1530 se daba por zanjado. Con la solemnidad de siempre, Su Majestad esta vez se dirige a todas y cada una de las autoridades de sus reinos… ¿para qué? Para contarles un chisme de pueblo. Porque el ‘crimen’ a eso se redujo.
«Don Carlos, etc. Al nuestro Justicia Mayor e a los del nuestro Consejo, presidentes, oidores de las nuestras audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa e Corte e chancillerías, e a todos los corregidores, gobernadores, alcaldes… ansí de la villa de Medina de Pumar y Merindades de Castilla Vieja, como de todas las ciudades, villas e lugares de los míos reinos e soñoríos…, a quienes esta nuestra Carta fuere mostrada, o su traslado…»


Al grano. La querella criminal se vio primero en Medina de Pomar, ante el Licenciado Palenzuela, Alcalde  Mayor de las Merindades de Castilla-Vieja [7], entre dos vecinos de La Puente: Juan de Tejada, denunciante, como padre y administrador de su hijo Pedro, y Juan López Valle, denunciado y «reacusador», como marido y padre de Juana y de María. Tanto Pedro como Juana eran menores de edad. La chica, «en posesión de doncella», como dirá su padre en el juicio. El chico, un mocito que ya lucía espada.
Según los Tejada, un día de mayo de 1528 la madre y la hija,
«pospuesto el temor de Dios nuestro Señor y en gran menosprecio de nuestra Justicia –nótese que aquí el rey Carlos se da por aludido personalmente–… estando el dicho su hjo en el de La Puente, cerca de la puente, sonrieron contra él y le pusieron en palabras, ambas a dos, e le dixeron que era un villano hijo de otro villano, e que le harían quebrar el cuerpo a palos, e no supiese cuándo, injuriando al dicho su fijo e a él, y disiendo contra ambos otras muchas e feas palabras, por las cuales él y su hijo fueron e son gravísima e atrozmente injuriados, y por ello las susodichas cayeron e incurrieron en grandes e graves penas civiles e criminales…»
Juan de Tejada pedía además «3.000 ducados en que estimó su honra». Cantidad abusiva para un hidalgo (recordemos) ‘de quinientos sueldos’; o mucho se había revalorizado esta antiquísima moneda. Si el sueldo imaginario venía a traducirse en un  ducado,  nuestro amigo multiplicaba por seis el valor legal de su honra. La verdad, no tengo claro qué significaba un sueldo para Juan, ni si computó una sola injuria o dos (a él y a su hijo), o tal vez cuatro, si salieron de dos bocas [8]. Aun así, era mucho. Dejémoslo estar, y oigamos a la otra parte.
En versión de López Valle, la cosa pasó de muy contraria manera. Fue el joven Pedro de Tejada quien –mirando tal vez con suspicacia las risillas de las mujeres, o porque llovía sobre mojado–,  
«injurió gravemente a él y a las susodichas, diciendo que su hija era ruin e hija de ruin, e que se metiese unos birlos que ahí estaban por una parte en el cuerpo, e los sacase por otra, la dicha su hija. E que le hechizaba cada noche, e le dejaba el postigo abierto para que fuese a dormir con ella. E que así como era mujer, fuera hombre, le sacara las tripas con la punta del espada. E otras palabras muy feas e injuriosas. Las cuales dichas, su mujer e su hija provocadas a ira de las palabras que les había dicho, pudieran responderle. E negaba su pena alguna».
Pero ojo, que mediaba la demanda pecuniaria. Aquí, el López Valle está de acuerdo con nosotros en que los injuriados fueron dos, y que el Tejada se propasaba:
«E puesto caso que le llamaran villano, e hijo de villano, no les injuriaban en tanto grado como lo estimaban, por tenerlos como los tenían en tal posesión. E reacusaba e reacusó al dicho por dichas palabras injuriosas contra él e su mujer e hija…»
En consecuencia, pedía al Sr. Alcalde Mayor, aparte de condenar a Pedro,  la libertad de su mujer e hija de la prisión preventiva en que se hallaban, poniendo al Pedro en su lugar, «preso e a buen reca(u)do, hasta tanto que de él fuese hecho comprimento [cumplimiento]».
Antes de conocer el fallo del juez Palenzuela, reparemos un momento en los insultos. Aparte del «sonreír contra alguien» –que en labios femeninos es música divina–, la letra de los mismos se reduce a ‘ruin’, ‘villano’, ‘sacar las tripas con la espada’... más lo que se calla.
Tengo aquí abierto un libro sobre este asunto del honor y la injuria en el siglo XVI, según el Fuero de Vizcaya, con listas exhaustivas de expresiones y acciones injuriosas, que viene a llenar unas 140 páginas, un tercio del total [8]. Sobre esta biblia del insulto vizcaino (en castellano, por supuesto), puedo jurar que los de Valdivielso no eran muy originales: ‘ruin’, ‘villano’, ‘las tripas’, todo figura en este libro.
No diré lo mismo del desahogo sexual de Pedrito de Tejada. Mozo despechado, a todas luces colado de la Mari Valle, salta a la vista. Él fantasea con que ella le embruja, le llama cada noche con hechizos mágicos, le deja abierto el postigo hacia su cama. Diga lo que quiera el padre, que su hija María «está en posisión de doncella», si lo sabrá él.

«Unos birlos que ahí estaban».
Esta obscenidad del muchacho nos revela que el juego de bolos de Puente Arenas sigue hoy, más o menos, donde estuvo hace cinco siglos, al lado del puente. 
Pero dice más.  Según el Corominas-Pascual, la primera documentación de ‘birlo’ es de 1514; o sea, nos gana sólo por 14 años, y Pedrito de Tejada es autoridad de la lengua española. Birlo, en los Proverbios de Sebastián de Horozco (1510-1580), ya tenía sentido obsceno. 
Es evidente que el joven Tejada no pensaba en la bolas o bochas del juego, sino en los bolos. Los bolos de entonces, no sé decir si descapullados o circuncisos. Un referente lexicográfico muy de tener  en cuenta.
Con todos estos datos entre manos, el licenciado Palenzuela falló… Y vaya si falló.
Pero se hace tarde, y esto se alarga. Una entrega más, y termino.

(Concluirá, s. D. q.)
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[1] «Pidió el Condestable dinero por doquier: a monasterios y a particulares y, también, 50.000 ducados –cantidad enorme para la época– al propio Rey de Portugal, con garantía de sus propios bienes». J. Fdez. de Velasco Sforza, El Condestable Don Íñigo Fernández de Velasco, Gobernador de los Reinos, y su mujer Doña María de Tovar.  Madrid, R. Acad. de la Historia, 1975, pág. 36. Aunque luego el Emperador asumió la fianza, se entiende que con ello no sacó de apuros a su fiel servidor, y menos aún a sus contribuyentes.
[2] Cfr. Rafael Sánchez Domingo, Las Merindades de Castilla Vieja y su Junta General. La Olmeda, Burgos, 1994, pág. 46. El escontento antiseñorial en las Merindades  fue explotado y azuzado por el Conde de Salvatierra, Pedro de Ayala, convertido en cabecilla comunero en Burgos por odio personal a los Velasco. Como si no bastaran los púlpitos, hasta la Providencia divina se pronunció comunera por carta. En efecto, una de aquellas epístolas ‘caídas del cielo’ apareció en Valdivielso, clavada al tronco de un moral. El panfleto hacía propaganda de las Comunidades, y prometía el favor de Dios al pueblo en lucha contra «los lobos robadores… los tiranos caballeros»; ibíd., pág. 47.
[3] Sánchez Domingo, o. cit., págs. 48-49.
[4] Aquella década de los 30 marcó el origen de la censalidad civil española moderna, con el Censo de Pecheros de Carlos I (1528). Edic. del INE, Madrid, 2008, 2 tomos, 928 págs. (con facsimil). La elevada proporción de agravios estimados es significativa, y justifica la presión social del pechero para hacerse con una ejecutoria de hidalguía por los medios que fuese.
[5] «Sus Majestades» era un detalle para con Dª Juana ‘la Loca’, incapacitada, suplantada y éncerrada en Tordesillas por su hijo Carlos.
[6] En atención a mis convecinos de Valdivielso, estos son los nombres de los testigos: Pero Hernández de Herus, Pero Fernández de Toba, Juan Alonso del Barrio, Fernand Sánchez Caballero, Juan Alonso de Hebro, Juan Alonso de Palencia, Juan de Reluego ‘el Viejo’ y Alonso Debro (o De Ebro), todos vecinos de La Puente, hidalgos y no parientes del Tejada.
[7] El Alcalde Mayor era la autoridad que más tarde, en la segunda mitad del siglo XVI, será reemplazada por la figura del Corregidor. Llevaba la dirección política y civil del distrito Merindades, así como su jurisdicción civil y criminal en primera instancia. Por esto tenía que ser un letrado. Cfr. Rafael Sánchez Domingo, “El Corregimiento de las siete merindades de Castilla-Vieja.” Cuadernos de Historia del Derecho (UCM), 1 (1994): 125-137.
[8] Sobre esto, v. José María de Francisco Olmos, El nacimiento de la moneda en Castilla. De la moneda prestada a la moneda propia. http://www.ucm.es/data/cont/docs/446-2013-08-22-13%20moneda.pdf
En tiempos de las Partidas, un maravedí de oro burgalés se cotizaba en unos 7,5 sueldos (o 90 dineros burgaleses): el doble que el maravedí de vellón, y los ‘quinientos sueldos’ de un hidalgo representaban menos de 67 maravedís (pero de oro), o 134 de vellón. En el siglo XVI de Castilla esto ya tenía poco sentido.
[9] Jacinto Martín Rodríguez, El honor y la injuria en el Fuero de Vizcaya. Bilbao, 1973.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

Insultar en Valdivielso (1)

Sainete histórico en tres Cuadros, con Prólogo y Epílogo


A Jokin Garmilla,
la Voz de Valdivielso


Prólogo

“La escena se situa …”
Puente Arenas (Burgos) se llamó también La Puente de Valdivielso [1]. Un pueblo que tuvo su razón de ser en el puente que franqueaba el Ebro a un camino cardinal de ida y vuelta:  Camino de la Lana /Camino del Pescado, entre Burgos y los puertos de la mar. Bilbao sobre todo, para la lana y el bacalao. Y es que cuando decimos ‘puente’ no nos damos cuenta de que estamos diciendo también ‘camino’ [2].
Recuérdese, estamos hablando de siglos en que no existía el trazado de La Mazorra ni, en Valdenoceda, sobre el Ebro, el fernandino Puente del Aire, obras públicas de los años 30 del siglo XIX. El camino, desde Burgos, llegaba por el páramo de Los Altos a la Ermita de Santa Isabel y Casa de la Lana, en término de El Almiñé. Allí fenecía el trajín de la Cabaña de Carreteros, y por privilegio tomaban el relevo transportistas del Valle y de otras Merindades de Castilla Vieja, desde la temible calzada y Cuesta de la Hoz, hasta la  aduana de Balmaseda, si iban a Bilbao.
Puente Arenas, La Puente, todavía hoy sigue siendo un pueblo interesante, por naturaleza y arte, en el conjunto espectacular del Valle de Valdivielso.
Valdivielso –o Valdivieso, como también se decía– tuvo su discreto Siglo de Plata, más o menos desde entrado el siglo XVI al XVIII, en que se gasta aquí mucho dinero. Plata americana, amasada por oriundos ausentes, y gasto suntuario que enriqueció las iglesias, levantó casonas, labró blasones y pintó víctores. La población llana no mejoró con eso su condición, aunque donde hay se nota, sin contar el beneficio de fundaciones y obras pías [3]
Sin embargo, ya antes de aquello, la parte norte o ‘Valle Arriba’ había conocido otra  bonanza más discreta, por la trajinería: general, vino, pescado fresco y seco, pero sobre todo la lana.

Valdenoceda: Torre velasca e Iglesia de San Miguel
Si se compara el lugar de Puente Arenas con sus vecinos en torno –Valdenoceda, Quintana, El Almiñé, o la capital de merindad, Quecedo, una diferencia salta a la vista: siendo como era La Puente paso estratégico sobre el Ebro, no tiene ni al parecer tuvo torre defensiva medieval. Paso que, por otra parte, lleva aneja cierta toponimia que los expertos han relacionado con un núcleo de población judía [4]. Por lo visto, no hubo aquí en la Edad Media ninguna familia sobresaliente entre sus pares, en una población de labradores e hidalgos de escaso o medio pelo. Sólo muy avanzado el siglo XV esta pequeña sociedad, poquito a poco, se despereza y aspira a más [5].


Judíos a las Merindades
En el negocio de la lana participan desde la Edad Media los judíos, que también entendieron de aduanas, impuestos y banca, bajo protección real y señorial. Esto generó reacciones antisemitas esporádicas, con violencias y expulsiones, más una hostilidad sorda que obligó a muchas familias judías desprotegidas a desplazarse.
Un foco singular de antisemitismo fue Vizcaya –en el sentido amplio que este término tenía entonces–, empobrecida por guerra banderiza crónica , donde el judío acabó siendo chivo expiatorio. A esto se sumaba la aspiración de los vizcaínos a la nobleza o hidalguía universal, que según su pretendido ‘fuero’, implicaba la segregación de moros y judíos como razas manchadas, un peligro para la limpieza de su sangre. Y en tercer lugar, la emergencia de una clase vasca preparada en oficios de secretaría y contabilidad, competidora del lobby judío en este terreno.
Total, que muchos judíos, ya incómodos en el País Vasco, tuvieron que emigrar, y no pocos de Valmaseda lo hicieron por la vía del Cadagua arriba. Esta ascensión por el camino del negocio de la lana, bajo la protección de la Casa de Velasco, dio cierto auge a la aljama de Medina de Pomar y sus dependencias, concretamente la judería de Valdivielso, donde también hubo familias afiliadas a la aljama de Oña, con el Abad de San Salvador como protector. Abades y Velascos, sin forzar conversiones, las amparaban, incluso apadrinando a conversos.
En Valdivielso, los nuevos inmigrantes encuentran un fenómeno que les resulta familiar: una aspiración creciente a la hidalguía, que en algunos lugares era muy mayoritaria. Por ejemplo, en Valdenoceda (1506), un censo completo que tengo delante  registra 58 encabezados: 44 (76 %) hidalgos y 14 (24 %) labradores o pecheros.
La afición a ennoblecerse fue común entre conversos y criptojudíos, una vez consumada la expulsión. Pero incluso varias décadas antes de 1492, los judíos llegados al Valle al calor de parientes suyos conversos pudieron emprender cierta asimilación social. Digo esto, porque el caso que vamos a conocer trata de un sujeto al que a priori  no me atrevo a negarle todo carácter judaico, luego vemos por qué.


Nobles hidalgos y pecheros llanos
Cosa es tan sabida como chocante, que en el Antiguo Régimen –el anterior a las Cortes de Cádiz (1812)– la sociedad se repartía en dos categorías generales: el estado noble de los hidalgos, y el llano de los pecheros. Sólo éstos pagaban pechos, es decir, las contribuciones generales, cuando ‘Hacienda no eramos todos’. Y sólo los hidalgos, aparte de pagar menos, se señalaban por un escudo de armas con su divisa.
«¿Qué pintan los blasones?», preguntaba en una de sus sátiras Juvenal [6]. En Roma, señor poeta, lo que usted diga. En Castilla pintaban, no mucho, muchísimo.
«La hidalguía era algo más que “vanidad de vanidades y apacentarse de viento”, que dijo el rey Salomón. Ser hidalgo significaba pertenecer por herencia genética a un estado social de privilegio, con acceso exclusivo a oficios y cargos de distinción, derecho al honor, exención de muchos impuestos y de ciertas penas viles, amén de otras fruslerías. Y todo eso independientemente de la situación económica del hidalgo, que podía ser francamente desesperada, por insultos de la veleidosa Fortuna, que no raras veces arrimó sus pucheros más llenos a las mesas de los pecheros más llanos». [7]
Pues la sangre de los godos,
y el linaje, y la nobleza
tan crecida,
¡por cuántas iras y modos
se sume su gran alteza
en esta vida!

Unos, por poco valer,
¡por cuán bajos y abatidos
que los tienen!
Otros, que por no tener,
en oficios no debidos
se mantienen


Pues si tan bien lo dijo en sus Coplas Jorge Manrique, más clara estuvo en su prosa la abuela de Sancho Panza:
«Dos linajes solos hay en el mundo (como decía una agüela mía), que son el tener y el no tener» [8]
¿Qué era la hidalguía? Nuestra época vulgar a menudo la confunde con nobleza. Pues no. Don Alfonso el Sabio en la Partida II define: «Hidalguía es la nobleza que viene a los hombres por linaje». Era, pues, un caso particular de nobleza: la de sangre, por el padre y la madre desde los bisabuelos por lo menos, aunque sólo la transmitía el varón.
Un pechero o villano podía ser ennoblecido por el monarca, en atención a algún mérito o servicio especial. Era uno de los pocos casos de permeabilidad ascendente entre clases. Descender era más fácil. El hidalgo podía dejar su estado, si eso le traía cuenta; y la mujer hidalga lo perdía casándose con villano.
Hidalgo era contracción de hijo dalgo: ‘hijo de algo’, no tanto por el caudal, sino por ejecutoria, como hijo de sus propias obras y de las paternas. Y al igual que en los otros nobles, también entre hidalgos hubo categorías o clases. Una de ellas, el hidalgo  de vengar  quinientos sueldos: hijo de hidalgo con su barragana, al que el padre confiere esa calidad añadiendo a la filiación dicha suma. Si alguien se permitía insultar o de otro modo ofender a uno de esos hidalgos –por ejemplo, llamándole villano ruin, o mentándole a la madre concubinaria y tal vez villana, el ofendido tenía derecho a reparación, devengando quinientos sueldos por la ofensa. En efecto, otra nota del hidalgo fue el pundonor. Una sensibilidad resarcible con dinero, mejor que con sangre, máxime cuando el reto era imposible, como en las ofensas recibidas de villano, clérigo o mujer.
Tomemos buena nota, porque el hidalgo de nuestra historia, Juan de Tejada, va a ser precisamente de los de quinientos sueldos, y sus ofensoras visten sayas.
Los documentos inéditos que manejo le hacen vecino de un barrio llamado de Tejada. Es evidente la relación con el antiguo priorato benedictino o Granja de Tejada –una propiedad de la Abadía de Oña–, en término de Puente Arenas, aunque como tal barrio del pueblo, el nombre se ha perdido.
Decir Tejada evoca hoy a San Pedro de Tejada, esa joya románica, meca de turistas junto con su gemela, San Nicolás de El Almiñé. Nuestro Juan pudo incluso ser bautizado allí mismo. Pero no le imaginemos presumiendo de arte, pues ya antes de 1500 el estilo que llamamos románico se tenía por bárbaro y obsoleto. Devoción sí, al Apóstol en España; y de hecho, Juan a su primogénito que conoceremos le llamó Pedro.
Por otra parte, el priorato de Tejada, dedicado a la industria porcina tanto como a los pleitos, no estuvo lo que se dice en buena relación con el clero y pueblo de La Puente, congregado ante la iglesia de Santa María. Los cerditos de aquella religiosa granja, sueltos y lustrosos por La Desa o Dehesa del Val, más la corta y tala de encina por los frailes, motivaron un contencioso  secular con el vecindario de La Puente y Quecedo, resuelto finalmente por concordia en marzo de 1495. 

En suma, que como apellido, para Juan el suyo no era carta de recomendación ante el vecindario. Y sin embargo (lo veremos), ser un Tejada fue tal vez su salvación. 
Pero no reventemos el suspense.



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[1] En el Becerro de las Behetrías de Castilla, del rey Pedro I (s. XIV), figura como La Puente de Arenas, Merindad de Castilla Vieja. «Este logar es behetría, e han por señor a Garci Fernández Manrique, e son naturales della don Nuño e don Pedro e todos los de Villalobos e los Manriques, e non hay otros, que ellos sepan». V. la ed. príncipe, Santander, 1866, f. 212 vto.
[2] Puente viene de una raíz primitiva indoeuropea (*pntos), presente en el sánscrito, el griego, el anglosajón, lenguas germánicas y eslavas…, donde en todas significa camino (excuso ejemplos). Incluso en latín y en griego, existe pontus/póntos, el ponto, como  el ‘camino de la mar’, ya desde la Odisea, y según versos de Los Argonautas (4: 225-226) y la Eneida (10: 295-296), o el medieval  que cita san Isidoro (Etimologías, 1, 37, 3):
Pontum pinus arat, sulcum premit alta carina
El pino ara la mar,
la quilla de alto porte surco traza

 Fuera de eso, el latín, idioma de ingenieros,  reservó esta herencia léxica para esos puntos críticos donde un  camino se topa con algún accidente geográfico –río, ciénaga, barranco– que hay que franquear con ingenio: bien con un pontón flotante (ponto, pontonis), o mejor con un puente (pons, pontis). Los ingenieros que todavía llamamos ‘de caminos y puentes’, en Roma se llamaron pontifices (los que hacen puentes), organizados en colegio presidido por el Pontifex Maximus o Sumo Pontífice. Este significado de ‘puente’ heredaron las lenguas romances.
El latino pons es masculino, y lo mismo casi todos sus derivados medievales, con pocas excepciones. Una es el galaico-portugués (a ponte); otra, el castellano antiguo, donde fue femenino (la puente) hasta tiempos de Góngora. Desde el s. XVII, poco a poco  se hace masculino, de modo que todavía en el XVIII el primer Diccionario de la Real Academia lo daba como ambiguo. Así es femenino, o lo ha sido, en topónimos como La Puente de Valdivielso, y en apellidos derivados: De la Puente, Ruiz de la Puente etc.
[3] El aumento de población en la primera mitad del XVI queda probado en La Puente y otros pueblos del Valle por la  ampliación de la iglesia románica. Sólo la falta de dinero libro de la piqueta al resto del viejo edificio.
[4] Inocencio Cadiñanos Bardeci, Judíos y mudéjares en la provincia de Burgos. Diputación Provincial, Burgos, 2011. Del mismo: Arquitectura fortificada en la provincia de Burgos. Dip. Prov., Burgos, 1989.
[5] No confundir las torres fuertes de verdad –siglos XIII-XV (más o menos alteradas)– con las casonas o las falsas torretas renacentistas y barrocas –siglos XVI-XVII–, con representación en Puente-Arenas.
[6] Juvenal, Sátira 8, 1 ss.
[7] J. Moya, Papeles viejos de Castilla-Vieja. Villarcayo, 1993, pág. 197.
[8] Quijote, II, 20. Cfr. A. Domínguez Ortiz, Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen. Madrid, Istmo, 2ª ed. 1979, págs. 26 y sigs.