viernes, 28 de diciembre de 2012

La letra, con verso entra




En fecha tan señalada, quiero hacer a mis lectores partícipes de esta rigurosa primicia en exclusiva. 
Un comunicante anónimo cuyo nombre (por discreción y lógica) no debo ni  puedo revelar– me envía el prospecto de una obra que el nuevo Gobierno de la Generalidad de Cataluña piensa publicar por sorpresa el 1 de Enero, en edición facsímil, con destino a las bibliotecas de todos los colegios inmersos del Principado. 
Una tirada especial en papel de hilo verjurado y rigurosamente numerada, con las firmas conjuntas del Muy Honorable Artur Mas y de su ángel custodio, el historiador Oriol Junqueras, se reserva para los centros  así mismo inmersos de Barcelona y su Condado.
Lo primero y más urgente que se me ocurre es avisar a los íntimos que me frecuentan y poner a su disposición sendas copias del original en PDF, para que se las bajen gratis. Y ándenme listos, que en cuanto salga a luz la edición en papel,  todo esto ya será de pago (+ IVA, + 3% + recargo transitorio pro independecia).

La obra y su Autor
Se trata del Sumario Histórico-Cronológico, en verso, de los Condes de Barcelona, con la cronología de estos Soberanos, para instrucción de la Juventud Catalana. Barcelona, 1836.
Dedicado –, como reza el título y se repite a vuelta de hoja– a la susodicha  Juventud Catalana, el Autor de la publicación firma modestamente como

                            Vuestro apasionado P. de B.

P. de Bofarull, por Vallmitjana (1860)
Estas iniciales, en su tiempo, a nadie escondían la personalidad del poeta didáctico, aunque hoy Don Próspero de Bofarull y Mascaró (Reus, 1777-1859, Barcelona) está algo apolillado para la Nueva Cataluña. Digo yo, si es por esto que el actual Gobierno catalán desea hacer desagravio, dando a conocer al que fue organizador y casi segundo creador del Archivo de la Corona de Aragón, que a su llegada era un trastero en desorden.
Es proverbial la dificultad que los escolares han tenido siempre para memorizar la lista de los Reyes Godos. Pues bien, la de los Condes de Barcelona no le va en zaga, desde Wifredo el Velloso (que a veces confundíamos con Vellido Dollfuss), con tanto Ramón Berenguer y Berenguer Ramón, más los reyes de Aragón y de España con sus números condales cambiados.
Para estas cosas, nada como las coplas y pareados, a poder ser con música, pero al menos la letra y rima, que en este caso se grabarán sin dificultad y para siempre en el barro nuevo de los cerebros infantiles, como dijo Horacio. 
A Don Próspero ya le conocíamos nosotros aquí, citado por su obra de más aliento, Los Condes de Barcelona vindicados, y Cronología y Genealogía de los Reyes de España, considerados como soberanos independientes de su Marca. Barcelona, 1836, 2 vols. En la misma incluye versificado el mismo Sumario cronológico, que publicó aparte el mismo año.
Dedicada la gran obra al Sr. Rey D. Fernando IV de Barcelona y Aragón, VII de Castilla, es muy probable que el mismo Gobierno de la Generalitat decida reeditarla el año próximo por estas fechas, si para entonces tiene un respiro de las fatigas económicas que a todos nos agobian, pero al Principado mucho más, con España a cuestas y encima les rob... (qué feo).
 Desde luego, este obsequio digital a nadie excuse de consultar directamente la nueva edición en prensa, cuando aparezca. Porque según me dicen, como propina incluye un Apéndice también en verso, a la manera de las profecías de Nostradamus, con estrofas halladas en unos pliegos sueltos, en papel y letra como del siglo XVII, con alusiones bastante claras al destino de la Nueva Cataluña, ese carromato de Tespis arrastrado cuesta arriba por la noble yunta ‘Mas-Junquera’.
 Que lo disfruten.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Un árbol, ¡pero qué árbol!




       Cada año por esta fecha, Ostra nos roba…

– ¡Ostras, tú! ¿Lo ven? No, si ya lo digo… Española la Ostra, claro…
–No es eso, don Arturo. Más adentro. Donde usted lleva un escarabajo como un puño de piedra. Eso que a usted le falta: nos roba el corazón.

Lo ha vuelto a hacer, con este abeto navideño. No es sólo el regalo de su tiempo, que también. Pero es sobre todo la atención personalizada que nos presta esta mujer ingeniosa y amable. En sintonía con todos y cada uno de los participantes en el ‘Blog de Santiago González’.

       Es eso lo que renueva (por estos días al menos) una atmósfera especial, como de familia. Familia numerosa, pues por lo visto este año somos 683.
¿Cómo no sentirse contento en una compañía que por cada Navidad recibe tan precioso aguinaldo?
Desde mi chalupa, siempre a remolque de la ‘Argos’, invito a ponderar este proyecto de amistad que el Patrón nos brinda y Ostra nos dibuja.
Ella siempre, Ostra; esta vez como cabeza de equipo, asistida por Dafne, Catalina, Fumario.
 A todos cinco, un triple ¡hurra!

Ostra, Catali, Dafne, Fumario (si por aventura deja el tabaco), Santiago, con todo el gentío de los 683 (más que el número de la Bestia): algún día, casi sin sentirlo, se habrán vuelto ustedes mayores, añorantes. Y añorando, recordarán su árbol de 2012. Y con  el árbol, quizá mis versos; y con ellos a mí. Y entonces, de algún modo, en alguna parte, Belosti volverá a vivir un momento. Hasta puede que tome conciencia y él también añore, qué sabemos de por allá.

Con el fausto motivo del Árbol de Navidad dedicado, he puesto en la ‘Argos’ unos  textos que también tienen sitio aquí.

Empecé con esta 


En este abeto boludo,
en fulgurantes destellos
aparecen ellas y ellos,
del Mayor al más menudo.
Trabajo morrocotudo,
para quien bien lo analice,
y los globos localice,
donde con arte y rigor,
sin fórceps ni calzador,
Ostra, Catali y Fumario
meten en el escenario
hasta el Brassi y la Charlize.


La primera en la frente. Una de las artífices del Árbol se me fue con las Musas.
Lo ‘arreglo’, pero ahora mi ‘décima de a doce’ ya tiene catorce versos.
¡¿Catorce?! Dafne cara, les debo un soneto.

[Después de las deudas del juego (y algunos ponen también las del amor mercenario), ninguna obliga tanto como un  soneto prometido. Sobre todo, si el soneto ha de ser malo, por defecto de natálibusQue todo lo supla la buena voluntad.]

El Árbol 2012

Este que veis aquí sencillo abeto,
árbol de Navidad como cualquiera,
es singular, pues lo que muestra afuera
sólo es de sus entrañas el boceto.

Abridlo: es todo mágico, repleto
de nombres que son almas. Quién pudiera
poner a todas rostro, gran quimera:
tres y ochenta y seiscientos, dan respeto.

Este es el mástil de la marinera
Argos, y tanto adorno es cosa fina,
ya que la dotación está al completo.

¿Quién hizo tal milagro? La perlera
Ostra, Dafne, Fumario, Catalina:
artistas que no caben en soneto,

pues con benedictina
paciencia, en conjunción (pronto se dice)
triangulan al Patrón, Brassi y
 Charlize.

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Nota: Se recomienda pronunciar Charleeze, para que rime con ‘dice’. Si alguien prefiere la pronunciación correcta, puede pronunciar también ‘dice’ como si fueran los dados en inglés.
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A todo esto, ya bien anochecido, una voz rompe el silencio de mi estudio:
–«Gran soneto, don Belosticalle.»
 ¿Quién va? ¿Quién es el bromista?...
¡Pero si es Micer Jon!
Él tenía que ser. Y desde Roma:

No confío en que les llegue a todos los remeros mi felicitación navideña, porque ando con cobertura limitada. He llevado mi iPad esta mañana a la Plaza de San Pedro, y la bendición papal me lo ha dejado p’allá. Con todo, ahí les va, con mis mejores deseos.

Eso dijo. Pero primero había dicho aquello otro, que me acaricia las trompas de Eustaquio, y aun las de Falopio que tuviera:

–«Gran soneto, don Belosticalle.»

¡Ah, maestro Jon! Virtuoso entre los virtuosos de la especialidad. Todavía debo de tener por ahí un papelón amarillento con un rosario de sonetos vuestros, para  castigo, zumba y conhorte de Garaikoetxea, cuando de los suyos recibió, no intercostal estocada, pero sí buena ostikada en todo el sacro.  ¡Ay mi Alhama! ¿Los recordáis? Seguro que de coro, con vuestra memoria elefantina.
«Gran soneto». Y sin ironía que se note. Estoy que no me quepo en mi persona.
¡Que viva el Señor Papa y la Madre Iglesia que le parió, que me ha dejado ‘p’allá’ a micer Juaristi, junto con su iPad!

A todo el mundo, por encima de insalvables coincidencias, Felices Pascuas.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Solsticio en éxtasis




En la mente popular, el solsticio era lo que el nombre dice: la estación del Sol; su detención instantánea, previa al retorno. 
Esta imagen dejó huella en un pasaje apócrifo muy notable. José, que no asistió al parto de María, cuenta en primera persona la experiencia que tuvo en aquel preciso momento:

Lectura del Proto Evangelio según Sant Yago (17:3 – 18: 1-2):

A medio camino, dijo María a José:
–Bájame del asno, porque estoy para dar a luz.
Él la apeó del asno y le dijo:
–A ver adónde te llevo, algún lugar discreto. Esto está muy solitario.
Descubrió por allí una cueva, y allá la introdujo. Y dejando con ella a sus hijos, él se fue en busca de alguna comadrona hebrea por la parte de Belén.

«Yo, José, andaba, pero que no avanzaba.
Miro al aire, y el aire estaba pasmado.
Miro al polo celeste, y estaba parado, con las aves del cielo fijas.
Miro abajo, a la tierra, y veo en el suelo una olla, y unos obreros recostados en torno, con las manos en la olla. Y como que masticaban, pero nada masticaban; los que parecían coger algo no lo retiraban, y los que se llevaban algo a la boca nada se llevaban. Y todos ellos con el rostro vuelto arriba.
Hete de pronto unas ovejas en marcha, que también estaban quedas, sin adelantar. El pastor alzando el brazo para darles con el cayado, pero el brazo quieto en alto.
Miro a la corriente del río, y veo unos cabritillos con las bocas pegadas al agua, pero tampoco bebían.
Todo estaba en suspenso, fuera de su curso. Hasta que todo volvió en sí del éxtasis. »


       Según eso, la escena tuvo lugar a mediodía. Sin embargo, la tradición de la Navidad noctura se impuso –la Noche Buena–, inspirada en un texto del libro de la Sabiduría:


Dum medium silentium

Estando todo en gran silencio
al filo de la medianoche,
tu Verbo omnipotente, Señor,
desde sus reales asientos vino.

       Aunque hoy toca y se canta (más bien poco) la Antífona doble O (O Oriens), como contrapunto del curioso relato vale la pena conocer aquella otra antífona navideña en tres versiones:

       1. Gregoriano (a solo):




       2. O en este ‘conductus’ anónimo
Escuela de Notre Dame de Paris (1163-1245):



       3. Y para que sean tres
en polifonía moderna de Paolo Ugoletti (1987),
recentito, publicado el 17/12/2012:
      


martes, 18 de diciembre de 2012

El fruto de tu vientre


Para cerrar el tema de ayer ‘La O de María’–, hoy nos asomamos a una consecuencia sorprendente: las vírgenes abrideras, o ‘expectaciones’. Va por todas las que se llaman Esperanza (doña Expectación, hoy se lleva menos).

       Expectación 
El año 656, bajo Recesvinto y el metropolitano de Toledo, san Eugenio II, se celebró el Concilio Toledano X, cuyo canon 1 dispuso no celebrar la Anunciación el 25 de marzo  que suele caer en cuaresma y cerca de la pascua, y la trasladó al 18 de diciembre. Con una particularidad: sería fiesta toda la semana, hasta Navidad. Restaurada en España la Anunciación el 25 de marzo, se mantuvo el 18 de diciembre con el nombre de Expectación de Santa María.
Aquel viejo canon sirvió de ejemplo para ajustar las fechas de la O. De paso, aquella fiesta española en los siglos XIV-XV se extendió a otros países y se hizo general, con diferentes nombres: Expectación del Parto, La (Buena) Esperanza  y por supuesto, Virgen de la O [1].
Y bendito canon y bendita fiesta, que también darán origen a una plástica harto expresiva de vírgenes grávidas, pero sobre todo a un género escultural extraordinario: las vírgenes abrideras.
Los Apócrifos de la Infancia de Jesús son muy realistas sobre el parto de María, haciendo intervenir a una comadrona, o incluso dos –Zelomi y Salomé–, que llegan tarde al buen suceso, sin otra misión que verificar al tacto la integridad virginal de la recién parida [2]. En esos relatos nada hace suponer que Jesús nació como un rayo de luz que atraviesa un cristal, o bien por el costado de María (un tópico que también repite la leyenda del Buda y otros personajes).
A lo largo de la Edad Media el papel teológico de María no cesa de subir y subir, con entusiastas como san Bernardo. «De María nunquam satis» (de María nunca se dice lo bastante): semejante axioma fue como un bulldozer abriendo ancho camino hacia una especie de adoración mariana teórica, mística e iconográfica.
Según Gómez Moreno (1927)



La preñez de María se representa ya desde el siglo XIII de manera realista. A veces, en el acto mismo de la Anunciación, la doncella que escucha el anuncio del Ángel y pronuncia el “sí quiero” al Espíritu Santo, ya luce un vientre abultado. Como en la pareja escultural de Santa María del Azogue (Benavente, Zamora) [3].


En este sentido, el arte sacro oriental idealiza la preñez, dibujando al niño mayorcito en el pecho de la madre orante, como si María hubiese llevado al hijo «en el corazón». Es el tipo de iconos llamados de ‘la Señal’, en alusión a la señal de Isaías («una virgen concebirá»). 



El mismo pudor inspira en Occidente algunos modelos, con la figura del niño a nivel de la cintura o más arriba. O bien se recurre al criptograma, como en esta virgen que lee las antífonas de la O mostrando en su túnica, a la altura del vientre, un sol radiante.

Un paso más, y el artista nos revela las entrañas de María, con una oquedad donde se aloja el infante. En principio, estas imágenes eran una variante de los clásicos relicarios.
Pero donde la audacia devota alcanza uno de sus cenits es en las vírgenes abrideras. Un paraíso perdido en su mayor parte, porque desde los siglos XIV-XV se levantaron críticos puristas, luego la Reforma protestante, hasta que el Concilio de Trento las mandó retirar. 
Aun así, algunas resistieron, sobre todo en iglesias apartadas. Totalmente desprestigiadas en la Ilustración del XVIII, el Romanticismo las rescata en el siglo XIX, produciendo incluso imitaciones o pastiches, y por supuesto falsificaciones.
Para entrar en ese paraíso contamos con una guía de excepción, la prof. Irene González Hernando, con este buen artículo introductorio: Las Vírgenes abrideras (2009) [4].
De su mano aprendemos a distinguir entre vírgenes abiertas (relicarios vaciados en la espalda) y vírgenes abrideras, esculpidas por delante y provistas de valvas con bisagras, que se abren para mostrar el contenido.
¿Y qué contenido puede descubrirse en un vientre preñado, salvo una criatura?   Vuelve aquí la frase atribuida a san Bernardo: «de María, nunca basta». Ese vientre puede ser una caja de sorpresas. Lo que nos revelen sus puertas permite una nueva distinción entre vírgenes:
Virgen abridera 'pasionaria'
Nueva York, MMA, s. XIV

1. abrideras simples (con Jesús niño de pie o sentado);
2. abrideras pasionarias (con Jesús adulto crucificado y emblemas de la Pasión);
3. abrideras trinitarias (con la Santísima Trinidad en pleno, Padre, Hijo y Espíritu Santo);
4. abrideras historiadas (trípticos con historias diversas de la vida de María y Jesús, etc.)

Santa Ana (siglo XIX)
El gusto popular extendió la solución abridera también a santa Ana, que alguna vez se representa preñada de la Virgen y a ésta del Niño: abuela, madre y nieto. Lo normal, sin embargo, es que la santa lleve sus rodillas a María, y ésta en las suyas a Jesús. L. Réau dice que la mayoría de Anas abrideras son embelecos; como esta historiada del siglo XIX.

Las vírgenes abrideras auténticas trajeron en el ocaso de la  Edad Media algunas aportaciones de mérito no sólo artístico, sino ideológico-místico. Un buen ejemplo son aquéllas en que la Virgen se abre como un gran manto o dosel como Mater misericordiae, cobijando a todos los órdenes de la cristiandad. También la presencia de Jesús sentado en un trono convierte a María en Sedes Sapientiae (Trono de la Sabiduría). Cualquier piropo de la letanía tiene sitio en esta imaginería mariana.  
Las abrideras más comprometidas, desde el punto de vista dogmático, son las Trinitarias, porque, como apuntaba en el siglo XV Juan Gerson, canciller de la Universidad de París y uno de los campeones más prestigiosos de la reforma en la Iglesia, esas estatuas pueden sugerir al devoto simple que toda la Trinidad en Tres Personas se encarnó para redimir al mundo; lo cuál es herético.
Pues bien, según nuestra maestra doña Irene González, las trinitarias son las abrideras  más características del área ibérica. De 78 imágenes que estudia en su tesis doctoral, 47 llevan la Trinidad en el útero, mientras que 31 muestran un interior historiado. Sin embargo, 11 de éstas últimas son modernas, pues al volver la moda de las abrideras se impuso el modelo tríptico con escenas. De los interiores trinitarios, dos tercios han sido manipulados, suprimiendo el trono, el crucifijo etc.
En tales condiciones, pocas son las vírgenes abrideras trinitarias que se han librado del hacha o de la cirugía radical. Hablamos de la auténticas, no de las muchas falsificaciones o hechuras desde el siglo XIX.

La Andra Mari de Buriñondo
Una de éstas abrideras trinitarias, magnífica por cierto, es la Virgen de San Blas de Buriñondo, cerca de la villa de Vergara (Guipúzcoa). Arriba la hemos visto abierta, mostrando la Trinidad. Aquí cerrada, y con un Niño sedente de quita y pon, que podría ser añadido, según la experta, para ajustar la imagen a las exigencias del Concilio.
De la 1ª mitad del siglo XV, grande de casi 1 m. de altura, tallada en madera policromada y dorada, en su hierática frontalidad y expresión de mujer satisfecha, es la  mejor conservada de su género, y realmente única en su tipología, sea cual sea el alcance de sus reformas. Como trinitaria, es una amplificación del tema de la abridera pasionaria, ya que el Hijo aparece crucificado, sostenido por Dios Padre.
Con toda su extrañeza, y el sabenito de rozar la heterodoxia, las imágenes  trinitarias tuvieron justificación literaria. Por ejemplo, el poeta místico Adán de San Víctor (m. en 1192) saludaba a la Señora como el «Triclinio de toda la Trinidad»:

Salve, Mater pietatis,
et totius Trinitatis
Nobile triclinium.

        La verdad es que hace falta imaginación para discurrir ese piropo a la Virgen. De hecho, esas cosas no se les ocurrían a los poetas, que a menudo se quedaban cortados con la péñola en el aire, y era la propia María la que les soplaba el verso y el consonante. Así lo dice la leyenda recogida en las Cantigas de Alfonso el Sabio, para explicar lo de Adán de San Víctor, o quien fuese el autor de la secuencia (un arcidiago o arcediano de San Víctor) [5]: 


Estand’ el assi en prezes,

veo-lle a coraçon

a rima que lle minguava,

que era de tal raçon

en latin e que mostrava

‘Nobile Triclinium’,

e non avia palabra
que y fizesse mellor.


       ¿Exagerado ? De Maria, nunquam satis. Con todas las condenas de Gerson, de Trento y del papa Benedicto XIV (1745), recuerdo cómo siendo yo niño una tía mía monja, que por la Guerra Civil vino de Barcelona a nuestra casa, cuando dirigía el rosario me causaba admiración, con aquella añadidura suya invocando a la Virgen como «Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo, Templo y Sagrario de la santa Trinidad».
Abridera trinitaria literaria, como quien dice.
___________________________
[1] Así lo leo en el liturgista francés Jean Grancolas (h. 1660-1732), Commentaire historique sur le Bréviaire Romain, París, t. 2 (1727), págs. 53-54. En cambio Louis Réau no menciona tal origen, aunque reconovce que «el tema del embarazo [de María] parece haber sido particularmente popular en España y Portugal», Iconografía del Arte Cristiano, Barcelona, Serbal (2ª ed., 2000), 1/2, pág. 97.
[2] Hacia el año 200, el Protoevangelio de Santiago (19-20) es de lo más crudo: la escéptica Salomé «mete el dedo en la vagina» y pega un grito, porque siente la mano quemada que se le desprende. El muy posterior Evangelio del Seudo Mateo, o Libro de la Infancia, (13) le plagia con más delicadeza. En el Evangelio Armenio de las Infancias (8-9) la comadrona es nada menos que ¡la primera madre Eva! A san Jerónimo le sacaban de quicio estas historias de parteras: «Nada de mujerzuelas, María se arregló ella sola…» Nadie le hizo caso, porque de lo que se trataba era de ‘demostrar’ el parto viriginal, con tradición hasta la Edad Media (catequesis, arte, drama sacro…); cfr. Aurelio de Santos Otero, Los Evangelios Apócrifos. Madrid, BAC, 1956, pp. 177 y 222.
[3] Gómez Moreno, Catálogo monumental de España., Provincia de Zamora, 1927, Láminas.
[4] Sin contar su gran monografía sobre Vírgenes abrideras y Vírgenes-tríptico:, El arte bajomedieval y su proyección. Edit. Académica Española, 2011, 528 págs. v. también: La Virgen de San Blas deBuriñondo en Bergara (2006). Artículo en R. García Mahíques y V. Francesc Zuriaga (Eds.): Imagen y cultura. La interpretación de las imágenes como Historia cultural. Vol. I (Valencia, 2008). Sobre abrideras teutónicas  (2010). Dependiente de la misma autora, cfr. Ricardo Garay Osma (Sans Soleil De Arte).
[5] Adán de San Víctor, Carmen 38, estrofa 11 ; en G. Dreves & al., Analecta hymnica Medii Aevi, vo. 54 (Leipzig, 1915), pp. 383-384. Sobre la leyenda con el tópico del poeta en su atasco (que el dominico fray Tomás de Cantimpré refirió expresamente a Adán de San Víctor), v. Cantigas de Santa Maria, 202.


lunes, 17 de diciembre de 2012

La O de María



Preámbulo
En Bilbao, tomo el autobús municipal, o ‘Bilbobus’. Como quiera que el nombre oficial de la Villa de Don Diego es sólo Bilbao (que no Bilbo), y no por ejemplo Bilbao/Bilbo o viceversa, pues eso: Bilbo-bus. Lógica impecable.
Estos días, a los viajeros, las ventanas del bilbobús nos felicitan la Navidad en varias lenguas. Del chino y el japonés no puedo decir nada. Las demás –español, francés, inglés, ruso, árabe…, catalán–, todas hacen referencia a la Navidad, algunas también a Cristo. Todas… menos el vasco: Zorionak.


Ni Navidades ni Cristo:
felicitades, y listo,
Bilbon, Zorionak!

       No sería mal estribillo para un bilbo-villancico de la nueva era post mesiánica.
Zorionak, Felicidades. ¿Felicidades, a santo de qué? Se da por supuesto, pero se calla. Un silencio parlante.
Y tan parlante. El día siguiente, 13, venía en El Correo un artículo de humorismo peculiar (‘Ateos,mula y buey, en peligro de extinción’), con esta tesis:
«Estas fechas siempre han sido complicadas para los ateos»
Sorprendente, ¿verdad? Pues veamos la matización:
«para los ateos, … los que esgrimen la aconfesionalidad del Estado».
Un lector del artículo, algo enfadado, estampaba su comentario con la casi siempre mal traída paradoja de Böll:
« Como decía Heinrich Boll (sic), ‘los   ateos me aburren, siempre están hablando de Dios’
Hombre, por aburrir, también aburren los ateos que se pasan la vida ‘callando de Dios’. Los que, a cuento del laicismo de Estado, no pierden comba para chistar que no se debe mentar la bicha, ni cosa que tenga que ver con el hecho religioso (sobre todo si es cristiano). En suma, los que por la vía del silencio forzado reniegan de algo que fue suyo. ¿Te engañaron? ¿te timaron? Pues avisado quedas, hombre, no eres el único. Pero tampoco te hagas un deber de airearlo a troche y moche, porque eso huele a proselitismo y a celo de neófito, con un pelín de mala conciencia. ¿A que sí?
Los ateos serios que conozco, empezando por mi más íntimo, no padecen esa superstición. Bien sea uno ateo de nacimiento o converso al ateísmo, el ateo de fuste sabe que la religión sigue ahí, siquiera reducida a tradición cultural; y la teología también está ahí, aunque sólo sea como parte de la filología y otros saberes, incluida la lógica. Lo que carece de toda lógica es apelar a la Constitución del Estado para aplicar la damnatio memoriae al pobre Jesucristo, aprovechando la ocasión de su cumpleaños. Si no se le felicita a él, ¿a qué viene felicitar al público? 
Esa falta de lógica se hace chirriante en el caso de los pretendidos laicos nacionalistas, que so pretexto de liquidar lo religioso aprovechan para colar de matute su propia religión, secta e integrismo, no menos dogmático y alienante que cualquier religión convencional. Ellos también piden su oportunidad para dar –para imponer– su timo.
Como ese tema ya lo toqué en la miniserie ‘Laicos de mucha fe’, para no repetirme invito a un sorbo de esa savia de cultura nuestra común a creyentes y descreídos.

La letra redonda: curiosidades y misterios
Hoy 17 de diciembre empieza la Semana de la O, y mañana 18 se celebra la Expectación (del Parto) de María. La popular María de la O.
Este que parece nombre de una letra vocal es en realidad la exclamación ¡Oh! en latín, poniendo título a la serie de siete ‘antífonas mayores’, que todas empiezan por esa llamada al Mesías prometido, para reclamarle que venga [1]:

Diciembre,
17: O Sapientia            (¡Oh Sabiduría!)
18: O Adonai                (¡Oh Adonay!)
19: O Radix Jesse        (¡Oh Raíz de Jesé!)
20: O Clavis David     (¡Oh Llave de David!)
21: O Oriens                  (¡Oh Oriente!)
22. O Rex Gentium     (¡Oh Rey de las Gentes!)
23. O Emmanuel         (¡Oh Manuel!)

Sin entrar en cada uno de los textos, sólo quiero señalar el carácter judaico de los mismos, en los epítetos mesiánicos tomados del Testamento Viejo, dos de ellos incluso en hebreo: Adonai y Emmanuel. Sin embargo, entre ellos no se incluye el que debería ser principal, Mesías (el cristo o ungido).
Observemos que ‘O Oriens’ corresponde al solsticio de invierno [2].
Otro secreto de las antífonas O es que el conjunto incluye la respuesta a la llamada. En efecto, los epítetos del Mesías componen un acróstico inverso, que se descubre leyendo de abajo arriba las iniciales marcadas en rojo: ERO CRAS (‘Estaré mañana’). Lo que se cumple el día 23, víspera de Nochebuena. Si ese acróstico es casual, obra de ingenio humano o de inspiración divina, Adonay lo sabe, pero ahí está.

Las antífonas O aparecen documentadas desde el último tercio del siglo IX pero son más antiguas, tal vez del VII, y su origen sigue incierto [3].
El carácter ambiguo de estos fervorines, entre ansiedad y esperanza por la salida de cuentas de María, aprovechó para aliviar un poco el ayuno de adviento. En algunas partes la entonación de cada antífona se reservaba a un dignatario o un empleo del cabildo o convento, debiendo el interesado corresponder con una propina. La antífona central ‘O clavis’, por lógica, le tocaba al hombre de las llaves, el mayordomo o despensero, y se entiende que la tarde del 20 era especialmente generosa, con una pitanza o piscolabis después de vísperas. El yugo de Cristo siempre era suave, pero en ciertos días la ligereza de carga se notaba más.
 En lo musical, una singularidad de estas piezas litúrgicas es el empleo del modo II en su melodía gregoriana. Escuchemos la primera, ‘O Sapientia’en dos versiones:
 1. Monodia coral masculina, con entrada:



2. Ahora a solo de voz blanca:



       Conozcamos también ese artilugio curioso que en algunas iglesias se plantaba sobre un mástil durante los días de la O. Este modelo de madera taraceada, no muy antiguo, con firma pirograbada de Cerdá, muestra al Niño en el centro de un aro sentado en un trono a modo de columpio. Se trata, pues, de una figuración simbólica, donde la O y el trono representan en abstracto la matriz y la vulva de la Virgen. Lo cual nos lleva al otro motivo conexo: el fruto del vientre de María.
¿Qué llevó realmente durante nueve meses la Virgen en su seno?
Nada como abrirlo, para verlo.
Pero primero, kanpora!, despejen nuestros ‘laicos’, que el espectáculo es un poco fuerte y podría herir su sensibilidad. Y mientras nos deshacemos de ese incordio, aquí tenemos otra prosa de Adviento, de lo más judaico de la liturgia, lo mismo en la tonalidad que en la letra:

Destilad rocío, cielos, desde arriba,
y las nubes lluevan al Justo.
(Ábrase la tierra
y germine al Salvador) (Isaías 45: 8).

Autor del ritornello: Isaías II, un desconocido que compone posiblemente en Babilonia, por la década de los 550-540 a. de JC. Incorporado al libro de Isaías, su aportación (Isaías, 40:1 – 55: 13) se conoce también como El Libro del Consuelo. Recomendable todo él para tiempos depresivos, como el presente.
El Rorate, coeli es una de mis piezas preferidas. Y mientras hoy malamente la tarareo, todavía me escucho, cuando la cantaba como niño de coro. Y gustaba, pueden creerme.
De nuevo propongo dos versiones:
1. Antifonal, monodia masculina.



       2. Y este milagro de monodia femenina.



       Hasta mañana... si Adonay quiere.
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[1] Su horario varió, de Laudes a Vísperas, para resaltar su relación con la Virgen y su cántico, el Magníficat, mejor que con el Benedictus.
[2] Oriente, en griego Ανατολή (existe el nombre Anatolio), también el Amanecer; como nombre mesiánico figura en el libro de Zacarías (3: 8 y 6: 12-13), según la versión griega judía de los LXX, a la que sigue la Vulgata latina. En cambio, el hebreo masorético pone Pimpollo: צֶמַח, (tsémah, pimpollo, vástago, renuevo. El destinatario del nombre mesiánico esperanzador era el sumo sacerdote Jesús Ben Josédec, que a la vuelta del destierro de Babilonia ejerce en estado de miseria, más que pobreza, como una plantita humilde que dara origen al nuevo sacerdocio.
[3] En la Vida de Alcuino de York, el sabio inglés al servicio de Carlomagno, se dice que la antevíspera de morir (mayo de 804) cantaba con alegría la antífona O clavis David, lo que no prueba el origen inglés de estas piezas. ¿Españolas tal vez? No es imposible, y algo hemos de ver al respecto, en relación con el Concilio Toledano X (año 656).
También el número de antífonas, su orden y su contenido, variaron, hasta una docena, algunas invocando a María y una hasta al apóstol santo Tomás (fiesta el 21 de diciembre, hasta 1969). Se impuso finalmente la septena actual.


martes, 11 de diciembre de 2012

Cerditos a Belén




El otro día visitamos un monasterio de clarisas. En una casa de esa Orden no puede faltar el Belén, de modo que aunque el trabajo ordinario es allí bastante duro, dos o tres monjas encontraban tiempo para montarlo.
Bromeando con ellas sobre el buey y la mula –tan de moda en relación con la veracidad evangélica–, estuvimos dando un repasitoo al resto de fauna belenística: vacuno, ovejas y cabras, aves de corral y palomas, bestias de carga, tiro y silla...
En esto, sor Raquel nos mostró una pieza notable. Aquí la vemos, en la palma de su mano: esa marrana hemosa y relajada, aliviándose de leche con sus tres gorrinos. Notable por su antigüedad y origen napolitano, notable también por la naturaleza de la especie. ¿Qué pintan cerdos en Belén?
El cerdo en la Biblia es prototipo de animal inmundo. En el Testamento Viejo, ni comerlo, ni tocarlo, vivo ni muerto. Excluido de la dieta humana, también lo está del sacrificio religioso. A Dios no le gusta el cerdo. Hazir: el hebreo bíblico no distingue entre el jabalí o cerdo montés y las variedades de cría. La hembra es hazirah y los lechones hazirón  y hazarzir. La raíz HZR aludiría a la costumbre de revolcarse o revolverse, pero también a su terquedad comprobada.
Sin embargo, un Midrash apunta otra razón: «¿Por qué ese nombre, hazir? Porque un día volverá a nosotros.» Es decir, el cerdo prohibido nos será devuelto. Volveremos sobre esta etimología.
El Testamento Nuevo tampoco hace favor al bicho. Cristo recomendaba no tratar de distraer a los puercos hambrientos mostrándoles perlas (Mateo 7: 6). El Hijo Pródigo toca fondo de su degradación haciendo oficio de porquero (Lucas 15: 15-16). Todo eso era en parábola. Pero recordemos también el episodio tremendo de una legión de demonios expulsados de un poseso, que se alojan en un gran piara de 2.000 animales y la hacen enloquecer, despeñándose las pobres reses al lago (Marcos 5: 1-13). Tres demonios por cerdo, calculando en 6.000 soldados la legión romana.

¿Por qué el cerdo?
El origen de ese tabú es oscuro. Se habla de una relación con el culto babilónico de  Dumuzi/Tammuz, dios titular de un mes del año solar. Una embestida de jabalí mató a Dumuzi, y no es casualidad que cerdo en turco se diga domuz. También entra en danza el dios egipcio Osiris, cuyo enemigo ritual Set se transformaba en cerdo. 
Pero sea cual sea la explicación ‘racional’, si existe, el criterio dietético de la ley de Moisés es caprichoso y flotante. Para los animales terrestres, el Levítico 11: 7 (= Deuteronomio 14: 3-8) lo basa en dos características: 1ª) pezuña hendida o pezuña entera (casco), y 2ª) rumiar o no rumiar. Sólo las especie que reúnan el doble carácter, pezuña partida y rumia, son puras. La oveja, la cabra, el vacuno, por ejemplo, no dejan lugar a dudas. El camello en cambio es impuro, según ejemplifica la propia Biblia, porque si bien es rumiante, no tiene la pezuña partida.
Pero si el criterio de las pezuñas no es del todo claro, lo de la rumia ya causa perplejidad. No se basa en observaciones anatómicas y fisiológicas, en los compartimentos estomacales y su función digestiva. Los artiodáctilos rumiantes son puros, salvo el camello, por la dichosa pezuña. Ahora bien, la liebre y el conejo son impuros, porque (al revés del camello) aunque no tienen pezuña hendida, sin embargo... ¡¡rumian!! De no haber puesto el Legislador ejemplos expresos, difícilmente se habría entendido como ‘rumiar’ el frotamiento de dientes que se observa en los hiracoideos (damán) y sobre todo en los lagomorfos (conejo, liebre), para controlar por desgaste la longitud de unos incisivos en crecimiento continuo. Por supuesto, los lagomorfos en su caída a la impureza arrastran consigo a los roedores (cfr. Isaías 66: 17), aunque estos no son tanto de ‘rumiar’.
Por la misma vía casuística o de ejemplos, el cerdo es manifiestamente impuro por la pezuña hendida y el no rumiar. ¿Y los perisodáctilos? El caballo y el asno son de carne impura porque sí. No son rumiantes, pero como si lo fueran. Con que salgamos de semejante embrollo, dejando flotar la duda: por qué esa fama pésima del cerdo, mucho peor que la del camello, el asno o el caballo.
Una mala fama que no se limita a la dietética, sino a la estética en general (Proverbios 11: 22):

Arandela de oro en hocico de puerco,
eso es la mujer hermosa pero falta de gusto.

La impureza del cerdo se ha querido explicar por su suciedad y su familiaridad con toda inmundicia, lo que le hace vector de enfermedades graves, como la triquinosis y las tenias, quizá también la peste y enfermedades de la piel; sin olvidar que los lamparones se llaman escrófulas, ‘cerditos’ en latín, igual que en hebreo hazirith. Los rabinos comparan al cerdo con una letrina ambulante, un retrete con patas y hocico que recicla hasta su propio estiércol [1]. 
Ahora bien, el estigma de sucio es infundado para un animal que en libertad, fuera del confinamiento inmundo de la cochiquera, es limpísimo, amigo del baño y de los revolcones higiénicos en el lodo, mal interpretados como afición a lo sucio. Un prejuicio del que ni con asistencia del Espíritu Santo se libró san Pedro Apóstol, o quien fuese el que lo escribió (2 Pedro 2: 22):

«Han hecho verdadero el refrán:
el perro vuelve a su vómito, 
y la puerca recién bañada a revolcarse en el cieno

Es verdad que los críticos no creen que esta carta sea de San Pedro. Para el caso da igual, sabiendo que el jefe del Colegio Apostólico fue una observante riguroso de la dietética judía. Recordemos aquella visión que tuvo de un mantel suspendido en el aire, cubierto de animales inmundos, mientras una voz le ordenaba: «Pedro, mata y come» (Hechos 10: 9-16). Espantado, rechazó la perspectiva de matar el hambre con aquellas porquerías, pero la voz le replicó: «No llames tú porquerías a lo que el Señor ha purificado».

El cerdo mesiánico
Ahí tenemos una posible pista del puerco como animal del Belén. Vamos a verlo.
En tiempos de Jesucristo, no todas las regiones judías eran observantes a rajatabla. Desde siempre los israelitas tuvieron familiaridad con el cerdo. En la época de adaptación cultural bajo los seleucidas, los tabúes ancestrales se relajan (de ahí la reforma macabea), y la cría de un animal tan rentable no fue rara, siquiera con fines comerciales y a cargo de pastores lumpen. El intento rigorista dietético en el llamado ‘Concilio de Jerusalén’ (Hechos, 15) no tuvo éxito en la diáspora, imponiéndose el aperturismo de Pablo en dietética y en la circuncisión.
Quedó claro que estas prácticas no tenían ninguna base higiénica o médica (eso pudo venir luego), ninguna explicación razonada. Eran sólo señas de identidad diferencial del judaísmo –un pueblo separado de todos los demás, fijadas en el Talmud para preservar con ellas la supervivencia de una nación sin estado dispersa  por el mundo.
En las crisis históricas con muchas ‘conversiones’ de judíos al cristianismo, las observancias del Talmud fueron piedra de toque para distinguir al ‘marrano’ (tornadizo) del converso sincero. El cerdo  se hizo emblemático, en ese sentido. El converso que no prueba de cerdo, malo. Si no cata la morcilla, marrano seguro. El propio animal se llamó por antonomasia marrano –una palabra que nació en Castilla, tal vez a mediados del siglo XIII, y que Europa nos devolverá como insulto dedicado a todos los españoles [2]

       La inclusión de cerditos en los belenes, empezando por los napolitanos –como el de la fotografía–, pudo ser sólo un rasgo de tipismo, como tantas figuras y actividades gratuitas o satíricas en ese escenario. ¿Gesto antijudío? Yo no lo veo.
Sin embargo, cabe una posible intención profunda, no precisamente antisemita, sino lo contrario. La tradición judía contempla la Era del Mesías como regeneración total. Entonces se revelará la bondad universal en las obras de Dios.
Hasta el más inmundo de los animales, el cerdo, será un manjar kosher en el banquete de los sábados. Eso sí, para adquirir ese estado de pureza, el cerdo tendrá que pasar por una etapa de cambios adaptativos. Cambios que no afectarán a su hermosa pezuña partida, pero sí a sus entrañas: ¡se volverá rumiante! La Ley es inmutable, y ni el mismo Dios puede cambiarla [3].

Con todo, una diferencia veo entre el puerco mesiánico judío por venir, y el nuestro que ya es. Precisamente por ser su Ley inmutable, jamás podrán los hijos de Israel degustar la morcilla. Ellos se lo pierden.
Para los cristianos, la nueva Era ya llegó, con morcilla y todo. El cerdo es algo más que comestible. Exquisito tostón, podemos interpretarlo como ‘el otro cordero pascual’, el de la Pascua navideña.
       A ello se suma la tradición germánica del ‘Cerdito de Adviento’, que por estas fechas se aparecía en los establos, como nuncio de ventura para el año nuevo. Representado en figuritas de bisutería, es talismán de buena suerte.
Ese podría ser el mensaje de los cerditos en el Belén. Como esta mamá puerca tranquila y satisfecha, después de haber sacrificado la mitad de su lechigada para el banquete pascual de Nochebuena, y así sacar adelante una prole reducida pero más vigorosa.
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[1] T. de Jerusalén, Berakhoth 1, 4c.  El puerco sería especialmente propenso a contraer negaím, toda suerte de ‘plagas’ o enfermedades de la piel (¡!): «Diez medidas de negaím bajaron al mundo, nueve se las quedó el cerdo, y sólo una a repartir entre el resto de las criaturas» ; cit. por Julius Preuss, Biblical and Talmudic Medicine, Jason Aronson Inc., reimpr. 1994, p. 345. El mismo Preuss recuerda que, según Plutarco y Tácito, los judíos no comen cerdo por temor a la lepra; una afirmación sin base en el Talmud (o. cit., pág. 338). En el texto de Plutarco (Cuestiones de sobremesa, 4. 5) los interlocutores mezclan motivos religiosos y de salud. Tácito por su parte se refiere expresamente no a la lepra, sino a la sarna (scabies), que se suponía enfermedad común a los judíos y a los puercos (Historias, 5, 2 y 4).
[2] Cfr. Corominas-Pascual, Diccionario etimológico, 3: 858-862).