miércoles, 4 de diciembre de 2013

Insultar en Valdivielso (1)

Sainete histórico en tres Cuadros, con Prólogo y Epílogo


A Jokin Garmilla,
la Voz de Valdivielso


Prólogo

“La escena se situa …”
Puente Arenas (Burgos) se llamó también La Puente de Valdivielso [1]. Un pueblo que tuvo su razón de ser en el puente que franqueaba el Ebro a un camino cardinal de ida y vuelta:  Camino de la Lana /Camino del Pescado, entre Burgos y los puertos de la mar. Bilbao sobre todo, para la lana y el bacalao. Y es que cuando decimos ‘puente’ no nos damos cuenta de que estamos diciendo también ‘camino’ [2].
Recuérdese, estamos hablando de siglos en que no existía el trazado de La Mazorra ni, en Valdenoceda, sobre el Ebro, el fernandino Puente del Aire, obras públicas de los años 30 del siglo XIX. El camino, desde Burgos, llegaba por el páramo de Los Altos a la Ermita de Santa Isabel y Casa de la Lana, en término de El Almiñé. Allí fenecía el trajín de la Cabaña de Carreteros, y por privilegio tomaban el relevo transportistas del Valle y de otras Merindades de Castilla Vieja, desde la temible calzada y Cuesta de la Hoz, hasta la  aduana de Balmaseda, si iban a Bilbao.
Puente Arenas, La Puente, todavía hoy sigue siendo un pueblo interesante, por naturaleza y arte, en el conjunto espectacular del Valle de Valdivielso.
Valdivielso –o Valdivieso, como también se decía– tuvo su discreto Siglo de Plata, más o menos desde entrado el siglo XVI al XVIII, en que se gasta aquí mucho dinero. Plata americana, amasada por oriundos ausentes, y gasto suntuario que enriqueció las iglesias, levantó casonas, labró blasones y pintó víctores. La población llana no mejoró con eso su condición, aunque donde hay se nota, sin contar el beneficio de fundaciones y obras pías [3]
Sin embargo, ya antes de aquello, la parte norte o ‘Valle Arriba’ había conocido otra  bonanza más discreta, por la trajinería: general, vino, pescado fresco y seco, pero sobre todo la lana.

Valdenoceda: Torre velasca e Iglesia de San Miguel
Si se compara el lugar de Puente Arenas con sus vecinos en torno –Valdenoceda, Quintana, El Almiñé, o la capital de merindad, Quecedo, una diferencia salta a la vista: siendo como era La Puente paso estratégico sobre el Ebro, no tiene ni al parecer tuvo torre defensiva medieval. Paso que, por otra parte, lleva aneja cierta toponimia que los expertos han relacionado con un núcleo de población judía [4]. Por lo visto, no hubo aquí en la Edad Media ninguna familia sobresaliente entre sus pares, en una población de labradores e hidalgos de escaso o medio pelo. Sólo muy avanzado el siglo XV esta pequeña sociedad, poquito a poco, se despereza y aspira a más [5].


Judíos a las Merindades
En el negocio de la lana participan desde la Edad Media los judíos, que también entendieron de aduanas, impuestos y banca, bajo protección real y señorial. Esto generó reacciones antisemitas esporádicas, con violencias y expulsiones, más una hostilidad sorda que obligó a muchas familias judías desprotegidas a desplazarse.
Un foco singular de antisemitismo fue Vizcaya –en el sentido amplio que este término tenía entonces–, empobrecida por guerra banderiza crónica , donde el judío acabó siendo chivo expiatorio. A esto se sumaba la aspiración de los vizcaínos a la nobleza o hidalguía universal, que según su pretendido ‘fuero’, implicaba la segregación de moros y judíos como razas manchadas, un peligro para la limpieza de su sangre. Y en tercer lugar, la emergencia de una clase vasca preparada en oficios de secretaría y contabilidad, competidora del lobby judío en este terreno.
Total, que muchos judíos, ya incómodos en el País Vasco, tuvieron que emigrar, y no pocos de Valmaseda lo hicieron por la vía del Cadagua arriba. Esta ascensión por el camino del negocio de la lana, bajo la protección de la Casa de Velasco, dio cierto auge a la aljama de Medina de Pomar y sus dependencias, concretamente la judería de Valdivielso, donde también hubo familias afiliadas a la aljama de Oña, con el Abad de San Salvador como protector. Abades y Velascos, sin forzar conversiones, las amparaban, incluso apadrinando a conversos.
En Valdivielso, los nuevos inmigrantes encuentran un fenómeno que les resulta familiar: una aspiración creciente a la hidalguía, que en algunos lugares era muy mayoritaria. Por ejemplo, en Valdenoceda (1506), un censo completo que tengo delante  registra 58 encabezados: 44 (76 %) hidalgos y 14 (24 %) labradores o pecheros.
La afición a ennoblecerse fue común entre conversos y criptojudíos, una vez consumada la expulsión. Pero incluso varias décadas antes de 1492, los judíos llegados al Valle al calor de parientes suyos conversos pudieron emprender cierta asimilación social. Digo esto, porque el caso que vamos a conocer trata de un sujeto al que a priori  no me atrevo a negarle todo carácter judaico, luego vemos por qué.


Nobles hidalgos y pecheros llanos
Cosa es tan sabida como chocante, que en el Antiguo Régimen –el anterior a las Cortes de Cádiz (1812)– la sociedad se repartía en dos categorías generales: el estado noble de los hidalgos, y el llano de los pecheros. Sólo éstos pagaban pechos, es decir, las contribuciones generales, cuando ‘Hacienda no eramos todos’. Y sólo los hidalgos, aparte de pagar menos, se señalaban por un escudo de armas con su divisa.
«¿Qué pintan los blasones?», preguntaba en una de sus sátiras Juvenal [6]. En Roma, señor poeta, lo que usted diga. En Castilla pintaban, no mucho, muchísimo.
«La hidalguía era algo más que “vanidad de vanidades y apacentarse de viento”, que dijo el rey Salomón. Ser hidalgo significaba pertenecer por herencia genética a un estado social de privilegio, con acceso exclusivo a oficios y cargos de distinción, derecho al honor, exención de muchos impuestos y de ciertas penas viles, amén de otras fruslerías. Y todo eso independientemente de la situación económica del hidalgo, que podía ser francamente desesperada, por insultos de la veleidosa Fortuna, que no raras veces arrimó sus pucheros más llenos a las mesas de los pecheros más llanos». [7]
Pues la sangre de los godos,
y el linaje, y la nobleza
tan crecida,
¡por cuántas iras y modos
se sume su gran alteza
en esta vida!

Unos, por poco valer,
¡por cuán bajos y abatidos
que los tienen!
Otros, que por no tener,
en oficios no debidos
se mantienen


Pues si tan bien lo dijo en sus Coplas Jorge Manrique, más clara estuvo en su prosa la abuela de Sancho Panza:
«Dos linajes solos hay en el mundo (como decía una agüela mía), que son el tener y el no tener» [8]
¿Qué era la hidalguía? Nuestra época vulgar a menudo la confunde con nobleza. Pues no. Don Alfonso el Sabio en la Partida II define: «Hidalguía es la nobleza que viene a los hombres por linaje». Era, pues, un caso particular de nobleza: la de sangre, por el padre y la madre desde los bisabuelos por lo menos, aunque sólo la transmitía el varón.
Un pechero o villano podía ser ennoblecido por el monarca, en atención a algún mérito o servicio especial. Era uno de los pocos casos de permeabilidad ascendente entre clases. Descender era más fácil. El hidalgo podía dejar su estado, si eso le traía cuenta; y la mujer hidalga lo perdía casándose con villano.
Hidalgo era contracción de hijo dalgo: ‘hijo de algo’, no tanto por el caudal, sino por ejecutoria, como hijo de sus propias obras y de las paternas. Y al igual que en los otros nobles, también entre hidalgos hubo categorías o clases. Una de ellas, el hidalgo  de vengar  quinientos sueldos: hijo de hidalgo con su barragana, al que el padre confiere esa calidad añadiendo a la filiación dicha suma. Si alguien se permitía insultar o de otro modo ofender a uno de esos hidalgos –por ejemplo, llamándole villano ruin, o mentándole a la madre concubinaria y tal vez villana, el ofendido tenía derecho a reparación, devengando quinientos sueldos por la ofensa. En efecto, otra nota del hidalgo fue el pundonor. Una sensibilidad resarcible con dinero, mejor que con sangre, máxime cuando el reto era imposible, como en las ofensas recibidas de villano, clérigo o mujer.
Tomemos buena nota, porque el hidalgo de nuestra historia, Juan de Tejada, va a ser precisamente de los de quinientos sueldos, y sus ofensoras visten sayas.
Los documentos inéditos que manejo le hacen vecino de un barrio llamado de Tejada. Es evidente la relación con el antiguo priorato benedictino o Granja de Tejada –una propiedad de la Abadía de Oña–, en término de Puente Arenas, aunque como tal barrio del pueblo, el nombre se ha perdido.
Decir Tejada evoca hoy a San Pedro de Tejada, esa joya románica, meca de turistas junto con su gemela, San Nicolás de El Almiñé. Nuestro Juan pudo incluso ser bautizado allí mismo. Pero no le imaginemos presumiendo de arte, pues ya antes de 1500 el estilo que llamamos románico se tenía por bárbaro y obsoleto. Devoción sí, al Apóstol de España; y de hecho, Juan a su primogénito que conoceremos le llamó Pedro.
Por otra parte, el priorato de Tejada, dedicado a la industria porcina tanto como a los pleitos, no estuvo lo que se dice en buena relación con el clero y pueblo de La Puente, congregado ante la iglesia de Santa María. Los cerditos de aquella religiosa granja, sueltos y lustrosos por La Desa o Dehesa del Val, más la corta y tala de encina por los frailes, motivaron un contencioso  secular con el vecindario de La Puente y Quecedo, resuelto finalmente por concordia en marzo de 1495. 

En suma, que como apellido, para Juan el suyo no era carta de recomendación ante el vecindario. Y sin embargo (lo veremos), ser un Tejada fue tal vez su salvación. 
Pero no reventemos el suspense.



(Siguiente: Cuadro I, Ser, o no ser. Cuadro II, El arte del insulto.)


[1] En el Becerro de las Behetrías de Castilla, del rey Pedro I (s. XIV), figura como La Puente de Arenas, Merindad de Castilla Vieja. «Este logar es behetría, e han por señor a Garci Fernández Manrique, e son naturales della don Nuño e don Pedro e todos los de Villalobos e los Manriques, e non hay otros, que ellos sepan». V. la ed. príncipe, Santander, 1866, f. 212 vto.
[2] Puente viene de una raíz primitiva indoeuropea (*pntos), presente en el sánscrito, el griego, el anglosajón, lenguas germánicas y eslavas…, donde en todas significa camino (excuso ejemplos). Incluso en latín y en griego, existe pontus/póntos, el ponto, como  el ‘camino de la mar’, ya desde la Odisea, y según versos de Los Argonautas (4: 225-226) y la Eneida (10: 295-296), o el medieval  que cita san Isidoro (Etimologías, 1, 37, 3):
Pontum pinus arat, sulcum premit alta carina
El pino ara la mar,
la quilla de alto porte surco traza

 Fuera de eso, el latín, idioma de ingenieros,  reservó esta herencia léxica para esos puntos críticos donde un  camino se topa con algún accidente geográfico –río, ciénaga, barranco– que hay que franquear con ingenio: bien con un pontón flotante (ponto, pontonis), o mejor con un puente (pons, pontis). Los ingenieros que todavía llamamos ‘de caminos y puentes’, en Roma se llamaron pontifices (los que hacen puentes), organizados en colegio presidido por el Pontifex Maximus o Sumo Pontífice. Este significado de ‘puente’ heredaron las lenguas romances.
El latino pons es masculino, y lo mismo casi todos sus derivados medievales, con pocas excepciones. Una es el galaico-portugués (a ponte); otra, el castellano antiguo, donde fue femenino (la puente) hasta tiempos de Góngora. Desde el s. XVII, poco a poco  se hace masculino, de modo que todavía en el XVIII el primer Diccionario de la Real Academia lo daba como ambiguo. Así es femenino, o lo ha sido, en topónimos como La Puente de Valdivielso, y en apellidos derivados: De la Puente, Ruiz de la Puente etc.
[3] El aumento de población en la primera mitad del XVI queda probado en La Puente y otros pueblos del Valle por la  ampliación de la iglesia románica. Sólo la falta de dinero libro de la piqueta al resto del viejo edificio.
[4] Inocencio Cadiñanos Bardeci, Judíos y mudéjares en la provincia de Burgos. Diputación Provincial, Burgos, 2011. Del mismo: Arquitectura fortificada en la provincia de Burgos. Dip. Prov., Burgos, 1989.
[5] No confundir las torres fuertes de verdad –siglos XIII-XV (más o menos alteradas)– con las casonas o las falsas torretas renacentistas y barrocas –siglos XVI-XVII–, con representación en Puente-Arenas.
[6] Juvenal, Sátira 8, 1 ss.
[7] J. Moya, Papeles viejos de Castilla-Vieja. Villarcayo, 1993, pág. 197.
[8] Quijote, II, 20. Cfr. A. Domínguez Ortiz, Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen. Madrid, Istmo, 2ª ed. 1979, págs. 26 y sigs.


6 comentarios:

  1. Querido Profesor Belosticalle
    Muchas gracias. Me gusta esta nueva historia, pero ¿ se ha cansado de Potu ? Porque decía que pensaba continuar…
    Aunque si va alternando la crónica histórica, con la ficción utópica, también será estupendo. ( A mí me encanta leer varios libros a la vez, siempre que sean de temas, y tipos diferentes. )
    Un placer, como siempre, leerle, y además, las fotos son preciosas.

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    1. Querida Viejecita, sólo he querido variar un poco el menú, pero descuide, que el viaje subterráneo no ha concluído.

      Además, Incluso en ese viaje, un tanto largo, ha de haber variedad. Por eso es muy posible que demos un salto desde Potulandia a Martinia, otro país extravagante, y la mejor parte de la novela, para mi gusto.

      En cuanto a esta miniserie de los insultos espero sea rápida, pues se echan encima las Navidades.

      Otrosí, Jon Juaristiacaba de dar a luz en la clínica Turner otra criaturita pochola, sacada de pila como Historia mínima del País Vasco; y como ya le debía a Jon un comentario por otro libro que me regaló, pues a lo mejor con esta mini-historia me desempeño.

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  2. He leido con interés lo que ha escrito usted en esta entrada que se salta la senda que yo creía su camino. La voz peculiar de Jokin se lo agradecerá. Dispone usted de un nivel de erudicción, al que mis entradas no llegan, y una capacidad de atracción sutil pero muy efectiva.

    Por otro lado le invito a visitar "Batallas en Las Merindades" (http://batallasmerindades.blogspot.com.es/) que promociona un libro, uno de cuyos autores soy yo y donde se me ve la cara por exigencias del márqueting. No llega a ser un Bardecí pero tiene su puntito.

    Lo repito, me ha gustado mucho su entrada y esperaré impaciente la continuación. Un saludo.

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    1. Apreciado Sr. Lebato (y consorte), le(s) estoy agradecido por tan amables palabras.

      Como lector de su blog '7 Merindades', reitero mi impresión de hace un par de meses aquí mismo: página modélica, repleta de información.

      Con mi deseo de éxito para el libro de las 'Batallas', un cordial saludo.

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  3. ¡Qué intriga! Insultos del XVI, con arte. Hay cosas que no se pueden dejar de aprender, si hay oportunidad. Pero que no se lo digan a Arfonzo, que los roba.

    plazaeme esperando.

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    1. Don Plazaeme
      Usted no necesita aprender el arte del insulto, que ya se cayó en la marmita de pequeño, y conste que no lo digo en absoluto con intención peyorativa, sino más bien con envidia. Que en casa, una de las cosas que mi germanófilo les ha intentado enseñar a nuestros hijos, con ejemplos sacados de Shakespeare, es el arte del insulto sonoro. Pero los pobres, han salido a madre...

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