sábado, 20 de noviembre de 2010

Funeral




El 20 de noviembre de mi recuerdo es otro. El mío es el de 1941.

Por aquella fecha, el hambre y el frío habían empezado a dejarse de contemplaciones, en aquel colegio espartano donde me vi metido y donde no acababa de coger postura. Casi tres meses allí, y siempre de mal en peor. En una palabra, las pasé canutas.

Así se explica que aquel jueves me pareció redondo, porque de propina tuvimos también la mañana sin clases. Era el aniversario de José Antonio Primo de Rivera, un icono del régimen conocido entonces como el ‘Ausente-Presente’.

Desde luego, ningún chaval de mi edad archivaría en la memoria un jueves feriado por causa de un funeral. Lo que me impactó para toda la vida fue la apoyatura musical y literaria de aquel acto.

Primero fue el desfile por la calle Mayor hasta la parroquia, con la banda tocando un buen arreglo de la Marcha fúnebre de Chopin. Impresionante, para un lugarón como aquel, una villa arcaica en mitad del páramo leonés. Luego vino la misa muy bien cantada y orquestada. El responso final, con el Libera me de Perosi, estremecedor.

¿Cómo así? Pues más sencillo de lo que parece, aunque por entonces yo no lo sabía. El director de la banda municipal y alma de aquella música era un hombrecillo reservado y gafoso, que se llamaba Rodrigo A. de Santiago (1907-1985).

Era vizcaino de Baracaldo, aunque no iba diciéndolo a todo el mundo (hasta le tenían algunos por gallego); y en confianza –pero muy en confianza y con voz inaudible– podía llegar a declararse algo de izquierdas; dentro del orden, claro. Arteramente hacía correr la especie de que era un represaliado, un degradado. Y lo segundo al menos era verdad, porque dos años antes el joven Rodrigo acababa de ganar el Premio Nacional de Música.

Llevaba más o menos un año en la plaza, y se notaba: la banda ya hacía música. Algo después, el colegio le contrató para dar clases de armonía a los ‘pianistas’ algo aventajados. ¡Dios, qué pianos! Creo que fue la excusa que me di un año después para dejar la tecla, una de las estupideces de mi vida que más he lamentado. Me perdí, además de la música, el magisterio de un gran profesor y gran persona.

Era la era del gramófono. El repertorio músico de alcance no tenía nada que ver con el de hoy, incluso entre los buenos aficionados y profesionales. El criterio estético tampoco era de alto nivel.

Por entonces empezó a picar como una epidemia la himnomanía. Himnos para todo. Un efecto colateral de la cultura bélica, supongo. Un músico cortés como de Santiago no podía eludir el compromiso hímnico, pero es que a él también le iba la marcha. Hace unos años he tenido ocasión de volver por el lugar en fiestas (no al funeral de José Antonio, desde luego), y casi me emociono escuchando el mismo himno que les compuso el difunto Santiago. Sin letra, porque la original, ya discutida desde aquel estreno remoto, se había vuelto estridente y grotesca:

Seguiste en la postrer Cruzada,
epopeya de titanes,
la estela siglos ha trazada,
por tus hijos inmortales.

Consagrada ya oficialmente
al Rey inmortal de los siglos,
entonas con trova elocuente
el mejor de los tus himnos.

Gran hazaña, musicar letras así. Y así solían ser las más. La música en cambio resiste. Es pegadiza y muchos del pueblo la tararean. Es una marcha lenta, que en algunos lugares tocan en Semana Santa, sin sospechar que es el himno de un pueblo. Tiene una especie de obertura como de película de romanos, que pronto entra en vereda de pasodoble.

¿Y la parte literaria de la efeméride? Porque, como he dicho, aquel día hubo algo más que música. Pues sí, la pieza literaria fue el sermón. Y aquel sermón se me quedo fijado por su argumento. ¿Una glosa tal vez del Cara al sol? Pues no. Don Gregorio declamó y tronó desde el púlpito… ¡contra la cremación de cadáveres! Creo que fue entonces cuando tuve la primera noticia de esa práctica como un peligro social real entre nosotros, y no como una extravagancia hindú, o una antigualla de romanos. El cura era hombre práctico, y para no enredar en política, con una parroquia bastante en carne viva, nos repuso su homilía pronunciada el día de los difuntos.

Y hablando de letras. Otra figura que pasaría por allí unos años después fue ‘Cueto’, el juglar bilbaino Pío Fernández Muriedes. Antología poética de carne y hueso, más hueso que carne. Más famélico él que su juvenil auditorio (que ya es decir), actuando en el colegio se nos ‘traspuso’ dos o tres veces, por el bajísimo nivel de glucosa en su cerebro. Pero él salía del paso sin consultar jamás una chuleta, sólo gracias a su memoria y su repetorio, más alguna pastilla que se metía discretamente en la boca, con un buchecito de agua. ¡Hombre elegante! Pero hoy no toca hablar de él, ni yo tengo mucho que contar.




Lo dejamos, pues, con el Libera me de don Lorenzo. Por cierto, la última vez que estuve en Roma, en el palacio del Santo Oficio, me fijé en una placa donde dice que Perosi vivió allí. Y es que el auténtico artista lo es en cualquier parte, incluso en la antesala del infierno.

Impresionante pieza. Aunque no lleguemos a tanto como el admirador que escribe:
                   
                      Vorrei sia cantato durante le mie esequie.



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