martes, 31 de enero de 2012

El Charlatán



Hay un libro en la Biblia por el que siento especial debilidad. No será el mejor, y tampoco su lectura levanta el ánimo. Desconcertante, irritante por sus inconsecuencias, cuesta leerlo de corrido, aunque es breve. Pero siempre vuelvo a él. Y cuando más me gusta, me doy cuenta de que es porque me lo estoy tomando en clave de humor. Como lo que no es. O lo que dicen que no es.
Es evidente que hablo de Cohelet, el Eclesiastés.
Este librito figura entre los ‘sapienciales’ o filosóficos del Testamento Viejo.  Yo diría (si no es mucha irreverencia) que ese etiqueta de ‘sapiencial’ no es como para abrir el apetito. La ‘sabiduría’ bíblica es una filosofía poco comprometida con la lógica, el método, o simplemente con el orden. Si Filosofía es ante todo rigor, o como dijo el otro, un «discurso del método», entonces un libro bíblico tan sapiencial como los Proverbios es –como cualquier refranero– una cita con el psiquiatra. Y mira que me chiflan los refranes; pero como lo que son, no la quintaesencia del pensamiento.
Cohelet es otra cosa. Su apariencia es la de un manualito filosófico, de filosofía vital. ¿Un soliloquio? Podría ser, pero en voz alta, porque –el nombre lo dice– se pronuncia ante un cahal, un sínodo o asamblea. El sabio Salomón, nada menos, presenta su case history, como muestra y como prueba de que es inútil brujulear en metafísicas, para buscarle un sentido especial a la existencia humana. Lo que pomposamente se dice, ‘el destino del hombre’. Gran empeño. Pero a poco que arañas –sobre todo, si arañas poco– te suena a monserga y filosofía barata.
Claro que, viniendo de Salomón, tampoco cabe esperar finuras. Su colección de Proverbios, antes citada, es bastante pedestre. ¿Y su ejecutoria como sabio? Aquel juicio ‘salomónico’ de rajar a un bebé es decepcionante. Señor juez, las mujeres –las madres incluso– pueden ser algo cortitas, pero no hasta ese extremo. Bueno, tampoco el Salomón refranero, o aquí el pensador, se hace grandes ilusiones con las féminas. Que, por otra parte, le traían loco, pero en la cama. Sus ‘tetonas’, es como las llama (luego lo vemos).

¿Dónde y cuándo apareció Cohelet?
El libro es tan ‘salomónico’ como aquellas cuatro columnas helicoidales que Constantino trajo de no se sabe dónde, para adornar el presbiterio de San Pedro del Vaticano. En la Edad Media se dijo que procedían del Templo de Salomón. Rodeadas de misterio, en el nuevo San Pedro no hubo más remedido que imitarlas, lo que hizo Bernini en su colosal  baldaquín en bronce, sobre el altar del Papa.
Excluida toda relación con Salomón, este es uno de los libros más modernos de la Biblia hebrea. Su postura es opuesta a todo entusiasmo religioso o nacionalista judío, y por la ideología y lenguaje no puede ser muy anterior al siglo II [1].
Cohelet repudia el particularismo judío exaltado en movimientos de autocomplacencia o de esperanza mesiánica; lo que finalmente será el judaísmo farisaico y rabínico. En ningún momento se enfrenta a la religión oficial, pero deja bien clara su convicción de que la sociedad real en que vive no tiene nada que ver con la ‘restauración’ autista en la línea de Esdras o de los Macabeos: legalismo, ritualismo, racismo.

Libro sagrado
La verdad es que, con este libro,  la Iglesia cristiana, como antes la Sinagoga judía, tuvo dolores de cabeza para tomarlo como ‘palabra de Dios’. Porque, en efecto, varios de sus capítulos lo mismo podría haberlos escrito un descreído o un cínico [2].
Baruc Spinoza fue buen lector del Eclesiastés, pensamiento muy conforme con su panteísmo: aquello suyo de «Dios, o bien la Naturaleza» (Deus, sive Natura). Al Dios de Cohelet no se le conoce como ser, sino como obrar, y su obra eterna y cíclica es ese ser vivo natural, el Mundo.
El Elohim de Cohelet se parece demasiado a una tríada femenina de lo más pagana: Fortuna/Necesidad/Némesis. Estos eran los verdaderos nombres divinos en la época helenística tardía, cuando se compone esta obra, en una sociedad corta de valores, sin orden ni concierto.
Un punto álgido es, por ejemplo, la condición animal del hombre (3: 18-22; cfr. 6:12, 7:14, 9:3):

«Hombre y bestia, allá se andan. Uno y otra respiran igual, y como muere el hombre muere la bestia. Su destino es el mismo: del polvo salen, al polvo vuelven.
¿Quién sabe de cierto que el espíritu de los humanos sube a lo alto, y el de los brutos baja a tierra? Nada mejor cabe al hombre que disfrutar en lo que hace. Es toda su paga.»

Lo que está diciendo Cohelet es que la dicha o la desgracia en la vida no tienen nada que ver con la conducta moral. En este punto la llamada Providencia («la mano de Dios») no trata a nuestra especie de forma distinta a las demás, sujetas al encuentro fortuito y ley del más fuerte, del más astuto o del más afortunado.
Contra la gente como Cohelet tronó otro predicador bíblico, el misterioso Malaquías, último  de los profetas (3: 14):

«Y aun decís, ‘¿Qué hemos dicho o hecho contra Ti?’ Habéis dicho: ‘Servir a Dios es inútil. ¿Qué se saca con cumplir sus mandamientos, o si no, arrepentirse?»

Pero esto no es nada. Todo un libro entero se escribió para refutar a Cohelet, sin nombrarle, aunque muy elocuentemente titulando Sabiduría de Salomón, haciendo de este rey un verdadero sabio, en los antípodas del despreciable charlatán.
Sin embargo, los judíos no recibieron a este Salomón piadoso en su Biblia, y sí en cambio al «impío necrófilo», que es como llama el de la Sabiduría a su rival. ¿Cómo así?
Por lo visto, el panfleto de escándalo cayó en manos de algún judío ortodoxo, y en vez de refutarlo con otro escrito, como suele hacerse, él fue más original: lo arregló sin misericordia, hasta volverlo como un calcetín. Lo copió entero, y de trecho en trecho, cuando algo le parecía mucha barbaridad, metía un correctivo a modo de antídoto. Acabada su chapuza, el buen hombre la remata estampando un Epílogo de su cosecha, donde incluso se permite recomendar las obras completas de Cohelet –es decir, de Salomón–, una vez que le ha hecho decir unas cosas y sus contrarias. Como explicaron algunos rabinos: «‘Vanidad de vanidades’, sí, pero ‘bajo el sol’. Del Sol para arriba, las cosas son muy diferentes.»
La teoría de los dos autores es ingeniosa: Cohelet el escéptico, y el Dr. Pío sobre la marcha enmendándole la plana. Pío es la traducción más que aproximada del hebreo hasid, individuo de la secta de los hasideos o ‘piadosos’, los precursores de los fariseos.
Es como si el Santo Oficio, en vez de meter el Cándido de Voltaire en los libros prohibidos, lo hubiese canonizado e indulgenciado interpolando sentencias del abate Bergier:

Cándido (espantado, desconcertado, perdido): «–Si este es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo son los otros?»
Bergier: «–¿Qué nos importa que exista Dios, si nosotros no le importamos a Él? ¿De qué sirve un Dios que no cuide de todas sus criaturas?»

Así visto el libro, habría que imprimirlo en consecuencia, como en los diálogos y comedias, señalando quién dice cada cosa. Tal como está en las biblias –incluso en una tan cuidada tipográficamente como es la ‘Biblia de Jerusalén’– es muy difícil aclararse. Más difícil todavía, teniendo en cuenta que los traductores en general siempre han procurado armonizar las discordancias y limar asperezas.


Propuestas de lectura
El gran respeto que inspiraba la Biblia no permitió hasta el siglo XVII a los estudiosos atreverse a criticarla. El primer investigador sistemático en este sentido fue Richard Simón (1638-1712) sacerdote católico que vio, de entrada, que el Génesis comienza contando dos historias del Creación diferentes e incompatibles [3]
Respecto al Eclesiastés, su incoherencia es palmaria.  ¿Estaremos ante un libro descabalado? Jirones tal vez de un rollo mal recosido o de un códice con las hojas trastrocadas. Pero los ensayos de montaje no lo arreglan todo. ¿Y si un texto molesto ha sido manipulado, interpolado? Es lo que aquí parece.
Uno de los primeros que pensó en varias manos fue Juan Enrique van der Palm, en una tesina juvenil defendida tal día como hoy, 31 de enero, a las 10 de la mañana  (Leiden, 1784) [4]. Partiendo de la incoherencia notoria e invencible –hubo autores que incluso lo achacaron a la idiosincrasia hebrea, incapaz de pensamiento analítico–, pensó como otros, que el texto estaba trastrocado, pero sobre todo se atrevió a proponer algo nuevo. Aquí habla más de una boca.
Algunos intérpretes habían buscado otra solución más simple. No es un discurso, sino varios. Cohelet es el presidente del Cahal de sabios de distintas tendencias o escuelas, que hablan por turno –un poco como Job y sus amigos en el libro de Job–, abriendo aquél la discusión y cerrándola con este broche de oro: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser persona cabal». Un final así lo absuelve todo.
O bien, en versión más económica, los hablantes se reducen a dos: un tálib o estudioso que va largando sus dudas, y un maestro que se las quita sin más.
En fin, podría tratarse de un soliloquio. El pensador recurre al dialogismo retórico, planteándose propuestas alternativas, que el mismo rechaza, más que refuta.
En todo caso, tratándose de Biblia, los intérpretes han procurado quitar la mala impresión de pesimismo y fatalismo que rezuma este libro por la mitad de sus versículos. Algunos lo han tomado tan a pechos, que creen ver una demostración de la inmortalidad del alma y la vida futura, por reducción al absurdo. Asombroso. 

El ‘Auto del Charlatán’
De todas formas, sin poner en duda una teoría que convence, creo que la alternativa del autor único se puede mantener en parte. Eso sí, a condición de entenderle como un dialéctico humorista que nos embroma poniendo en solfa las disputas teologales.
Mi Cohelet o Predicador podría titularse también Auto del Charlatán. No es un texto para leído, sino para representado por un juglar que se presenta en plaza disfrazado de Sabio Salomón. Un Salomón de feria. Para más efecto, y como quien da una pista, mi ‘Charlatán’ probablemente luce también algún atributo de loco o de payaso. Porque una vez formado el corro de oyentes, en vez de contarles un cuento o recitarles un poema, les va a entretener con una lección de filosofía, sin dejar títere con cabeza.
Mezclando prosa y verso, palabras y música, gravedad y gestualidad, mi Charlatán pantomimo va a ser a la vez el Sabio y el Gracioso, el malo y el bueno, el filósofo y el devoto, o a ratos el tartufo.
Pero como buen juglar, no dejará que el argumento se le vaya de las manos. A intervalos, cuando la broma va demasiado lejos, una morcilla ortodoxa restaura el orden. Claro que el efecto cómico se acentúa, por contraste, pero ni el rabino de paso ni el alguacil ni el chivato tendrán por dónde atrapar al atrevido. Que, por si acaso, al final lo dejará todo en regla, con un toque sensato:

«Basta de palique. He dicho. Tú teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser persona cabal. Y en cuanto a las obras, Dios lo juzgará todo, también lo escondido, sea bueno, sea malo.»

Como debe ser. Los charlatanes y cómicos de antes siempre terminaban con una moraleja conservadora. Había que seguir actuando.

Un hombre feliz
En el capítulo 2 el supuesto Salomón habla de su desengaño con lo placeres. Y para convencernos, nada mejor que enumerarlos todos. Nadie gastó tanto como él en darse buena vida. Y por lo visto, el colmo de los colmos fue procurarse…, procurarse… ¿qué cosa?
La ‘Biblia de Jerusalén’, siguiendo aquí a la Vulgata latina y al griego de los LXX, más que el hebreo, traduce (2: 8-9):

 «Me procuré cantores y cantoras, toda clase de lujos   humanos, coperos y reposteros

Las palabras traducidas en negrita son en hebreo una misma, femenina, en singular y en plural: shiddah ve-shiddoth. Un término que sólo aparece aquí, y en toda la Biblia no se repite (lo que se llama técnicamente un hápax). Así el rabino provenzal David Kimhi (m. 1235), por paralelismo con los ‘cantores y cantoras’, conjeturó ‘sinfonía y más sinfonía’. El griego alejandrino había puesto ‘escanciador y escanciadores’, que la Vulgata latina convirtió en un juego completísimo de aparador: ‘copas y botellas’. Para otros, aquel placer sumo fue la variedad de ‘baños’ (o el baño con sus secciones habituales:  tepidario, caldario, frigidario…). Jacques Gousset (1702) tradujo «los placeres devastadores», pensando tal vez en las enfermedades venéreas de su tiempo.
Para mí, el que acierta es el gran erudito  Juan Cocceius (1603-1669): shiddah viene de shod, que en Isaías y en Job significa ‘ubre’ o ‘teta’.
La palabra pervive en el árabe sitt, ‘dama, señora’. Todo lo cortés y pulida que se quiera, con el debido respeto, etimológicamente es lo mismo que en latín, mammosa: ‘la de (hermosas) tetas’; o sea, la ‘tetuda’.
No perdamos el contexto: Salomón está hablando de su ensayo con los placeres. Y aunque insista en que fue sólo por probar, y no por vicio, nos explica al detalle qué entendía él por vivir «a cuerpo de rey»: palacios, jardines, una alhambra con su generalife y todo, esclavos y criadas, buena mesa y mejor bodega…; y el no va más, «las delicias de los hombres»…
       ¿A alguien se le ocurre que podía olvidarse de su harén? El polígamo empedernido, que tras la hija del Faraón coleccionó hasta 700 esposas y 300 concubinas; el enamorador de la Reina de Saba, a la que «no negó nada de cuanto ella le pidió, hasta dejarla sin respiración y hacerla exclamar, ‘¡olé tus mujeres!’»   (1 Reyes, 10), ¿iba a salirnos ahora con que el clímax de su goce lo tuvo… oyendo músicas? ¿O peor aún, viendo el garbo de sus maîtres escanciando  las bebidas? Seamos serios, como nos invita el gran Coccejus.
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[1] Se ha pensado en la ciudad egipcia de Alejandría, hacia el 205 a. de C. La pista no es segura. De pronto el autor comenta: «¡Ay del país que tiene por rey a un crío!». Tomándolo como alusión política, se puede pensar en Tolomeo V Epífanes, que efectivamente reinó siendo un niño juguete de sus tutores.

[2] Se ha visto influencia estoica, aunque también epicúrea. Extraño epicureísmo, en verdad, el de uno que dice: «Mejor ir de funeral que de banquete; porque aquello a todos toca». Lógico: no perdiendo funerales haces más probable que tengas gente en el tuyo.

[3] Histoire critique du Vieux Testament, Paris, 1678; 2ª ed., Rotterdam, 1685. 

[4] Ecclesiastes philologice et critice illustratus, Leiden, 1784. 



domingo, 22 de enero de 2012

Sebastián, o el santo equívoco



  
«Pocos días después de haber vuelto Fabiola de su quinta, creyóse Sebastián en el deber de visitarla y poner en su conocimiento lo hablado entre Corvino y la esclava negra [Afra], hasta donde fuera posible sin producirle desazón innecesaria.
Hemos ya hecho observar que, de entre los muchos jóvenes nobles que Fabiola había conocido en casa de su padre Fabio, ninguno había excitado su admiración y respeto, fuera de Sebastián. Tan franco, tan generoso, tan valiente, y con todo tan poco pretencioso, tan gentil, tan bueno en obras y palabras …
Así pues, cuando se anunció a la dama que el oficial Sebastián deseaba hablarla a solas,  en una de las salas del piso bajo, su corazón latió a ritmos insólitos y evocó de repente mil fantasías raras sobre el tema de aquella entrevista. Agitación que no remitió cuando él, tras pedir disculpas por lo que parecía entrometimiento, hizo notar con una sonrisa… »

La cita es de Fabiola, o la Iglesia de las Catacumbas (1854), la popular novela histórica  del cardenal sevillano Nicolás Wiseman (1802-1865). Ayer, el día de San Sebastián me ha invitado a recordar y hojear ese libro tan pesado y tan pasado [1]. De la infiel versión peplum de Blasetti (1949) casi ni me acuerdo. Su Fabiola, Michèle Morgan; su Sebastián lo hizo Massimo Girotti [2].
Aunque el autor advierte en el prólogo que no se trata de un libro histórico ni de una relación anticuaria de la Iglesia primitiva, el público en general prefirió leerlo como una construcción realista y fidedigna de un mundo que, por otra parte, veía emerger de las Catacumbas Romanas, con todas las garantías de la ciencia arqueológica. O eso se creía [3].
Para su montaje narrativo, situado en la gran persecución de Diocleciano,  Weisman se remitía en primer lugar a las  ‘Actas de los Mártires’. Pero en ese batiburrillo literario lo más raro de hallar son precisamente actas, ignoradas o perdidas en el montón de fábula y novela. Esto vale sobre todo para aquellos últimos mártires, en vísperas de la revolución de Constantino.


Actas comme il s’en faut: San Marcelo de Tánger (o de León)
Además, las actas más auténticas (o menos sospechosas) son demasiado lacónicas para venir en ayuda de un novelista. Estoy pensando –por ceñirme a otro santo militar de entonces–, en la Pasión del centurión San Marcelo de Tánger, tan manipulado por falsarios españoles, pero con base en un documento fidedigno.
El incidente –porque otra cosa no fue– ocurrió poco antes de lo novelado en Fabiola
El año 298, en una guarnición de Tingitania (actual Marruecos), con ocasión del aniversario del emperador Maximiano, 21 de julio, el centurión ordinario Marcelo termina deponiendo armas e insignias, de lo que se levanta acta como indisciplina grave. Una semana después, el 28, Marcelo comparece ante el praeses Fortunato, que visto el caso lo remite  a Tánger, a su superior jerárquico Agricolano, 30 de julio. 
El doble interrogatorio que llevará a la sentencia capital y su ejecución (30 de octubre) apenas cubre medio centenar de líneas. Escueto y formalista a más no poder, porque lo que se ventila no es la fe religiosa del reo –su nomen christianum–, sino el sacramentum militiae, la sagrada disciplina militar.
El mismo Fortunato así lo da a entender al interrogado: nada personal, simplemente «no me es posible disimular tu atrevimiento, y por lo mismo debo transmitir esta acta a oídos de nuestros señores los Césares Augustos». El rito era rito «por imperativo legal» –aquél sí–, sin circunloquios ni rodeos.
Ante el teniente de pretor Aurelio Agricolano, un alguacil abre el segundo acto, respecto al insubordinado:

–A disposición de tu Excelencia hay un escrito que le concierne, y si me lo ordenas lo leo en voz alta.
–Léase…  Bien. Marcelo, ¿dijiste lo leído en el acta del presidente?
–Lo dije.
–¿Estabas de servicio como centurión de primer grado?
–Sí estaba.
–¿Qué trastorno mental transitorio te llevó a violar el compromiso, diciendo cosas tales?
–Ningún trastorno. El que teme a Dios no es ningún perturbado.
–¿Dijiste pues todas y cada una de las expresiones contenidas en las actas?
–Las dije.
–¿Arrojaste las armas?
–Las arrojé. [No está bien a un cristiano prestar servicio en milicias seglares, si teme al Señor Cristo].
–Es todo lo tocante a Marcelo. Queda sujeto a sanción disciplinar. En consecuencia: «Dado que Marcelo, al rechazar en público su compromiso, ha manchado el centurionado en acto de servicio, añadiendo expresiones plenas de locura, según consta en acta, deberá ser pasado por la espada» [4].

Laconismo militar, ¿verdad que sí? Pues todavía se puede suprimir tranquilamente  la línea entre paréntesis cuadrados [5]. 


Sebastián, dos veces mártir
Ese lenguaje sobrio de las Actas ‘auténticas’ contrasta con la verborrea de las novelescas, como las de San Sebastián. Porque más todavía que Fabiola, son una novela, aunque eso sí, igualmente cargada de ideología. La tesis principal versa sobre la «milicia cristiana», un tema equívoco en la Historia de la Iglesia, en su relación con la guerra. Las de religión y las otras.
El héroe es sólo uno de los personajes principales de Wiseman: el tribuno Sebastián, cuyo nombre en Fabiola se repite casi un centenar de veces. La acción se sitúa en la más famosa de las persecuciones, bajo los emperadores Diocleciano y Maximiano, tras el edicto del 303. Diez años después el Cristianismo «sale de las catacumbas» para elevarse a religión de Estado.
Un rasgo típico de los mártires fabulosos es su raro apego a la vida. Por más que hacían por perderla provocando a sus verdugos, éstos a menudo lo tenían difícil. Los más sofisticados ingenios de tortura fallaban. El último recurso solía ser el más elemental, el hierro afilado en forma de espada o de hacha.
No fue el caso de Sebastián, murió a golpes de fusta. Pero lo que quedó fijado como típico de este santo fue un primer martirio frustrado, bajo una lluvia de flechas.

«Irritado Diocleciano mandó llevarlo a campo abierto, y atado como blanco de saetas mandó coserlo a flechazos. Así lo hicieron los soldados, y de aquí y de allí tantas saetas le clavaron que parecía un erizo (hinc inde ita repleverunt eum sagittis, ut quasi hiricius ita esset insutus). Dándole por muerto, se fueron. 
A la noche una tal Irene vino a llevarlo y enterrarlo. Pero al hallarle vivo, le llevó a su casa, en un apartamento alto donde vivía, junto a Palacio. Allí en cosa de pocos días recobró por completo la salud en todos sus miembros.» [6] 

 ¡A las puertas del Palacio imperial! Desde luego, en vez de huir como le aconsejaron, el tribuno se quedó donde estaba, y no tuvo que esperar mucho a Diocleciano para provocarle de nuevo. Repuesto de la sorpresa, el tirano esta vez manda que se le conduzca al hipódromo de palacio (sic), y allí desnudo se le azote a muerte. 
A la noche retiraron el cuerpo y lo arrojaron a la Cloaca Máxima, «para que los cristianos no le hagan un mártir de los suyos» Pero san Sebastián se apareció en sueños a Lucina, santa y devotísima matrona y le dijo: «En el tramo de la cloaca junto al Circo está mi cuerpo enganchado. Tómalo y llévalo a las Catacumbas, a la entrada de la Cripta, junto a las reliquias de los Apóstoles… »

 La carne impasible
El San Sebastián que más ha impactado en el Arte ha sido el desnudo blanco de las flechas. Aquel  cuerpo erizado de flechas –el ‘erizo’ que los ingenuos pintores del gótico trataron de reproducir–, se irá desembarazando de ellas hasta descubrir una belleza apolínea y turbadora.

 Ocurrió en esto lo mismo que en otros compromisos de la religión con el arte: con la pintura y la escultura, también la música.
La Iglesia oficial moderna y barroca veía a sus artistas plásticos como en la Edad Media había visto a sus comediantes y juglares. Inmorales en su vida privada, demoníacos,  pero capaces de captar y transmitir lo más sublime de los misterios. También el mundo de la música sacra, con sus falsetti, sus sopranisti y luego sus castrati, se volvió ambiguo.
Cuesta comprender hoy la mentalidad que llevó a la producción masiva de niños castrados para explotar su voz. Una idea al parecer original de medios eclesiásticos o cortesanos en el siglo XV –hay quienes apuntan a la España de los Trastámara–, aunque desde la segunda mitad del XVI en Nápoles se consagra como especialidad casi exclusiva italiana. Y se consagra también religiosamente por el papa Clemente VIII (1599), «ad honorem Dei».
La misma Divinidad, sin hacerse invocar como en aquella barbaridad de los mocitos capones, cargó con el honor de los nuevos San Sebastianes iconografía riquísima, en una carrera místico profana hacia un icono de  masculinidad ambigua.



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[1] Traducción española del diplomático don Ángel Calderón de la Barca, a la sazon embajador en los Estados Unidos. Publicada primero sin su nombre, por S. Sánchez Rubio (Madrid, 1856); con él, por Tejado (Madrid, 1857).
[2] Antes hubo por lo menos otra adaptación de Fabiola al cine (E. Guazzoni, 1916), Fabiola, o los mártires de la fe. La de Blasetti fue todo un anticipo, por su espectacularidad y attrezzo.
[3] «Si el lector visita el Palacio de cristal [de Sydenham, cerca de Londres], hallará en el patio romano un hermoso modelo del Foro. Sobre el terraplén elevado del ponte Palatino, entre los arcos de Tito y Constantino, verá una capilla aislada de bellas propociones. Esta es a la que hacemos alusión. Últimamente ha sido reparada por la familia Barberini.» Por lo visto, la pedagogía arquelogizante no era del todo extraña al Cardenal.
[4] Acta SS. Oct. XIII (Paris, 1883), pp. 281-282. Cfr. E. Pucciarelli, I cristiani e il servizio militare. Nardini, Firenze, pp. 300-307. San Marcelo es patrono de León. El Legendario Hispánico le hizo gallego, y casándolo con santa Nonia le atribuyó hasta una docena de hijos dispersos por la geografía patria: Claudio, Lupercio, Vitórico, Facundo y Primitivo, Emeterio y Celedonio, Servando, Germán, Fausto, Jenaro y Marcial. Todos varones, una saga de santos militares.
[5] Es de extraño sonido esa frase en boca de un oficial del ejército, y tal vez se ha tomado de otro incidente también militar algo anterior (12 de marzo 295); cuando en Tebessa, cerca de Cartago, un objetor de conciencia llamado Maximiliano se negó al servicio, alegando su condición de cristiano. Pero san Maximiliano era sólo un recluta, no un oficial, y la protesta que le llevó al martirio fue con motivo de la conscripción o leva forzosa.
[6] Pasión de S. Sebastián y Compañeros mártires, nn. 101-102. En A. Fábrega, Pasionario Hispánico, CSIC, Madrid/Barcelona, 1955, t. 2, p. 175.


De iconografía sebastianea


    Giovanni Baglione, Bronzino, Perugino...
   Abajo: Bazzi, llamado 'Sodoma', pocos tiros en el blanco, pero uno de ellos mortal de         necesidad. Poco conforme con la historia de una rápida curación, o más milagrosa., 


De la novela Fabiola (trad. española 1857):

«Sebastián, por su parte, no amaba menos a Pancracio a causa de su sincero y ardiente entusiasmo, de su inocencia y candor; pero previendo los riesgos a que expondría al mancebo su impetuosidad, le estimulaba a permanecer siempre a su lado para poderle dirigir, y si necesario fuera, sujetarle.» (Pág. 60)

«Y a propósito de esto, trabóse una competencia de amor entre el santo sacerdote Policarpo y Sebastián, empeñándose cada cual de ellos en permanecer en Roma, a fin de aprovechar la primera ocasión de sufrir el martirio.» (Pág. 81)


«… sentía Fabiola que la pena le desgarraba el corazón como un aguda saeta. Parecíale que iba a perder algo suyo propio, y que la suerte de Sebastián se hallaba ligada íntimamente a cuanto personalmente le era caro…
Interrumpióla repentinamente la entrada de una esclava con una vela encendida. Era la negra Afra, que venía a poner la mesa…
–Señora, ¿habéis oído la noticia?
–¿Qué noticia?
–Que Sebastián va a ser muerto a flechazos mañana por la mañana… ¡Qué lástima! ¡Un mozo tan gallardo!...
–Cállate, Afra, a no ser que tengas algo más que decirme acerca de ese suceso.
–Sí tengo, mi ama, y mis informes son muy interesantes…» (Pág. 374)

«Sebastián fue conducido al patio inmediato del palacio, que separaba el cuartel de estos flecheros africanos de la que hacía sido en él su propia habitación, y que estaba cubierto de varias calles de árboles consagrados a Adonis.
Caminaba alegre en medio de sus verdugos, y seguido de todos los demás soldados, a los cuales sólo se les permitió asistir como espectadores, cual si fuese un ejercicio de extraordinaria destreza.
Llegado al árbol designado, fue el oficial despojado de sus vestidos y atado a un árbol; y los cinco flecheros elegidos se colocaron enfrente de él, serenos e impasibles.
Aun más que éstos se mostraba sereno el noble soldado, gozoso ante el espectáculo de la muerte que se acercaba…
El primer moro extendió la cuerda de su arco hasta hacerla tocar con la oreja, y su flecha crujiendo fue a retemblar en las carnes de Sebastián. Los cinco fueron disparando a su vez; y a cada tiro estallaba un estrepitoso aplauso… » (Págs. 381-382)


«¿Expiró acaso, extendido como un noble guerrero, en la postura en que hoy se le contempla representado en mármol debajo del altar de la iglesia que lleva su nombre? Como quiera que sea, es imposible imaginarle más hermoso. 
Y no sólo reverenciamos esa Iglesia con especial predilección, sino también la antigua capilla que se encuentra en medio del Palatino ruinoso, y que fue edificada sobre el sitio mismo a donde vino a parar desde el árbol.» (Págs. 383-384; aquí al final, la nota 'arqueológica' [2] copiada arriba.)




El cuerpo de San Sebastián es arrojado a la Cloaca Máxima (Carracci)

«Viendo ya concluida su obra, mandó el Emperador que Sebastián no fuese arrojado al Tíber ni a las estercoleras.
–Cargadle, –dijo, –con bastante peso, y echadle en una cloaca, para que allí se pudra y sea pasto de animales inmundos. Esta vez no irá a manos de los cristianos.
Ejecutóse así. Pero las Actas del Santo nos informan que aquella misma noche se pareció a la matrona Lucina, y le dio las señas del sitio donde se hallarían sus restos sagrados, los cuales, encontrados efectivamente, fueron enterrados con todo acatamiento en el sitio donde hoy día se osstenta la basílica de su advocación.» (Fabiola, pág. 398)



San Sebastián curado de sus heridas (Ribera, Bilbao)






viernes, 13 de enero de 2012

Kolosala




Como en el III Reich –salva proportione–, ya todo despliegue de masas será aquí kolosala, por imperativo legal. Todavía recuerdan los humanos la más reciente y colosalísima manifestapena, el 7 de enero, colapsada la villa de Bilbao por una avalancha de 300 autobuses.
¿Que cuánta gente desfiló? 15, 30, 60 mil, ¿eso qué importa? Estaban los que debían. No tiene sentido poner a lo colosal límites numéricos. Las guerras de cifras bien están para las manifestaciones de humanos mortales, no para el plebiscito sobrehumano que el Pueblo autoconvoca y a la vez promulga como kolosala.
Me ha llamado la atención esa palabra. Pero no por sus resonancias germánicas que digo, sino por su novedad en vascuence. Los puristas la han usado parcamente y en los diccionarios apenas si entra. Mi admirado Ibon Sarasola ni la registra. No voy a entrar en el porqué.
Y hete aquí que, de pronto, una manifestación se anuncia a bombo y platillo como que «ha de ser colosal» (kolosala izango da).
El lema, en vascuence, es el título de un relato de Joseba Sarrionandia (2003), situado en la Guerra civil. Y no deja de ser curioso que se refiere… al Krone. Al gran Circo Krone alemán que, para sobrevivir en la crisis de los 30 a base de giras, puntualmente nos visitaba, con gran expectación de los niños de mi edad, como el pequeño héroe de ‘Sarri’. Hasta la II Guerra Mundial, en que el circo pierde su alma –Carl Krone Jr. († 1943)–, y luego se eclipsa.

Colosal
La afición al léxico y al alma de las palabras  invita a fijarse un poco en ésta. ¡Cómo nos atraen y nos distraen los colorines que la lengua viva pone en sus figuras de escayola, que son las palabras!
‘Colosal’ no es lo mismo que grande ni grandioso. Implica desmesura, y de ahí para arriba, los ingredientes de efecto para impresionar, sobrecoger, apabullar, despertando admiración no exenta de papanatismo.
El colosalismo fue típico del arte egipcio en su vertiente propagandística, herencia de las construcciones megalíticas. Colosalidad y propaganda han ido muy unidas en edificios y en estatuas.
Por otra parte, colosalismo y kitsch tampoco se llevan mal. El Coloseo o Coliseo asombra por su mole, su técnica y su arte, ¿para qué?: todo ello al servicio de los espectáculos más brutales y de menor calidad artística que inventó Roma decadente: gladiadores, fieras,  naumaquias.  A su lado, el circo con sus carreras, exhibiciones ecuestres y de animales sabios, sus acróbatas, era refinado. Y no digamos el teatro.
‘Coliseo’ y ‘colosal’ vienen de coloso, estatua gigantesca. De hecho, el Coliseo romano se llamó así no por su grandeza propia, sino porque tuvo al lado un Nerón colosal en bronce.
Pero la palabra en sí, ‘coloso’, es de origen incierto. Hay quien lo ha buscado en el egipcio antiguo; y en verdad Heródoto sólo la aplica a estatuas egipcias. Otros miran a la ciudad de Colosas (Κολοσσαί), en Frigia. Pero su población, muy venida a menos, de poco podía presumir salvo de tintorería lanera, cuando alguien a nombre del Apóstol Pablo escribió a los colosenses una epístola que figura en el Nuevo Testamento.

Excursión a Palestina con desvío a Veleia
‘Coloso’ en griego se decía κολοσσός,  o κολοττός en dialecto ático. A mí esta forma siempre me ha recordado a Goliat, el gigantón filisteo vencido por David (1 Samuel, 17). Pura especulación mía. No obstante, especulemos un poquito, no pasa nada.
David y Goliat pudieron haber vivido hace 30 siglos, y todavía mucha gente sigue llamándose David. Goliat es más raro en personas, aunque tampoco desapareció así como así. Hace más de 70 años se descubrió en el N de Sinaí una inscripción bizantina del siglo VII con un nombre extraño. Era un trozo de estela funeraria que un tal Golot, hijo de Diocleciano, dedicó a su hijo Esteban, fallecido el 1 de mayo de 668 o 670. Los filólogos relacionaron a este Gôlôt  (Γωλωτ) con el viejo Goliat de la Biblia, cuyas vocales en realidad no son seguras.

Olvidado tenía yo a ese buen señor y buen padre, cuando veo que su nombre vuelve a sonar en relación con hallazgos recientes. Se trata de un par de tejoletas grabadas –lo que los arqueólogos llaman ostracos– de probable origen filisteo. Una de las piezas es de Gat y podría datar del siglo X a. de C. ¡De Gat, la mismísima patria chica del Goliat bíblico, y más o menos de su tiempo! Demasiado. La escritura (sin vocales) podría leerse GLWT o GLYT.
Por si fuera poco, el mismo nombre podría leerse en otra pieza de Khirbet Quiyafa, 30 km SO de Jerusalén, colina fortificada dominando un entorno del que se nos dice, nada más y nada menos: «En esta área tuvo lugar una de los batallas más famosas del mundo (sic), la librada  entre David y Goliat». Colosal, por tanto.
Al contemplar este par de reliquias es inevitable el recuerdo de nuestra Veleia, con sus ostracos y demás imposturas forjadas para apuntalar el identitario vascongado nacionalista. Un fraude, por cierto, con extremos por esclarecer y responsabilidades sin depurar hasta la fecha.
¿Son de fiar los hallazgos filisteos?
La verdad, teniendo en cuenta los puntos débiles de la Arqueología en Israel, tan mal guiada durante décadas por prejuicios nacionalistas como los de por aquí, hay que andar con pies de plomo. Además, una cosa es cada ostraco en sí, y otra la lectura e interpretación de lo escrito, mucho más subjetiva. En todo caso, nos daríamos con un ostraco en los dientes si los ‘hallazgos’ de Iruña/Veleia hubiesen sido objeto de análisis técnicos tan rigurosos como los que parecen usados en estas campañas judías de los años 2007-2011.

El Coloso de la Entrepierna
El Coloso por excelencia fue el de Rodas. Se contó entre las Maravillas del Mundo, más que por otra cosa por su gran tamaño, para ser una estatua de bronce. Porque desde luego, lo de situarlo sobre el ostial del puerto, abierto de piernas para dejar paso a las trirremes, es fantasía pura.
Pero una fantasía muy sugerente. Cuando se habla de manifestación colosal, como la del pasado día 7, y a la vez se pretende que representaba a todo el auténtico Pueblo Vasco, reclamando perentoriamente al Estado lo que éste no puede dar, se evoca de forma subliminal el Coloso  pasándose por la entrepierna o arco de triunfo todo aquello que no le gusta, porque no emana de su albedrío. Hoy es el Código Penal, mañana otro día será la Constitución Española, el Estado español. Europa, la propia Carta de las Naciones Unidas, ándense con ojo, si por lo que sea dejaren de complacernos.
«Kolosala izango da». Toda la reivindicación programada estos días en torno a los ‘presos políticos’ de ETA invita a pasar por alto el origen circense del lema tomado de ‘Sarri’. Busquemos otro espacio imaginario. La entrepierna del Coloso, por ejemplo.
Así la más kolosala de todas las manifestaciones de la Historia vasca no pasará al Guinness por su magnitud; ni de eso se trata, si el objetivo es humillar al Estado. Si cuela, cuela. Todo depende del tamaño relativo. Si el Derecho se encoge, si el Estado se achica lo suficiente, claro que pasará bajo el perineo de un figurón que tampoco es excesivamente grande, porque no lo aguantarían sus pies de barro.



jueves, 5 de enero de 2012

‘O herrar, o quitar el banco’




El 20 de diciembre Iñaki Antigüedad hizo su pinito de Historia al estrenarse como diputado portavoz de su coalición Amaiur, admitida al Congreso por sentencia del Tribunal Constitucional no menos histórica, con éxito electoral sin precedentes. Se explica así que su intervención fue estelar, escuchada religiosamente, no tanto por mérito oratorio como por la novedad de lo nuevo.
Me quedé con esta frase suya: «No vamos a reclamar aquí la independencia». Repetida un par de veces, a más de uno debió de sonarle a moderación o pragmatismo; algo así como, «no es aún el momento, aunque todo se andará».
Sin embargo, el orador no iba en esa dirección. Fijarse bien: «a reclamar,  aquí». Para éstos, la independencia de Euskal Herria no está a merced de España ni de  Francia, como algo que esos estados pueden otorgar. En su día y a su hora, la nación vasca declarará su independencia unilateral sin pedírsela a nadie, en mero ejercicio de su innata soberanía. «Eso es cosa nuestra, de nuestro ámbito de decisión», como aclaró luego el mismo tribuno.
Muy distinto es –y a eso sí que «venimos aquí» y a donde haga falta– exigirle a Madrid que reconozca ese «ámbito vasco de decisión». Lo mismo que, también aquí y con apoyo de Batasuna, vino a reclamar en su día Ibarretxe, para montar un referéndum de cara a Europa y a las Naciones Unidas.
Este aviso a España tiene su miga, en la situación en que Zapatero ha dejado encallada la cuestión vasca. Con una ETA inactiva, aunque armada y no disuelta, y su brazo político convencido de estar en condiciones de negociar de igual a igual con el Estado, cualquier desaire del nuevo Gobierno Rajoy puede interpretarse como faltar a la palabra dada –pues ya se sabe que esos compromisos se heredan con la transmisión de poderes–, y en rigor desvincularía también a la propia ETA de su compromiso unilateral con la paz.
¿Cuándo y cómo se sabrá la hora de Euskal Herria? La lógica invita a esperar a las próximas elecciones autonómicas, que de suyo tocan en 2013. El objetivo de ‘Bildu’ –mejor como ‘Sortu’, con nuevo favor del Constitucional– es ganarlas y sacar lendacari propio, llámese Otegi, Urrutikoetxea o como se llame.
Entretanto, el día a día va a ser lo que el mismo Antigüedad anunciaba: «Si hay que atornillarse a la mesa hasta el amanecer, vamos a estar». Estar a su manera, se entiende: estar a las maduras. Ellos siempre de acreedores agraviados. En todo momento, ellos habrán adelantado largos pasos, nunca correspondidos con suficiencia por el Gobierno. Es como lo de ‘Aquiles y la tortuga’, sólo que al revés: el Estado-tortuga jamás alcanzará a Aquiles-ETA/Batasuna… A menos que el quelonio dé media vuelta y se mueva en sentido contrario, cosa que por ahora nunca ha hecho.
¡Y nos quedan 14 meses de legislatura, qué espanto! El victimismo abertzale tendrá tiempo de dar varias veces la vuelta al globo. Veremos si Mariano Rajoy se mantiene a la altura de su tan celebrado desplante inicial: «Yo a usted no le debo nada». Al diputado Iñaki Antigüedad, desde luego, no. A Batasuna-ETA, ya se verá cuando vayan apareciendo las facturas.

Independencia, ¿para cuándo?
Cuando Doña Ocasión va de pelona, dejarla pasar tiene disculpa. Pero de ofrecerse luciendo copiosa cabellera, no habría más remedio que echarle el guante: elegir balcón, enarbolar una icurriña y decirle agur a España. Cualquier vacilación delataría lo que es bien cierto y harto sabido: que la independencia se desea, pero no tan pronto. De hecho ahora mismo, en esta coyuntura, no hay ninguna prisa.
Y como no hay prisa, de algún modo hay que entretener el tiempo. Un buen sudoku son los presos y sus familias, dispersión, acercamiento, libertad. Lo ideal (de boquilla) sería una amnistía, pero es difícil. Además, ¿qué haríamos ahora con tanto preso a la intemperie? Que se vayan aproximando, que vayan saliendo, que se note. Y cuanto más dure la matraca, mejor.
Ahora bien, caso de ganar un nuevo pulso electoral y, quién sabe, con un Estado poco firme, la operación de paso al límite sería improrrogable, pongamos de aquí a un par de años. Porque si la izquierda radical recibe tantos votos, no es por su garantía de buena gestión, nunca acreditada, sino por su talento político. Nadie espera con fundamento que gobiernen con fundamento, sólo que cumplan las expectativas que ellos han creado. Lo suyo es tocarle las narices al Estado, en eso son magistrales. Pero seguir en ese mismo  plan desde el poder sin atreverse al órdago sería frustrante para una masa en estado galvánico transitorio.
 En todo este negocio de la independencia hay una cuestión no desdeñable. ¿Cuánta gente hay detrás? ¿Cuántos líderes van en serio a ella, sin reservas mentales? Yo creo que no se sabe. Y no sólo a falta del dichoso referéndum, sino porque nadie ha formulado la pregunta adecuada.
El ‘Plan Ibarretxe’ ciertamente no lo hizo. Aquella consulta previa o preparatoria que planteaba, sobre nuestro «derecho a decidir», aquel ejercicio inútil de tautología, hecho suyo ahora por la izquierda abertzale, sería sólo una táctica de balones fuera. Porque con una sociedad tan compleja como la vasca, y con vistas a un evento de independencia, la pregunta o preguntas dignas de un referéndum vinculante dan vértigo.
Un sofisma muy corriente, gracias a la propaganda, es suponer que la tesis independentista está clara. Y en abstracto puede que sí, la gente entiende de qué va. Lo dicho: «Agur España!». En ese sentido muchísimos vascos ya se sienten, creen y autoproclaman ‘no españoles ni franceses’, por tanto independientes. Muy bonito, pero hay que bajar del nimbo a la realidad.
La gestación de un nuevo estado serio se supone que lleva aparejado mucho estudio. Por pequeño que sea ese estado, es un macroproyecto que da para muchos especialistas jugando con muchísimos datos y guarismos.
Según eso, en la hora actual del proyecto vasco, los escaparates de las librerías y los quioscos deberían estar repletos de monografías rigurosas, de síntesis divulgativas, de información algo más jugosa que los textos de las pancartas a favor de la independencia. ¿Alguien ha visto algo de eso? Yo no. Es más, he buscado en Google; por ejemplo, he cruzado lemas como “futuro estado vasco” con “previsiones económicas”, obteniendo por toda respuesta… RafaelaVilchez, especialista en tarot. Comprueben

Me da, por tanto, que o no hay tantas prisas como se quiere hacer ver, o si las hay es para que cogidos de las manos nos tiremos al vacío.
El sofisma de la idea clara se conjuga peligrosamente con otro sofisma sobre la democracia infalible. Se enuncia así: «El pueblo decide,  luego no se equivoca». Cada día hay gente haciendo cábalas con los síes y los noes, por las distintas áreas de Euskadi y Navarra, de donde resulta que algunas ya están mayoritariamente por la independencia. En Guipúzcoa incluso se podría diseñar una circunscripción visible en el mapa y desde satélite –lo que algunos llaman con zumba ‘el Bildustán’–, que no estaría mal para un primer ensayo de estadillo independiente, antes de comprometer a todo el resto en una aventura de riesgo irreversible. Si les va bien, allá que vamos todos.
Sin broma. No estemos tan seguros sobre la infalibilidad de las masas. Hablando por mí, cada vez que veo una gran manifa de ‘independentzia’ pegando los gritos de rigor, con todo el entusiasmo propio de pechos patrióticos, pero sin más sustancia intelectual que la que se pueda escurrir retorciendo la sábana de cabecera, me acuerdo del ‘Flautista de Hamelin’, versión poética del destino del lemming y otros roedores. Pienso también en la Cruzada de los Niños.
No es faltarle a nadie, no es denigrar la democracia. Es un recelo legítimo de que tanta gente de buena fe pueda tal vez estar desinformada o engañada. La voluntad de independencia  es fruto de un trabajo tenaz, que en política es agitación, propaganda, con  mucho de seducción, intoxicación, reflejo condicionado, consigna. No se nace independentista, ni siquiera patriota. Se machaca mucho con lo de la ‘construcción nacional’, pero como digo, nadie ha visto los planos. Ni falta que hace, porque el patriotismo tampoco funciona por lo racional.

Esto es un sinvivir, con peligro de aburrimiento. Yo sin ser independentista, como tampoco soy anti-soberanista por sistema, confieso que como el anciano Simeón, siento curiosidad por ver al Mesías tan prometido. Tengo además la suerte de poder elegir entre quedarme con él, o bien buscarme la vida por donde apuntó el índice de Arzalluz. Total, a unas decenas de kilómetros, sin salir siquiera de mi Autrigonia. ¡Ojalá todas las víctimas del ‘conflicto’ hubiesen gozado del mismo expediente! 
Válgame todo ello de disculpa, si pido que este proceso agónico no se prolongue ni una década más de lo necesario, sin excusas ni rodeos. Tanta sangre, tanta miseria, no puede haber sido sólo para que nuestros redentores se instalen en el sistema, como un partido más, aplazando y aplazando la escena del balcón hasta las calendas griegas. Nuestro destino como pueblo ha de cumplirse.
«La que has de hacer, hazlo ya», dijo Cristo a Judas. Más pronto que tarde, todo en este mundo tiene fecha de caducidad, como reza el proverbio: «o herrar, o quitar el banco». ¿Herramos? Pues adelante, señores: Bildustán al potro.