miércoles, 10 de agosto de 2011

Los Santos Lugares



“De facto estamos bendiciendo el proceso de castellanización del país, proceso que recordemos está muy cerca de la limpieza étnica” [1].



       Mira que han pasado días, y no se me va de la cabeza la frasecita de don Mikel Gorrotxategi, traída aquí por ‘Elefante de Guerra’.
       No es ningún comentario de foro periodístico ni carta al director. Es lo que se lee en un trabajo pretendidamente técnico, sobre ‘normativización y normalización’ de topónimos en el ámbito de competencia de Euskaltzaindia, la Academia de la Lengua Vasca. El firmante es miembro activo de la misma, secretario de una Comisión oficial para la fijación onomástica. No es, por tanto, lo descosido del artículo lo único preocupante, sino tamaña responsabilidad encomendada a un irresponsable.
       “Recordemos”. Debería ir entra comas, como inciso que es; pero vaya. Recordemos, ¿qué? Ha de ser algo de dominio común, algo que todos hemos conocido, como testigos, como pacientes, o quién sabe si como agentes de una limpieza étnica, o de algo que mucho se le parece: la castellanización del país.
       ¡Caramba con el euscal-zaino! Con razón criticaba nuestra remitente

“la profunda confianza con que el autor produce el ‘recordemos’, verbo que contiene una presuposición de existencia y de verdad… Recordar no es creer ni fabular; o recuerdas o no recuerdas, pero siempre obliga a asumir que su complemento es un hecho cierto, no admite juicio sobre él.”

       A don Mikel le traiciona el subconsciente. Late aquí una excusa no pedida, justificando su labor censora, disfrazándola de reparación de un entuerto histórico: el archifamoso genocidio de lo vasco a manos de Castilla/España.
       No se gradúa de cuerdo quien, por su misma regla, echa sobre sí la carga de probar que todo eso que afectadamente llama normativización y normalización’ –el proceso euscaldunizador, en suma–no es limpieza étnica, en palabras de presente.
       Y no venga con que hoy es distinto, porque se trata de cumplir lo emanado de un parlamento democrático. Es la mala fe del agravio inventado la que vicia una investigación nada inocente, cuya intencionalidad política ni se disimula.
       ‘Construcción nacional’, en ésas estamos. Este país no padece ningún caos toponímico. Por aquí no pasó ningún bárbaro poniéndolo todo patas arriba. La Historia ha seguido su curso normal, como en todas partes. Los barbaros han venido ahora, los tenemos encima, los inventores de identidad. Y cada loco con su tema, a unos les da por los símbolos, a otros por la fabulación histórica, o por los nombres verdaderos de las cosas. De todo tiene Euskaltzaindia, con la música esta de los topónimos, y ya vemos en qué manos pone el pandero.

       Toponimia sagrada
       La toponimia –la ciencia de los nombres de lugares– tiene su razón de ser, y hasta su estética, con otros alicientes; pero también defectos. Un mismo nombre para distintos lugares. Un mismo lugar con diferentes nombres. Y sobre todo, sobre todo, ningún nombre de lugar dice lo que más importa: dónde está.
       Este fallo ya lo notaron los geógrafos antiguos, como el gran Tolomeo, que hizo lo que pudo por situar las ciudades por distancias y por grados. Pero algo tienen los topónimos, algún embrujo o maldición que los hace evasivos, mutantes y, lo que es más paradójico, viajeros, como las islas encantadas que engañaban a los marinos.
       Hartos de perder batallas por culpa de la toponimia, los militares con muy buen acuerdo volvieron a Tolomeo, y hace mucho que fijan las posiciones por coordenadas, dejándose de topónimos, que en sus mapas sólo tienen función decorativa, mnemotécnica o literaria (para los partes de guerra).
       Además, ¿cómo se llaman realmente los lugares? Preguntemos al pastor de turno por el nombre de ese arroyo, o de aquel cerro. La respuesta más probable será un cauto, “lo llaman”, o “le dicen así, aunque también asá”. El rústico sensato sabe que los lugares no tienen un ‘verdadero nombre’. Un euscal-dumb-berri, en cambio, jamás duda: el verdadero nombre de Bilbao es Bilbo, como Vitoria no es Vitoria, es Gasteiz.
       Esta condición dogmática afecta incluso a gente con estudios, sin detenerse en los umbrales de Euskaltzaindia. Resulta que la Academia vasca ya publicó hace 32 años su primer nomenclátor toponímico. De entonces acá no ha dejado de pronunciarse en la materia, en lo que parece fijación obsesiva por ‘normalizar’ hasta el último rincón del territorio. Y bien sea porque se ha adelantado mucho en ello, o porque ha venido gente nueva más radical, el hecho es que en junio pasado aparecía en público un nuevo Euskal Herriko Udalen Izendegia (Nomenclátor de los Municipios del País Vasco / Nomenclature des Communes du Pays Basque). Entre los presentadores figuraba el Secretario de la Comisión Onomástica. El mismo caballero que tan bien se acuerda y nos invita a recordar cierta ‘limpieza étnica’.
       Entendámonos. Nadie critica que una Academia limpie, fije y dé esplendor a la lengua de su competencia. El problema surge cuando la entidad vasca –que ya en su nombre incluye el lexema zain, expresivo de guardiana o custodia– confía el trabajo a quien, como Mikel Gorrotxategi, lo ve y lo entiende como contra-limpieza, expurgo y hasta revancha de algo que jamás debió haber ocurrido.
       Porque, por otro lado, tampoco estamos ante una afición anticuaria, como se estiló en el Renacimiento y el Barroco. Anticuarios: eruditos y diletantes de antigüedades o ‘antiguallas’; palabra esta “sin el matiz peyorativo que ahora tiene”, según la autora de una bonita antología andaluza del género [2]. Tengo delante este libro, y por las muestras se ve cuán próximo a la mitología está el empeño de nuestra Academia, y a la vez cuán perversa es la intención de resucitar en clave nacionalista de hoy preocupaciones inocuas de antaño. Política era lo de entonces, por supuesto; como lo de ahora. Pero al menos aquella gente hacía cultura, literatura y divertimiento, algo muy fuera no sólo de la intención, sino del alcance de los polizontes de lo vasco.
       Anticuarios, también aquí los ha habido –Jon Juaristi los diseca en Vestigios de Babel y otros ensayos–. Epígonos románticos mucho menos cultos y más pelmazos que aquellos clásicos. Pero al menos se les debe la buena intención de instruir y deleitar, cosa totalmente ajena a los autores del enemático Izandegia.
       Y sin embargo, estos últimos tan modernos en ínfulas de filólogos, en cuanto a superstición y adanismo dan sopas con honda a aquellos eruditos. Adanismo viene de Adán, cuando desentumecido el muñeco de barro por el aliento divino, el Creador le presenta los animales del Edén para que los vaya nombrando; “y el nombre que Adán les puso, ese es su nombre”, dice el Génesis.
       Dios santo, lo que se ha especulado con esta frase, y sobre la lengua del primer humano. Vascuence tal vez, por qué no. A aquel primer nomenclátor faunístico siguieron otros, siempre con el mismo misterio primordial, etimológico, de los nombres ‘verdaderos’.
       Y en ello siguen los nuevos adanes, no sabiendo uno qué admirar más, si el empeño de los normalizadores o el papanatismo dócil de los normalizados. Tiene que ser heroico, dominando una lengua a la perfección, en vez de enriquecerla con joyas literarias, convertirla en papilla académica de nombres normativizados (¡?) y normalizados. Heroico, sí; aunque también es posible que esa restauración adamita de la Santa Euskal Herria colme la ambición intelectual de ciertas personas, máxime si es dando caña al maldito castellano.
       Porque algo de eso hay, sin entrar en los criterios más o menos científicos que sirvan de coartada en la euscaldunización.
       El otro día me fijé en la dirección de Euskaltzaindia, en el artículo de Gorrotxategi: Plaza Barria, 15, Bilbo. ‘Plaza Barria’ es la traducción correcta de Plaza Nueva. Sin embargo, como advertía sarcásticamente la citada ‘Elefante de Guerra’:

“Señor Belosticalle: me parece que es ‘Barria Emparantza’, téngalo en cuenta, no vaya a ser que diciendo ‘Plaza’ bendiga usted alguna limpieza étnica de esas para recordar.”

        Enparantza (o emparantza, icluso emparanza), otra palabreja con miga. “Se documenta en autores meridionales desde finales del s. XIX; su éxito se debe sin duda a que se vio en él un buen sustituto de plaza.” Eso es lo que dice el Gran Diccionario de Euskaltzaindia, el Orotariko Euskal Hiztegia (6: 795).
       Así que, para evitar el erderismo ‘plaza’, enparantza. ¿Sinónimos, por tanto? Pues va a ser que no. No es lo mismo plaza pública (plaza) que plaza fuerte (o enparantza); y por lo demás, tan castellano es lo uno como lo otro.
       Es como ‘combinación’. Hay combinaciones, por ejemplo, para viajar de un punto a otro; y las hay también en el atuendo femenino. Traducir éstas por gonazpikoak (enaguas, literalmente ‘sofaldas’) puede pasar, bien entendido que gona (por saya) es préstamo romance. Disparate en cambio es esconder bajo las mismas faldas las combinaciones de trenes, como en la estación de Alsasua, donde se anunciaba a viajeras y viajeros la lista de gonazpikoak o enaguas, digo, combinaciones disponibles [3]
       Pero a lo que importa; y lo que importa es que lo que se diga no recuerde al castellano, o no se note tanto el parecido. Así de simple.
       Con la misma ingenuidad o frescura traza Gorrotxategi en su artículo algunas de sus directrices ‘normativizadoras’; como ésta, y acabo:

       “Cuando la desaparición [¡?] ha sido por causas externas [sic, eufemismo por ‘limpieza étnica’] y no parece estar relacionada con la traducción… no parece una aberración traducir al euskera los nombres de nuevo cuño como La Arboleda / Zugaztieta, aunque no parece adecuado llevar este procedimiento a sus últimas consecuencias.
       En este punto conviene recordar que este es el sistema que de un modo más o menos soterrado se ha seguido en otros lugares, donde la cercanía lingüística permite que este proceder sea más discreto, puesto que no es lo mismo poner vila en lugar de villa que hiri, y es más discreto poner El Poble Espanyol que Espainiar herria.” (pág. 146).

       Con que, ya lo saben, discreción y palo al erdera. Y a disfrutar con el Nomenclátor que, a decir del Presidente de la Academia vasca, don Andrés Urrutia, es “de gran ayuda para todos aquellos profesionales que trabajan diariamente con la lengua”.
____________________
[1] Mikel Gorrotxategi. ‘Problemas de normativización y normalización de topónimos en áreas romanizadas del occidente de Euskal Herria’. Ohienart, 21 (2006): 141-147.
[2] Asunción Rallo Gruss, Libros de antigüedades de Andalucía. Sevilla, Fundación J. M. Lara, 2009.

[3] Lo contó ‘Lindo Gatito’ en El Blog de Santiago González, 2007, 14 marzo (2: 27 pm); cfr. ibíd. 2010, 23 marzo (12: 16 pm).

domingo, 31 de julio de 2011

Morir en euskera



Doña Garbiñe Petriati está que no le cabe la indignación en el cuerpo. Y eso que la comparte a medias con don Paul Bilbao. Al margen de sus sentimientos personales, es una indignación profesional, y eso es lo que nos importa, pues nuestro dinero nos cuesta.
En efecto, no se trata de ‘indignados’ a la moda, espontáneos y aficionados por amor a la indignación elevada a arte bella. Nuestra pareja, sin decir por eso que sean mercenarios, cobran. ¿Por indignarse? Claro que no, sólo cuando el guión lo pide. Lo que ocurre es que lo pide siempre; porque su profesión es de las que salen a disgusto diario. Petriati es la directora del Behatoki, el ‘Observatorio de Derechos Lingüísticos’, y con eso está todo dicho. ¿Qué otros derechos hay más insultados y conculcados en toda Euskal Herria? ¿Qué puede verse desde semejante atalaya que no sea horror?

[Hasta el nombre es infausto: behatoki, la sepultura. Ahora lo usan para decir ‘observatorio’; del verbo behatu. Pero eso es vasco-francés, porque en vizcaíno beatu siempre ha sido ‘enterrar’ (poner abajo, en la tumba), no ‘observar’.  Que tampoco iría descaminado, oiga: ‘Sepultura de los Derechos Lingüísticos’.]

En cuanto al Sr. Bilbao, su situación no es más risueña. Desde mayo de 2010 es el secretario general del Kontseilua, el ‘Consejo de los Organismos Sociales del Euskera’, y en estos quince meses no ha tenido para echar por la boca más que declaraciones biliosas. Bien quisiera él anunciarnos lo que la humanidad espera desde hace siete mil años: que por fin la lengua vasca se normaliza. Pues no. Según su Anuario de 2010, las administraciones navarra y vasca «no han avanzado en la normalización» y nuestra marcha es la del cangrejo, porque ambas han reducido sus ayudas, «con la excusa de la crisis». Hasta ahí podíamos llegar. Harto tiene la Corrupia con cebarse en nuestro empleo y bienestar, para que encima le dejen hincarnos el diente también por el euskera.
Bilbao y Petriati van de la mano. En realidad, fue él quien le cedió la dirección del ‘Observatorio/Sepultura’, una excrecencia del propio ‘Consejo’. Por eso comparten sinsabores, día tras día, sin otra compensación, ¡ay!, que el cobro de la nómina a fin de cada mes. Pan amargo, mojado en mocosas lágrimas y bilis atra.
Al rosario de atropellos a los derechos lingüísticos en un País Vasco y Navarro donde no se permite a la ciudadanía «vivir en euskera», acaba de sumarse el último, por ahora. Una Oferta Pública de Empleo (OPE)  para el Servicio Vasco de Salud (Osakidetza), que doña Garbiñe, sintiéndolo mucho,  pasará a sus servicio jurídicos, porque la puntuación del euskera pierde peso en el examen, y «vamos a analizar si judicialmente se puede hacer frente a la medida, por vulnerar los derechos lingüísticos de la ciudadanía euskaldun (sic)».
Y es que no es sólo la Policía Vasca, no es sola la Justicia Vasca –y no digamos nada de ese Comercio vasco, que se va de rositas sin pagar las multas que dictó el gobierno de Ibarretxe por no rotular y atender como es debido–. También Osakidetza, donde te curan, sí, pero a veces sólo en castellano.
 ¿Tan grave está la cosa? Peor: desesperada. Escuchando a una Petriati al borde del llanto, me pareció oírle contar no sé qué historia de un héroe de esa ciudadanía euscalduna, que lleva seis meses a las puertas de Osakidetza, esperando en vano a ser atendido en vascuence. Y esto sí que pone los pelos de punta.
Nadie venga con que hay enfermedades raras, con muy pocos especialistas  y (mala pata) ninguno vascohablante. Conocemos esos subterfugios. Seguro que esos médicos sin euskera –casi una contradictio in terminis, en este país– se colaron por la manga ancha en eso de la lengua. ¿Y cómo es que (¡en seis meses!) no se ha liberado del compromiso médico a ninguno, para que adquiera un mínimo de nivel lingüístico con que atender a quien lo exige? No estamos hablando de marroquíes ni de zíngaros. Se trata de un conciudadano, a quien se pueda tal vez dejar morir como un perro en la antesala de los servicios sanitarios. Unos servicios de competencia reconocida, salvo en lo esencial, como es el respeto al derecho lingüístico.

Comentando estas cosas con un colega nada sospechoso de anti vasquismo, saltó:
–Pero vamos a ver: para esas reclamaciones, ¿no tenemos al Ararteko? ¿Qué pinta entonces ese behatoki, y la Petriati con sus servicios jurídicos, que debe de costar todo ello un pastón?
Por supuesto que hay Ararteko, amigo mío. Pero entretenido como le tenemos con el asunto de los carteles machistas de Plencia, alguien tiene que hacerle llegar los abusos contra lo más sagrado que tenemos, que es el idioma.
Claro que hay Ararteko. ¿No hemos visto la foto de Lamarca ante una mesa de despacho con una torre babélica de carpetas? Pues demos gracias al Kontseilua y al Behatoki, que se han tomado la molestia de reunir esos miles y miles de casos de vulneración lingüística.
Ciudadanos somos muchos, cada cual hijo de sus padres, cada cual con sus preocupaciones mezquinas. Euskera en cambio sólo tenemos uno al que cuidar. Lo ideal sería un ararteco específico para esto solo. O dos, ararteca y ararteco: Garbiñe y Paul, por amor de la igualdad. Con servicios jurídicos mejor dotados, y todo lo demás que haga falta.
Obviamente, ni Paul ni Garbiñe van por ahí en sus personas detectando infracciones. Para eso nunca faltan espías, chivatos, provocadores o como se diga. Lo justo y equitativo sería remunerar a esta gente –si es que no se hace ya–, metiéndolos en nómina. Se podría crear una cohorte de esbirros, a la manera de los antiguos ‘familiares’ del Santo Oficio. Estos irían por comercios y oficinas, hospitales, juzgados, levantando atestados, denunciando infracciones; incluso provocándolas ellos mismos con astucia, que hay mucho vasco de pega.
Otro de los escándalos denunciado por el ‘Consejo’ que lidera don Paul Bilbao es el recorte presupuestario en la euscaldunización de adultos. ¡Ah! los adultos, esa que llaman «generación perdida» para el eusquera. ¡Con que perdida! Pues si no alcanza el dinero para euscaldunizarles se saca de donde sea. Por ejemplo, gravando a esos adultos con un impuesto especial. Desde que se murió Franco, tiempo han tenido de aprender. En esto de la lengua propia no tiene que haber bula para nadie, y menos para quienes, olvidando su derecho a vivir en euskera, tampoco han cumplido su deber de convertirse en interlocutores de quienes no renuncian a tal derecho.
En cuanto al héroe (¿o era heroína?) de Osakidetza, tal vez estemos a tiempo para salvarle, si sus fueros o sus huevos le consienten ser atendido por un galeno con pinganillos, como los del senador Anasagasti.
El eusquera es más que un lengua, una religión con sus santos apóstoles –como el behatu Paul o la behata Garbiñe–, doctores, confesores y vírgenes. Lo que nos faltaba, mártires. «Sangre de mártires, semilla de euscarianos», lo dijo Tertuliano. Como caiga el primero, miles le seguirán dispuestos, tras haber vivido en eusquera, a morir en eusquera. Derechitos al behatoki.
Y ustedes, Sr. Bilbao, Sra. Petriati, alegren esas caras, que da grima verles en pantalla. Bébanse el medio vaso de abajo. Y sobre todo miren a lo que importa, a ver cuánta gente con el currículo de ustedes ha escalado puestos de tamaña responsabilidad.
Sabemos que su labor es ingrata, de poco lucimiento y menor provecho social. Sabemos todo la mal que les cae el Patxi López y su camarilla de cicateros antivascos. ¿Pues qué esperaban?
Hay quien dice que esto se acaba, es posible. Razón de más para que, por favor, disimulen esas jetas y esos ceños, y no nos regañen como a malos vascos. Porque, si quieren que les diga, cada vez que les veo en ese plan, me hacen ustedes recordar tiempos pretéritos: los cuarenta años que me estuvieron regañando por mal español.
Doña Garbiñe, don Paul y demás familia: cada vez que asoman ustedes apago y me pongo a tararear sin darme cuenta la vieja canción donostiarra… Aquélla... Sí, hombre, con música del maestro Tellería… No recuerdo bien la letra, pero acababa más o menos así:

                            ¡Arriba, esquerras, a vencer,
                            que en Euskaña empieza a amanecer!



martes, 19 de julio de 2011

Cosillas de Berlanga



No es errata. El municipio de San Baudel es Casillas de Berlanga, lo sabemos. Pero aquí no se trata de eso, sino de pasar un buen rato contando cosillas sobre Berlanga de Duero. Entretenidas, sin mayor importancia.
En Berlanga dicen Yubería, con be, en vez de Yudería, la judería.  Al barrio judío hay que dirigirse en busca de María Jesús, la guía de visitas a la Colegiata, en el compás de ‘las monjas’. El convento de franciscanas concepcionistas ocupa, eso dicen, el solar que fue de la sinagoga de esta aljama, una de las principales de Soria.
La idea del convento femenino fue de los Duques de Frías y primeros Marqueses de Berlanga, fundadores también del monumento colegial (1526-1530). Su objetivo, sin perjuicio de la devoción, fue enclaustrar a su hijita doña Juliana, que les había nacido sorda, igual que otros dos hermanos.
La sordomudez era defecto que, en principio, quitaba la esperanza de hacer a la mocita abadesa, aunque también es verdad que un Tovar-Velasco y una Enríquez-Portocarrero no reparaban en ciertas minucias.
Más tarde, la misma doña Juana Enríquez traspasó a la hija a las clarisas de Medina de Pomar (Burgos); digo, si sería para tomar lecciones de habla, como sus dos hermanos, por el nuevo método de fray Pedro Ponce, benedictino en Oña. Otro día recordaré esta invención maravillosa. Hoy sólo hemos venido a que doña María Jesús nos explique la Colegiata.
No es el menor atractivo de la visita la propia dama cicerone que, como su colega en la Catedral de El Burgo, utiliza el acreditado método de recitar un texto memorizado con sonsonete.  Si el visitante hace alguna pregunta, la respuesta es en tono coloquial normal. Luego empalma el recitativo cadencioso, a veces repitiendo el último párrafo, si hubo interrupción.

Fray Tomás de Berlanga y su lagarto
 Dentro del templo, junto a la puerta, cuelga de la pared ‘el lagarto de fray Tomás’. No son raros estos ‘monstruos’ a la entrada de iglesias importantes. A veces, como el gran ‘topo’ de la catedral de León, representan el poder maligno, que de noche destruía la labor de la jornada. Pero eso aquí no nos vale, porque este ‘lagarto’ es en realidad un caimán disecado. Muy apolillado, casi irreconocible hasta hace poco, hoy tras la restauración lo identificaría incluso su donante del siglo XVI.
Fray Tomás (h. 1490-1551) es una institución viva en el lugar, donde nació y vivió retirado sus últimos años. Fraile dominico, en 1510 pasó a la isla Española (Santo Domingo) y fue todo un personaje en la política de la conquista, encargado por Carlos V de componer (en vano) la discordia entre Pizarro y Almagro, sobre límites territoriales.
Para entonces (1535), fray Tomás era obispo de Panamá y hombre muy respetado por su prudencia y vastos conocimientos, también en ciencias naturales, cosmografía y náutica. Él llevó de Canarias a América el plátano (según Fernández de Oviedo), y a cambio trajo el tomate [1].
Con todo, su figura cayó en discreto olvido, del que emerge al divulgarse los programas televisivos sobre las Islas Galápagos, tan unidas a Darwin y el Origen de las Especies. Porque en efecto, el descubridor del Archipiélago fue el dominico de Berlanga. Durante su misión a Lima, una calma chicha en combinación con las corrientes de Humboldt y el Niño le llevó a avistar islas nuevas, que fue situando y bautizando, abordando también alguna (la Floriana,  en marzo de 1535).
El descubrimiento quedó algo confuso, en parte porque las circunstancias, tal como se contaron, recordaban más o menos la leyenda de San Brandán. Fernández de Oviedo, que al parecer apreciaba a fray Tomás, aunque trata de la querella que motivó el viaje, no veo que diga palabra de aquellas islas. Finalmente la candidatura del dominico al descubrimiento queda confirmada por hallazgos documentarios recientes [2].
Mucho me place –después de lo escrito aquí sobre la Orden de Predicadores– destacar, entre muchos miembros interesantes, a este fray Tomás Martínez Gómez. Que así se llamaba, aunque también le ponen Enríquez: siempre la obsesión nobiliaria, para dar lustre a un hijo de labradores oscuros.
Nada más grato que conocer a los dominicos fuera del papel de inquisidores; al contrario, como fray Tomás y como su cofrade Bartolomé de las Casas, amparando a la población indígena frente a sus explotadores, los ‘encomenderos’. En mi opinión, con dos ventajas del berlangués frente a Las Casas:
1) todo indica que fue más ponderado y ecuánime en sus juicios; y
2) su atención a los problemas humanos no le impidió interesarse también por la Naturaleza y el desarrollo.
Fray Tomás fue ambicioso, tal vez por su sentido pragmático. Desde la Española,  unificó bajo su mando todos los conventos de su orden en América, los fundados y por fundar. Ya de obispo, se hizo con la exclusiva de ciertos impuestos y empresas que le convirtieron en hombre de negocios muy próspero, remitente de oro y recursos a su tierra para obras pías y socorro de numerosa parentela de Martíneces y Gómeces. Cosa muy esperada entonces de los tíos indianos, y admitida incluso entre religiosos, mucho más si eran obispos.
De su vista empresarial da idea bastante su proyecto de canal interoceánico de Panamá, y el abandono del mismo, calculado el enorme costo.
En 1544 tuvo el buen acuerdo de renunciar al cargo, para disfrutar un otoño dorado en su patria chica, donde mucho se le recuerda. Todo hay que decirlo: en buena parte, gracias a su ‘lagarto’.
¿Cuál fue su intención para hacerlo colocar donde lo vemos? La costumbre de mostrar rarezas se extendió mucho en el Renacimiento y el Barroco . Algunas eran a la vez que vistosas utilitarias, como las conchas enormes de tridacna usadas como benditeras.
Pero a menudo había intención moral. Más moderno que este caimán es otro valenciano, en el atrio de ‘El Patriarca. Éste animal vino vivo a poder del arzobispo san Juan de Ribera, que lo crió, y finalmente lo mandó disecar y colgar en el atrio de la capilla, “para que los fieles aprendan a guardar silencio en el lugar santo”. Por lo visto, el saurio del santo arzobispo-virrey era de pocas palabras. No sería de muchas más el de fray Tomás, si vino a Berlanga amojamado.

Milagro en Berlanga
Aunque recuerde un título de película de García Berlanga, lo que voy a contar es historia verdadera. Qué digo, contar; casi revelar, porque esto lo sabe poquísima gente, incluso en la propia Berlanga.
La Colegiata se titula de Nuestra Señora del Mercado. Que no es ningún misterio mariano, sino el mercado o feria que allí delante se celebraba cada año por la Candelaria, del 2 al 9 de febrero, con gran golpe de público.
A la feria de 1587 llegan, entre los feriantes, dos hermanos plateros de Huete (Cuenca), Pedro y Bautista Rodríguez. Algo retrasados venían, porque al Pobre Pedro por el camino le había dado una jaqueca que le tuvo tres días perdidos, sin poder  siquiera abrir el ojo derecho.
El día 9, último de la feria, que cayó en lunes, oyen misa en la colegiata. El doliente debía de parecer un jamelgo de picar toros, pues como buen jaquecoso se había encasquetado un ‘tocador’ que le tapaba el ojo y la parte dolorida.
Les habían hablado de las virtudes de un Santo Cristo nuevo, depositado en la iglesia hacía poco por su dueña, doña María Girón, mujer del Condestable y Duque de Frías don Juan Fernández de Velasco. Era una hermosa talla italiana  en marfil, de poco más de un palmo, sobre cruz de ébano.
El ‘Cristo de Lepanto’, le decían. Uno de tantos que para la ocasión bendijo el papa san Pío V. Uno de ellos se guarda en El Escorial, regalo del pontífice a Felipe II. Esto otro se lo había dado Sixto V al Duque en 1585. Y aunque pasaba (y pasa) por haber asistido a la batalla de 1571, blandido por un fraile capuchino en el fragor del combate, lo contrario era más cierto: que no estuvo allí, pues el fraile capellán no fué a Lepanto, sino a Chipre, y además se murió en el viaje. Es lo que me consta por documentos que, una vez más, pulverizan bonitas leyendas.
Este crucifijo pidió ver y tocar el migrañoso, con esperanza de curarse, pues perdido el negocio de Berlanga, todavía les quedaba la superferia de Tendilla, en la Alcarria, que se abría el 24 y duraba un mes, con mucho negocio de paños finos, joyas y plata.
El sacristán de la colegiata le mostró la imagen. Lo que después pasó entre el enfermo y el Cristo figura en un atestado expedido tres días después, a instancias de un clérigo en representación de doña María. Cuya sustancia es, que

habiendo ido el dicho Pedro Rodríguez platero a le adorar, y habiéndole adorado al dicho santo Crucifijo, y puesta la corona de él en el ojo que tenía enfermo y malo, fue nuestro Señor servido que luego al punto se le quitó la dicha enfermedad y dolencia que tenía, y totalmente quedó y está sano y bueno; y nunca más ha tenido la dicha enfermedad.
De lo qual se vio y manifestó clara y distintamente, así porque el dicho Pedro Rodríguez se quitó luego el tocador que tenía puesto en la cabeza, y abrió y cerró y pestañó el ojo, lo qual no podía hazer de antes…”

Aquella instancia tenía por objeto que el Corregidor de la villa, licenciado Garibay Zuazola, ordenase una encuesta pública en forma, “para que conste… y venga a noticia de todos el dicho milagro”. Curioso: la dueña del Santo Cristo pide tal “justicia” al juez nombrado por su marido, de quien dimana el poder señorial –simbolizado aquí por el rollo de Berlanga, el más vistoso de la provincia–.
No menos curiosa la deposición de un fray Antonio Escudero, franciscano, comisario de la bula. El cual como ‘testigo’ (sic) declara bajo juramento:

Que, el miércoles de la ceniza próximo pasado, este testigo confesó y comulgó al dicho Pedro Rodríguez, y en todo lo que le trató y comunicó en lo espiritual y temporal coligió de él ser un hombre muy honrado y buen cristiano…, y le tiene por persona que piadosamente [no] dejara de decir verdad, especialmente con juramento y en negocio tan grave como este.

El tal miércoles pasado era literalmente “ayer”, la víspera de la declaración. Ese día de penitencia, el padre Comisario bulero andaría ocupadísimo, como un feriante más en su tenderete, voceando sus bulas para que las gentes pudiesen aligerar la abstinencia cuaresmal. Los feriantes a buen seguro no escaparon al celo del religioso, que aparte de colocarles las sendas bulas les invitaría a cumplir con pascua. Los buenos plateros, producida la curación el lunes y citados a declarar, obraron sabiamente acudiendo al fraile a confesarse con él y cumplir con Pascua a cambio de la papeleta correspondiente, y de paso captarían su benevolencia comprándole bula. Fuera de eso, el fraile no conoce a su penitente de nada, y así es bien poco lo que puede ayudar.
Las versiones del enfermo curado y de otros dos testigos, con ser tan pocas, tienen el mérito de ser divergentes. Como por lo demás suele ocurrir en estos milagros un poco embarullados. Según Pedro, lo que él hizo fue pasar un rosario por la cabeza del Cristo, y al hacerlo cayó rodando por el suelo la pequeña corona de espinas, que todos buscaron y él mismo, a pesar de su jaqueca, encontró y puso en contacto con el ojo doliente, quitándose el dolor al instante. Y lo que es más extraño, nunca después acá ha sentido ninguna cosa de la dicha enfermedad”. Es decir,  en dos días y medio no le repitió la migraña. Una curación definitiva, lo que vulgarmente se dice.
Divergente es también el sacristán o ‘sagrariero’. Del incidente de la corona caída, lo que a él le importa es que volvió a su lugar en la cabeza del crucifijo, sin mayor protagonismo en la cura milagrosa, que fue obra de la imagen entera. Cada versión responde a las preocupaciones del testigo, como suele ser en estos casos.
Así, sin fiscal ni abogado del diablo ni informe pericial, el corregidor Garibay dio por concluido el expediente. No se llamó a ningún médico que dictaminase sobre el mal y la curación; y para teólogo fue suficiente el fraile bulero.
Nos quedamos con la curiosidad, o si se prefiere, con las ganas de saber si Pedro Rodríguez tenía antecedentes de jaqueca, que con tanta presteza se auto diagnosticó.
La jaqueca es una patología epileptoide, tan conocida como inciertas son sus causas, y aleatorios sus remedios. Entre estos, sin embargo, no se contempla el contacto con una corona de espinas, aunque sea la de un santo Cristo. También es sabido que los ataques remiten por sí solos, durando por lo general no más de tres días, y a veces el alivio se produce con rapidez. Fuese jaqueca “de libro”, u otra forma de cefalea seudo-jaquecosa, o en fin, alguna neuralgia facial, no entremos en ello, pues ni pone ni quita mérito al milagro.
En realidad, ni siquiera conocemos el objetivo real de la supuesta averiguación y “justicia” reclamada por la Duquesa. En plan especulativo, recordemos que en 1587 se tramaba la conquista de Inglaterra con aquella gran Armada que pasó a la Historia como ‘la Invencible. En tal ambiente de entusiasmo religioso prebélico no quedaron sin promocionarse los “Cristos de Lepanto”.
El Cristo milagroso es inútil buscarlo hoy en la Colegiata de Berlanga. Doña María Jesús nada dice de él. Con buen acuerdo, su propietario don Juan, ya viudo de doña María, sopesó el riesgo que corría una pieza tan pequeña, de materiales preciosos como el marfil y el ébano, a riesgo de dejarse la corona, y quién sabe si el bulto todo, entre dedos demasiado devotos. Berlanga se quedó sin milagro.
El Cristo lepantino, o a lo menos elefantino, vino a parar al mismo convento que la sordomuda doña Juliana. En el museo de Santa Clara de Medina podemos verlo, entre el legado artístico de don Juan Fernández de Velasco. Por cierto, sin la corona de espinas. ¿Qué habrá sido de ella?





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 [1] Gonzalo Fernández de Oviedo,  Historia general y natural de las Indias. I p., l. 8, cap. 1,  10; ed. J. Pérez de Tudela, BAE, Madrid, Atlas, 1959, 1: 248.
[2] Estrella Figueras Vallés, Fray Tomás de Berlanga. Una vida dedicada a la Fe y la Ciencia. Soria, 2010.
[3] Archivo de Sta. Clara, Medina de Pomar, sig. 01.39 (Berlanga, 12 Febrero 1587).
[4] Ibíd., Perg. 150, 6): Certificación del crucifijo (Roma, 1 Mayo 1586).