… et instar fornicantis Hierusalem,
omni transeunti divaricet pedes suos [1]
En la última entrada alguien recordó que venía buscando otra cosa, algo que yo habría prometido y no cumplido: «buscaba el ‘varicar’…». Promesa o mero propósito, quitémonos el cuidado.
Todo vino de aquel jueves 23 de agosto, cuando el ministro del Interior Jorge Fernández justificó el tercer grado otorgado por el Gobierno a un preso, con esta razón aplastante por lo estrambótica: «Hacer lo contrario hubiera sido prevaricación».
Alguien con buen acuerdo y mejor humor abrió el Diccionario:
Prevaricar.
(Del lat. praevaricāre).
1. intr. Der. Cometer el delito de prevaricación.
2. intr. Cometer cualquier otra falta menos grave en el ejercicio de un deber o función.
3. intr. coloq. desvariar (‖ decir locuras).
4. intr. desus. Hacer prevaricar.
No sé cómo andará de latines el señor ministro, para entender la etimología. Dediquemos un rato a esta curiosidad.
Varicar. El verbo latino de base es varicare: abrirse de piernas (como un compás). Es adoptar el aire y andares propios del varicus, el despatarrado o el zanquilargo. «Abrirse de piernas en exceso, estando parado es cosa fea, y al andar no digamos, roza lo obsceno», según nuestro Quintiliano [2].
Otra forma de ‘abrirse’ es salir por piernas. «Irse de un lugar, huir, salir precipitadamente», según el mismo DRAE (Abrir, 31), sea coloquial como hasta ahora, o jerga, según el Avance de la próxima edición 23ª.
En fin, varicare es también saltar una valla, como hacen los corredores o los toreros, y figuradamente también los que delinquen.
Con dicho verbo se relaciona el adjetivo varus, (pati)tuerto, sobre todo ‘zambo’, pues para el ‘estevado’ se prefiere valgus. Apodo en origen, Varo fue cognomen de romanos ilustres.
Como adverbio, varicus, ‘a horcajadas’, aparece en El Asno de Oro de Apuleyo (libro 1), en aquel pasaje tan truculento y divertido de las dos mesoneras brujas, Panthia y Méroe, que tan limpiamente y sin despertarle del sueño degüellan y desangran al pobre Sócrates, el amigo del protagonista, mientras éste despavorido se esconde bajo el catre, «cual galápago en su concha». Pero las viejas le descubren, se mofan de su terror, le retiran la improvisada cubierta protectora, y «abiertas de piernas, a horcajadas sobre mi rostro, descargan la vejiga, hasta dejarme empapado en su asquerosísima meada». Operación tan simple, al célebre humanista Beroaldo le inspiró un comentario de lo más erudito, y tan copioso como el riego en cuestión, que aquí nos ahorraremos [3].
Otra idea de la misma raíz temática es ‘torcedura’, rodeo, vericueto. Se aprecia en la palabra varix, variz (varice o várice): vena tortuosa y nudosa; con sus derivados, varicoso, varicosidad, varicocele etc. Y esta misma idea la volvemos a encontrar en el compuesto siguiente.
Prevaricar. El prefijo latino prae- implica anterioridad pero también exceso. Así en praevaricare, prevaricar, en cualquiera de las acepciones de varicare. Por alguna razón, el uso prefirió la forma deponente: praevaricor, praevaricari, andar haciendo eses, perderse en vericuetos o pegar grandes brincos. Metáfora que en la jurídico vino a significar saltarse la barrera de la legalidad, tal y como el sabio Kalikatres lo enunció de maravilla en una de sus viñetas: Dura lex, sed torerum saltare [4].
Divaricar. Otro prefijo para el mismo verbo es di-, que refuerza la idea de separación forzada. Si ya el simple varicare le parecía feo al retórico de Calahorra, divaricare ni lo menciona. Despatarrarse: eso sí que era inelegante, y de hecho se escribe muy poco, aunque se pintaba bastante, pero esto último en las paredes de los burdeles.
Por lo mismo, resulta significativo que el término se repite sobre todo en la literatura monástica, ya desde san Jerónimo, que en carta a un amigo monje no duda en aplicarlo a un contexto bíblico (Ezequiel, 16: 25), donde su propia traducción Vulgata no es tan cruda: « como la furcia Jerusalén divarica, se abre de piernas a todo el que pasa» [5]. Se ve que a los antiguos ascetas semejante porte en el sexo contrario les llamaba la atención.
Un ejemplo gráfico de divaricación mujeril lo hallamos en la leyenda de san Arelefo o Carilefo (Saint-Calais, siglo VI). Este oscuro monje o ermitaño, que jamás permitió a mujer alguna el acceso a su retiro, ya desde su entierro se hizo notar con alarde de milagros. Multitud de peregrinos acuden al reclamo, todos varones, pues parece que el santo en su testamento se reafirmó en su misoginia.
«¡A mí con ésas!» –se dijo Gunda, una mujerzuela que ya en vida de Carilefo había intentado en vano meterse hasta su alcoba– «Ésta es la mía». Y disfrazada de hombre se pierde en la multitud, pensando que podía engañar a Dios. Ilusa: ni a Dios, ni tampoco a su siervo san Carilefo. Escuchemos a Notker el Tartamudo (siglos IX-X), monje de San Galo, cómo ella misma se puso en evidencia:
«A punto de traspasar la clausura la tramposa, presa de enajenación mental, se desnuda los muslos, se abre de piernas (crura divaricare) y se pone a mostrar sus partes pudendas, llamándolas por su nombre, más una sarta de sinónimos soeces; incluso (bochorno da el decirlo) invitando a besar sus vergüenzas.»
«No se volvió estatua de sal como la mujer de Lot» –termina su relato el monje hagiógrafo–, pero su castigo, a modo de sal para condimento de sosinecios, sirvió a presentes y ausentes, incluso a los venideros, de escarmiento para no entrometerse donde no se debe.» [6]
Una forma especialmente odiosa de prevaricación era, entre los romanos, cuando el abogado, a espaldas de su cliente, se entendía con la parte contraria. Pero aún había otra peor vista, cuando el magistrado tergiversaba la ley en beneficio del reo. Por ejemplo, con autos por este tenor:
«Aunque en principio, el artículo X del Código Penal está pensado esencialmente para el caso A; sin embargo, el concepto de A no se debe interpretar tan restrictivamente que excluya toda equiparación con el caso B; o lo que viene a ser practicamente lo mismo, con el caso C. Pero además…, lo que permite entenderlo como si… En consecuencia…, siguiendo siempre la interpretación más favorable al reo.»
Así de epiqueya en epiqueya, de rebaja en rebaja, lo que en principio parecía como de caerse el pelo, al final del regateo se queda en una palmadita en el colodrillo, con un «que no te vea más por aquí, chaval».
Extraño dilema: o atropellar la ley dolosamente, o abrirse de patas.
Rara prudencia jurídica: para no prevaricar, divaricar.
Rara prudencia jurídica: para no prevaricar, divaricar.
________________________________________
[1] San Jerónimo, Epíst. 125 (al monje Rústico), 11; PL 22: 11.
[2] Quintiliano, Instrucción de Oradores, 11, 3, 125.
[3] Filippo Beroaldo. Comentarios al Asno de Oro de L. Apuleyo (Venecia, B. de Zanis, 1504, fol. 20 v.): «remoto grabattulo, varicus super faciem meam residentes vesicam exonerant, quoadme urinae spurcissimae madore perluerent».
[4] Cito de memoria, y valga de homenaje al propio ‘Kalikatres’, el humorista donostiarra Ángel Menéndez, fallecido este mismo año (12/01/2012).
[5] Jerónimo, l. cit.
[6] ‘Martirologio’ de Notkero Bálbulo (el Balbuciente o Tartamudo), al 1 de Julio; PL 131: 1114-1115.


