martes, 10 de marzo de 2009

Pasquinadas



Pasquino Pasquillo se llamó en siglo xvi una estatua antigua de mármol mutilada, supuesto «Hércules», que en 1501 el cardenal Oliviero Carafa hizo arrimar al palacio Orsini (luego Braschi), en la llamada Plaza de los Libreros. Era paso obligado de la procesión académica de la Sapienza –la Universidad Romana– el día de San Marcos (25 de abril), con cuya ocasión la imagen se disfrazaba y convertía en estatua parlante, mediante letreros (pasquinadas) fijados al pedestal por los ingenios del momento, pero no en principio satíricos.
Reinando el papa Julio ii, a Pasquino se le asignó un 'secretario', profesor de la misma Universidad, encargado de recoger y editar los letreros. Así se hizo a partir de 1509, con un preámbulo donde se daba una explicación del nombre popular que ya tenía la locuaz estatua: por lo visto, enfrente de ella vivió un maestrillo que se llamaba así, 'Pascualillo'.
Como digo, el tal Pasquillo o Pasquín no tenía entonces la lengua afilada que luego le creció. En principio era un pedantuelo portavoz de ditirambos y elogios a la política papal, adulador de personalidades. Pero su vocación era la sátira mordaz, incisiva.
El sucesor de Julio, León x, fue un manirroto que en breve tiempo dilapidó la fortuna amasada por aquél, por lo que hizo dinero de todo lo vendible, cargos, dispensas, indulgencias… Cuando todavía joven, pero agotado de disfrutar de la vida, muere (1 de diciembre 1521) sin tiempo para recibir los auxilios espirituales, una pasquinada daba esta explicación:

Sacra sub extrema, si forte requiritis, hora
     cur Leo non potuit sumere? Vendiderat

Lo que traduzco así:

—¡Que ha muerto sin sacramentos
papa León! ¿Cómo ha sido?
—Ya los había vendido.

La sátira no siempre es comprendida, y menos agradecida por el poder, que tanto le debe. Por eso llama la atención que la célebre estatua parlante haya sobrevivido, más aún, que sus dictados formen parte de la Historia de los Papas. El peligro acechaba más bien a los poetas o a sus mercenarios que, al amparo de la noche, se deslizaban para dejar los versos que ponían voz a la estatua. De hecho, en ocasiones especiales la policía papal montaba guardia. El riesgo podía ir desde una bastonada, hasta la cárcel, pasando por una multa, rara vez llegándose a mayores.
Pues hablando de mayores, he aquí un caso, causa mayor en lo jurídico y escatológico juntamente, aunque no puede hablarse de pasquinada. El papa san Pío v (1566-1572), antiguo Gran Inquisidor y, en lo humano, ajeno al humorismo, adornó Roma con unas letrinas públicas más que convenientes. Alguien echó de menos la habitual inscripción dedicatoria, y puso esta a la entrada:

Papa Pius Quintus, ventres miseratus onustos,
    hocce cacatorium nobile fecit opus.

Aquí no necesita el lector mi servicio trujimanesco, para reír, como rieron los que acudían a aliviarse en aquel noble cagadero, obra de misericordia de un papa santo. Pero corte en seco la risa cuando sepa que, descubierto el autor –Nicolás Franco, satírico famoso rival de Pedro Aretino–, pagó la burla con la vida, por sentencia del Padre Santo*.
Como digo, Pasquín nada tuvo que ver en ello, lo que no quiere decir que no dejó también él bajas mortales. Con todo, en la Roma papal y eterna, mordaz y descreída, el propio Pasquino era un personaje indispensable que gozó de inmunidad hasta hoy. Más aún, halló competidor en otra estatua parlante, llamada Marforio; y pasando ambos personajes al género coloquial, han dejado piezas memorables.
Hoy en día, es imperdonable visitar Roma y dar el obligado paseo por Plaza Navona, sin dar un rodeo a la encrucijada inmediata, donde Pasquín, como un cínico más, vive a la intemperie.
El Pasquín, como estatua o como simple tablón, es una institución no siempre bien vista. Por eso la sátira ha tenido que buscarse otras salidas. La más ingeniosa y al mismo tiempo original, en mi opinión, es la del papelito que se deja caer con disimulo por donde pasa gente, para que alguien lo recoja y le dé curso.
Uno de estos papeles ha venido a mis manos, y tras comprobar que a nadie nombra ni con nadie se mete, mientras no descarto una posible intencionalidad satírica, lo pongo aquí para muestra del asunto que nos ocupa: la pasquinada.

                 El Gauchori

     ¿Quién es este que al alba pedalea
perdido, eses haciendo por el Bocho,
y con voz empapada en calimocho
va preguntando por Ajuria Enea?

     Luego se apea y de su pie cojea,
porque el callo le aprieta un treinta y ocho;
de Spock orejas, por nariz Pinocho,
no se adivina quién el tipo sea.

     Ya en Sabineche, recostado al muro,
entre bascas el hígado vomita,
que apesta a tripartito en escabeche.

     Y ábate, que saliendo del apuro,
«¡Pachi, las llaves, échamelas!», grita…
¡Coño, el ciclista! ¿Si será…? Sospeche.

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       *) Tal fue la versión para la anécdota. En realidad Niccolò Franco se vio implicado en  un proceso por difamación contra el aborrecido papa Carafa, Paulo IV –m. en 1559, bajo un chaparrón de pasquinadas–; proceso sobreseído bajo su sucesor, el Médicis Pío IV, y reactivado en el siguiente papado, de san Pío V, antiguo cliente de los Carafa.


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