lunes, 23 de febrero de 2009

LECTURA Y EVOCACIÓN

Hay artículos que me gustan aunque no me digan nada nuevo. De ellos, los hay que me gustan precisamente por eso, porque nada añaden a lo que ya sé, salvo confirmarme en que estoy en lo cierto y no estoy solo.

A todos nos gusta que nuestras ideas y convicciones se difundan. Y en lo que uno no aspira a ser original, da gusto que otros con autoridad y destreza nos ahorren a los demás la faena de expresarlo. En estos casos, el aplauso puede ser, algo más que un cumplido, un eco leve, que sumado a otros ecos leves haga efecto de resonador y pregón. Como la gedeonada infantil de "los Trescientos de Cacharrería", que cuenta la Historia Sagrada (Jueces 7: 16 y sigs.).

Me estoy refiriendo al artículo de Jon Juaristi, País Vasco: ¿Fin del ciclo nacionalista?. No a todo por igual. Me quedo más con lo que tiene de anamnesia y diagnóstico, que en el pronóstico final, necesariamente ambiguo.

Juaristi empieza remitiéndose a la situación en San Sebastián hace 50 años, para concluir que "el nacionalismo resultaba ser, por entonces, un fenómeno muy minoritario, o casi imperceptible". En Bilbao la situación no era distinta, y en todo el País Vasco "la sociedad estaba tan despolitizada como toda la España del franquismo, y ni siquiera la aparición de ETA le otorgaba una excepcionalidad".

ETA se fundó en 1959, tras depurar el PNV a algunos miembros de sus juventudes, que propugnaban la resistencia vasca activa y violenta contra la dictadura. Por entonces, yo residía en las afueras de París y tuve algún contacto con el nacionalismo en el exilio. La idea que saqué sobre el "trío de los viudos" (como me dijo el canónigo Onaindía que se llamaban a sí mismos Aguirre, Leizaola y el propio don Alberto) fue la de unos figurones de secano, sedientos de ósmosis con una realidad vasca lejana, y con el pueblo que supuestamente presidían y dirigían, aunque ese pueblo les conocía tan poco como ellos a él.

En mi carpeta tengo borradores en torno a una idea que me ha parecido poco compartida, aunque es de común alcance. Ahora resulta que es la misma que expresa Juaristi: "Si la resistencia nacionalista no se había hecho notar hasta entonces, no se debía a que la sociedad vasca hubiera dejado de ser nacionalista, sino a que nunca lo había sido." Bien es verdad que "El PNV de los años cincuenta y sesenta tampoco se parecía mucho al actual."

Hasta la última etapa del franquismo y hasta la transición democrática, el nacionalismo vasco tenía arraigo ralo y superficial. Su 'militancia' folclórica era cosa sobre todo de ambientes clericales. La conseja tan inculcada, y aparentemente generalizada, de que la cosecha nacionalista de hoy es fruto de la pujanza combativa de la Guerra Civil, sostenida en las catacumbas durante el franquismo, es un producto artificial y falso de la propaganda mediática. Desde la desbandada de Bilbao (si no antes), el nacionalismo peneuvista llegó a la conclusión de que se había equivocado de bando. El espejo de Álava y de Navarra permitía a un PNV fantasmal soñar lo que habrían sido Vizcaya y Guipúzcoa alineadas con la gente de orden, confiadas a sus desvelos por Franco, como en las otras dos provincias campaba el carlismo. ¡Cuánto se nos habría perdonado y consentido, de haber dado antes la espalda a la República! Guipúzcoa se acomodó muy bien a los veraneos del Dictador en San Sebastián, rindiéndole homenaje con danzaris e hilanderas, ante la mirada algo torva (no demasiado) de los vizcaínos que hacían caso de tales fruslerías.

"El paso de ETA a la violencia política actuó como un poderoso catalizador en la formación de una nueva comunidad nacionalista durante la última etapa del franquismo… La cuestión… se planteó en términos de legitimidad de la respuesta violenta a la violencia represiva del régimen, y el asentimiento a la misma creció en forma espectacular a medida que el franquismo crepuscular se endurecía y se atrincheraba. La no reprobación de los atentados de ETA equivalía a una aprobación tácita, tanto entonces como ahora. Un mínimo ejercicio de memoria permite certificar que el consenso legitimador fue mucho más amplio que el campo de las fuerzas que entonces se definían explícitamente como nacionalistas… En definitiva, podría afirmarse que en vísperas de la transición española a la democracia, una parte mayoritaria de la sociedad vasca se había vuelto nacionalista, fuera o no consciente de ello."

Aquí me viene a la memoria aquello de san Jerónimo: Ingemuit orbis
terrarum et se Arianum esse miratus est
. Parodiando al mismo padre de la Iglesia, podríamos decir que la sociedad del País Vasco se quedó estupefacta al despertarse nacionalista de la noche a la mañana. ¿Gracias a ETA?

Vino luego la transición con sus "equívocos". Buscando la sociedad española al vasco bueno y honrado de toda la vida, creyó verlo en el nacionalismo que se ofrecía como moderado. De error en error, se otorgó al PNV una confianza nunca correspondida, llegando el buenismo al extremo kafkiano de imponer a la nueva Comunidad Autónoma una lengua "propia" oficial absolutamente minoritaria, una bandera diseñada en origen para distinguir a abertzales de maketos, un himno partidista, y la licencia absoluta para borrar cualquier memoria histórica ingrata al nacionalismo.

"El PNV fue el principal beneficiario del cambio democrático, que favoreció en toda España a las opciones moderadas. No significa que el PNV lo fuese. Entre los partidos nacionalistas que transigieron con la reforma política, ha sido el más acendradamente anticonstitucional…
Fue un error. El PNV no se responsabilizaría jamás de una Constitución que no había votado y que no consideraba suya, sino de la nación opresora. Además, los dirigentes nacionalistas fueron muy conscientes de que la inhibición de los partidos «españolistas» se la debían, en el fondo, al miedo que ETA provocaba en toda España, y de ahí que se instalaran en la lógica diabólica del árbol y las nueces. El PNV no era terrorista, pero necesitaba del terrorismo para mantener su ventaja política."

El resto del tema –lo que toca a las perspectivas de solución– admite distintas escrituras. Todas a cuál más pesimista. El uso desaprensivo de la propaganda mediática y del poder han puesto a toda una generación de los más jóvenes bajo secuestro del nacionalismo. Gran parte de ella, en un experimento brutal sin precedentes en democracia, ha adquirido como lengua "propia" el vascuence, aunque prácticamente todo el "contacto" verbal se siga manteniendo en español. ¡Y qué vascuence! Una neoparla cargada semánticamente, porque no es un lenguaje neutro, sino una jerga tribal.

Esa generación se ha visto imbuida de ideas disfrazadas de nociones u objetos sobre historia, geografía, cultura, todo con vistas a puentear todo lo español. Nosotros, lo nuestro, aquí, son términos marcados.

La cosa es grave. ¿Remediable? En todo caso, concluye Juaristi, "el vasquismo rampante del candidato socialista no augura maravillas".


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