lunes, 4 de enero de 2010

«Esto no es... »


Ante todo, feliz año a todo el mundo, a los que vienen por aquí y a los que asoman por accidente, vayamos en la misma dirección, o no. Aunque la eficacia de los buenos deseos, como la de las plegarias, esté por demostrar, no me avergüenza desear bien a mi prójimo como a mí mismo.


1. El blog que no quería serlo. Este blog tiene ya casi todos los incisivos de leche, y pronto empezará con los caninos. Un blog que hace diez meses, a poco de nacer, se autodeclaraba: «esto no es un blog». Aún no había descubierto yo el protocolo más elemental de colgar imágenes, y por eso no pude ilustrar la boutade con la de referencia: la 'no pipa' de Magritte.

Siempre me ha pesado un poco la frase y su relación con el cuadro. La frase en sí debió de sonar a petulancia:

Miren ustedes, voy a emprender un blog tan original, tan distinto de todos esos millones que infestan la Red, que ni siquiera parezca blog. Algo para lo que aún no se ha inventado nombre.

¿Y para expresar esa majadería era necesario recurrir al enunciado negativo? Eso que enfáticamente llaman discurso apofático –«esto no es »– es lo menos convincente como método explicativo. Y para colmo, de la mano de Magritte. Porque lo que más me pesa es no haber colgado porque no supe, en el frontis de mi chiringuito, un mal cuadro, una pintura banal, que lejos de explicar de qué voy, me obliga a entrar en aclaraciones igualmente apofáticas, a saber: por qué no debí explicar lo que algo no es, asimilándolo a otro algo que tampoco es lo que se niega que sea, sin que con ello gane nada la cosa en sí, y desde luego, nada en absoluto la supuesta obra de arte que tampoco es arte, acicalada de filosofía barata... ¿Entiendes, Fabio, lo que voy diciendo? Porque yo, con tanta apófasis, he perdido el hilo.
 2. Magritte y sus 'pipas no.pipas'. La llamada 'paradoja de Magritte' es simple, en el sentido de boba, como también desde el punto de vista lógico. Y encima, el propio pintor-filosofastro la reventó con una demostración chapucera. «Intente cargar esto de tabaco, y se convencerá de que no es una pipa.» ¡Hombre de Dios! De joven yo fui gran fumador, incluso me dio por la pipa. Del mismo tipo que la de Magritte, casualidad, porque entonces yo no tenía noticia del ingenioso cuadro. Pues bien, más de una vez me fue imposible meter en mi pipa real ni una brizna de tabaco, simplemente porque mi petaca estaba vacía. ¡Qué! ¿Sólo era pipa verdadera a tiempo parcial, cuando había de qué cargarla? Al revés, diría yo: nunca me pareció más pipa que en aquellos momentos angustiosos de la abstinencia forzosa.

La otra pipa –la no-pipa magriteña–, me pareció de utilidad como toque de atención (nada de paradoja) y como recurso pedagógico elemental, explicando a mis alumnos una materia muy centrada en la interpretación de imágenes y reconstrucción tridimensional de proyecciones planas. Sólo a nivel muy elemental, insisto, y en la primera lección del curso. Por lo demás, «la traición de las imágenes» (como bautizó el artista esos cuadros provocativos) es más sutil y compleja que todo eso.

Bueno, tampoco quisiera que se me note demasiado que el arte magritano no me va ni con 42 de fiebre. «Mi pintura consiste en imágenes visibles que nada esconden, evocan misterio y, en efecto, cuando uno ve un cuadro mío se plantea esta simple pregunta: '¿Qué significa esto?' Pues bien, no significa nada, porque tampoco el misterio significa nada, es incognoscible» (René Magritte). El surrealismo y el dadaísmo suenan demasiado a hueco; pero pocas veces tanto como aquí.

A quien sí gustaban mucho los magrittes era a Magritte. Lo demuestran las versiones sucesivas del dichoso artilugio nicotínico, desde 1928 (¡con lustros y décadas de diferencia!) sin adelantar ni un paso; o bien, como por cambiar algo para que nada cambie, su 'no-manzana' (1964).



No digo más, ni lo dicho toca para nada la calidad pictórica del artista belga. Ahí sí que puedo garantizar que no entiendo de arte, y por tanto no soy quién para decidir si esos cuadros suyos son tan buenos como el barquito de vela de la salita de los Simpson, o incluso mejores. Me quedo en la estética propiamente dicha (de aísthesis, sensación, impresión sentida). Lo demás me parece parla. Por eso me admira que la decantada 'paradoja'–Ceci n'est pas une pipe–haya dado al filósofo Michel Foucault para un ensayo exegético de igual título (1973). ¡Todo un ensayo, casi un libro! Que ya es marear la perdiz. (¿Qué perdiz?)

No soy magritófobo por sistema. En ese mismo sentido estético, puedo ver interesante, al par que agradable y divertido, Le Blanc-Seing (1965), la amazona paseando por el bosque, estudio relacionado con la fisiología de la percepción del movimiento. Una pintura horrorosa, por lo demás, como puede apreciarse por la adjunta imagen digital 'que no es' Le Blanc-Seing.


 
3. Apófasis y mística. Magritte tuvo su entrada de cumplido en 'GEB', aquel libro deslumbrador de Douglas R. Hofstadter, quien por supuesto vio muchísimo más juego en otro artista gráfico, Maurits C. Escher, como indica el título completo de la obra: Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid (1979).

¡Ah, la paradoja de las manos dibujándose mutuamente! Y lo mismo otras paradojas, figuras y espacios imposibles, transformaciones y teselas de Escher... Aunque tengo que confesar que todo este bagaje no me ayudó gran cosa para mejorar mi percepción de la Cantata Coral 147 de Bach (Jesus bleibet meine Freude) en sus versiones ortodoxas, ni siquiera en omodaka. Si algo entendí, o al menos si algo saqué de libro tan admirada por los años 80, fue confirmarme en mi preferencia intuitiva por la catafasis frente a la apofasis, en la medida en que le positif prime, al menos para las cosas de este mundo.

 




Bien está el método apofático o 'vía negativa' para hablar de lo inefable. Desde el Falso Dionisio Areopagita (hacia 600), esa forma de describir la divinidad por lo que no es ha tenido más prestigio que éxito a la hora de alumbrarnos la mente. Al parecer, el propio Ser divino no es entusiasta del método, y cuando decide presentarse prefiere la vía positiva: «Soy quien soy »; o «en el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios, el Verbo era Dios ». De todas formas, el resultado es el mismo: misterio.

4. Nacionalismo apofático. Ahora bien, si buscamos un ejemplo de método apofático aplicado con un tesón areopagítico a algo que no sea divino, ahí están las elucubraciones del nacionalismo vasco sobre sí mismo. Mística teología. La esencia vasca, a través de sus atributos identitarios, todo ello por vía de negación. Eso sí, no con la elevación sublime del Seudo Dionisio, sino en esquemas más bien chabacanos, a lo Magritte –«Esto no es España »–, para engolfarse en todo aquello que no somos.

Lo que no somos:

               a) Porque nos es ajeno. Ejemplo; los 'otros'.

               b) Porque nos obligaron a dejar de serlo. Aquí entra Franco, la invasión maqueta y el rey Wamba.

               c) Porque no nos dejan serlo. Madrid, Madrid, Madrid.

Lo que no somos, pero deberíamos ser (normalización). El día que podamos decidir lo que queremos ser habremos dado un primer paso de la apófasis a la catáfasis. Claro que el misterio inefable seguirá siendo el mismo, pero al menos será un misterio catafático.

Una excepción aparente es el idioma. ¿Acaso el vascuence no es un atributo de vasquidad? ¿Y no es una realidad positiva, hein?
Pues... me temo que no.La implantación del vascuence unificado es, sin duda alguna, una hazaña digna de mejor causa, que pasma a propios y extraños, tanto por el costo y el resultado a nivel escolar, como por su inutilidad práctica. Paradójicamente, ese logro pone en evidencia lo que tiene de falso una seudo identidad impuesta, clavada con alfileres, a golpe de 'normalización' lingüistica.

La razón, según algunos, sería que la llamada 'lengua propia' de Euskal Herria es una neolengua artificial, mal aprendida por una generación de maestrillos y peor embuchada a la fuerza a una generación de escolares. Una lengua 'propia' incomprensible para muchos euskaldunes castizos. Una lengua sin solera literaria. ¿A qué seguir? Más sencillo: la realidad, rompeolas del voluntarismo.

Así podríamos ir discurriendo por todo lo demás: de la lengua seudo-propia a la seudo historia, seudo tradición, seudo cultura... Se construye, se normaliza, paradójicamente, destruyendo los vestigios de vasquidad real, el habla autóctona, la toponimia auténtica y, por principio, todo lo que suene a erdera. Ejemplo palmario tenemos en el País Vasco-francés, donde invertimos o gastamos dinero para que desaparezca la casi única lengua literaria clásica de cierta entidad.

Qué se le va a hacer. ¡Feliz y apocatafático 2010!


1 comentario:

  1. Por favor, Grecos, expliquen de que verbo proviene catafasis!!!

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