viernes, 13 de noviembre de 2009

De la fragua al aquelarre





Una de las aportaciones genuinamente vascas a la cultura universal es el aquelarre. La Real Academia Española en su Diccionario lo define así:

«(Del vasco aquelarre, prado del macho cabrío). 1. m. Junta o reunión nocturna de brujos y brujas, con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para la práctica de las artes de esta superstición.»

No sé si todo el mundo estará de acuerdo con eso. Por de pronto, los euscalzales o académicos vascongados con toda razón reprenderán a sus colegas de lengua española la falta de ortografía, debiendo escribir en la etimología vasca akelarre, como manda Jaungoikoa, o al menos Euskaltzaindia.

Algún quisquilloso podría también meterse con lo de «macho cabrío», pues el supuesto o real presidente de aquellas juntas no era un macho cualquiera de la especie –un cabrito, ni siquiera cabro–, sino lo que se dice de cabrón para arriba, un cabronazo.

Excuso detalles, pero no sin protestar que esos melindres son impropios de la grave ciencia lexicográfica. Con hipocresías y medias palabras, los académicos seguirían hoy en la pueril inocencia de sus antepasados, que por lo visto no supieron lo que era masturbación hasta que la Bazán, Clarín y toda su generación, buscando en el diccionario a escondidas, la echaron en falta, subsanada en 1884 de forma chapucera. Y encima, los muy ruines académicos les negaron el laurel, tanto a la Condesa –so pretexto de «no disponer de sillón a medida de sus posaderas», como a don Leopoldo por su mala letra. Pero en fin...

Cumplido ese trámite, entramos en el aquelarre propiamente dicho. Y aquí es facilísimo demostrar que los académicos, o el becario que les haya trabajado la ficha en cuestión, hablan de lo que no han visto. Sólo de oído se puede llamar al aquelarre superstición y práctica de artes demoníacas. Esto último podría pasar, pero lo otro no.

En propiedad, Aquelarre es topónimo: un lugar junto a un arroyo y una cueva en término de Zugarramurdi (Navarra), que tuvo mala fama por un proceso de brujería y auto de fe (Logroño, 1610). La primera vez que caímos por allí mi mujer y yo, hace cuarenta años, apenas nos atrevíamos a preguntar en el pueblo, por si nos corrían a pedradas. Nos pasó como con nuestro primer campo de concentración nazi, Mauthausen (Austria), que daba apuro preguntar, y luego resultó que estaba señalado y hasta con taquilla. Zugarramurdi no tenía entonces señalizado el Aquelarre. Hoy en cambio es toda una atracción turística, con su festejo evocador ya tradicional, por no decir inmemorial y milenario.

Alguno habrá que salga con que esa fiesta del chivo, tan nuestra de siempre, no se celebraba entonces por la represión franquista. Hay gente para todo. Y como hay gente para todo, mientras unos se quedan con el aquelarre festivo, otros lo viven de manera trágica, y no como superstición, sino como religión y culto nacional y patriótico.

El hecho es que, desde la transición democrática, esta forma de neo-aquelarre se propagó por el País. Primero, de forma solapada y (como en los tiempos antiguos) con nocturnidad y secreto. Luego con descaro a la luz del día.

Los resultados a la vista están. El más reciente, la encuesta de la Diputación de Guipúzcoa, revelando que en esa provincia un 16 % de jóvenes entre 15 y 19 años no acepta que ETA sea «una banda terrorista que provoca víctimas y deba ser destruida». De esa misma juventud, el 10 % legitima la violencia en ciertas circunstancias (las que se darían aquí precisamente), y al pedírseles un juicio de valor sobre la misma, la equiparan de hecho a lo que perversamente se llama «violencia estructural» (la que practica el Estado, y todo eso). Esos chicos ya no son escolares, pero algo habrá tenido que ver la escuela, más exactamente la ikastola, siendo la encuesta en Guipúzcoa. El otro día tocó hablar de la ikastola-fragua. Hoy toca lamentar la ikastola-aquelarre.

Pero no generalicemos. Es sólo un 10-16 %. Ni siquiera uno de cada cinco zagales. No vayamos a hacer como en el siglo de Zugarramurdi y la caza de brujas, cuando todos sospechaban de todos. Cuando hasta en el hogar, al bendecir la mesa, unos a otros se miraban con desconfianza. O cuando marido y mujer en la cama, si al tocarse sentían frío, temían tener al lado un íncubo o una súcuba.

Pero haberlos, hay los. Otro indicio de ello es la sentencia reciente de Estrasburgo, y la reacción airada del nacionalismo no violento. ¿A ustedes qué les va en esto, señores? Cabría entenderlo en un grupo como Aralar, que hasta hace demasiado poco no se desmarcó de la violencia terrorista.

Y hablando de Aralar. Lo propio de unos neófitos de la democracia no violenta (valga la redundancia) sería permanecer callados –como los antiguos penitentes en el último rincón del templo–, y no levantar la voz a cada paso, siempre como abogados de sus antiguos colegas en el error, y ahora despotricando contra el alto Tribunal argentoratense. Así estos beneficiarios comiciales, o herederos del electorado batasuno, descubren sin querer que algo de verdad habrá sobre los famosos aquelarres.

Una vez más, no generalicemos. Pero ni lo uno, ni tampoco lo otro. Ni hacernos los bobos ignorando una realidad ingrata, ni desesperar del remedio. Como muchos, yo también me niego a admitir que siempre hayamos sido así, comprensivos con el terror, siempre a cuestas con pancartas de gudaris y de mártires armados. Me niego, y con pruebas. La experiencia, la primera. Pero como ésta es subjetiva y puede ser ilusoria, ahí está toda una literatura de testimonios ajenos. Uno solo, y concluyo.

Últimamente he tenido que consultar la hemeroteca antañona buscando ciertos datos de aquella época tan conflictiva como fue la que trajo la guerra civil. Pues bien, por casualidad y al margen de mi búsqueda, hallo esta perla en un periódico catalán. Hablando de un inminente partido de fútbol del Barcelona frente al Athletic observaba que «el equipo bilbaíno practica un fútbol clásico y emotivo (aquí subrayo), verdadera escuela vasca, exento de violencia» (La Vanguardia, 10 de enero de 1935).

El aquelarre no era todavía fiesta nacional. Pero la ikastola, ésa sí que empezaba a ser fragua de adoctrinamiento patriótico. En la última entrada hice mención de aquellas Escuelas Vascas, como en la penúltima me referí al adoctrinamiento tendencioso en algunos textos escolares de hoy.

¿Alguna diferencia, de entonces acá? Pues sí y no. Por una parte, parece que la distorsión ya se advertía, antaño como hogaño. En otro número del mismo periódico (10 de noviembre 1934) figura esta gacetilla fechada la víspera:

«Bilbao, 9. El Gobernador Civil… Dijo también que se le había pedido la apertura de las escuelas vascas, pero que había examinado algunos textos de Historia y Geografía de los utilizados en aquellas, y como quiera que en ellos, y por una tergiversación intencionada, se aconseja la desintegración de la patria, ha dado cuenta de ello al ministro de Instrucción pública, y que por su parte él no está dispuesto a la reapertura de dichas escuelas.»

Bien. ¿Y cuál es, entonces, la diferencia? Recordemos que el I Estatuto de Euzkadi todavía no era realidad y no había base legal para el soberanismo o separatismo. Sin embargo, al velar por el orden constitucional maltratado en aquellos textos y aquellas escuelas, el celoso gobernador no halló que justificasen la vía violenta. Ojalá, de todos los textos actuales pudiese decirse lo mismo, tan comprensivos algunos con el terrorismo como respuesta a un conflicto de violencia institucional.

Lo dejamos, pues, así: medio siglo, desde la fragua al aquelarre. Sin generalizar, por supuesto.



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