miércoles, 15 de octubre de 2014

Rebobinando ‘Ágora’ (y 2)



En ‘Ágora’, Amenábar se prometía dar al Cine un capítulo épico de ‘La Decadencia y Caída del Imperio Romano’, a lo Gibbon. Una gran caída pide al menos los vestigios de una grandeza todavía en pie. Esto es lo que representan, en Alejandría, el Serapeo con la Biblioteca, más el Faro, más Hipacia. Más Alejandro Amenábar.
El Faro - Mosaico s. III
(El Faro: Maravilla del Mundo, que ella como buena astrónoma debería odiar, por lo mucho que tales artefactos estorban al observador del firmamento. El director debió permitirse la humorada de hacerlo apagar las noches críticas de alguna efeméride celeste.)

La razón de la sinrazón
En Alejandría todos admiran a Hipacia, muchos la respetan, algunos la quieren. Sabia y hermosa como Minerva, ejerce su magisterio con natural empaque varonil, incluso en el vestir toga. Los testimonios convienen en que ella superaba intelectualmente a su padre Teón [1]. Nadie parece reparar en la psicosis disociativa que padece, entre la concreción mundana y la abstracción etérea. Justo cuando su consejo aquí abajo es más necesario, su mente se evade  por los cielos de Úbeda.
Las grandes crisis vitales o políticas se resuelven para Hipacia en un hallazgo científico. La noche antes de su pasión la emplea, a solas con Aspasio su esclavo secretario, trazando en el cajón del gato, sobre la arena, elipses keplerianas. Y aunque no irrumpan los sayones, como en el Huerto de los Olivos, a prenderla en pleno sudor de sangre, se insinúa el paralelo con Jesucristo. (También con la muerte de Arquímedes.)

Pues bien, la hija filósofa y matemática preparaba a la juventud de élite, futuros cuadros de la sociedad en lo civil (Orestes) y en lo eclesiástico (Sinesio). 
¿Y cómo les forma, qué les enseña? ¿Historia, Política, Economía…? ¡Qué va! Ella a lo suyo: astrofísica y curvas. Los principios que les inculca no están sacados de ‘La República’, ‘Las Leyes’, ‘Las Éticas’ o Plutarco; ni siquiera del sentido común. Para guiarse en sociedad tan turbulenta como la alejandrina, nada como el ‘Euclides’:
«Dos cosas iguales a una tercera son iguales entres sí». Ergo, «es más lo que nos une que lo que nos separa». Ergo,  «somos hermanos, ¡somos hermanos!, ¡¡somos hermanos!!».
Todo ello referido a las personas libres. Respecto a los esclavos, la filósofa comparte el prejuicio vulgar: no son personas. El otro día  iniciaba a sus alumnos en el equilibrio cósmico; hoy toca hablar de las curvas cónicas. Mientras, en la calle, estalla de nuevo la guerra civil.
Hipacia pastorea a sus chicos como una cofradía pitagórica. Los líderes naturales son dos: Orestes el pagano y el cristiano Sinesio. Orestes es irreverente, como cuando se apropia aquello de: «Si Dios me hubieses consultado al diseñar el mundo, le habría sugerido algo más sencillo». Expresión, como se sabe, atribuida a Alfonso X el Sabio y a Federico II Barbarroja, entre otros. Sinesio le reprocha que critique la obra de nuestro Señor.
Sinesio y Orestes. Opuestos en todo, salvo en lo mucho que les asemeja y les une el principio euclidiano. Los demás alumnos,  un hatajo de borregos que sólo saben tomar apuntes, y fuera de clase caminan en grupo tras la divina Pastora. No hay más que verles las caras. Así, casi sorprende que dos de ellos hayan salido espabilados.


Desde el principio se intuye un paralelo con Jesucristo y su colegio de apóstoles. El paralelo se hará explícito al final, cuando todos abandonen a Hipacia, mientras es conducida al matadero.
«Somos hermanos». Por supuesto, esa fraternidad no se extiende al esclavo Davos, por inteligente que sea. Él solito, con cuatro palos y un ovillo de lana, ha construido un modelo del sistema de Tolomeo. La propia maestra,  admirada,  le permite hacer demostración de su chisme ante los señoritos. Luego, a una señal de ella, todos le aplauden. Y eso es todo, no vaya él a pensar… La misma ama que le llama aplicado, pronto le llamará idiota. Y es que, como ella bien dice:
«Las personas, los objetos, los esclavos...»
«No discutáis entre vosotros. Las disputas son para el vulgo y los esclavos.»
El sistema de Hipacia es estanco. Para un esclavito ambiciosillo inteligente, el cristianismo es la única salida. Su destino llevará a Davos hasta el monje Amonio, y el cristianismo le llevará a romper su lealtad al ama. He aquí el punto de inflexión, a punto de caer la Gran Biblioteca en manos de Amonio:
–Señora, tenemos que irnos.
–¿Pero dónde estabas? Coge ese saco. ¡Coge el saco! ¡¡El saco!!... ¿Es que los esclavos nunca estáis cuando se os necesita?
–Señora, yo estaba…
–¡Vamos, muévete!...  ¡¡¡IDIOTA!!!

¡Idiota, él! Tras haber destrozado un ídolo, obedeciendo a Amonio, ahora despechado hace añicos su propio modelo mecánico del Tolomeo.

Amonio y los parabolanos
En todo este musea de cera, Amonio es la única figura viviente.  Demoníaco, mefistofélico, dionisíaco; también personaje lucianesco. En ‘Ágora’ interviene ya desde la escena segunda, precisamente como el amo del Ágora de Alejandría, donde actúa como predicador espontáneo, agente provocador y charlatán de feria, blasfemando de los dioses y retando a los rivales paganos con milagros trucados, como la marcha a la brasa [3]
Amonio, ¿personaje real, o imaginario? Amonio –del dios egipción Amón– fue nombre corriente entre coptos. En la historia de Hipacia hubo un monje Amonio, que en un tumulto hirió al prefecto Orestes de una pedrada. Sometido a tormento murió y el patriarca Cirilo, enfrentado al prefecto, le declaró mártir. Pero no le busquemos en el santoral, porque su canonización política fue una pifia. A diferencia de hoy, nadie tomaba entonces en serio que tirar pedradas a la autoridad merezca la palma del martirio.  
Aquel Amonio episódico, puntual, se crece aquí en un personaje clave, ejecutado por el actor cristiano galileo Ashraf Barhom, que lo borda. Amonio es un fanático, pero no ciego ni ignorante, al contrario: Amenábar lo hace diabólico. Cada victoria cristiana le produce placer a título personal, por lo que entraña de violencia destructiva. Por eso el Amonio de ‘Ágora’ no es un apóstol sino un seductor. Por él, Davos el esclavo se hará cristiano, ingresando en las filas de los ‘parabolanos’.

He aquí otro elemento gratuito de la fábula alejandrina. Claro que hubo parabolanos (o parabalanos), un cuerpo asistencial con organización paramilitar, posiblemente bajo la regla de San Pacomio. ‘Los arriesgados’ (eso significaba su nombre), se jugaban la vida por el prójimo en epidemias y catástrofes, impartiendo ayuda mientras imponían respeto para mantener el orden. Los obispos los utilizaron como fuerza de choque, incluso en sus disputas conciliares. De su implicación en lo de Hipacia no consta.

Sinesio de Cirene

De todo el reparto de ‘Ágora’, la figura histórica peor tratada es el discípulo cristiano de Hipacia, Sinesio de Cirene. Joven escurridizo, con sus ribetes de celo fanático ya en la escuela, en el cerco al Serapeo huye de noche con los compañeros cristianos abandonando el grupo. 
Hasta aquí todo mal, pero pase. Lo inadmisible es que Sinesio se va para volver tiempo después, ya convertido en obispo y perfecto canalla. Sinesio es el títere necesario para humillar y encanallar también a Orestes. Para eso Amenábar realiza el milagro de resucitarle; porque para entonces el obispo Sinesio había fallecido, sin siquiera conocer a Cirilo como patriarca.
Aun así,  lo peor es que para un papel tan ruin se haya fijado precisamente en Sinesio, de quien consta su carácter opuesto al de la película. ¿No pudo elegir a otro? ¿no pudo, mejor, inventarlo? Para mí es la cosa más gratuita y sin razón de todo el engendro. No hay derecho.
Caza a caballo - Museo del Bardo, Túnez
Sinesio de Cirene es uno de los caracteres más simpáticos y atractivos en la literatura cristiana de la época. Nacido hacia 370, muy joven escribe su primera obra sobre el primer amor de su vida: la caza a caballo. En 394 pasa a estudiar en Alejandría. Allí conoce y trata a Hipacia, aunque no por mucho tiempo, pues en 395 visita la decaída Atenas. Tras una aventura marítima, a fines de año es diputado por sus paisanos de la Cirenaica para representarles ante la Corte de Constantinopla. Tres años de trato con la nobleza más granada, y jornada de gloria cuando pronuncia ante el emperador Arcadio un discurso sobre ‘La Realeza’.
Agitación política y un gran terremoto en la ciudad le invitan a embarcarse para su Cirenaica, que encuentra en estado de guerra. Sin embargo, saca tiempo para concluir un tratado sobre ‘La Providencia’, que alterna con la composición de himnos religiosos. A fines de 400 o principios de 401 da a luz el ‘Elogio de la Calvicie’, divertimento erudito para burlarse de la suya prematura.
A comienzos de 403 decide residir en Alejandría. Allí se casa, escribe sobre ‘Los Sueños’, le nace su primer hijo… Pero dos años después regresa a su tierra y pronto le nace un segundo hijo. Sinesio es buen vividor, apasionado del campo y la caza, la familia y los amigos, sus libros, sus caballos, su jauría. Gobierna su gran cortijo apartado de la ciudad sin escaquearse del servicio cívico. En su finca tiene también su gabinete de trabajo, donde el filósofo aficionado piensa y escribe, escribe sobre todo cartas, mientras a ratos construye relojes, clepsidras, astrolabios y otros instrumentos científicos.
¿Feliz? Todo cuanto podía serlo en un país regido por los gobernadores más incompetentes y rapaces del Imperio, en rápida sucesión. En especial, el nuevo gobernador de la Pentápolis, Cerealio, es un desastre y mla persona, que ha llevado el país a la ruina, pero sobre todo ha envalentonado a los bandidos beduinos, empezando por la tribu de los maketos (ustedes leen bien).
Cercada la ciudad de Cirene, los hidalgos rurales como Sinesio tienen sus cortijos convertidos en fortalezas, con gente armada. Nuestro filósofo y poeta sigue escribiendo con una mano, fabricando armas con la otra. Por entonces (407/408) se hace formalmente cristiano. Se corre la voz (en la Pentápolis libia todos se conocen), y sólo un año después o poco más, el pueblo de Tolemaida le solicita para obispo.
La reacción de Sinesio es de rechazo. El empleo de obispo, que él toma muy en serio, no le atrae lo más mínimo. No está dispuesto a renunciar a su mujer y familia, pero ni siquiera a sus ideas filosóficas que los cristianos comunes entienden de otro modo. Por ejemplo, la resurrección del cuerpo es para el nuevo cristiano pura alegoría. Tampoco es ortodoxa su idea del alma, amén de otros dogmas y formulismos teologales. Además, la tarea episcopal le obligaría a dejar sus aficiones y a enemistarse con personas. Decididamente no. En ese sentido mantiene correspondencia con el que sería su patriarca, Teófilo de Alejandría.
Ahora bien, para sorpresa de los espectadores de ‘Ágora’, el Teófilo real no se parecía en nada al vejete obtuso de la película, pues llegado el caso sabía transigir. De hecho no dio importancia a las objeciones de Sinesio, y una vez ablandado y convencido le cita a la metrópoli, para administrarle el bautismo seguido inmediatamente de la consagración episcopal (409/410). [4]

Eso prueba que el cristianismo de allí y de entonces tenía muy poco que ver con el que refleja Amenábar, en guerra a muerte con el pensamiento pagano. Tan cerriles no serían quienes se permitían elegir para obispo a un neófito de costumbres epicúreas y dogmas harto liberales. El hecho de haber bendecido su matrimonio el patriarca Teófilo no demuestra ni siquiera que fuese entonces catecúmeno (con ser cristiana la esposa era suficiente) [5]
La composición de himnos religiosos tampoco prueba que Sinesio fuese cristiano, entre otras cosas por el enfoque más filosófico que teológico, con no pocas ambigüedades. Cualquier neoplatónico abierto a alegorías y símbolos cristianas podría recitarlos sin problema. Y aunque parezca excesivo, hay quien piensa que el obispo Sinesio nunca fue cristiano del todo.
La estancia en su diócesis de Tolemaida fue la etapa más triste de la vida de un hombre inclinado por naturaleza al optimismo. Ante gobernadores y generales incompetentes, el obispo tenía que hacer de todo, incluso organizar la defensa e intendencia para resistir de nuevo a los bárbaros. Como Sinesio temía, su cargo le obliga a hacerse enemigos; como el gobernador Andrónico, al que tuvo que excomulgar. Y lo peor de todo, la desgracia familiar, perder a los hijos uno tras otro.
Aun así, el buen obispo saca fuerzas para escribir y pronunciar un discurso (Catástasis I), en homenaje ¡por fin! a un general joven competente y honrado, Anisio, que con un puñado de tropa de élite hace frente con éxito a los maketos y los ausurianos. También disfruta ahora el país de un gobernador, el sirio Genadio, buen economista.
Ese cambio a mejor no compensa las amarguras de dentro.  El año 413, tras perder al único hijo que le quedaba, Sinesio desaparece. ¿Se retiró a la vida monástica? Parece que tuvo intenciones al respecto, pero la opinión común es que ese mismo año murió, muy probablemente viudo. La última de sus cartas va dirigida precisamente a Hipacia, llena de afecto y añoranza, igual que otras anteriores. En ésta, ni un solo indicio de conocer los problemas de la filósofa con el patriarca Cirilo. Tampoco escribe a Cirilo, que ya era obispo desde 412 [6] Recordemos: el asesinato de la pobre filósofa tuvo lugar en marzo de 415.
Así, la cabalgata de Sinesio a Alejandría en ‘Agora’, sus intrigas untuosas ante su antigua maestra Hipacia, luego su empeño en amedrentar al condiscípulo Orestes hasta convertirle en un Pilato, mientras él mismo la abandona y condena en su condición de mujer:  ese mamarracho no es Sinesio, y su contrahechura es una de las mayores vergüenzas del filme. Para el caso, da igual una Hipacia más vieja o más joven. Sinesio, para nada. No hay derecho.



Epílogo
Quisiera olvidarme cuanto antes de una película olvidada también por el público. Con toda razón. Resulta confusa, aparte de falsa. Aburre tanto diálogo de balde, expresando lo que se ve.
En fin, un terror me asalta: ¿maquinará Amenábar un ‘Ágora-2’? No se me rían, también parecía imposible esta primera.  Pues bien, para tal evento, seamos constructivos. ¿Qué nudo ha quedado por desatar? ¿qué rabo por desollar? Davos. Muerta Hipacia, muerto Amonio, Davos se ha quedado huérfano. ¿Qué fue de él? Queremos saberlo. Mejor aún, ya lo sabemos, a falta sólo de recuperarlo para la memoria histórica de Euscalerría y para el cine.
En efecto, tras su asesinato de Hipacia, Davos huye de Alejandría. De tumbo en tumbo, por Italia y la Septimania, da con sus huesos en Iruña/Veleya. En este óppidum éuscaro-romano se establece y abre un paedagogium, que en breve alcanza cierto renombre. Davos, que ahora se hace llamar Aegidius Elysius, además de la escritura normal presabiniana imparte también rudimentos de jeroglíficos, ganando entre los alumnos el sobrenombre de Ped-Horro («Horus se explaya», en lengua egipcia). Jeróglíficos que él nunca entendió, pero que contenían todo el saber esotérico de su tierra.
Una vez aquí, por lo visto, la proverbial desidia várdulo-caristia hacia la palabra escrita se le pegó a nuestro hombre. Así fue como toda su obra literaria quedó reducida a una morralada de óstracos o tejoletas cubiertas de grafitos. Son las que trajo consigo, como reliquias, de las que usó la turba fanática para desollar a la pobre Hipacia. En algunas se repiten las cinco letras: DAVOS.
¿Aparecerá algo más? Nuestros arqueólogos trabajan en ello. Nuestros expertos exigen algo más que palabras sueltas, frases, páginas, alguna obra en eusquera, aunque sea traducida. ¿Qué tal ‘El libro de los Muertos’? Traducido del egipcio por Davos, esa sí que sería gran primicia para la lengua viva más vieja de Europa.
Termino esta elucubración uniéndome en espíritu a ‘Ágora’, como un extra más,  en una de las escena más grotescas del filme, cuando la turba arroja contra la estatua de Minerva lo que parecen tomates.


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A la atención de Navarth, sobre el ‘ped’ de ‘Ped-Horro’:


Alan Gardiner, Egyptian Grammar, 3ª ed. London, 1957, pág. 566.Roger Lambert, Léxique hyéroglyphique. P. Geuthner, 1925, pág. 260.



Créditos. Fotos de Janzur-Sabratha (Libia): Jona Lendering.




[1] De ahí a hacer a éste medio bobo va un trecho.  Pobre Michel Donsdale, qué le habrás hecho a Amenábar en tu carrera artística para que te maltrate así.
[2] El Serapis de Briaxis que presidía el Serapeo al parecer era sedente.
[3] 


Este episodio evoca el texto bíblico: «¿Puede uno caminar sobre ascuas sin quemarse los pies?» (Proverbios, 6: 28). La pregunta retórica se refiere a otro fuego: la mujer ajena. «Nadie que la toque sale ileso.» En cuanto al otro fuego, el material, la respuesta comprobada es «sí». El Horno de Babilonia respetó a Daniel y sus dos compañeros, y desde entonces no ha dejado de rendirse ante los creyentes. El padre teatino  Bonifacio Bagatta, en su enciclopedia de milagros cristianos, recoge cantidad de casos sobre el fuego que no quema a los siervos de Dios (Admiranda Orbis Christiani, lib. 2, cap. 1; edic. 1700, t. 1: pp. 61-105.) Y no solo el fuego. San Pedro anduvo sobre el agua. «Andarás sobre el áspid y el basilisco, pisarás al león con el dragón», dice el salmo.
La prueba del fuego para demostrar la verdad aparece ya en alguna historia cercana al siglo que nos ocupa, aunque en general ese rito fue más moderno, empleado como ordalía purgativa. Valga el ejemplo de Pedro Aldobrandino, llamado el Ígneo, monje de Vallombrosa, que para demostrar que el arzobispo de Florencia era un simoníaco que se  había mercado la mitra anduvo paseándose en público por una hoguera. Más tarde fue cardenal. El milagro habría ocurrido en 1063.
Más folclórico, en el lugar de San Pedro Manrique (Soria), el 23 de junio víspera de San Juan, marchan los mozos descalzos por un camino de brasas sin quemarse, esa es la costumbre; y lo hacen pisando fuerte y llevando a su moza a cuestas, ese sería el truco.





[4] Estas prisas no eran raras en casos urgentes. San Ambrosio de Milán fue consagrado obispo en 374, dentro de la misma semana de su bautismo; y lo mismo ocurrió con Nectario, patriarca de Constantinopla en 381, pocos días después de ser bautizado, «vistiendo los ornamentos episcopales encima de su túnica blanca de neófito» (cit. por Crawford, Synesius, pág. p. 41.
[5] El docto jesuita Dionisio Petau, primer editor de Sinesio allá por el siglo XVII, aseguraba tener muchas pruebas de que era cristiano viejo, aunque el buen padre no se molestó en aportar ni una sola.  
[6] El Cirilo de alguna carta  de Sinesio no tiene nada que ver con el patriarca alejandrino .

14 comentarios:

  1. Como vieja Celtíbera y seguidora de los foros de T.A. sobre el particulé, me ha encantado el remate de la serie enlazándolo con las tejoletas de los o'jones de Iruña. Gracias, D. Belosti. Que tenga un buen día.

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    1. ¡Por los clavos de Cristo! (usted me entiende), querida Carmen, qué alegría verla por aquí.

      Gracias, igualmente.

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  2. Muchas gracias Querido Profesor Belosticalle
    Al principio de leerle a usted , pensaba que quizás me había equivocado al no terminar de ver la película, pero ahora me quedo muy tranquila.
    Voy a buscar todo lo que consiga encontrar sobre el pobre Sinesio, al que no conocía, y que no me ha podido caer mejor.
    Y me ha divertido mucho lo de los "maketos".
    ¡ Muchas gracias, pues !

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    1. Maketos, o también maketas, porque en griego muchos gentilicios, en especial bárbaros, adoptaban forma de plural femenino: los sármatas, los escitas, los getas.
      Por el nombre, los maketos, podrían ser bandidos desertores de alguna tropa macedonia. Por eso las bacantes que mataron a Orfeo se llamaban también las ‘maketas’, por si usted no lo sabía, que yo tampoco, pero su interés siempre estimula mi curiosidad.

      Sobre Sinesio de Cirene le puedo recomendar a S. Crawford, Synesius: The Hellene, London, 1901, 605 págs. Es todo un clásico que todavía se reimprime, pero que también se puede leer en red y bajar como pdf.

      Un ensayito muy bueno sobre Hipacia es el de Maria Dzielska, Hipatia de Alejandría. Siruela, 2009, 159 páginas. Habla de Sinesio, naturalmente.
      El avispado editor español presenta el libro con faja de reclamo: «HIPATIA DE ALEJANDRIA, … que hoy regresa de la mano de Alejandro Amenábar en su película ÁGORA». La Dzielska para nada se refiere ello, ni pudo en 1995.

      El Elogio de la Calvicie de Sinesio anda traducido al castellano, Madrid, Errata Naturae, 2008. No conozco la traducción.

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  3. Pues voy a bajarme el de Crawford, instanter. Y a ver si consigo el Elogio de la Calvicie, y en papel, a ser posible, que mi germanófilo ya era calvo a los 23 años, cuando empezamos a salir, y mi hijo el pequeño, va camino...

    ¡ Muchas Gracias por las recomendaciones !

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  4. Pues este también es bueno. Citado por Crawford, más breve y de una mujer:

    Alice Gardner,
    ‘Synesius of Cyrene, Philosopher and Bishop’
    . London, 1886.
    Traduce un par de Himnos, y sobre todo tiene un cuadro cronológico de primera.

    ¡Abajo con él! (paradójico, ¿verdad?)

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    1. He leído las primeras páginas en pantalla. Mañana, a la vuelta del trabajo me lo imprimo, que tiene muy buena pinta.
      Muchas gracias

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    2. Estoy entretenidísima con el librito de Gardner ( el de Crawford lo tengo en el kindle, y puede esperar ). Sinesio me está cayendo estupendamente por el momento. Y me impresiona muchísimo eso de ver lo bien organizado que estaba el Imperio, para evitar gobiernos locales corruptos ( lo de no nombrar nunca a un nativo como gobernador, ni permitirle casarse con ninguna mujer local, ni dejarle comprarse bienes raíces en la zona que gobernara ), y, sin embargo, la corrupción generalizada, los gobernadores civiles y militares ineptos y cobardes...
      Lo que no parece mal, es que las gente de esas regiones tuviera una forma que en principio parece clara y democrática, para nombrar a un especie de embajador que fuera a presentar las quejas de todos ante el emperador, y, por el discurso de Sinesio cuando fue enviado para ese cometido, parece que no se les censuraba. Y que, algún efecto, aunque sólo fuera en lo particular, tenían esas quejas...

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    3. Pido perdón por las faltas de concordancia de las que me estoy dando cuenta ahora al releer lo que he escrito. Pero me da pereza borrarlo todo y escribirlo de nuevo, que quitaría unas, pero haría otras nuevas.
      Ya siento

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  5. A Sabino le habría parecido perfectamente adecuado que los maketos sean bandidos del norte de África.

    p.d. Horus se explaya ¿eh?

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    1. En efecto, Navarth, todavía los sabinianos en ETB suelen decir «del Ebro abajo», para insultar a su Maketania, cabecera de África. Sin pararse a pensar que, con esas mugas, Vasconia es el culo/cola de Europa.
      La ‘relación amable con España’, que decía Ibarretxe.

      Dejemos eso y vamos a su posdata: «Horus se explaya, ¿eh?». Ese ‘¿eh?’.
      Ante posibles malentendidos, me obliga usted a justificar mi traducción del ‘Ped-Horro’ veleyano.

      ‘Horro’ obviamente es Horus, el dios Halcón. Y ‘ped’ significa estirar(se), expandir(se), que con determinativo de ave expresa el abrirse de alas; lo que en Heráldica dicen de las aves nobles: ‘explayado/a’.

      Como no sé poner aquí el facsímil de mis autoridades de alcance, las inserto al final del artículo. Por una sola vez (y sin que sirva de precedente) seamos serios con las cosas de Iruña/Veleya.

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  6. La lectura de sus dos demoledoras entradas me reafirma en el acierto que tuve al negarme a hacer cola en la puerta del cine que proyectaba "Agora" en mi ciudad.
    Un afectuoso saludo, Maestro Belosticalle

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  7. Querido Gulliver, me alegra infinito.

    Nosotros no tuvimos que hacer cola. Eso sí, a la media hora más o menos me dio el sopor y eché mi siestecita a intervalos, procurando no perder del todo el hilo.
    El Sinesio de la segunda parte me sacó de quicio. Ahora, rebobinando, me he reído la mar, yo solo.

    Un saludo de corazón.

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