lunes, 14 de mayo de 2012

Hematología teologal napolitana


  
La Archidiócesis de Nápoles se presenta al mundo en su página oficial de la Red Chiesa di Napoli’—, encabezada con una viñeta de su Eminencia el Arzobispo Cardenal Sepe, en el acto de demostrar la Sangre de San Jenaro, que se licúa y coagula milagrosamente. La comprobación del cambio de fase (de sólido a líquido y viceversa) se ajusta a un protocolo cuasi científico, girando y balanceando pausadamente el viril con las dos ampollas que contienen la reliquia, mientras el oficiante fija en ellas una mirada crítica. El reloj de pulsera del eclesiástico viene a situar el evento en el tiempo actual.
El ‘milagro de San Jenaro’ es así el logotipo y emblema de toda una gran Iglesia napolitana.
¿Milagro? La palabra lo dice: ‘cosa admirable’. Admirable cosa es, en efecto, que año tras año, a fechas fijas, personas respetables ofrezcan al público la exhibición de un fenómeno tan estupendo como gratuito. Un milagro que se agota en sí mismo, sin servir para nada más. No cura, no ayuda, no resuelve nada, sólo mueve admiración. Milagro en estado puro.
Todavía no hace tantos años, con la catedral de Nápoles de bote en bote, si el milagro se hacía esperar demasiado, la muchedumbre descargaba su descontento sobre el santo, increpándole con dicterios nada reverentes, pues por alguna razón se entiende que la no licuación es de mal augurio. He ahí otro motivo de asombro: que el cielo termine cediendo a la sinrazón del insulto y la blasfemia.
Nada cierto se sabe del contenido de las ampollas ni su procedencia. El culto de San Jenaro en Nápoles pasa por inmemorial, aunque su formalización litúrgica es relativamente moderna. En 1337 se estrenó un oficio religioso, sin referencia alguna a algo tan característico y tan raro como es un milagro a plazo fijo. Tan sólo medio siglo después, el 17 de agosto de 1389, se menciona por vez primera el fenómeno de la licuación. También por entonces, curiosamente, el mismo se repite como por simpatía en diferentes reliquias sanguíneas por toda la región campana. No se trata, sin embargo, de influjo local, ya que semejantes reliquias, trasladadas a otros países pueden ostentar la misma virtud. Es el caso de la sangre de san Pantaleón, traída de Italia a Madrid, a las monjas de la Encarnación.
Concurren en esto dos factores:
1. En el siglo XIV se desarrolla toda una hematología teologal o teología de la sangre, empezando por la de Cristo, tanto la física como la eucarística, derramada de su cuerpo en la pasión, o por hostias sangrantes. Francisco de Asís había estrenado el fenómeno místico de las llagas o estigmas, en que luego tendrá competidores como Catalina de Sena. En el siglo XIV Europa entera sangra en ejércitos de flagelantes. Hasta las imágenes sudan sangre, y en todo caso los crucifijos se pintan muy llagados y sangrientos. Los cuerpos de los mártires no podían quedar atrás. Después de todo, una antigua creencia admitía que el cadáver del hombre asesinado injustamente sangra en presencia de su matador, a modo de denuncia válida incluso como prueba testifical.
2. Al mismo tiempo parece que ya en dicho siglo, alquimistas de la región vesubiana, con reactivos naturales fáciles de obtener en la zona, descubren recetas de sangre artificial licuable y coagulable.
Hablamos de sangre artificial, en el supuesto de que el fenómeno de Nápoles y demás sitios no implica sangre verdadera. La coagulación de la sangre es un proceso autocatalítico en cascada, de enorme complejidad y muy relacionado con la aglutinación y otros fenómenos del sistema inmunitario. Si las ampollas fueran de sangre, entonces sí que podría hablarse de auténtico milagro, pues los antiguos nada supieron del mecanismo de la coagulación ni de la disolución de coágulos o trombos.
Excluida, pues, la sangre –aunque el análisis espectral se dice que da positivo para la hemoglobina–, se han probado diferentes mezclas que imitan la apariencia del fenómeno. Casi todas se basan en cambios ligeros de temperatura, como una que dieron varios estudiosos de ‘magia natural’ en el siglo XIX [1].

Tixotropía
       Hace una veintena de años la revista Nature publicó una carta de tres científico italianos, con una receta muy simple y eficaz que se hizo famosa en todo el mundo. Partiendo del supuesto de que «el fenómeno parece genuino, está bien documentado y todavía se ve como no explicado, descartaban el cambio térmico a favor de otra explicación físico-química: la tixotropía. Así se llama la fluidificación reversible de un gel por efecto de toque, vibración o sacudida mecánica (thíxis, en griego) [2]:


«En la típica ceremonia de la licuefacción de la sangre, realizada a diferentes grados de temperatura ambiental, el acto de comprobar si el fenómeno se ha producido incluye invertir repetidas veces el relicario manual con viril tranparente, de modo que en ese crítico momento se está aplicando un estrés de rozamiento. Así pues, la realización exitosa del rito no implica fraude consciente. De hecho, a menudo se han observado eventos de licuefacción imprevista a lo largo de los siglos, con ocasión de reparar el receptáculo que contiene la ampolla sellada.»

Los autores concluían irónicamente:

«La naturaleza química de la reliquia napolitana sólo se puede determinar abriendo el recipiente, si bien la Iglesia Católica prohíbe un análisis completo. Nuestra reproducción del fenómeno parece hacer innecesario tal sacrificio.»

La carga irónica no debe ocultar que más que reproducción  (replication) se trata de un remedo del fenómeno, y un estudio serio no estaría de más para asegurar la respetabilidad de un rito religioso. La mera afirmación de haberse obtenido el espectro de la hemoglobina no dice gran cosa sobre lo que de hecho se maneja.
       Ironizando también nosotros recordemos que la sangre de san Jenaro se ha licuado también con ocasión de mostrarla a personalidades de relieve,  eclesiásticas o seglares, atribuyendo a la reliquia del mártir una acepción de personas harto sospechosa.
Pero basta de zarandajas, he aquí la fórmula magistral y científica, ahorrando unos pocos detalles técnicos:

A una disolución de 25 g de FeCl3.6H2O en 100 ml de agua se agregan lentamente 10 g de CaCO3, dializando luego la mezcla contra agua destilada durante 4 días (vale como dializador el pergamino o la tripa animal). La disolución resultante se deja evaporar en un disco de cristalización hasta un volumen de 100 ml (con un contenido de FeO(OH) de 7,5 % aproximadamente. Se añade 1,7 g de NaCl, obteniéndose un sol pardo oscuro tixotrópico, que en cosa de una hora se gelifica. Agitando suavemente, el gel se licúa de forma reversible, en un ciclo repetible muchas veces.

Los mismos autores hacían hincapié en que los materiales de su experimento estaban todos disponibles para el estado del arte en el siglo XIV, precisando que el cloruro férrico se halla formando la especie mineral molisita en volcanes activos como el Vesubio.
       Recuerdo que, a raíz de aparecer la receta en Nature, comentándola con otro colega que la había ensayado, decidimos ofrecer una demostración en la cadena de TV vasca ETB-2. La dirección del programa aceptó con mejor voluntad que criterio televisivo, ya que el reducido espacio que nos cedieron se fue prácticamente en el bla-bla de una entrevista, con una demostración más virtual que otra cosa, y aún dudo de que nuestra presentadora estuvo en el ajo. El público desde luego no. Debieron de tomarnos por prestidigitadores sin escuela.
Desde entonces conservo un tubito de ensayo con ‘sangre de san Jenaro’. Muchas veces repetí con ella el milagro durante años, sin presagio alguno de catástrofe, hasta que por descuido el gel se desecó. Pero no acabó ahí mi aventura con el amable santo.

      Contramilagro
El pasado 6 de mayo, víspera del primer domingo del mes, encontrándome en Nápoles tocó milagro, que me perdí. Sí pude en cambio presenciar su contrademostracíón, que a mi juicio una de dos, o tira por tierra la tesis tixotrópica, o la de la buena fe del clero.
En efecto, el día 8 por la mañana, visitando la catedral y capilla de San Jenaro, mientras contemplaba el gran relicario con la ‘sangre’ sólida de color rojo oscuro, se presentó un pequeño cortejo presidido por un obispo que sin preámbulo tomó de él la pieza manual con el ostensorio de las ampollas y lo ofreció a la adoración de varias personas, ejecutando repetidas veces la maniobra del volver y revolver, sin asomo de licuefacción. Por tanto, o no todo es cosa de tixotropismo, o bien el oficiante sabe evitarlo de forma artera, meneando el recipiente de forma distinta de cómo se hace en la función miracular.
Como yo no tenía idea de este rito de contraprueba, o si se quiere, ‘contramilagro’, fue grata sorpresa poder observarlo y filmarlo muy de cerca y sin golpe de público. Debo decir también que, contra lo que entonces creí, no era el cardenal-arzobispo en persona el que realizaba el trámite, sino alguno de sus auxiliares. De minimis non curat praetor.


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       [1] Joahnn N. Martius y Johann H. M. von Poppe en Gesammelte Schriften über natürliche Magie, t. 1, n. 77. Stuttgart, 1839, pp. 353-354.
       [2] L. Garlaschelli, F. Ramaccini y S. della Sala, ‘A thixotropic mixture like the blood of Saint Januarius (San Gennaro)’, Nature, 353 (10 Oct. 1991).



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