lunes, 4 de junio de 2012

Las Columnas de Serapis




Entre todas las fijaciones infantiles que recuerdo, una de las más tenaces y vivas ha sido la imagen de las Tres Columnas del Serapeo de Pozzuoli. La misma que Lyell adoptó como frontis de su obra magna, Principios de Geología (1830-1833, 3 tomos).
La tríada de monolitos de mármol cebollino claro con ancha banda oscura a media altura perforada por moluscos marinos está diciendo tres cosas: 1ª) esas piezas arqueológicas de hace 2.000 años siempre han estado de pie, 2ª) mientras el suelo con ellas descendía varios metros bajo el nivel del mar y tras largo tiempo volvía a subir, 3ª) moviéndose con la suavidad suficiente para no derribarlas.
Estas cosas aprendidas de niño marcan para toda la vida, y el ‘Templo de Serapis’ próximo a Nápoles entró en mi lista de las cosas que hay que ver. Por qué, no sabría explicarlo. Hoy diría que porque aquello entraba en la categoría de lo que los antiguos llamaron ‘paradojas’ (cosas raras), thaúmata o mirabilia: las ‘maravillas del mundo’. Las Maravillas del Mundo: precisamente era el título de mi primer álbum de cromos ‘Nestlé’, manoseado con fruición, aunque no recuerdo si las columnas  estaban allí.
Sorprendente en sí mismo este paraje geológico, despierta otra sorpresa mucho mayor: ¿cómo es que la Geología –palabra en uso desde principios del siglo XVII– no se hizo ciencia moderna hasta el siglo XIX ?[1]
Si para nuestro reloj biológico y vida breve era difícil hacernos a la idea del tiempo geológico, el mito cosmogónico y la ‘historia’ sagrada de la Biblia lo puso más difícil. Cierto que la Biblia habla de un cataclismo o diluvio universal, de una catástrofe ígnea que devoró la Pentápolis del Mar Muerto, de una parada del sol y la luna, incluso de un movimiento retrógrado de la sombra en algo parecido a un reloj de sol. Pero se trata de ‘milagros’ divinos, al margen de todo razonamiento crítico, analítico o predictivo.
La Geología nació y creció esclava doméstica de la Teología. Lo dijo Charles Lyell (un científico creyente), «los sistemas geológicos más populares en el siglo XVIII fueron de lo más ingenioso para ajustar los ‘hechos’ al relato de Moisés» (concordismo) [2]. Es una página patética, porque el gran geólogo la enfila contra Voltaire, quien por supuesto «was ignorant of the real state of the science», al margen de su mala fe, «bad faith». Y eso de la mala fe ajena lo escribía un hombre de ciencia que terminó haciéndose sus trampillas al solitario para salvar la suya.
Cuando el joven Darwin se embarca en el ‘Beagle’ (1831-1836), el capitán Fitz-Roy le invita a compartir su camarote. Allí en un anaquel de libros estaba el de Lyell, que para Darwin fue de cabecera todo el viaje, llevándole a conclusiones nada aceptables para los teólogos. Ante el evolucionismo darviniano, Lyell nadó y guardó la ropa: rechazó la teoría y siguió siendo conciliador respecto a unos relatos bíblicos que él creía revelados por Dios y auténticos «de Moisés».
Todavía en aquel tiempo mucha gente con ideas propias en Biología y Geología las publicaba en folletos anónimos [3]. Y eso en el Reino Unido, a donde no llegaba el brazo del Santo Oficio. Asombroso, porque ya en los siglos II-III los pensadores cristianos cultos, como Orígenes, al corriente de las teorías científicas de entonces, proponían para la Biblia sentidos místicos e interpretación alegórica. Frente a eso, la ortodoxia se decantó por tomar al pie de la letra lo que sólo eran mitos y leyendas. El resultado a la vista está.
De todas formas, incluso superado el obstáculo de la Cosmogonía mosaica y abordado el problema con nueva mentalidad, la ciencia geológica no dio el salto decisivo hasta que vino la ‘revelación/revolución’ de la deriva continental, el principio de isostasia y el modelo de la Tectónica de Placas.
Volviendo a nuestros Campos Flegreos, la inestabilidad de la zona se manifiesta también en surgencias hidrotermales explotadas desde los romanos. Este aspecto balneario quédese para otro día.

Plutón respira
Las columnas de Pozzuoli –una de ellas muy cinchada— pertenecen a la historia de la ciencia. La realidad del bradiseísmo o ‘terremoto lento’ era conocida allí desde muy antiguo, cuando se le atribuía significado religioso. Era como si el mundo de los muertos allá abajo palpitara, como si el pecho gigantesco de Plutón subiera y bajara en sosegado ritmo respiratorio.
La fase ascendente se acompañaba de retroceso de la línea de costa, apareciendo tierras de nadie. Este ir y venir del litoral surtía efecto jurídicos sobre la propiedad del suelo emergente. Así el 6 de octubre de 1503 los Reyes Católicos fallaron a favor de la universidad o comuna de Pozzuoli, atribuyéndole la propiedad del nuevo suelo con toda su raíz. Y pocos años después, en 1511, el virrey de Nápoles en nombre de Fernando de Aragón, como rey de las Dos Sicilias, amplia la concesión a «quoddam demaniale territorium mare desiccatum circum circa praefatam civitatem Puteolorum, in continenti eiusden situatum» (23 mayo 1511) [4].
No siempre fue todo tan tranquilo, también se han conocido aquí terremotos de los buenos y vulcanismo, como el que en el mismo siglo XVI originó de la noche a la mañana el levantamiento del cráter llamado Monte Nuevo (1538).
A todo esto, en 1749 alguien ‘descubre’, ocultas por los arbustos, la parte superior de tres columnas casi enterradas. Al punto los eruditos locales recordaron el lugar llamado ‘A las Tres Columnas’ por el cronista Juan Villani (siglo XVI), como también la Viña de las Tres Columnas, en otros documentos. Se ve que aquellos cipotes tan verticales y alineados siempre llamaron la atención. Pero nadie sabía lo que había debajo, hasta la excavación iniciada en 1750.
En los trabajos apareció una estatua de Júpiter/Serapis, así como un tholos o peristilo circular central. Por eso se llamó ‘Templo de Serapis’. Hoy se piensa que no hubo tal, sino que se trata de un macellum o mercado de comestibles. Toda la excavación se mantuvo totalmente en seco hasta finales de aquel siglo  XVIII, cuando empezó a ‘subir’ el nivel de agua.
Por supuesto, no había tal subida, sino que era el suelo el que bajaba. Y por lo visto no era la primera vez, aclarando así un enigma de la excavación, con dos pavimentos antiguos, uno encima de otro.
Otro enigma de las columnas –y del yacimiento en general– era la ancha banda oscura a media altura, con el ataque de los moluscos. Por entonces (1792) el geólogo y vulcanólogo ítalo-alemán Escipión Breislak entiende que esto último era efecto de una larga inmersión marina, la cual podía repetirse.
Con todo esto, más el volcanismo de la región, etc., este lugar cobró celebridad mundial como etapa del Grand Tour en los Campos Flegreos. Cierto que toda el área puzolana era deprimida y palúdica. Pero para eso estaba el optimista De Jorio, invitando al viaje turístico con cúmulo de razones: «las riquezas del suelo, la amenidad del clima, las vistas hermosas y pintorescas y la feliz tranquilidad producida por el Gobierno» [5]. Como gancho, un grabado basado en un dibujo de 1810 por el arqueólogo artista John Izard Midleton, donde el agua ya llegaba a las bases de las columnas, dando un toque romántico de lo más emotivo.

Peregrinos de la Ciencia
Pero ya no eran sólo turistas, todo geólogo con autoestima se hacía un deber de visitar el sitio. ¿Y quién era entonces geólogo? La distinción entre profesional y aficionado era harto difusa. El gran Lyell, sin ir más lejos, era un abogado converso. ¿Pues y Babbage? A Charles Babbage le conoce todo el mundo como  padre de la computación automática, inventor de la primera calculadora digital. Sin embargo, su biografía en mi edición de la Britannica (15ª edición, 1990) no dice ni palabra de su incursión en la geología puzolana; una falta que también se nota en la Wikipedia. Y eso que su opúsculo sobre el particular es una obrita tan rigurosa como elegante, y una joya bibliográfica [6]
Las Columnas del Templo de Serapis eran tres notarios mudos de un seísmo a cámara superlenta. Algo así como en Egipto los nilómetros, sólo que al revés: aquí el nivel del agua es el referente fijo, mientras el testigo se mueve. Los visitantes del siglo XIX comprobaban el hundimiento progresivo. Hoy en cambio el lugar arqueológico está en seco.
Entre los visitantes precoces hay que citar a nuestro valenciano Juan Vilanova y Piera, uno de los padres de la Geología y Paleontología española, quien celebra el gusto que tuvo de estar allí en 1825 [7].
Tres años después (1828) dos visitantes británicos se dejan caer por allí. Uno se llama Charles Lyell, el otro Charles Babbage. Los dos conocen al canónigo De Jorio y su monografía a caballo entre estudio arqueológico y guía turística.
Lyell está escribiendo su opus maius, que «en sucesivas ediciones será su principal fuente de ingresos a lo largo de su vida» –quién habló, el gran vendelibros, mi admirado y llorado Stephen Jay Gould–. Desde 1830 adapta el grabado de De Jorio (Principles, 1830), todavía con el agua a flor de suelo. Luego preferirá otra versión  más concisa y precisa, por Whitney Jocelyn Annin, que es la que contemplo en mi ejemplar de la 11ª edición (London, 1872) en 2 vols. Para entonces el agua ha subido.
Por su parte, a Babbage sus Observaciones le permiten deducir al menos tres episodios de deposición y subsidencias. Aunque el ensayo fue leído en 1834, el autor no lo publicó hasta 1847. Es interesantísimo, y a la vez muestra del temperamento de Babbage, un poco neurótico, yo diría. Así, comentando la Tabla 3, sobre ‘Expansión del granito  en función de la temperatura’, aprovecha para hacer publicidad del invento que le traída de cabeza, en estos términos (pág. 32):

«Esta tabla fue calculada por la Máquina Diferencial desde la primera línea, tomada obviamente del experimento. Obsérvese que los valores son siempre exactos hasta la última cifra, compensación realizada por la propia máquina. Dado que dicha máquina no ha sido enseñada a imprimir sus cálculos, la exactitud de la tabla se limita a la de una impresión cuidadosa.»

Para colmo, de las 3-42 páginas de texto, a partir de la 35 nos embarca en un viaje a… la Luna. A la Luna, sí, catapultados en un sorprendente Suplemento, sobre ‘Conjeturas tocante a la condición física de la superficie lunar’, donde de partida salimos con este  mal pie:

«Una lectura ocasional (perusal) de la explicación de Mr. Darwin para la formación de arrecifes de coral y de los atolones me llevó a comparar esas islas con aquellas montañas cónicas en forma de cráter que cubren la superficie de la luna; y creo que no podría encontrarse lugar mejor que éste para bosquejar las siguientes conjeturas… »

Fuera de eso, la edición es muy esmerada. La encuadernación en tela roja lleva estampado en oro un hierro de las Tres Columnas (ver abajo, [6]). Y el corte esquemático del yacimiento y del proceso geológico es sencillamente magistral, como puede verse:


Erupciones y erupciones
También el vulcanismo napolitano se puso de moda, en la pintura paisajística como en la ciencia. Así Lyell para otro tomo de su libro elige una vista de la bahía de Nápoles. Babbage, siempre a su aire, completará su ascensión al Vesubio con un descenso al cráter. Va tranquilo, porque antes se había entrenado metiéndose a ratos en un horno a la temperatura de ebullición del agua.
 Pero antes que ellos otro vulcanólogo se había hecho célebre por sus visitas a la zona vesubiana. Sir William Hamilton en 1764 dejó Inglaterra como embajador de su G. M. Británica en la Corte de Nápoles, hasta 1800. Allí se dio a sus dos pasiones volcánicas: la primera, en sentido literal, con hasta 65 ascensiones al Vesubio y varias monografías científicas sobre vulcanismo [8]. Su segunda pasión fue el coleccionismo arqueológico, no siempre de clara procedencia, que acumuló en su residencia de Posílipo, ‘Villa Emma’.
El nombre era un tributo al tercero de sus amores, bastante menos volcánico que los dichos: lady Emma Hamilton.
Emma Lyon –o como realmente se llamase–, de tumbo en tumbo había aparecido por Nápoles hacia 1783, primero como huésped de Sir William, luego como su amante y finalmente su esposa legítima (1791). En el ínterin, aquella deliciosa aventurera entretuvo a la buena sociedad napolitana con danzas de su invención. En ellas empleaba la mímica, remedando poses y actitudes de beldades antiguas, donde la gracia estaba en adivinar el personaje mimetizado.
El nuevo arte hizo furor, pues era de lo más napolitano. Y yo me pregunto hasta qué punto aquel espectáculo pudo influir en el interés posterior de De Jorio por la relación entre mímica y arqueología.
http://en.wikipedia.org/wiki/File:Cognocenti-Antique-Gillray.jpeg
Ya conocemos el genio travieso del canónigo. Y no es temerario suponer que mientras escribía las 30 páginas de su libro dedicadas a “le corna”, más de una vez se acordaría de sir Hamilton, que aparte de erupciones volcánicas y exploraciones por el Monte Nuovo, tuvo ocasión de experimentar otra doble erupción y excrecencia en su propia frente. Sólo dos años después de convertirse en Lady Hamilton, Emma conoce en Nápoles al gran almirante Nelson, etcétera, etcétera.


Y de aquí al fin del mundo
Si la Biblia nos ofrece una Cosmogonía relativamente serena, desde el «¡Haya luz! Y hubo luz», el fin del mundo en cambio se anuncia catastrófico. ¿Lo será? En mi tiempo impresionaba mucho una ‘muerte térmica del universo’, con base en la entropía; una muerte más bien dulce. 
Sin esperar tanto, y sin salirnos siquiera de los Campos Flegreos, recordemos que este círculo es en realidad un supervolcán, que según voces alarmistas amenaza a Italia y hasta a Europa entera.
Si esas voces dicen verdad, este Plutón que mueve el pecho arriba y abajo en sueño tranquilo podría despertar de repente, en una explosión tan grande que dejaría en ridículo al vecino Vesubio. Súper caldera Solfatara: por la regla de La Codorniz, si nos hemos reído con los cuernos de sir William, ahora toca temblar.
 _________________________________
[1] La palabra geología, ciencia o tratado de la Tierra, se atribuye a Ulises Aldrovandi (Bolonia, 1603), que en su testamento , al disponer de su biblioteca y museo, dice: «et anco la Giologia, ovvero deFossilibus» (G. Fantuzzi, Memorie della vita di Ulisse Aldrovandi, Bologna, Lelio dalla Volpe, 1774,  p. 81). Allí aparece por vez primera la tríada que compone la Historia Natural: Botanología, Zoología, Geología. 
Primera aparición de la palabra giologia
La forma ‘giología’ se explicaría por el iotacismo del griego moderno, donde la η de γη- (tierra, térreo) suena i; aunque no parece necesario, y en todo caso al griego moderno ha pasado γεωλογία, en correspondencia con las clásicas γεωγραφία, γεωμετρία, γεωργία etc. Cfr. Gian Battista Vai, “Aldrovandi’s Will: introducing the term ‘Geology’ in 1603 / Il Testamento di Ulisse Aldrovandi: l’introduzione della parola ‘Geologia’ nel 1603”; en G.B. Vai, W. Cavazza (eds.): Quatricentenario della parola geologia. Ulisse Aldrovandi 1603 Bologna. Bologna, Minerva, 2004,  pág. 73.
[2] Cfr. Lyell,  Principles, 6ª ed., vol. 1, pág. 97.
[3] Un ejemplo: Vestiges of the Natural History of Creation. London, John Churchill, 1844. Obra de Robert Chambers, con una continuación o Sequel igualmente anónima.
[4] A. de Jorio, ‘Ricerche sul Tempio di Serapide, in Puzzuoli’ (Napoli, 1820), p. 60.
[5] Guida di Puzzuoli e contorni. 2ª ed., Nápoli, Stamperia Reale, 1822, p. iij.
[6] Ch. Babbage, Observations on the Temple of Serapis at Pozzuoli near Naples. London, 1847, 42 pp., con ilustraciones y 2 láminas plegadas; encuadernación tela con plancha dorada (las Tres Columnas); impresión privada. Por ahí he visto un ejemplar en oferta al precio de $ 4,500.00.
[7] Juan Vilanova y Piera, Compendio de Geología. Madrid, 1872, pág. 60 (‘Templo o Termas de Serapis’). Para De Jorio era ambas cosas, un templo con una sala de baños, «donde el falso dios daba la salud a los que no les dejaba peor» (Ricerche, p. 68).



8 comentarios:

  1. Maestro D. Belosticalle:

    Además de aprender con todas sus entradas, con la de hoy me he reído un rato (etcétera, etcétera). Aprender deleitándome. ¡Qué pena que alguno de mis maestros no hubiera seguido su método! Hoy sería un poco menos burro.

    Gracias, D. Belosticalle. Le sigo, le espero, con impaciencia.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Alto ahí, amigo mío, ¿qué es eso de «sería un poco menos burro»? Usted (como yo) es fan de Monsieur de Sans-Foy, y ha tenido que leer su nuevo ‘Soneto al burro’:

      «Hermanos legos de la claustra equina», etc.

      En verdad, muy injustos han sido los pedagogos que adoptaron el asno como encarnación de la estolidez, y condecoraban a los alumnos díscolos con orejas asnales. Y aun pienso que el mismo poeta no ha estado congruo para consigo mismo en el último verso:

      «y cuánto burro con escaño en Cortes».

      A menos que el maestro haya usado de licencia tomando el todo por la parte, el burro por el cabestro. Onocentauros, como mucho, ya quisieran esos gañanes tener una testa tan bien aparejada como la del pollino.

      Eliminar
  2. ASTURIANIN, en las entradas del maestro Belosticalle es imposible no sonreir.

    Parece simpática esta Emma Hamilton. Y muy guapa, a juzgar por el retrato de Romney. Muy sutil la caricatura, en la que Nelson y Mrs. Hamilton aparecen retratados en cuadros distintos pero con las manos enlazadas. En fin, ahora tengo otra excusa para volver a Napoles: visitar Pozzuoli. Y quizás tomar un spritz Aperol en la vía Chiaia, algo que le recomiendo. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. «Y muy guapa».

      Buen enlace, Navarth. Si la ‘Lady Hamilton as Circe’ es de 1732, se ve que la brujilla ya tenía ensayadas sus danzas en Inglaterra, antes de partir a la conquista de Nápoles. Porque eso era la dama, y ese fue su papel estrella: la bruja Circe. Y sir William hecho un Ulises, tal para cuál.

      Eliminar
  3. D. Navarth, ahora que le veo por aquí: Estoy siguiendo su interesante serie sobre los movimientos revolucionarios de Rusia, aunque no entro a comentar. Desde aquí le doy las gracias por sus artículos.

    Si voy a Nápoles (ganas no me faltan, sí tiempo, pues antes quiero ver otros sitios) seguiré su recomendación. Seguro que merecerá la pena.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. Gracias D. ASTURIANIN, es usted muy bienvenido en mi blog. Y anímese a escribir, hombre. En cuanto a la recomendación del brebaje, es un aperitivo que suelen tomar los italianos. Dos partes de cava (ellos le dicen ‘prosecco’), una de Aperol, y un chorro de sifón o soda. Es muy refrescante, y es fácil aficionarse a él. Parece inofensivo, pero cuando uno se pone en pie se da cuenta de su error (disculpe D. BELOSTICALLE por estar de cháchara en su blog)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Nada qué disculpar, están ustedes en casa.

      Por cierto, Navarth, catando lo de via Chiaia comprobaría usted que los brebajes napolitanos no generan populistas, como los de su magnífica saga. Ahí tendrá usted luego el caso Gorki, que con pretexto de salud se incrustó en Sorrento y sólo volvió a la Santa Rusia a hacerse alguna foto.

      Y ya que esto aquí, aprovecho para comentarme:

      ¿Pozzuoli? A mí me gusta Puzol (de ahí el puzol o puzolana); pero no me he atrevido, no se me pique algún puzolense.
      De todas formas, todavía lo reconsidero, bajo la autoridad del ilustrado barcelonés D. Antonio de Capmany y Montpalau (1742-1813): Diccionario Geográfico Universal, 5ª ed., Madrid, 1793, tomo 3, pág. 75:
      «Puzól, Pozzuolo, ò Puzzolo, Puteoli, antigua y célebre ciudad del Reino de Nápoles, etc. »

      Sí señor, en español o castellano, Puzol.

      Eliminar
  5. Razón tiene, Maestro D. Belosticalle, en su apostilla a mi comentario. Retiro lo de burro. Diré "algo menos ignorante". O algo más culto.

    D. Navarth, sí que comentaré. Por supuesto. Sus entradas nunca me dejan indiferente. Y siempre me gusta leerlas.

    Gracias.

    ResponderEliminar