lunes, 16 de marzo de 2026

“Aquí se prevarica”

 

Del filme 'Casablanca' (1942) (Licencia CC. Uso no comercial

Si el capitán Renault, redivivo de ‘Casablanca’ y en acto de servicio, se hiciera presente en Madrid para el rodaje de ‘Moncloa’, comedia de enredo, no repetiría su humorada famosa del Rick’s: «¡Qué escándalo!, he descubierto que aquí se juega». Esta vez, en la correspondiente escena en el Psick’s –el garito desgubernativo de la España actual–, se oiría un  gangueante «aquí se pgevaguica»; pero no por su acento francés, sino al pinzarse la nariz por el hedor a caca. La parodia tampoco podría despedirse con la sugerencia de hermosa amistad entre dos corruptos vulgares, pero humanos. Aquí la escena del aeropuerto no admitiría otra resolución que una náusea general, de las de echar el mondongo con su contenido por ambos extremos. 

Sería interesante saber cuántos escritores han tenido pensamiento de novelar la historia política de la España actual, entre 2004 y el presente. Tema tentador, aunque difícil in crescendo, y ya del todo imposible para la etapa última, desde el Día Mundial de la Salud Mental de 2017 –con la firma de la resolución de declarar independiente a Cataluña–  hasta el hoy de nunca acabar los procesos de instrucción y las sorpresas cotidianas de la UCO. Imposible, porque la realidad cruda ya supera con mucho toda fantasía, y ningún editor o jurado literario pasaría por creíble un relato tan verdadero como inverosímil. Todo en ‘presunto’, obviamente, porque se trata de cine y novela, donde cualquier parecido con la realidad se queda corto. ¿Hasta cuándo?


Una cháchara intrascendental

Me lo comentaba estos días un amigo:

– Si la comparación es herramienta válida para el conocimiento y juicio de las cosas, no se puede negar que el caso de la política española más reciente es incomparable, única en Europa. Y todo porque nuestra situación presente pivota en la aventura consentida de un embustero genial.

– ¿Genial, de acuerdo, ¿pero embustero? 

«No se puede embaucar a todo el mundo todo el tiempo», lo dijo Lincoln. 

– Hombre, todo el tiempo  

– ¿Te parece poco, desde 2012, aquella tesis doctoral cum laude?  

– Lo nuestro viene de mucho antes. Y conste que el título académico de doctor por aquella tesis sigue válido. Pero, repito, dónde está el embuste. El aforismo –de Lincoln, o de quien sea– no es de aplicación. Ni el defensor de la tesis engañó a sus jueces, ni tu supuesto embustero ha engañado nunca a nadie, porque ni lo ha pretendido.  Cada vez que alguien le pone delante el espejo de  sus contradicciones, él se encoge de hombros con desdén: («Pero estos imbéciles, ¿por quién me toman?»). No es culpa suya, ni es su problema, si alguien, o algunos, o como si es todo un rebaño humano los que le siguen, porque le creen.

– Porque creen en él.

– Eso es otra cosa. Creer en un líder político no es tragarse sus bolas. Es reconocerle como tal, señalarle: «Ecce homo! Este es mi hombre, nuestro hombre, el que nos conviene. Vayamos tras él. Esa es la gente que le importa al genio político. S. s. s.: Sus seguros seguidores, a prueba de contradicciones o ‘cambios de opinión’ ¿Creyéndole de verdad? De verdad, sólo unos pocos. Haciendo como que le creen, la inmensa mayoría. Las consignas son para coreadas y votadas, nunca para razonadas ni creídas.

– ¿Dónde ves tú entonces la genialidad?

– En haber conseguido lo que nadie. Crearse de la nada una peña de adictos por puro interés personal, a cuál más incrédulo en verdades y bondades abstractas, pero todos convencidos de que su hombre tiene el carisma para llenarles el puchero de cada día y la cuenta corriente, más las propinas. Eso no está al alcance de un líder cualquiera. El secreto del genio mesiánico en política es su talento selectivo para hacerse con un colegio apostólico y un discipulado entregado, que le sirvan de intermediarios ejecutivos. Ojo con los idealistas, que esto no va de generosidad ni de sacrificio. «Nos dejaremos la piel», «pongo la mano en el fuego»…: barbaridades por el estilo, o lo de la camiseta resudada, mejor no prodigarlo. Ojito también con los espontáneos. Las ideas propias son para uno mismo, y si ese uno desea regalar alguna buena al ‘puto amo’, haga que le parezca realmente suya.

– Me vas convenciendo. El líder ideal los quiere practicantes. Lo de creyentes es cosa de ellos. 

– Bien entendido que los entusiastas, los auto convencidos  de verdad, no sean demasiados, porque tampoco es cosa de dirigir una tropa de imbéciles o pastorear un rebaño. 

– Vale. Esto en cuanto a su gente y equipo. ¿Y el resto de la militancia?

– Las militancias –a diferencia de las simpatizancias– constan de individuos ‘comprometidos’ (con el partido, se entiende) y ‘con vocación de poder’:  expresión críptica de poca utilidad, pues va desde los afanosos de servicio puro (a sus conciudadanos, a su país, a su patria), hasta los que sólo buscan un pasar (a falta de otro), o un medro respetable a la medida de su ambición. Eso no quita para usar nosotros el sentido común y entender cómo toda asociación autoritaria, basada en el clientelismo acrítico y la autocensura ‘prudente’, no resulta prometedora para el usuario por libre, el votante, que o practica por rutina, o se abstiene, o vota ‘contra’. 

– Por favor, no entremos en un laberinto que ni tú ni yo conocemos.

– De acuerdo. Yo leo con reverencia lo que dice la Constitución, sobre los partidos políticos (art. 6), sobre las Cortes Generales (art. 66.2) o sobre el Ministerio Fiscal (art. 124), sólo para contemplar el abismo que se ensancha entre  el noble espíritu de la ley y la materialización de ese espíritu, primero, en la legislación orgánica correspondiente con su reglamento remendado, y para remate, en la jurisprudencia y la forma de aplicarla. Es tremendo. Hay detalles que ni recordaba que fuesen constitucionales; por ejemplo (art. 67.2): «Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo». Toma ya, a ver cuántos osan decir, «yo oso». Y lo del Ministerio Fiscal, que no se me va de la cabeza:

Art. 124.1. El Ministerio Fiscal, sin perjuicio de las funciones encomendadas a otros órganos, tiene por misión promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante éstos la satisfacción del interés social.

Vamos, una Fiscalía a todo tren, con más humo que ‘La Generalde Keaton. No como la General de aquí, sesteante y más calmosa que un fásmido, a lo que diga el que gobierna. ¿Es eso actuar ex officio, por el interés social?

Otrosí, la separación de los poderes legislativo y judicial es imperfecta, objeto de discrepancias sobre el significado mismo de la independencia judicial, no resueltas por el T. Constitucional (sentencia 108/1986). Habet nares (tiene narices).

«A los jueces no les ha votado nadie», se oye clamar a voces populistas, incluso de timbre femenino y desde la bancada gubernamental. Como si esta fuese de elección popular directa, cuando ni siquiera lo son sus componentes ni los parlamentarios en general, elegidos en bloques partidarios.

– Esa es otra. Nuestros servidores del pueblo son tan demócratas que no se fían de la capacidad del electorado para elegir a sus mejores. Más aún, siguen utilizando una ley electoral ‘proporcional’, que ignora el principio de igualdad sentado por la Constitución. Por algo se empieza y en algo se acaba: un legislativo, si merece tal nombre ese teatro de trifulca parlamentaria, donde el esfuerzo máximo de toda una cámara se va en aplausos y apretar botones. Un legislativo, que, para el gobierno, cada vez pinta menos.

El mercado político debería regirse por la ley de la oferta y la demanda, con todas sus consecuencias. El «vota y calla, hasta la próxima» no es de recibo.Se echa en falta un contrapoder organizado, no en contrapartidos, pero sí en grupos reconocidos para promover la abstención o el voto nulo, cuando los políticos se burlan de sus electores. Eso, más la revitalización del referéndum para las decisiones irreversibles o de alcance excepcional, sería tarea propia de ese contrapoder ciudadano. No se puede ceder a la consigna-matraca de la superioridad y progresía de la izquierda, como que todo lo demás es fachismo, no política. 

– Como arbitrista, raspas el aprobado. Si alguien de las izquierdas de ahora nos ha seguido hasta aquí esta diatriba,  seguro que te tiene localizado en su fachosfera. 

– Da igual, yo no arengo: lo que me interesa es el ejercicio mental lo más distanciado posible, dentro de lo irritante y frustrante  que es el impasse político. 


Digresión: Hodiometría científica

En eso y poco más, se nos fue el encuentro. Convinimos en que los ‘cambios de parecer’ que se estilan en estas legislaturas no llevan la marca de un mentiroso serio, alguien con animus engañandi. Mucho menos, de un veleta.  Se parece más a la estrategia de un Humpty-Dumpty: «Cuando uso una palabra, ésta significa justo lo que yo elijo que signifique, ni más, ni menos.» De hecho, la palabra que más usa el sujeto como latiguillo es la única que significa siempre lo mismo, porque de su boca no significa nada: evidentemente. Compruébenlo, la primera vez que pierdan la cuenta de las veces que la repite. Incluso cuando trastabilla: «evidentemente, es evidente …». En un mundo tan avaro en evidencias, él las chorrea.

Evidentemente (aquí sí), tales mudanzas no son para engañar. Si acaso, para entretener. O para desconcertar y confundir. Incluso una misma palabra se puede deletrear como uno elija. Para la gente vulgar, como usted y yo, o Jardiel Poncela, ‘Hamor se escribe sin hache’. Es lo preceptivo. Para el genio, no. Odio, por ejemplo, se puede deletrear H-O-D-I-O, y por esta magia, un sentimiento se transmuta en algo material,  palpable, que se puede observar, contar, pesar y medir. 


– Se dice que se nos viene encima un observatorio –como los beatokis vascos– con sus aparatos de cálculo, y ese instrumento de medida llamado …, a ver si me acuerdo, llamado …

–...  misómetro, naturalmente.

– ¡Cómo!, ¿medidor de misas? No lo pillo.

– O miseómetro, si te suena mejor. Odio, en griego, es mîsos, y odiar se dice miseîn. Palabras de raíz tan odiosa (mīs, con i larga), que son de padre desconocido. Pero tan incierta la etimología, como cierto es el significado. No venga ahora el Humpty Dumpty a redefinir su hodio con todo un vocabulario de sinónimos, uno para cada día.

– Pues parece que, en el Hodiotoki, el instrumento de medida será el  hodiómetro, chisme de platino iridiado, equivalente a la enésima parte del meridiano terrestre que pasa por el C.I.S.

– Aspirando la hache... Digo, como la del Perú…

– Déjate de historias. Porque, vamos a ver: ¿el odio es delito? 

– ¿No lo es el amor? Pregúntaselo al gitano Guaracho, en ‘La Linda tapada’. Al hombre se le fue la mano con su gachí, y él se disculpa con aquello de (cantando):

          En la cárcel de Villa   –   hoy me van a encerrar,

                  pues los jueces castigan   –   el delito de amar

                  Ella fue mi tormento …

              – Calla, calla, que te puedes buscar un paquete. Esas letras son impolíticas.

  – Hay amores y amores, y con el odio pasa lo mismo. La Biblia recomiendo el ‘odio perfecto’, el que debe tenerse a los odiadores de Dios (Salmo 138: 22):

«Nonne qui oderunt te, Domine, oderam? 

Perfecto odio oderam illos, 

et inimici facti sunt mihi»  


Traduzco para ti la hermosa paráfrasis de un poeta escocés, haciendo burla de su párroco calvinista tomista: 

                  Señor, tú lo sabes: el celo me quema

en el corazón, si el blasfemo blasfema,

si trinca el borracho, si miente el fullero,

si los mozos bailan o juegan dinero.

Con odio perfecto les odio y no aguanto

          su consorcio, gracias a tu temor santo;

                 de modo y manera (los cielos testigos)

                  que tus odiadores son mis enemigos.


– Bien, ¿y cuál es el problema?

– Que el odio perfecto ya está registrado por el Espíritu Santo. Es el odio (sin hache) que el amigo de Dios profesa a los enemigos de Dios, que coinciden con los suyos propios. El autor del proyecto Hodio lo plagia, poniéndolo en boca de sus fieles, dirigiéndose éstos a su Persona como si fuese divina. Eso es hacer de la política religión, y del partido, secta. Y ya se sabe que el odium theologicum es el odio perfecto elevado a pluscuamperfecto. Como en la Inquisición, el Hodiotoki fomenta lo que se supone debería desterrar.

           

Entrando (por fin) en materia

A todo esto, el muy astuto supuesto protagonista de 'Moncloa' --comedia de enredo--ya nos tiene descolocados. Nos percatamos de estar hablando de lo que no pensábamos, olvidados del Psick’s y del aviso nuevo del capitán Renault. Volvamos al tema. 

«Aquí se prevarica», como el «aquí se juega», son modos de reclamar el corrupto su cohecho. Fuera de eso, ¿en el guión se prevarica? Evidentemente (aquí también). Pero la cuestión no es esa. Prevaricar, ¿quién, cómo y para quién. 

El éxito en la vida no consiste en ganar de vez en cuando, a favor de la suerte, con ayuda de alguna trampa. Aunque la suerte nunca está de más, Ganador (con G) es el que siempre gana, sobre seguro. Su secreto es conocer a fondo de qué va el juego, dominar la situación, y nunca olvidar la regla de oro: «Natura non vincitur nisi parendo». Si quieres ganarle a la naturaleza, obedece sus reglas (Sir Francis Bacon). Que tampoco son tan complicadas. 

Cuando el jefe de la policía de Casablanca pronunció el «aquí se juega», no estaba acusando a Rick de jugador. El aventurero sólo había montado con talento su negocio, basado en el juego, donde unos jugaban para él, mientras otros manipulaban la ruleta para que el beneficio fuese óptimo, y unos terceros se encargaban de dirimir diferencias, o distraer con el piano, si algo turbaba la paz. Bien engrasado, sin olvidar al custodio de  la Ley.

Pues en versión política, idem per idem. El nuevo Rick, su avatar aquí y ahora, tampoco prevarica. Lo que el Rick de turno necesita es saberse a fondo la Constitución, mejor dicho, su reglamento, o tener algún asesor que se lo explique  y se lo aplique, sobre todo aprovechando los resquicios legales  y puntos flacos. Por fortuna, la Carta Magna española no es como Zamora, la bien cercada, la de un sólo postigo ‘de la traición’. Es un colador generoso, y no digamos si la maneja un experto en baños turcos, de esos que abren los poros hasta que pasen camellos de joroba doblada.

Dicho así, de corrido, puede parecer que la prevaricación por cuenta ajena es arte difícil y de riesgo. Lo es, si cada cual va por libre. Si los prevaricadores serviciales se organizan y coordinan, su labor de equipo puede coronar el golpe de estado indoloro. El ideal es tenerlo todo ‘democratizado’, y bien ‘democratizado’, cada elemento operativo con su voto de calidad dirimente. No es por dar ideas, pero uno pondría una primera mirada golosa en el Tribunal Constitucional, tal como lo soñaron los padres de la Constitución española, como para una república de serafines. El de Cuentas también trae mucha cuenta. Con estos dos, más la Fiscalía General, ya tenemos constelación favorable. Pues eso.

En conclusión: Prevaricar no es difícil. Q. e. d.  

La pregunta es ahora: ¿Prevaricar es pecado mortal? Et videtur quod non.

Hace años apunté aquí unas consideraciones sobre Prevaricar, divaricar. El divertimento filológico consistía en relacionar las dos palabras, mostrando cómo una prevaricación no tiene por qué ser traumática. Todo es cuestión de divaricar: abrir de patas. Ya sabemos que el Derecho no es una ciencia exacta; si acaso, la más inexacta y gomosa, a mucha honra. Los textos legales no se miden con regla graduada, sino con compás de puntas secas, que permite una lectura estirable, dentro de una jurisprudencia prudente, valga la no redundancia. El prevaricador fino del derecho, lo que hace es divaricar el instrumento, poquito a poco, en lecturas sucesivas, estirando la ley cuanto sea preciso sin incomodar a colegas puntillosos del Supremo, si es factible, o que se fastidien. ¿Que el espíritu de la ley se evapora en la operación? Pues también Montesquieu, que se fastidie.

Un ejemplo modélico extremo es la amnistía, en que, divaricando que te divarico, compasico, abriéndole las patas poquito a poco, hasta el despatarre, lo  ilegal de ayer se convierte en lo lícito de hoy, y lo casi preceptiv de mañana. Y sin casi; como cuando cierto ministro de Interior  sostenía que negar beneficios penitenciarios a determinados condenados impenitentes era prevaricar. Y el individuo era de derechas y del PP, amén de prevaricador el mismo, no malpensemos. (Como para bajar su Cristo a los infiernos y quedarse dentro, señor ex Ministro.)

Termino ya. En nuestra supuesta comedia de enredo no figura ningún Rick imputado. A Dios gracias. Porque de ser así, el super aforado podría tal vez hacerse sobreseer, y ahí os dejo.

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