jueves, 18 de mayo de 2017

‘Debate goyesco’ en el PSOE


Santiago González: Debate goyesco



–¿Por que le llama ‘goyesco’
Don Santiago al ‘disparate’?
–Porque es debate de bate.


En el mismo Blog:

Gulliver dijo:
Vamos con un soneto
Meditaciones de un socialista digno
ante las fotos de Susana, Pedro y Pachi

El voto me reclama a mí el Partido
tras finar el proceso de Primarias
mas he de optar entre estas ‘luminarias’
lo que, admito, me tiene deprimido.

Muerta está mi ilusión, ya la he perdido,
pues los tres son de testas refractarias
y un futuro con ‘urnas’ funerarias
muy cercano, aventuro al elegido

Si a Pachi doy mi voto, disparato,
mas Pedro de Podemos es presagio
y Susana apuntala el aparato

Será mi voto “taco” y no sufragio,
pues yo reniego haré del candidato
que al Partido hundirá con su naufragio.

Belosticalle dijo:
Con admiración y su permiso, un estrambote:
    Como reza el adagio,
no hay más opción: o la sartén, o el fuego.
Saltar al fuego sensatez indica,
pues lo que sartén mancha purifica.

¡Con qué desasosiego
de Pablo Iglesias el espectro pena
por el coto civil de la Almudena!





martes, 2 de mayo de 2017

Un libro nuevo curioso: ‘Mola en Bilbao’


El miércoles 26 de abril por la tarde presentaba Aitor Lizarazu Pérez su nuevo libro, Mola en Bilbao (1937-1978). La escultura de la discordia. Este subtítulo venía a fijar el objeto de estudio. No era el general Emilio Mola en persona, que ni sé si estuvo alguna vez en la Villa del Nervión, sino sus simulacros plantados sucesivamente en el Paseo del Arenal: el improvisado y efímero, a raíz de la toma de Bilbao, y el definitivo (aunque no tanto), retirado en el retorno a la democracia.
El librito, más que un monumento al monumento del general faccioso, lo es a la tenacidad del autor en su rastreo de referencias e imágenes, prácticamente exhaustivo. En el prólogo, del historiador y profesor Santiago de Pablo Contreras, se destaca el mérito y valor de ‘microhistorias’ como ésta, de un pequeño monumento, para la comprensión global de la Historia con mayúscula. Al mismo tiempo, este especialista del Nacionalismo Vasco valora el que
«frente a ciertas visiones parciales e incluso combativas de la Guerra Civil, que últimamente parecen haber vuelto a ponerse de moda, tanto desde la perspectiva de un bando como del otro, el autor procura analizar los hechos con la mayor objetividad posible, aun a sabiendas de que la imparcialidad absoluta es imposible…»
Objetividad que no es sinónimo de equidistancia impostada para mal encubrir un parti pris sin apelación, como está ocurriendo al amparo de la llamada ‘memoria histórica’. Revanchismo vergonzante, y de paso una forma ridícula de disfrazarse de miles gloriosus ante la nueva generación cualquier perdedor de la incivil Guerra. A la mayoría de los cada vez menos testigos de ella en uso de razón que vamos quedando, con la venia del Alzheimer, nos cuesta entender  esta extraña ‘memoria’, que en nombre de una  convivencia cívica –que ya se logró en su día–, practica la damnatio memoriae selectiva, removiendo huesos y piedras de su sitio, sin otro objetivo que hacer olvidar la media verdad que fue, falseando sin remedio la otra media, pues no hacen sentido la una sin la otra.
Hoy es el 2 de mayo, cuando escribo esta reseña. Esta fecha en Madrid significa una cosa, en Bilbao otra muy distinta. Nuestro 2 de mayo no es aquel de 1808 que dio principio oficial a la Guerra de Independencia, sino el de 1874, en la III Guerra Carlista, cuando el sexagenario general Concha Irigoyen levantó el largo sitio de una Bilbao liberal defendida también por una milicia nacional de auxiliares civiles.
Lo curioso de Bilbao es que esta villa, presuntamente liberal, al estallar la I Carlistada era carlista. “Bilbao, capital del carlismo”, titula su primer capítulo José R. Urquijo Goitia, Los Sitios de Bilbao, pág. 11. Pero Bilbao se perdió para el carlismo, y el I Sitio (junio-julio  1835) por Zumalacárregui, a regañadientes, fue el primer intento de recuperarla, fallido por la mala fortuna del general, que recibió la bala que le costó la vida.

D. Carlos Mª Isidro de Borbón (Carlos V)
El primero que bombardeó a Bilbao
En aquel cerco, el casco de la población fue bombardeado por vez primera en su historia, incluso los hospitales, las tahonas de pan… Pero no por órden de Zumalacárregui, sino personal del infante y pretendiente D. Carlos Mª Isidro de Borbón, despechado. Hoy nadie parece sentir la necesidad de acordarse de este bárbaro como genocida y persona non grata para la Villa.

Nuevo asedio, en octubre-diciembre 1836, levantado en la Navidad por el general Baldomero Espartero. Y finalmente el de 1874. Así pues, en 1936, diríase que ‘a la tercera’ (o a la cuarta) va la vencida: por fin el carlismo recupera a su Bilbao.
Nunca me importó mucho la figura de Emilio Mola. De su existencia me enteré en su día por la noticia de su accidente mortal, con un comentario despectivo que se me grabó, por lo ocurrente: «Mola, que se amuele». Días después nos embarcábamos en el vapor republicano Habana –de monárquico, Alfonso XIII– para Francia: Port-Louis, en Mobihan; de allí, a Biarriz, con los parientes franceses. Así que me perdí la caída de Bilbao. Cuando volvimos, sólo mes y medio más tarde, era una población fantasmal, como sonada. Tengo el recuerdo de los puentes volados y los pontones de gabarras para cruzar en fila india la ría; pero ni el menor vestigio de aquel primer simulacro de Mola en el Arenal, que recuerda e ilustra Lizarazu. Por lo visto, los requetés lo tenían ya preparado, como entrada simbólica de un conquistador póstumo de la que fue  ‘Invicta Villa’, y ahora dejaba de serlo.
Por cierto, Amigo Aitor, la imagen que nos regalas en la página 69 me da un cierto parecido con el papa Pío XII. El ángulo de toma, tal vez.
En la presentación, donde también intervino muy brevemente el ex senador del PNV Iñaki Anasagasti, el general Mola recibió el calificativo de ‘criminal’. Cosa que no discuto –pues eso faltaba–, aunque me pregunto a quién o quiénes del reducido auditorio iba dirigida información tan novedosa. Y no lo discuto, aunque los textos que más se citan en apoyo no son concluyentes. Decir en unas octavillas arrojadas desde el aire que si la población no se rinde será arrasada parece un recurso retórico muy socorrido. Más fuerza haría depurar críticamente los textos e instrucciones secretas que se atribuyen al ‘Director’ (como se hacía llamar Mola) sobre la purga de cabecillas de izquierdas, con las consignas sobre la eficacia represiva del terror.
Por lo demás, nadie duda de que a Mola no le temblaba el pulso ni la voz para una orden de fusilamiento. No más que a tantos actores de aquella guerra, en su mismo bando y en el de enfrente. Las luchas civiles es lo que tienen. Por ejemplo:
«No hay que andar con contemplaciones. Si no se puede tomar a Bilbao es preciso quemarlo, ... es una cuestión de vida o muerte. Si no se toma Bilbao, la causa está perdida»
Esto no es de Mola. Se había escrito justo un siglo antes de su Campaña del Norte: en diciembre de 1836, durante la I Guerra Carlista, y con destino a un oficial de la secretaría de Estado de D. Carlos.
¿Quien puede negar el terror en nuestro ajuste de cuentas fratricida? Recuerdo bien aquellas fechas febriles, desde el principio de la Guerra y en la primera mitad del 37. La oleada despavorida de refugiados guipuzcoanos a Vizcaya. Entre ellos casi toda nuestra familia de Hernani, que metimos en casa como se pudo, contaban y no acababan.
Pues bien, todavía aquella Navidad la celebramos con un cordero degollado a domicilio y una ‘colineta’ o anguila descomunal, toda una joya de chocolates finos elaborada y decorada por el tío Luis el confitero, con obrador en Dos de Mayo (mira tú), esquina a San Francisco, todo un maestro y un artista. Meses después, el pobre hombre ya no estaba para golosinas. Y no lo digo por la falta de azúcar y materia prima (que también), sino porque dos de sus tres niños como de mi edad morían sepultados en el bombardeo del ‘refugio’ de Cotorruelo, entre las calles de Prim e Iturribide, entre más de un centenar de víctimas.
Recuerdo los primeros ensayos generales de defensa pasiva antiaérea, con tres toques distintos de sirena (‘alarma’ – ‘peligro’ – ‘vuelta a la normalidad’). Pronto vendrían los bombardeos en serio, las horas en el refugio. Al principio, mirándonos unos a otros. Hasta que todo esto para los críos se revelaba en su parte lúdica, abajo jugando al escondite, o arriba, mirando por las ventanas los aviones, oyendo el tableteo de las ametralladoras, y con algo de suerte hasta algún aviador bajando en paracaídas, pobre desgraciado.
Terror. Pero no de Mola, sino de la guerra en sí. El bombardeo era terror. El linchamiento del aviador derribado, también. O el asalto a las prisiones. Estos días se ha conmemorado el bombardeo de Guernica. ¿Cuál fue exactamente el papel de Mola en aquella salvajada? Porque los relatos son dispares, incluso contradictorios ¿Lo celebró, o como dicen otros, se enfadó? Porque no es lo mismo. Por versiones no queda. Las hay incluso de los propios protagonistas: más de primera mano, imposible. Me permito recomendar la lectura (una muestra entre cientos) de Vicente Cacho Viu sobre Los escritos de José María Iribarren, secretario personal que fue de Mola en los primeros meses del alzamiento militar. El Mola que allí aparece no es ningún germanófilo, al contrario, «poco amigo de los alemanes, de los que desconfiaba por principio …» (pág. 249).
¿Sabemos siquiera a medias la verdad de la relación entre Franco y Mola, a nivel personal y profesional? Para Iribarren, el parecido entre los dos generales era el de dos individuos, uno siempre subiendo por una escalera y el otro bajando siempre por la misma.
En otro aspecto comparativo, tenemos al cardenal Isidro Gomá, en su Informe general político a la Santa Sede (8 de abril 1937), donde sostenía que Mola era el menos católico de los generales que habían encabezado el Alzamiento; añadiendo:

«persona de gran energía, conocedor como pocos de las insidiosas artes de la vieja política… y de extraordinaria entereza. Personalmente y en el aspecto religioso no ofrece las garantías del Generalísimo» (Mª Luisa Rodríguez Aisa, El cardenal Gomá y la Guerra de España. 1981, p. 153).
En efecto, era notorio el agnosticismo, al menos práctico, de Mola. Agnosticismo compatible –porque «la guerra es la guerra»– con la anécdota de un Mola encaramado a la Virgen del Pilar pidiéndole en voz alta: «Tú que todo lo puedes, ayúdanos». Bueno, también por entonces en Portugal el general Carmona, Presidente de la República, invocaba a su Virgen de Fátima.

Las guerras, como las tormentas en la mar, improvisan devotos. Contaba el ABC de Sevilla (18 de febrero 1937) que durante la ocupación de Málaga un soldado encontró en la maleta de un coronel republicano apellidado Villalba un relicario de plata con la momia de la mano izquierda de Santa Teresa de Jesús, con anillos. Es sabido que al generalísimo Francisco Franco le entró una devoción irrefrenable a la reliquia, que tuvo siempre consigo como talismán, aunque es exagerado y falso lo de que la empleó para firmar con ella sentencias de muerte.

En fin, volviendo a D. Emilio, no voy a ponerme aquí hagiográfico con él, y menos ahora que ¡por fin! los de Bildu y compañía han librado a Pamplona y a Navarra de la presencia de sus restos mortales. Pero tal vez alguno se sorprenda al leer que
«a Mola le preocupaba la inexistencia de un programa mínimo que garantizase, por parte de las derechas, el mantenimiento de la legislación republicana, en lo que atañía a las clases menos favorecidas: más o menos en serio, se definía en privado como ‘socialista’.»
En una presentación como la del librito de Lizarazu, al turno de preguntas, no es cosa de ir provocando con temas candentes, como la memoria histórica o la presencia franquista o pseudofranquista en signos y emblemas, callejeros y demás.
Uno de los monumentos más difíciles de eliminar en Bilbao (por sus dimensiones, por el lugar que ocupa y el espacio que dejaría) es lo que queda del Escudo de España que preside la  Delegación de Hacienda, en la Plaza Elíptica. Periódicamente sale algún morlaco embistiendo contra lo que casi nadie ve, porque hasta lo colosal con la rutina se vuelve invisible. Creo que ya conté (‘A la Historia por la desmemoria’) por qué es para mí un objeto de recuerdo, porque lo vi diseñar mientras jugábamos en el estudio de su Arquitecto D. Antonino Zobaran.
Sinceramente creo que ese escudo a nadie le hace daño; mero testimonio de una retórica y una estética que algún día se estudiará sin encono. Como creo también que, a quienes molesta el escudo, no es tanto por franquista como por español. Igualito que los huesos de Mola y de Sanjurjo en su cripta de Pamplona.
«¡¿Cumplir la Ley de Memoria Histórica?!»: A otro perro con ese hueso