miércoles, 27 de enero de 2010

Pedernales





Hace tres meses hice aquí un sencillo elogio de los Territaifas Históricos vascos, ese hecho tan diferencial nuestro que son las Diputaciones forales con sus Diputados generales. Fue con ocasión de su epifanía o manifestación pública. Porque esos entes poderosos que hoy acosan al Gobierno de Vitoria, bien se guardaron en tiempos de Ibarretxe de exhibir la grandeza de su poderío. Sobre todo la diputación vizcaína, la más rica y soberbia de las tres.

Se dirá que los diputados generales, siendo del mismo partido que el lendacari, tenían que remar juntos. Valga. Aunque ¡bueno era el caudillo como para irle con historias forales! Ni con historias de partido, él era el partido. Sea como fuere, el hecho demostrado por cien encuestas es que el 'hombre de la calle' (que le dicen) jamás supo en aquella era cómo se llamaban los diputados generales; y apurando, apurando, ni que existieran. Incluido el superdiputado de Vizcaya, un perfecto desconocido entonces.

Pero cayó Juan José, al toque de sus propias trompetas, más que a la embestida de los bárbaros PSE-PP. Y es entonces cuando los tres entes se erigen en reductos de contrapoder ultra-autonómico, como la resistencia romana ante Breno en el Capitolio. Es también la hora de los gansos capitolinos.

Así paradójicamente, gracias a un insignificante Patxi López y al fulgor de su Gobierno espectral, el ciudadano se entera de que hay diputaciones, o por lo menos, diputados generales. El de Vizcaya en particular, con la caída de su jefe descubre al político que lleva dentro –un líder, el próximo lendacari, ¿por qué no tú?– y prodigándose en imagen y verbo, en breves semanas a todo el mundo le sonaba su nombre.

Nuestro Marco Manlio se llama José Luis Bilbao, el político peneuvista que más en serio se ha tomado lo de 'gobernar desde la oposición'. Oposición que, para el Sr. Bilbao, significa quien o lo que se le ponga por delante en su forma de gobernar. Gobernar: otro término que, en el mismo léxico personal, equivale a ordenar y mandar como un auténtico Señor de Vizcaya. Es como le llaman sus aduladores, y a él le halaga.

Con el mutis de Ibarretxe, cada diputado ha dado lustre a su faceta más personalista. Y esa faceta en José Luis Bilbao se llama 'ego'. Bilbao como político tiene muchos partidarios y enemigos, cosa que a su ego le complace. En cambio, el ego de don José Luis sólo tiene un partidario –él mismo, obviamente– y un sólo enemigo. Pero un enemigo mortal, que se llama hybris. La hybris (desmesura) es un enemigo íntimo, que según las leyes de la tragedia lleva a la perdición. Es un demonio sin grandeza. Sus posesos, como los fantasmones de Don Quijote, «gente descomunal y soberbia». Algunos frivolizan esa condición humana del superdiputado: que si es un fanfarrón, un bocazas, que si las suyas son chulerías o bilbainadas –doblemente, en su caso–, que si cosas de Joselu y eso. Bobadas. Lo suyo tiene toda la pinta de una hybris de libro, cosa mala, porque ese desarreglo no hay dios que lo sufra. Al tiempo.

En el campo me metí
a lidiar con mi deseo:
conmigo mismo peleo,
defiéndame Dios de mí,
si yo mismo me guerreo.

El gran peñazo que Manlio Bilbao levanta para arrearle al Breno López en toda la tiña es el Guggenheim II de Urdaibai. No es ninguna iniciativa de gestión, donde usando la razón quepa discutir sobre prioridades, adecuación de medios y fines, esfera competencial y otros aspectos técnicos. Es un proyecto de lujo, un riesgo voluntarista, desafiante, polémico en sí y por su ubicación, en nuestra pequeña y única Reserva de la Biosfera. Total para implantar allí, precisamente allí, un macromuseo que podría funcionar igual en otra parte...

No digo nada del proyecto en sí. Sólo de su primera víctima anunciada, la Colonia Escolar de Pedernales, obra entrañable de don Ricardo Bastida.


Es curioso que para ir 'orientando' a la opinión pública se pongan tachas al valor arquitectónico del edificio: que si no es monumento, que si no es tan original, ni de gran mérito... Todo eso es muy secundario, frente al atentado a la memoria vivencial que se va a perpetrar.

Mi contacto con la Colonia fue ocasional, aunque impactante para toda la vida. Pedernales era todavía Pedernales, medio siglo antes de inventarse Sukarrieta. Veraneando de crío en Pedernales –el Bar de Pacho, creo que se llamaba la fonda–, la Colonia de la Caja de Ahorros me parecía un paraíso en el Paraíso.

Por cierto, de todas las instalaciones de la Colonia –un modelo a nivel europeo, para la época– mi preferida era la más discutible: aquellas playas artificiales, donde los niños con gafas protectoras se tostaban a la luz UV, no sólo tomando color para la vuelta a casa, sino como refuerzo vitamínico. Aquellas playitas pocholas, ideadas en los años de la gran depresión, quedarían relegadas a piezas de museo por el avance médico, pero también gracias al avance dietético.

Nunca fui colono en Pedernales, pero como si lo hubiera sido. Uno de mis primeros premios escolares fue el libro de Julián Zugazagoitia, Pedernales: Itinerario sentimental de una Colonia Escolar (1929). Es un libro muy cuidado, muy bien impreso. Por dentro, todo él un poema en prosa cargada de humanismo y melancolía. Me sabía de memoria párrafos enteros, y aunque en parte los olvidé, las ilustraciones de Ricardo Arrúe todavía las llevo en la pupila interior.


Yo creía que la Colonia de Pedernales era intocable, que su demolición sería sacrilegio nefando, para escrito en los anales de los paraísos perdidos.

Cuando he aquí que un graznido estentóreo de ganso sobresalta mi ingenuidad. ¡La piqueta para esa maldita colonia!

Dicen que el diputado general Bilbao se ha armado de una docena de informes técnicos para justificar la empresa que va a realizar él solo, si no puede ser en compañía de otros. A ese material hay que juntar el coro de opinión de gansos que le animan a dar el paso, unos porque sí, otros porque joroba a Patxilo. Todos, sin embargo, respecto a la Colonia suelen ver su desaparición como mal necesario, mal menor, o ni mal siquiera, una pérdida sólo sensible o indiferente.

Faltaba el ganso de los gansos. Alguien que, con base en un trauma personal, recomienda la destrucción del edificio donde la infancia vasca se vio sometida a vejaciones patrióticas. Nuestro ganso pedernalino se firma Yo, y su alegato dice así:

«Respe[c]to al edificio actual ¡QUE LO DERRIBEN! allí obligaban a los niños de Bizkaia a cantar el cara al sol y desfilar con mosquetones averiados (no todo ha sido lúdico en esa colonia ) además los niños iban al mando de monjitas adictas al ré[g]imen que ponían gran entusiasmo en los cánticos. ¿Qué os parece? Si alguien quiere conocer algo más le indico la fecha de cuando se hacían esas demostraciones patrióticas. ¡QUE LO DERRIBEN!»

Con que ya tiene el Señor de Vizcaya un argumento tumbativo que añadir a sus informes. El franquismo contaminó la Colonia, afuera con ella. Claro que luego, por la misma higiene, habrá que derribar las escuelas, los ayuntamientos, sin dejar uno, y finalmente la Diputación, pues yo mismo vi a Franco en el balcón, aclamado por los diputados y la muchedumbre. O sea que, si no arrasamos también la Villa entera, al menos deberíamos fumigarla.

En cuanto al amigo ganso, lástima por él, si la monserga franquista le pudo tanto que no le deja recordar lo bien que se comía en aquella casa, los viajes maravillosos en 'gasolino' a la playa, o el buen ambiente de camaradería. Máxime si, como él dice, «los niños iban al mando de monjitas», qué gozada. Aunque fuese con mosquetones averiados, lo que me perdí...

En serio, lo más de compadecer a este buen hombre es, en aquellos años de caralsol, no haber leído Pedernales, de aquel socialista de las gafotas redondas, buen hombre y escritor que fue Zugazagoitia, 'Zuga'. Asesinado por rojo-separatista.

¡Qué! ¿quemamos también el libro, para que no nos amargue la memoria?

sábado, 23 de enero de 2010

Vexilomnesia


(Banderas en el recuerdo)


Uno. No es por quitar ni meter hierro al tema del Obradoiro, que comenté ayer. Quod scripsi, scripsi. Mientras las banderas oficiales en España sean símbolos –convencionales por definición, pero consagrados por pacto constitucional–, hay que respetarlas y hacerlas respetar.

Dos. Otra cosa es, en el plano teórico y distendido de una sobremesa, especular sobre si la bandera es aún en nuestro tiempo un símbolo adecuado de lo que se supone. Herencias del Medioevo peleón, ¿tal vez una educación más al día debiera superar esas antiguallas, de ejecutoria no siempre impoluta? Las banderas, como el sábado, deberían ser para el hombre. Pero mientras pocos hombres habrán muerto de descanso sabático, hay que ver la de vidas humanas que han costado las banderas. Y si ya poco se santifican las fiestas, las banderas siguen inspirando superstición, como en los tiempos oscuros. ¿No irá siendo hora de jubilarlas?

Los nacionalistas a veces hacen como que toman esta posición 'progresista', cuando parecen quitar importancia a la polémica de símbolos. Impresión engañosa. Ese discurso superador lo reservan contra las banderas 'estatales'. Las banderas propias –como las lenguas 'propias'– son puchero aparte. Para los nacionalistas vascos en particular, su bandera ni siquiera es bandera, es la Ikurriña, con artículo determinado singular, y hasta con mayúscula.

Esto ha generado en la Comunidad Autónoma Vasca un problema añadido, desde que se cayó en la ingenuidad morrocotuda de aceptar como bandera oficial ese símbolo privado de un partido político. Se apeló a que ya lo había sido bajo el primer Estatuto y República de Euzkadi, con amplia aceptación. Un argumento especioso, dada la zozobra de entonces. Es como decir que todo el mundo estaba aquí encantado con aquel pandemónium chapucero que presidió el lendakari Aguirre hasta Santoña. El exilio demostraría que no hubo tal, y que la ikurriña ni fue, ni podía ser, ni sería jamás la bandera de todos los vascos-vascos-vascos.

Pues bien, olvidada o no aprendida la lección, en la Transición se vuelve a las andadas, aceptando para esta flamante Comunidad dos regalos tóxicos: el nombre de Euzkadi/Euskadi, y la ikurriña como emblema. Podríamos añadir un tercer regalito, el vascuence como 'lengua propia', pero esa es otra copla, porque el euskera no es propiedad de ningún partido político. Los otros dos sí, ambos sabinianos, con marchamo y © del PNV.

La torpeza que fue aceptar esos obsequios, nada desinteresados, sigue lastrando nuestra convivencia. Aun suponiendo que esos símbolos tuviesen el arraigo que se les atribuyó –nego suppositum–, el traspaso de la ikurriña debió condicionarse a la renuncia del propietario. El PNV debió inventarse otra 'ikurriña' (si eso es posible metafísico). Lo inadmisible es que idéntica bandera ondee en edificios y actos del Gobierno Vasco como emblema comunitario, y a la vez en sedes, bachoquis y procesiones del PNV. Una ambigüedad que se hizo extensiva a los partidos retoños del nacionalismo. Así, algo que debería ser identificador unívoco, como mero y utilitario símbolo político-administrativo, es un equívoco perpetuo y conflictivo. Peor aún, antagónico, con el efecto añadido de la guerra de banderas. «Para mástiles (de la española), ni un puto duro», que dijo el otro.

Tres. Nunca me ha dado por la lencería, ni desde que salí de la niñez me han entusiasmado las banderas. Ninguna bandera. Esta frialdad podría deberse al impacto relativista que es para un niño descubrir que esos emblemas de colores se inventan y se cambian. Nací bajo bandera monárquica, aunque mi primera memoria consciente de una bandera como emblema de respeto fue la republicana, en las Escuelas de Ibaizábal (La Peña, Bilbao).

En aquellos años de la República, las colgaduras festivas de los balcones se ajustaban a un código sutil identificador de preferencia religioso-política. Eran sábanas blancas con un Corazón de Jesús pegado en medio y, en su caso, una orla banderiza. Las familias nacionalistas prendían la suya bizcaitarra. Los monárquicos a veces ponían banda roja sobre blanco (en particular los carlistas), que nuestra exégesis infantil descifraba como la bandera de Bilbao. Había gente que no ponía orla alguna, o que ni ponía colgaduras. Y no por miedo a significarse. En el barrio se sabía de qué pie cojeaba cada cual. Las mujeres católicas iban a la iglesia del Buen Pastor, saludadas con comentarios sarcásticos desde los pisos por conocidas comadres del barrio, sin que tampoco las devotas se mordiesen la lengua.

Un buen día supe que vivía en un país distinto, llamado República de Euzkadi. Con moneda propia y billetes de banco modernistas, que no se parecían nada a los del Banco de España, salvo en que todo iba de pesetas. Y ahora resultaba que, además de la bandera republicana, teníamos la nacionalista. En el castellano de mi entorno eran de uso corriente palabras vascas, todo un pequeño léxico, donde no recuerdo que sonara mucho ikurriña. En todo caso, muchísimo menos que (con perdón) mocordo, y esto lo puedo jurar como un lendacari, «humillado de pies y manos sobre la tierra vasca ante el Árbol de Guernica».

En la calle, de acera a acera, las bandas de críos se denostaban a golpe de pareados, como loros repitiendo :

            Rojo, blanco, verde, la bandera del moco verde.

            Rojo, amarillo y morau, la bandera del cagau.

A todo esto, una noche nos embarcaron en Santurce para Francia, refugiados. Primero estuvimos internados en Morbihan (Bretaña), luego con parientes franceses en Biarritz. Mi impresión fue que los franceses en bloque tenían bastante con una sola bandera para todos. Vascos y bretones incluidos. En el País Vasco Francés que pude conocer –Biarritz, Bayona, San Juan de Luz, no vi más ikurriñas que las que exhibían refugiados nacionalistas –'les espagnols', para los nativos–.

Cuatro. A la vuelta, en el Puente Internacional, al paso de la frontera casi me gano un moquete:

–Mamá, ¿qué bandera es esa?

El meneo que recibí todavía me hace tambalear cuando lo recuerdo:

–Esto es para que te vayas acostumbrando, que las cosas no son como antes.

La verdad, los carabineros o policías españoles no debieron de notar mi inocencia. Los agentes alemanes (que también nos controlaban al paso), menos todavía.

¿Con que ya conocía mi bandera definitiva? Ni hablar. En trámite estaba un nuevo escudo de España que marcaría la nueva identidad nacional. Y no para todo el mundo, por el momento. Algunos familiares seguían en el frente bajo el icono republicano. Lo que luego nos vino encima me ayudó poco, supongo, a ver las banderas como la plasmación más objetiva y fiable de esencias y valores.

Cinco. Aquí debo hacer mención de mi abuelo materno –el único que conocí–, por lo mucho que le admiraba, pues entre otros muchos conocimientos, se sabía el padrenuestro en castellano, francés, latín y tagalo. Natural de Fuentesaúco, empezó a estudiar en Zamora bajo la férula de un tío canónigo, que le educó en el carlismo y en ayudar a misa. De joven pasó algún tiempo emigrado con la familia en Francia, y chapurreó el francés. Pero antes había sido de los últimos de Filipinas, prisionero de tagalos, monaguillo de algún cura aglipayano que fue su profesor de padrenuestro: Ama naming nasa kalangitán, etc. etc.

Como carlista notorio, el abuelo Isauro repartía su desprecio entre las dos banderas tricolores, la republicana y la bizcaitarra, aunque el franquismo tampoco le gustó nada. En su casa, las colgaduras eran blancas con sagrado corazón y orla roja. No era hombre de banderas ni cosas por el estilo. Su experiencia militar en Filipinas le había llevado a conclusiones muy parecidas a la de Clausewitz, ya saben: «la guerra es una... »

Seis. Mi siguiente encuentro con la vexilología o ciencia banderil se produjo bastantes años después, cuando me tocó 'hacer los ejercicios', como tantos mozalbetes de la nacional-católica España.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio los 'daba', por supuesto, un jesuita. Como todo el mundo sabe, en ese juego de rol que son los ejercicios hay un lance crucial: la meditación de Las Dos Banderas. El de Loyola, gran banderizo, hijo y nieto de buena familia vasca que, como todas las buenas familias vascas de su tiempo, no tenía mejor pito que tocar que marcar a 'los nuestros' y distinguirles de 'los otros' como en un campo de batalla, echó el resto en esa fantasía célebre a lo divino.

«Representación del lugar», anunciaba el cura. Y como quien alza el telón de un escenario, nos hacía imaginar y ver el campo inmenso de Babilonia (creo recordar), con dos huestes enfrentadas, cada una con su bandera, y los dos grande Jefes enemigos: Cristo y Satanás.

Por cierto, el padre director introducía una distinción finísima: «Observad con qué propiedad llama san Ignacio a los dos jefes. A Jesucristo le llama capitán, del latín caput, capitis, la cabeza. En cambio a Satanás le llama caudillo, del latín cauda, caudae, la cola.» Etimología burlesca, que el buen jesuita se guardaría de soltar si alguna vez le tocó actuar en El Pardo ante su Excelencia el Generalísimo, tan Caudillo él como el propio Diablo.

y Siete. Lo dicho no obsta para que, si este país tiene una Constitución democrática, una bandera y un Código Penal, mientras las reglas del juego sean las mismas para todos, las banderas merezcan un respeto y, en su defecto, amparo de oficio.


viernes, 22 de enero de 2010

Quemar banderas



Es un ritual de larga tradición. Se organiza una marcha con sus pancartas y gritos, y en una plaza culmina el acto con una quema simbólica, una efigie, una bandera, un libro. Unos encapuchados, en guisa de verdugos, ofician de ejecutores.

El símbolo material es lo de menos. Quemar un libro –la Constitución Española, para el caso– daría lo mismo. ¿Pero quién oyó jamás hablar de ella? Dejémonos de sutilezas, hablemos al pueblo en el lenguaje elemental que todos entienden. Se elige la bandera por mimetismo, por su colorido e impacto visual. A veces también impacto olfativo, como cuando el diputado Arnaldo Otegi (11 de agosto 2003) arrancaba risas de su público ironizando: «¡Qué mal huele la bandera española!». Fue un caso bastante típico. Una marcha 'legal' de protesta se dramatizó como auto de fe, con la ejecución pública del enemigo en la hoguera.

El auto gallego de ayer 21 en el Obradoiro de Compostela se ha ajustado a ritual, evocando inevitablemente el modelo de Batasuna en el País Vasco. Sin embargo, hay una diferencia nada desdeñable. En el radicalismo vasco, todo el acto suele venir programado, incluso de forma explícita. Son autos de fe de verdad. En Galicia, en cambio, la masa de manifestantes no conocía el desenlace. El holocausto simbólico de España se habría producido fuera de programa. Un testigo le expresa así (por la portada y noticia del periódico La Razón (22 de enero):

«Madre mía...y luego dicen de la manipulación informativa por parte de los periódicos de izquierdas... ¡santo cielo! Estuve en la marcha y era distendida, divertida, agradable y pacífica. El grupo de imbéciles que siempre dan la nota siempre están presentes en todo lugar donde se produce muchedumbre, sino, que se lo digan a los de Nuevas Generaciones...»

A lo que otro opinante replica:

«Que eran dos niñatos sin cerebro ya lo sabíamos, pero rodeados de la muchedumbre. Habría que ver, los palos que les habrían dado si hubiesen intentado hacer lo mismo con la bandera gallega...»

Ambos pareceres contrapuestos viene a decir lo mismo: un incidente antiespañol parasita un acto público de protesta nada antiespañola. La diferencia está en la apreciación sobre la apatía del público. Para el segundo opinante sería aprobación. Él cree saber (y posiblemente con razón) que si alguien hubiese replicado quemando una enseña gallega, ese mismo público no habría sido tan indiferente.

En casos como éste es lógica preguntar quién está detrás de esos 'espontáneos', 'chavales descerebrados' o como se les quiera llamar, que en apariencia revientan un acto cívico, para irse de rositas, jaleados por uno, justificados o disculpados por otros, sin que la autoridad reacciones y cumpla con su deber.

«Sólo se quema un símbolo», dicen muchos, como quien glosa un '¡Pse!' «No tiene mayor importancia.»

¡Qué perverso es ese adverbio, sólo!
Compendia un diálogo por este estilo:

–Podía quemarse más, mucho más.
–¿Más que qué?
–Más que un trapo.
–Pero es que no se quema un trapo. Quemar un símbolo es destruir, simbólicamente, lo simbolizado. Es como gritar '¡Muera todo esto!' Se está expresando un deseo que invita a la acción.
–Tampoco exageremos.

Tampoco. Y aquí tercia otro opinante muy enterado:

«Quemar la bandera nacional es un ejercicio legítimo. En USA se puede hacer también, y no es delito. El Tribunal Supremo norteamericano ya falló en 1989, en una sentencia de enorme repercusión mediática, que la quema de banderas en actos de protesta estaba totalmente amparada por el derecho a la libertad de expresión.»

Es verdad. Pero el caso es que no hablamos de allí, sino de aquí. Y aquí, en España, no rige la jurisprudencia norteamericana. Más aún, nuestro Código Penal es taxativo (art. 543):


«Las ofensas o ultrajes, de palabra, por escrito o de hecho a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad, se castigarán con la pena de multa de siete a doce meses.»

Una norma legal que protege en pie de igualdad a la cabeza y a los miembros, al todo y a las partes que lo integran. Una norma basada en la Constitución democrática vigente. Una norma que la autoridad competente no puede pasar por alto sin cometer prevaricación.

Las penas no son sólo castigo, tienen su parte de ejemplaridad. Si exigir esto es patriotería, no es que hemos terminado, es que estamos acabados. En cuyo caso, nada tenemos que decirnos, ni de banderas, ni de lenguas, ni de nada.


lunes, 18 de enero de 2010

La Cocina de los Ángeles





La exposición 'El joven Murillo' se ha cerrado en el Museo de Bellas Artes de Bilbao con un número de visitas –alrededor de 71.000– que por poco disputa el segundo puesto a la de Romero de Torres en 2002. El primero, a distancia, lo retiene 'Sorolla, Visión de España' (2008). El público de aquí se reconoce en los artistas españoles y, a través de ellos, se reconoce en España.
Se puede especular sobre el que todo un Murillo rivalice con Romero de Torres, un empeño donde el sevillano nada tiene que ganar. Andaluces los dos, de ciudades eternas rivales, Sevilla y Córdoba. Claro que Murillo (1617-1682) lleva el lastre paradójico de sus Inmaculadas grávido-ingrávidas sobre nube movida por cefalópteros. El cordobés, en cambio, asentó su popularidad en el cántaro de la 'Fuensanta', aquella morena de los billetes de 100 pesetas (1953-1975), icono de "la mujer andaluza" (aunque fuese medio argentina). Icono sobre todo del franquismo desarrolista, casi una generación.

No hablo de pintura, sólo de pinturas, de lo pintado. Las cosas que pintaba Murillo de joven. Desde que pone taller propio, hacia 1640, abriendo una fase camaleónica hasta 1655, cuando el pintor ya maduro entra en la catedral hispalense.


No sé si Murillo de mayor llegó a ser un genio. De joven, en absoluto. Enorme dibujante y colorista, eso sí. Pero de joven ni siquiera era él mismo. Era por lo menos dos –y eso simplificando mucho–: uno, buen pintor de género y empresario al loro; el otro, un buen artesano alquilado a la propaganda frailuna. Pintura religiosa de lo más convencional, casi siempre con un grabado a la vista a modo de chuleta, o en la memoria, a fuerza de mirarlo. La censura tridentina no estaba pensada para promover talentos. De hecho permitía ahorrar esfuerzo de inventiva, gastado luego en copiar a los colegas más exitosos.

Lo que ven esas Magdalenas, esas santas Catalinas de mirada perdida, ellas sabrán, mientras el espectador se distrae en los detalles terrenos: «¿Dónde demonios he visto yo esto?» Termina siendo irritante, como un examen, y al final te enteras de que a lo mejor ni es un Murillo... ¡Qué diferente la otra Catalina que le puedes apear el título porque ni parece santa; esa señorita elegante que nos mira a los ojos, casi con descaro.


–Inquisitorial, yo diría.
–Y bien que, señor mío. Los atributos de su martirio que sostiene en las manos con cierta desgana –la espada y la palma– son los mismos de la Santa Inquisición.
–La modelo está como algo aburrida de posar.
–Bonita chavala. Pero, oíga... ¿Murillo, o Zurbarán?
–Buena pregunta, porque aquí leo en el Catálogo: recuperada para Murillo ¡hace sólo siete años! (Formó parte del botín sevillano del mariscal Soult. El muy caradura.)

Dos Murillos para dos Sanantonios. Nada tiene que ver esa traca de rompimiento de gloria, ese lienzo gigantesco de la Catedral de Sevilla, alto como un poste de la luz, con el otro de Birmingham, fantasía erótica de un novicio franciscano andrajoso, que se arroba y come con los ojos a un Niño Jesús descolocado. [El cripto erotismo murillesco –y no tan cripto– ha dado que hablar. Dejando aparte los cuadros profanos, el San Francisco abrazando a Cristo (h. 1668) es una de las estampas más devotas de la cristiandad, y una de las más turbadoras también.]

Cuando el cliente exija Contrarreforma, iconografía ortodoxa, ¡qué le vamos a hacer! Ojos en blanco, pose, recogimiento. Lo que el místico ve, unas veces se queda para él, sugerido a lo más por un rastro lumínico. Si la cosa se pone más explícita, también puede ocurrir que el visionario sea el espectador, más que el santo, que a veces ni se entera.

Ese es un Murillo religioso. Otro es el del verismo en escenas divinas a lo profano, si vale el retruécano. Ejemplo: La Sagrada Familia del Pajarito, del Prado –escena de hogar pequeño burgués–, que como en el caso de San Antonio de Padua, nada tiene que ver con la tramoya de La Doble Trinidad, con su mosconeo de cefalópteros.


[Cefalóptero. A falta de mejor nombre, llamo así a esas criaturas volantes compuestas de cabecita mofletuda y alas. Recuerdo que de colegial me distraían mucho en los oficios religiosos, sugiriéndome intempestivos cálculos de estabilidad metacéntrica. Sólo mucho después he sabido que no puedo registrar el nombre, ocupado por un género de aves cotíngidas; pero sigo usándolo en privado, como aquí.]

Antes de convertirse en pintor de series o variaciones de encargo, el joven Murillo hizo sus trabajos e Hércules para el Claustro Chico de la Casa Grande, el mayor convento de la Sevilla urbana, los franciscanos. Fue el bienio maravilloso, 1645-1646. Un artículo de la Guía de la Exposición se extiende en la labor social de aquellos frailes en la ciudad ya decadente y en esplendorosa miseria. No era cosa nueva, los franciscanos metidos en acción social. Los 'montes de piedad' fueron invención suya, asociada a Bernardino de Feltre (1494). Estas entidades de microcrédito blando funcionaron en Castilla como 'arcas de misericordia'.

Pero la acción social incluía también la solución del día a día, con el espectáculo pintoresco de la sopa boba a las puertas de los conventos. Esta intendencia se confiaba a hermanos legos, y para algunos fue su camino de santidad. Sí que llama la atención la relevancia atribuida aquí a frailucos oscuros, como dando a entender que la observancia franciscana no era un árbol estéril en santidad.


El sevillano Diego de San Nicolás, fray Diego de Alcalá (1400-1463), fue un hombre muy capaz y dotado para la beneficencia organizada. El cuadro San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres no es lo que dice el título, sino el preámbulo: la oración antes de la comida. Es una maravilla de composición psicológica, donde sólo los cuatro críos hacen que acompañan al santo en el rezo. Los adultos apenas disimulan impaciencia: «A ver si éste acaba pronto y empieza el reparto, que tenemos junta en el Patio de Monipodio.» Es gente que a esta hora se reúnen aquí, para luego verse allí. Buñuel pudo tenerles en cuenta para su Viridiana; aunque ya digo, fray Diego era de otra madera.

[Fray Diego fue santo de altar gracias a Felipe II, que así le pagó el favor de haber curado –la momia del fraile, quiero decir– al príncipe don Carlos, cuando recluido por su padre en Alcalá, se descalabró en un traspiés, tras la hija de su guardián el alcaide Garcetas. Los franciscanos devuelven el favor al rey, encargando a Murillo que pinte otra conseja. La noche que murió don Felipe se vio hacia la parte del Escorial como un gran fuego. Era el alma del monarca subiendo al cielo. Al menos esa fue la explicación de un fray Julián de Alcalá, plasmada en otro murillo de propaganda.]

La Cocina de los Ángeles es otra cosa. No ha entrado en la Exposición, pero lo recuerdo como ejemplo del Murillo desdoblado por encargo.

La lección es muy simple: como dijo Teresa de Ávila, «también entre pucheros anda Dios». Sólo que esta frase en la España de entonces era impensable sin el aval de alguna materialización o fantasmagoría divina. Dos caballeros desean ver cómo funciona aquella cocina tan bien llevada. El padre guardián, obviamente sin llamar, abre la puerta y... «No es nada, ya se sabe, estos místicos se trasponen cada dos por tres. Pero no hayan cuidado vuesas mercedes. Si a san Isidro Labrador le araban los ángeles mientras él rezaba, aquí también se ocupan de la cocina mientras fray Francisco levita.»

Un humor invencible anima la escena, remachado por el frailuco ayudante, menos ducho en la vía unitiva, pasmado en su rincón.

Es una gran composición horizontal pareja a la Muerte de Santa Clara, y resuelta de igual modo por una línea vertical separando realidad a la izquierda y mística a la derecha.

La escuela mística franciscana derivó demasiado a lo paranormal y milagrero. Creo que fue en Arenas de San Pedro donde san Pedro de Alcántara levitó, y a cierta altura sobre el suelo recorrió no sé qué distancia a velocidad pasmosa. Aquí todo es más estático. Si fray Francisco todavía adopta una postura algo rara, como que el rapto le pilló de rodillas, aquí san Diego de Alcalá, con una elevación impecable, inmóvil a dos palmos del suelo, nos sorprende y sorprende también a los visitantes. Los versos explicativos se han borrado sin remedio. No se pierde mucho. Por lo que queda, eran malos.

A todo esto, no he dicho nada de la veta profana de la muestra, los cuadros de género, en especial los famosos pilluelos. Parece que algún crítica los relaciona con la beneficencia franciscana, o al menos con su espíritu. No lo creo. Estos chicos saben comer por su cuenta, incluso ese mal llamado 'mendigo' que se despioja en soleado rincón, interrumpiendo el festín de manzana con marisco. Murillo viene a decirnos que en Sevilla era más caro vestirse que comer. Esos chicos de los andrajos inverosímiles parecen todos bien nutridos, y salvo quizá la tiña de nuestro piojoso, no hacen mayor gala de los estigmas del hambre.

miércoles, 13 de enero de 2010

Poesía de carne y hueso:


Los Reyes de Oriente en su último viaje

 Muchos santos se adoran por la peana, y muchas reliquias se hacen recomendables por un buen relicario. Los Reyes Magos en Colonia tienen como ataúd la pieza de orfebrería medieval más grande de Europa. Obra maestra del taller de Nicolás de Verdún (1181-1230), es un arca a modo de basílica en dos pisos, 2,20 m de largo por 1,10 de ancho y 1,50 de altura, plata dorada a fuego y oro puro, esmaltes, filigrana, 1.000 cabujones y perlas, , 74 figuras repujadas en alto relieve, 300 gemas antiguas y camafeos. Uno de éstos, enorme camafeo negro, hizo pensar que uno de los Reyes era negro. (Robada la joya en 1574, por suerte vino a parar a un museo de Viena).
Tanto lujo traslucía una intencionalidad política. En una época cuando los juramentos más solemnes se hacían sobre reliquias, los Tres Reyes serían testigos de excepción en la consagración de emperadores por los arzobispos de colonia, al margen de seguir o no el viejo rito de la consagración romana, según soplaran los vientos. ¿No prescindían del papa los emperadores bizantinos? Pues otro tanto podían hacer los germánicos, más próximos entonces a Bizancio que a Roma, políticamente hablando.
El nuevo rito se estrenó con Otón IV (1198), que tuvo su primera dieta en Colonia, el 6 de enero de 1200, regalando a los Reyes Magos para su arca tres coronas de oro, que luego figuraron en el escudo de la ciudad, junto con los armiños imperiales. Por ello, y para dejar fuera de juego a los arzobispados rivales de Maguncia y Tréveris, el de Colonia emprende la construcción de la catedral gótica más grandiosa (1248).
Sólo el piso inferior del arca está reservado a los Reyes, ocupado el superior por reliquias de otros tres santos mártires. ¡Pero cómo! ¿mártires los Magos? Si habían de ser testigos de la legitimidad imperial, mejor martirizarles. La leyenda al efecto no se hizo esperar, confirmada luego por el falso Cronicón de Dextro, inventado en Alemania por el falsario jesuita español Jerónimo Román de la Higuera.

El arca ha sido muy retocada y manipulada. Por ejemplo, en 1639 Egidio Gelenio escribía:

«Los Tres Reyes son visibles a través de una rejilla finísima gracias a un alumbrado perpetuo. El cuerpo de en medio conserva en el casco algo de cabello, a lo que parece de color castaño... A los pies, una inscripción explica el contenido de la tumba»

La inscripción, en tres versos hexámetros leoninos (bastante pedestres, por cierto), decía así hasta su retirada en el siglo XIX:

Corpora Sanctorum loculus tenet iste Magorum,
Indeque sublatum nihil est alibive locatum,
Sunt iuncti Felix, Nabor, Gregorius istis.

(Este lucillo contiene los cuerpos de los Santos Magos,
de donde nada se ha sacado, o en otra parte colocado.
Júntanse a ellos Félix, Nabor y Gregorio [de Espoleto]).

Estos y otros detalles de descripciones antiguas ya no son válidos. La pretensión de tener unas momias en perfecto estado se repetía sin fundamento, unos de oídas, pero otros como testigos de vista. Así el abad Isingrim de Ottobeuern, que visitó Colonia en 1168:

«Los cuerpos siguen enteros, como yo mismo los vi visitando Colonia, como conservados en bálsamo. Según cuentan las historias, la reina Elena los llevó a Bizancio desde Oriente, encerrándolos en tres tumbas perfundidas con plomo para hacerlas inamovibles.
El obispo de Milán [san Eustorgio], con ocasión de presentar sus cumplidos a la reina, en pago de sus servicios le pidió reiteradamente aquellos cuerpos, a lo que ella accedió, como pensando no ser posible moverlos, por causa del plomo. Pero aquel varón ingenioso, valiéndose de cierta arte, los hizo levantar entre unos pocos hombres y ponerlas en una rad o almadía para llevarlos así a Milán.»

Nuestro ya conocido abad de Mont-Saint-Michel cuenta lo mismo a su manera:

«Los cuerpos, por estar preparados en bálsamo y otros pigmentos (sic), en cuanto a la piel y cabellos se mantenían íntegros por fuera. El primero, según me refirió uno que aseguraba haberlos visto, a juzgar por el rostro y cabello reprsentaba unos 15 años, el segundo 30, el tercero 40 [sic]. San Eustorgio los había llevado a Milán desde Constantinopla, como regalo de cierto emperador [sic], junto con la losa donde estaban colocados. El transporte se hizo en un vehículo pequeño tirado por dos vacas, por la vitud y voluntad divina.»

En fin, el cronista de los godos Jordanes de esta versión:

«Los cuerpos de los tres Magos fueron traslados primero por el emperador (sic) desde Persia a Constantinopla, y de allí transportados milagrosamente por san Eustorgio a Milán.
Una vez que Constantino le hubo concedido el arca, el mismo san Eustorgio la botó en la mar, y embarcado en ella, el arca pilotada por Dios navegó hasta Italia.
Ya en tierra aquella arca de peso incalculable, la colocó en una carreta comprada al efecto, ante la general admiración, pues no sólo aguantó, sino que una yunta de vacas la arrastró sin dificultad hasta cerca de Milán.
Aquella noche, mientras Eustorgió fatigado dormía, un lobo acabó con una de las dos vacas. El santo le echó mano y le obligó a reemplazar a la vaca.»

Un caso más de periplo en barca de piedra sin vela ni timón. Por otra parte, el incidente del lobo sirvió para explicar por qué una aldea próxima a Milán se llamaba Vacca.

Cada cual adornaba la historia a su manera. Guillermo de Neuburgo, por ejemplo, recoge (ut dicitur, según dicen) esta circunstancia impresionante: 

«En el momento de su hallazgo, según dicen, los cuerpos aparecieron literalmente empaquetados por un círculo de oro a modo de sujetador que los rodeaba.»

Estas fantasías resistieron a diferentes aperturas e inspecciones del relicario, quedando aventadas definitivamente sólo en el siglo XIX. Aunque los últimos retoques se acaban en 1973, la teca interior de madera se abrió por última vez de manera oficial en 1864, con interesantes resultados.
Respecto a los Reyes, este fue el diagnóstico de sus cráneos:

1. Varón pequeño de 25-30 años.
2. Varón muchacho de 10-12 años.
3. Varón de unos 50 años. 

A esto se añadió la sorpresa de algunos restos de osamenta infantil, interpretada como reliquias de los Santos Inocentes.

Mayor es la incertidumbre respecto al punto principal. El viaje de los Reyes de Oriente a Occidente nos lleva hasta Constantinopla. Cómo llegaron allí, es un misterio. Se hace mención vaga de su hallazgo y donación por santa Elena, incluso por su hijo el emperador Constantino. Pero todo esto es imposible, porque el viaje de Eustorgio a Milán (de creer a la leyenda tardía) habría tenido que ser el año 344/345, cuando Constantino había muerto (337), y no digamos santa Elena (328/330).

 Por otra parte, ¿desde cuándo y cómo se hicieron éstos con las reliquias de los Magos? La versión más aceptable habla de un cambalache con el rey de Persia Sapor II (309-379), cediéndole las reliquias del apóstol santo Tomás, con destino a los cristianos de aquel país. Es posible, ya que entre romanos y persas formalmente hubo paz casi hasta la muerte de Constantino.

Aquí me despido de los pobres Reyes Magos. Cuando el verbo de la poesía se hace carne y hueso pasan estas cosas. Aquella haggada evangélica de los Magos de Oriente (según Mateo), que hacía bello contrapunto con la de los Pastores de Belén (preferida por Lucas), se leyó como historia al pie de la letra, y no hubo más remedio que dar cuerpo a los héroes. Se les ponen caras, biografías, leyendas... Al final se vuelven polvo, triturados por la crítica, aventados por la ciencia, o convertidos en 'novela histórica'.



sábado, 9 de enero de 2010

Peregrinando a los Tres Reyes de Colonia




Hacia 1515, como quien dice en vísperas de la rebelión luterana, un maestrillo pazguato escribía a su antiguo profesor en Colonia, lamentando haber cambiado esta ciudad devota y conservadora por Maguncia, predio de traficantes y librepensadores:

«Figuraos, el otro día alguien dijo que no creía que la Túnica sagrada de Tréveris sea la de Nuestro Señor, sino algún andrajo antiguo y piojoso. Y que tampoco creía que en el mundo queden cabellos de la Virgen. A lo que otro repuso que los Tres Reyes de Colonia bien podrían ser tres gañanes de Westfalia. Y que la Espada y el Escudo en la iglesia de San Miguel no son las armas auténticas del arcángel san Miguel. Lo que remató diciendo que se cagaba en los indulgencias de los frailes predicadores, porque son unos payasos que engañan a mujeres y aldeanos. Yo salté: '¡Al fuego, al fuego con este hereje!' Pero él se burló de mí.»

Esta pieza pertenece a las Cartas de Desconocidos –en latín, Epistolae Obscurorum Virorum–, la celebérrima sátira alemana, que desde hace muy poco ya tenemos también en edición española, con ese título de 'desconocidos' que aquí les cuadra por partida doble.

Pero si el corresponsal y la carta eran imaginarios, las reliquias citadas eran bien reales, objeto de veneración y romerías. Tras anteayer nos visitaban los Reyes Magos. Hoy les devolvemos la visita.

«En este año de 1158 se hallaron los cuerpos de los Tres Magos, en una antigua capilla pegada extramuros de Milán, y por miedo del emperador Federico, que venía a poner cerco a la ciudad, los metieron en el casco urbano.» 

Eso anotaba en su Crónica el abad Roberto de Mont-Saint-Michel (Normandía). La guerra entre Milán y Federico I Barbarroja encajaba en el gran conflicto entre el Imperio y el Papado. En su camino imperial a Italia, que Federico hubo de recorrer varias veces, aquel bastión orgulloso de la autonomía lombarda era un estorbo.

Desde su nuevo domicilio en la iglesia de San Eustorgio de Milán, los Reyes Magos no hicieron nada por la ciudad, saqueada y destruida finalmente en 1162. Con Federico, en cambio, se portaron bien aquel año. No sólo pilló la rica capital de Lombardía, sino que el 6 de enero le echaron los Reyes por la chimenea nada menos que sus propias reliquias.

Era un trofeo de gran valor simbólico y político entonces, para afirmar la supremacía del Imperio sobre el Papado en la jefatura de la Iglesia. (Barbarroja no era ningún impío, sino buen cristiano de misa diaria y caritativo con los pobres. Sólo que él y los papas no iban de acuerdo en política, eso era todo.)

La idea de promocionar a los Santos Reyes fue de Reinaldo de Dassel, canciller del Reich. Pero Reinaldo era a la vez el arzobispo de Colonia. Para un eclesiástico, lo más precioso del botín milanés eran las reliquias. Así, tras generoso obsequio de ellas a los colegas arzobispos germánicos, él, como quien bien reparte, se quedó con el mejor lote para su catedral de Colonia (1164).

Nada más justo. Pero, ¿qué era lo que unos años antes habían encontrado los milaneses en la cripta de una capilla dedicada a los santos Reyes Magos?

El hallazgo o 'invención' (inventio) de una tumba importante olvidada quedaba mejor si ofrecía alguna sorpresa. Los cuerpos de los héroes antiguos, en buena ley del género 'inventivo', debían aparecer intactos y correctamente vestidos, pero sobre todo ser de estatura superior a la normal (mirae magnitudinis). El sarcófago que todavía existe en San Eustorgio de Milán es una mole de mármol de más de 3 m de longitud y otro tanto de altura por 2 m de ancho: más que suficiente para el descanso cómodo de tres buenos mozos. Dicho continente quedó en su sitio, y sólo el contenido viajó a Colonia en tres ataúdes.

Pero ¿qué contenido? ¿cuerpos, osamentas? Nuestro corresponsal de las Cartas de Desconocidos estaba pensando, igual que sus interlocutores, en cuerpos incorruptos, que los rayos X de la fe adivinaban en la rica urna de Colonia, la joya más rica de la orfebrería románica. El citado cronista Abad de Saint-Michel, al dar noticia del traslado se refiere también a 'cuerpos', y precisando más dice de ellos:

«Según me aseguró uno que vio a los Reyes Magos, por el aspecto del rostro y del cabello, el primero representaba unos 15 años, el segundo 30 y el tercero 60.»

Algún escéptico pensará: «¡Qué lástima, sólo tres cuerpos! De haber sido algunos más, seis o siete, por esa misma proporción geométrica el testigo podría habernos descrito la apariencia física de los patriarcas antediluvianos, incluido Matusalén, que no pasó de los 969 porque le pilló el Diluvio.» (Esto último no lo dice la Biblia expresamente, pero mi escéptico ha sacado la cuenta, y es lo que le da.)

Aquel hallazgo y traslación a Colonia tuvo gran eco en el Sacro Imperio Germánico. A todo esto era papa Rolando Bandinelli, Alejandro III (1159-1181), que ya desde el mismo cónclave tuvo problemas. En una escena grotesca, el cardenal Octaviano su rival le arrancó la capa para ponérsela él mismo, y en un toma y daca de empellones y tirones terminó enjaretándosela del revés. Unos rieron la gracia, a otros les pareció de mal augurio.

La verdad, ni uno ni otro agradaban al pueblo romano, que prefería la República a la monarquía papal. Octaviano era noble, y con apoyo de los suyos fue antipapa, con el nombre de Víctor IV.

Alejandro III buscó apoyo en el reino normando que controlaba el sur de Italia. Federico Barbarroja lógicamente se pronunció por Víctor, y a la muerte de éste (abril de 1164), asesorado por su canciller Dassel, puso a Pascual III. Así que, aprovechando la coincidencia con la operación 'Reyes Magos' a Colonia, éste antipapa la coronó canonizando nada menos que a san... ¡¡¡Carlomagno!!!


Legitimado con tales apoyos en el cielo y la tierra, Barbarroja siguió su política con varia fortuna. Su inteligencia le llevaría a reconciliarse con el papado, y su espíritu caballeresco a alistarse con su hijo Federico en la III Cruzada. Su sueño era medirse con el gran Saladino. No lo consiguió. Victorioso en Iconio (Anatolia), el agua helada del río Salef en un día caluroso acabó con él.
Su hijo metió el cuerpo en vinagre con salmuera, con idea de enterrarlo en Jerusalén. Finalmente la momia, muy deteriorada, descansó en la iglesia rupestre de San Pedro de Antioquía. Para unos, la primera catedral del Apóstol, antes de instalarse en Roma como primer papa de la Iglesia. Aunque también antes, según los arqueólogos, aquella gruta habría sido una de las 'Puertas del Infierno'. Y he de confesar que algo de eso me pareció a mí cuando la visité, hace una partida de años.
En la catedral de Colonia he estado varias veces, cuando el Arca de los Tres Reyes Magos no estaba tan protegida como hoy, en una cámara acorazada. Aquí quedamos, en este ambiente entre fantástico y devoto, contemplando la obra de arte, antes de asomarnos a su interior. Hasta la próxima.






miércoles, 6 de enero de 2010

'Rey de los Judíos'




La leyenda evangélica de los Magos es lo que llaman técnicamente una haggada o 'historia sagrada'.
La palabra en hebreo corriente no tiene sentido religioso, pero como género tradicional es un relato bíblico, o construido sobre reminiscencias bíblicas, con un fondo de edificación, doctrina y entretenimiento. El oyente se puede quedar con todo, o con lo que más le guste. Esa intención didáctica es lo que importa, más que la verdad histórica de un relato que puede ser fantástico, inverosímil o históricamente imposible.

En este tipo de historietas, las reminiscencias bíblicas que se entreveran son sobre todo 'profecías': frases lapidarias, a modo de oráculos, que en el relato se auto cumplen.

El relato en sí suele ser folclórico. Tal es el caso de la leyenda de los Magos en el Evangelio de Mateo, 2. Elementos folclóricos son aquí que el héroe (Jesús) sea descubierto y reconocido por gente sabia, que lee e interpreta signos anunciadores, recibiendo él con tal ocasión algún objeto o regalo especial, indicador de su misión y destino.

Pero además de folclórico, el relato es infantil, en el sentido que damos nosotros a ciertos 'cuentos de/para niños'. Narrativa lineal, directa y plástica, despreocupada de anacronismos e incongruencias, con peripecias muy elementales, y donde no falta la truculencias o la crueldad que impresiona la mente infantil con el encanto del horror. Recordemos que la leyenda de los Magos termina en un baño de sangre, una matanza masiva de criaturas inocentes, que a modo de 'escudo humano' resguardan y salvan al héroe.

¿Cuál es el mensaje nuclear de la leyenda de los Magos? Supongo que éste: 'Jesús, Rey de los Judíos'. No por casualidad, la misma expresión escrita en una tabla sujeta a la cruz dando razón de su condena a muerte (Mateo, 27: 37). El mismo lema acababa de servir de cuchufleta a la guardia de Pilato, en la parodia de adoración imperial en el pretorio: «¡Salve, Rey de los Judíos!»

Ahora bien, la misma frase suena muy diferente en uno y otro contexto, el de la muerte y el del nacimiento de Jesús. En la leyenda de los Magos no hay parodia ni metáfora, sino referencia a un Rey de los Judíos de verdad. Con toda seriedad se barajan las profecías del Mesías Rey, restaurador del trono de David, indicado por la 'estrella y vara', es decir, por un cometa. El carácter terrenal político de tal Mesías se refuerza con la reacción de un rey Herodes turbado y sanguinario.

Según eso, la leyenda pertenece a una etapa muy temprana del cristianismo, todavía no desgajado del tronco y raíz judaicos, donde la parusía –la 'segunda venida'– se aguardaba como inminente y revanchista. Al antijudío evangelista Juan ese supuesto no le interesa lo más mínimo. Su único 'Rey de los Judíos' es el otro, el del sarcasmo y la condena injusta; bien entendido que 'su reino no era de este mundo'.

Origen de la leyenda

El carácter de los Magos no se hace explícito en el Evangelio. Todo indica que se trata de magos en el sentido medopersa, individuos de cierta casta sacerdotal especialista en especulación esotérica. No se excluye una relación con los 'caldeos' o sacerdotes astrólogos babilonios. Es fácil que en época tan tardía, decaído el culto de Marduk y del viejo panteón, la teología babilonia hubiese derivado por influencias persas. En cualquier caso, su arte no tendría mucho que ver con otro tipo de magia, la de los magos del Faraón, en la historia de Moisés, obradores de portentos y embelecos.

La religión de Zoroastro contenía profecías sobre el Saushyant, especie de 'Mesías-Salvador' escatológico y misterioso, nacido de virgen y anunciado por una estrella, el cual vendrá para fundar el reino del Bien. Por otra parte, Media y Persia estaban llenas de judíos que pudieron hacer llegar esas doctrinas a Jerusalén mucho antes de la Era Cristiana.

Ya después de Cristo, los reyes persas de la dinastía sasánida (224-651) tuvieron corte en Ctesifonte, muy cerca de Babilonia, que en el siglo IV era ya un lugar desolado, aunque sus monumentos principales seguían en pie. A aquella gente culta y helenizada, una leyenda como la de los Magos tenía que resultarle de lo más familiar. De hecho, en el pillaje de Palestina por Cosroes II (siglo VI), entre tanta destrucción, la basílica de Belén fue respetada, se dice que por el recuerdo de la adoración de los Magos, por la estrella de plata que la adornaba, y algún otro símbolo que tomaron por suyo.

Sabios, Magos, Reyes... Dos, tres o más... Sus nombres y países... Todos esos elementos se irán concretando en nuevas amplificaciones legendarias, sobre la haggadah de base. Para el siglo VI ya estaba fijado el número de tres, todavía sin preocupaciones étnicas. Es lo que vemos en Ravena, en dos mosaicos famosos del siglo VI. Tanto en el friso de San Apolinar como San Vital, en la orla del manto de la emperatriz Teodora, son tres los personajes vestidos de túnica corta, pantalón largo ceñido y capa corta, tocados con gorros frigios, que no era atribuirles ideales republicanos. Los tres de raza blanca, en cada una de las tres edades de la vida adulta: joven imberbe, hombre de barba oscura y anciano de barba cana.

Sólo desde el siglo IX se afirma en Occidente la idea de tres 'Reyes' y de tres razas diferentes (Sem, Cam, Jafet). Lo que, aparte del universalismo simbólico, representación de toda la humanidad, iba a tener connotación política insospechada, en relación con las supuestas reliquias de unos magos ya convertidos en Reyes y santos.

Quede esto para mañana. Creo que ya es bastante para hoy reflexionar sobre lo que pudo haber sido un Jesús 'Rey de los Judíos', en el sentido propio que parecía augurar la leyenda recogida por Mateo.

lunes, 4 de enero de 2010

«Esto no es... »


Ante todo, feliz año a todo el mundo, a los que vienen por aquí y a los que asoman por accidente, vayamos en la misma dirección, o no. Aunque la eficacia de los buenos deseos, como la de las plegarias, esté por demostrar, no me avergüenza desear bien a mi prójimo como a mí mismo.


1. El blog que no quería serlo. Este blog tiene ya casi todos los incisivos de leche, y pronto empezará con los caninos. Un blog que hace diez meses, a poco de nacer, se autodeclaraba: «esto no es un blog». Aún no había descubierto yo el protocolo más elemental de colgar imágenes, y por eso no pude ilustrar la boutade con la de referencia: la 'no pipa' de Magritte.

Siempre me ha pesado un poco la frase y su relación con el cuadro. La frase en sí debió de sonar a petulancia:

Miren ustedes, voy a emprender un blog tan original, tan distinto de todos esos millones que infestan la Red, que ni siquiera parezca blog. Algo para lo que aún no se ha inventado nombre.

¿Y para expresar esa majadería era necesario recurrir al enunciado negativo? Eso que enfáticamente llaman discurso apofático –«esto no es »– es lo menos convincente como método explicativo. Y para colmo, de la mano de Magritte. Porque lo que más me pesa es no haber colgado porque no supe, en el frontis de mi chiringuito, un mal cuadro, una pintura banal, que lejos de explicar de qué voy, me obliga a entrar en aclaraciones igualmente apofáticas, a saber: por qué no debí explicar lo que algo no es, asimilándolo a otro algo que tampoco es lo que se niega que sea, sin que con ello gane nada la cosa en sí, y desde luego, nada en absoluto la supuesta obra de arte que tampoco es arte, acicalada de filosofía barata... ¿Entiendes, Fabio, lo que voy diciendo? Porque yo, con tanta apófasis, he perdido el hilo.
 2. Magritte y sus 'pipas no.pipas'. La llamada 'paradoja de Magritte' es simple, en el sentido de boba, como también desde el punto de vista lógico. Y encima, el propio pintor-filosofastro la reventó con una demostración chapucera. «Intente cargar esto de tabaco, y se convencerá de que no es una pipa.» ¡Hombre de Dios! De joven yo fui gran fumador, incluso me dio por la pipa. Del mismo tipo que la de Magritte, casualidad, porque entonces yo no tenía noticia del ingenioso cuadro. Pues bien, más de una vez me fue imposible meter en mi pipa real ni una brizna de tabaco, simplemente porque mi petaca estaba vacía. ¡Qué! ¿Sólo era pipa verdadera a tiempo parcial, cuando había de qué cargarla? Al revés, diría yo: nunca me pareció más pipa que en aquellos momentos angustiosos de la abstinencia forzosa.

La otra pipa –la no-pipa magriteña–, me pareció de utilidad como toque de atención (nada de paradoja) y como recurso pedagógico elemental, explicando a mis alumnos una materia muy centrada en la interpretación de imágenes y reconstrucción tridimensional de proyecciones planas. Sólo a nivel muy elemental, insisto, y en la primera lección del curso. Por lo demás, «la traición de las imágenes» (como bautizó el artista esos cuadros provocativos) es más sutil y compleja que todo eso.

Bueno, tampoco quisiera que se me note demasiado que el arte magritano no me va ni con 42 de fiebre. «Mi pintura consiste en imágenes visibles que nada esconden, evocan misterio y, en efecto, cuando uno ve un cuadro mío se plantea esta simple pregunta: '¿Qué significa esto?' Pues bien, no significa nada, porque tampoco el misterio significa nada, es incognoscible» (René Magritte). El surrealismo y el dadaísmo suenan demasiado a hueco; pero pocas veces tanto como aquí.

A quien sí gustaban mucho los magrittes era a Magritte. Lo demuestran las versiones sucesivas del dichoso artilugio nicotínico, desde 1928 (¡con lustros y décadas de diferencia!) sin adelantar ni un paso; o bien, como por cambiar algo para que nada cambie, su 'no-manzana' (1964).



No digo más, ni lo dicho toca para nada la calidad pictórica del artista belga. Ahí sí que puedo garantizar que no entiendo de arte, y por tanto no soy quién para decidir si esos cuadros suyos son tan buenos como el barquito de vela de la salita de los Simpson, o incluso mejores. Me quedo en la estética propiamente dicha (de aísthesis, sensación, impresión sentida). Lo demás me parece parla. Por eso me admira que la decantada 'paradoja'–Ceci n'est pas une pipe–haya dado al filósofo Michel Foucault para un ensayo exegético de igual título (1973). ¡Todo un ensayo, casi un libro! Que ya es marear la perdiz. (¿Qué perdiz?)

No soy magritófobo por sistema. En ese mismo sentido estético, puedo ver interesante, al par que agradable y divertido, Le Blanc-Seing (1965), la amazona paseando por el bosque, estudio relacionado con la fisiología de la percepción del movimiento. Una pintura horrorosa, por lo demás, como puede apreciarse por la adjunta imagen digital 'que no es' Le Blanc-Seing.


 
3. Apófasis y mística. Magritte tuvo su entrada de cumplido en 'GEB', aquel libro deslumbrador de Douglas R. Hofstadter, quien por supuesto vio muchísimo más juego en otro artista gráfico, Maurits C. Escher, como indica el título completo de la obra: Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid (1979).

¡Ah, la paradoja de las manos dibujándose mutuamente! Y lo mismo otras paradojas, figuras y espacios imposibles, transformaciones y teselas de Escher... Aunque tengo que confesar que todo este bagaje no me ayudó gran cosa para mejorar mi percepción de la Cantata Coral 147 de Bach (Jesus bleibet meine Freude) en sus versiones ortodoxas, ni siquiera en omodaka. Si algo entendí, o al menos si algo saqué de libro tan admirada por los años 80, fue confirmarme en mi preferencia intuitiva por la catafasis frente a la apofasis, en la medida en que le positif prime, al menos para las cosas de este mundo.

 




Bien está el método apofático o 'vía negativa' para hablar de lo inefable. Desde el Falso Dionisio Areopagita (hacia 600), esa forma de describir la divinidad por lo que no es ha tenido más prestigio que éxito a la hora de alumbrarnos la mente. Al parecer, el propio Ser divino no es entusiasta del método, y cuando decide presentarse prefiere la vía positiva: «Soy quien soy »; o «en el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios, el Verbo era Dios ». De todas formas, el resultado es el mismo: misterio.

4. Nacionalismo apofático. Ahora bien, si buscamos un ejemplo de método apofático aplicado con un tesón areopagítico a algo que no sea divino, ahí están las elucubraciones del nacionalismo vasco sobre sí mismo. Mística teología. La esencia vasca, a través de sus atributos identitarios, todo ello por vía de negación. Eso sí, no con la elevación sublime del Seudo Dionisio, sino en esquemas más bien chabacanos, a lo Magritte –«Esto no es España »–, para engolfarse en todo aquello que no somos.

Lo que no somos:

               a) Porque nos es ajeno. Ejemplo; los 'otros'.

               b) Porque nos obligaron a dejar de serlo. Aquí entra Franco, la invasión maqueta y el rey Wamba.

               c) Porque no nos dejan serlo. Madrid, Madrid, Madrid.

Lo que no somos, pero deberíamos ser (normalización). El día que podamos decidir lo que queremos ser habremos dado un primer paso de la apófasis a la catáfasis. Claro que el misterio inefable seguirá siendo el mismo, pero al menos será un misterio catafático.

Una excepción aparente es el idioma. ¿Acaso el vascuence no es un atributo de vasquidad? ¿Y no es una realidad positiva, hein?
Pues... me temo que no.La implantación del vascuence unificado es, sin duda alguna, una hazaña digna de mejor causa, que pasma a propios y extraños, tanto por el costo y el resultado a nivel escolar, como por su inutilidad práctica. Paradójicamente, ese logro pone en evidencia lo que tiene de falso una seudo identidad impuesta, clavada con alfileres, a golpe de 'normalización' lingüistica.

La razón, según algunos, sería que la llamada 'lengua propia' de Euskal Herria es una neolengua artificial, mal aprendida por una generación de maestrillos y peor embuchada a la fuerza a una generación de escolares. Una lengua 'propia' incomprensible para muchos euskaldunes castizos. Una lengua sin solera literaria. ¿A qué seguir? Más sencillo: la realidad, rompeolas del voluntarismo.

Así podríamos ir discurriendo por todo lo demás: de la lengua seudo-propia a la seudo historia, seudo tradición, seudo cultura... Se construye, se normaliza, paradójicamente, destruyendo los vestigios de vasquidad real, el habla autóctona, la toponimia auténtica y, por principio, todo lo que suene a erdera. Ejemplo palmario tenemos en el País Vasco-francés, donde invertimos o gastamos dinero para que desaparezca la casi única lengua literaria clásica de cierta entidad.

Qué se le va a hacer. ¡Feliz y apocatafático 2010!