martes, 22 de diciembre de 2009

Ovejas, pastores, palomas y cismas



El escrito de un sector mayoritario del clero guipuzcoano (15/12/2009), en protesta contra la designación del nuevo obispo diocesano, ha levantado voces disonantes. ¿Por qué?

La verdad, si a esos señores curas no les gusta monseñor Munilla, ni cómo se le ha nombrado ni por qué, están en todo su derecho de decirlo con franqueza. Que sean muchos o pocos, da igual; como si es uno solo. Habrá unas formas y unos límites, se supone; pero si la tan celebrada 'libertad cristiana' no suena a hueco, tiene que haber cauce de salida a lo que se siente y se piensa. ¿Mejor callar? ¿Elegir otros cauces más discretos? Esa es otra cuestión. Aquí hablábamos de un derecho.

Con eso no digo que el responsorio de los prestes y arciprestes va a misa. Creo que confunden reglas de juego y resultado de partida. Como creo sobre todo que se quedan cortos, muy cortos de miras, al encerrarse en su concha provinciana, en vez de abrir su crítica a todo el sistema de nombramientos vigente en la Iglesia.


Tampoco han estado finos los políticos nacionalistas metidos a teólogos pastorales. Josu Erkoreka, por poner un ejemplo: «No es lo mismo pastorear un rebaño de oveja lacha, que uno de oveja carranzana o burgalesa». Tan buena verdad como mala metáfora; porque el tribuno peneuvista se queda corto igualmente, si se figura alguna raza especial y homogénea de fieles católicos guipuzcoanos. Aunque se trate de la provincia más diminuta de España, y eclesialmente una insignificancia –pusillus grex, al pie de la letra–, los guipuzes se merecen el honor de ser tenidos por seres humanos, personas, individuos irrepetibles. A partir de ahí, el sofisma erkorekano, o es un insulto a Guipúzcoa, o bien lleva a la conclusión de que allí, como en cualquier diócesis, tendría que haber tantos obispos como curas y feligreses, es decir, que cada cual se gobierne a su aire.

De todas formas, el oportunismo de los nacionalistas en esos lances –donde cerebros como Egibar o Arzalluz suelen dar para reír– no tiene importancia. No pasará mucho tiempo sin que la regla meteorológica se cumpla: 'tras la tempestad, la calma'.

A mí, a diferencia de los políticos, eso de las protestas clericales, en lo que tiene de actual, no me incumbe. Pero, como curioso del pasado, me da materia de reflexión sobre esa constante eclesiástica que ha sido protestar nombramientos de cargos, desde los primeros tiempos hasta hoy, siglo tras siglo, y bajo las normativas más dispares. Democracia eclesial, cabildeo, presentación regia, nombramiento directo por el papa... Ha habido de todo, y nunca faltaron quejas, incluso violentas y cismáticas.
La situación actual de la iglesia y clero guipuzcoano y vasco –su Sitz im Leben tuvo un primer precedente histórico hace muchos siglos. Pienso en el movimiento donatista para la construcción nacional de una iglesia africana autónoma. En realidad el problema venía de antes, de los tiempos de aquel obispo conflictivo que fue san Cipriano o Cebrián.


Nacido tal vez hacia el año 200, este púnico o quizá bereber perteneció a la casta de oradores y abogados de posición social desahogada que, convertidos a un cristianismo pujante, surtían la cantera de cuadros, principalmente episcopales. Tascio, bautizado como Cipriano hacia 247, ingresa en la clericatura, y meritando con algunos panfletos religiosos (incluida la invectiva antijudía de rigor), en veloz carrera de uno o dos años era proclamado obispo de Cartago, la sede primada de la provincia de África (248/249).

Aquellas elecciones episcopales eran a menudo clamorosas, tapando toda voz discrepante. Quizá por eso algunas se orlaron de leyenda, quedando al albur de cualquier omen, a la usanza romana; un relámpago seguido de trueno, un rayo de sol sobre un objeto, sobre una cabeza... Otro día será la voz de un niño de pecho que corta el debate, «¡Ambrosio obispo!»; y he aquí a otro retórico con alguna experiencia como gobernador civil, san Ambrosio, obispo de Milán en 374.

Volviendo a los días de Cipriano, pero en Roma, un buen día de enero de 236 cierto individuo regresaba del campo a la Urbe, al tiempo en que la asamblea cristiana debatía la elección de nuevo papa. Cuestión peliaguda siempre, en aquellos tiempos difíciles podía ocurrir que nadie quería serlo.


Esta vez la solución fue literalmente augural, en el mejor estilo etrusco. Una paloma se posó sobre la cabeza del desconocido, el tío Fabián, que automáticamente quedó designado papa. Una de las intervenciones más plásticas del Espíritu Santo, desde lo de Pentecostés. Y de paso tomemos nota, para no confundir a san Fabián con san Gregorio, papas los dos colombófilos: el primero con la paloma sobre la tiara (anacrónica, por supuesto); el segundo con la misma paloma sobre el hombro, soplándole a la oreja lo que debe escribir.

El prodigio del tío Fab..., perdón, de san Fabián, anécdota aparte, trajo cola. El elegido, que demostró dotes de gobierno, organizó las grandes parroquias de Roma, cuyos titulares andando el tiempo terminarían conociéndose como los cardenales. Desde la Edad Media, esos colegas purpurados, versión cruda de aquella palomita del buen Fabián, tendrán la exclusiva de elegir papa.

De la elección de san Cipriano no conozco noticia de prodigio. Lo cierto es que tuvo descontentos desde el principio. La discrepancia era ya un lujo obligado, que las Iglesia se concedían en tiempos de bonanza. Por desgracia, el ciclo de las persecuciones no se había cerrado del todo, y ya en 250, bajo el breve emperador Decio, se declaró una no de las más mortíferas, pero sí de las más nocivas por sus consecuencias a medio y largo plazo.

Objetivo principal eran los obispos, para obligarles a dar ejemplo de paganismo externo, ofreciendo sacrificios a la salud imperial. Uno de los primeros buscados fue el de Cartago, pero cuando los esbirros llegan, Cipriano ha desaparecido. Y no fue el único.

Para entonces, cada vez era más frecuente entre cristianos el disimulo o la compra de un libelo o certificado, a cambio de un comedieta de adoración. No hay que decir que, en este caso, la fuga del pastor disparó la cifra de defecciones, llegando la queja hasta Roma. Cipriano se disculpó con que había tenido una visión o sueño. Por lo demás, desde su escondite siguió gobernando su diócesis por correspondencia.

La facción clerical hostil al obispo se cargó de razón, con aquel desastre de los lapsos y 'libeláticos'. Y encima los más de ellos, pasado el peligro, volvían a la iglesia. ¿Qué hacer? Máxime cuando mucho caradura traía el aval de algún héroe de la causa, afirmando que en su martirio había pedido perdón para el apóstata. Aquellas cédulas de mártires –que dicho sea, muchas veces no habían muerto, ni siquiera sufrido realmente– llegaron a ser gran negocio, con la escampada.

El clero vuelve a dividirse: que si vista gorda, que si reeducación penitencial, o excomunión hasta el artículo mortis. El líder del rigorismo fue un presbítero llamado Novato, cabecilla de los descontentos por la elección de Cipriano.

Por lo mismo, grande fue su indignación cuando a Cartago empiezan a llegar del desaparecido obispo edictos contra los cobardes apóstatas, prohibiendo readmitirles, y desde luego quitando valor al tapujo de que los mártires habían expiado por ellos. «¡Qué cinismo, el desertor de la diócesis dándonos lecciones de pastoral a los buenos clérigos que no abandonamos el puesto!», clamó el cura Novato.

El resultado fue un cisma, mejor dicho, dos. En Cartago los enemigos de Cipriano se otorgaron su propio antiobispo, un tal Fortunato. Cipriano no tuvo más remedio que salir del armario y plantar cara, so pena de verse desplazado. Por desgracia, su retorno empeoró el embrollo.

Porque a todo esto, Novato había viajado a Roma en busca de alianzas. Allí también reinaba la discordia, por los comportamientos bajo la persecución. Llegado el caso de elegir papa sucesor de Fabián, no hay candidatura firme, y a falta de palomita, sale a escena Novaciano, otro de aquellos conversos que hacían carrera eclesiástica, incluso sin dejar la profesión seglar y pagana.

A todo esto, el tirano muere y la persecución cesa. Es la primavera de 251. Ya no hay problema para encontrar candidatos a la silla de San Pedro. La aristocracia romana, gente práctica que opta por la línea blanda, presenta a uno de los suyos, Cornelio. Novato, desde su línea dura, se entiende con Novaciano. Los enemigos de éste entre el clero le sacan los trapos sucios: no es cristiano de verdad, pues profesa la filosofía estoica; ante el peligro, negó su condición de cura; y en otro orden de cosas, estando borracho hizo abortar a su mujer de una coz en la barriga. Los eclesiásticos no se perdían en minucias.

Total, que san Cornelio fue papa, y Novaciano-Novato antipapa. Y los junto con guión no por capricho. Tan unidos anduvieron ambos semitocayos, el romano y el cartaginés, que la gente les confundía, y hasta gravísimos historiadores les tomaron por la misma persona.


Y aquí viene la paradoja. Los pastores supremos de Roma y Cartago aprovechan la paz para marcar diferencias, con el raro espectáculo de un Cipriano más afín a Novaciano que al papa legítimo Cornelio. Pero es sobre todo bajo el papa Esteban cuando se llega al punto de ruptura. El mismo problema tenía ahora otro enunciado: «¿Es válido el bautismo administrado por un apóstata o hereje?» San Esteban, que sí; san Cipriano, que no. Peor aún, frente a las pretensiones del papa de Roma, como primado de toda la Iglesia, Cipriano se autoproclama su parigual, papas los dos, cada uno en su territorio. En la Iglesia de África, el que venía ya bautizado bajo sospecha tenía que rebautizarse. En la Iglesia Romana, no. Resultado: los dos santos obispos se excomulgan. Y menos mal, el emperador Valeriano no quiere pasar a la Historia sin su persecución de cristianos, y eso cortó la trifulca.

Esta vez san Cipriano está a la altura. Él mismo se venda los ojos, y tras dar buena propina al verdugo para que afile bien el hierro se deja cortar la cabeza. Su choque con Cornelio quedaba zanjado, y ambos santos entraron juntos en el canon de la misa –el obispo Cipriano como un papa más–. En cuanto a Esteban, fallecido poco antes de la persecución valeriana, no se sabe cómo ni por qué le hicieron santo.


San Cipriano dejó tras de sí una Iglesia que se sentía 'diferente'; sobre todo el clero. Con la paz de Constantino, ya en el siglo IV, esa identidad se expresará como cisma, con amalgama política y brazo armado terrorista. Pero esto se hace largo, y mejor dejarlo para otro día. Cuando venga monseñor Munilla, podría ser buena ocasión.




jueves, 17 de diciembre de 2009

Calentamiento, sí. ¿Apocalipsis, no?





La Real Sociedad a la que me honro de pertenecer –y que por cierto es bastante más antigua que la invención del balompié (dicho sea para evitar el equívoco)– celebra todos los años un acto cultural por estas fechas del Adviento.

Llegado a este punto de mi meditación, me puede la chaladura por las palabras, y recuerdo mis tiempos de monago. Adviento. Cuatro domingos antes de la Navidad, los escurrevinajeras ayudábamos al sacristán a preparar los ornamentos de color morado, propio del tiempo. Tiempo penitencial –un poco en plan 'penitenciágite'–, preparatorio del adviento o primera venida del Señor.

El mismo latín adventus, de donde vino 'adviento', dio origen también al vascuence abendu, que terminó siendo el nombre de este mes. Diciembre, heredado del calendario romano primitivo, cerraba el año consular abierto el primero de enero (mes de Jano), igual que nuestro calendario civil. Pero la influencia litúrgica se solapó, de modo que el año nuevo se computaba también según otros 'estilos'. Y es que en realidad una rueda o ciclo, como es el año, puede empezar por cualquier punto.

Una idea lógica que se impuso fue empezarlo en la fiesta del 'adviento' de Cristo. ¿Pero cuándo vino el Hijo de Dios a este mundo? A efectos prácticos, el día de su nacimiento (natividad > navidad). Pero en rigor teológico, para entonces ya había venido, en el evento de su concepción o 'encarnación'. De ahí que, al fijarse la Navidad el 25 de diciembre a las cero horas, la Encarnación caía automáticamente nueve meses justos antes. De ahí también dos 'estilos' cristianos de Año Nuevo: el estilo Encarnación, o bien el estilo Navidad, más popular.

Estas innovaciones no lo eran tanto, pues todo iba en la línea de cristianar fiestas paganas, concretamente el solsticio de invierno –el Sol invicto, la gran devoción de Constantino–, retrasado en varios días por error del calendario.

En cuanto a la Encarnación, no hay que buscarle vueltas: el 25 de marzo era una efeméride mecánica, y nada tiene que ver que el calendario romano primitivo empezara efectivamente con marzo. Con todo, la Encarnación cristiana se aproximaba a la Pascua judeocristiana (fiesta movible, entre 22 marzo / 25 abril). Así, sin proponérselo, el 'estilo Encarnación' se acercaba más al mandamiento bíblico: «Ese mes [el de la Pascua] será el primero del año» (Éxodo 12: 2 y 6). Un mandamiento muy desoído por el calendario cristiano, tanto civil como litúrgico. Y qué mucho, si hasta el propio legislador hebreo, en el mismo libro sagrado, sólo 22 capítulos más adelante ya había mudado de parecer: el Año Nuevo coincidirá con la fiesta de la Cosecha (Éxodo 34: 22). El mismo Dios de un pueblo pastoril y pascual, sin inmutarse, se acomodaba a nueva clientela más evolucionada y agraria, donde el año finaba con el cierre oficial del ejercicio agrícola.

Total, y volviendo a nuestro Adviento: aunque diciembre como mes siguió teniendo 31 días, el fin de Año 'estilo Navidad' coincidía con la Nochebuena.

Noche-buena, Gau on > Gabon en vascuence, cierre del Abendu, que por ese trueque vino a ser diciembre. Por eso, gabon ha sido siempre a la vez nochebuena y nochevieja. Sólo en tiempos de mi señor padre, para la segunda noche de cuchipanda se acuñó en Vizcaya el neologismo híbrido Gabon zar (hoy Gabon zahar), literalmente 'Nochebuena vieja'. Que, si bien se mira, es dejar la cosa igual que estaba. Y es que este país siempre ha sido de cristianos viejos, por más que hoy se haga oír mucho renegado.

A todo esto, el acto cultural de mi Real Sociedad ha comenzado, y con todo recogimiento escuchamos a un joven profesor de Geología, que ofrece su docto parecer sobre esta doble pregunta: «¿UN FUTURO HIPERCALIENTE? ¿Y QUÉ?» No es usual esa forma de plantear temas, desafiante y provocativa: ¿Y qué? («¡Anda! Quid ergo? Como una sección de mi blog. Donde voy metiendo las cuestiones intrascendentes.»)

El joven profesor nos ha sido presentado como estratígrafo. Su especialidad es leer ese libro colosal, escrito por la Naturaleza en tiempos geológicos, cuyas hojas y páginas son los estratos sedimentarios, registro perenne de la Historia de la Tierra. Supermamotreto encriptado en un lenguaje cuya cifra y piedra de Roseta es, como de costumbre, el sentido común. Para el caso, el principio de Lyell (1830), que dice: «La clave del pasado está en el presente». ¿Lyell? Sin quitarle mérito, otro sabio mucho antes había dicho lo mismo: «Nada nuevo bajo el sol» (Eclesiastés 1: 9). Lo que a su vez permite prolongar la historia como profecía, y leer el futuro con alguna probabilidad de acierto.

Pero ¡ay!, las hojas de esa Biblia histórico-profética nos remiten a un ritmo geológico cuya unidad de tiempo es el mega-año (Ma), el millón de años, con sólo la primera subunidad decimal apreciable, es decir, los 100.000 años o 1.000 siglos. De ahí para abajo, la Geología estratigráfica padece presbicia, no distingue la letra pequeña –como es la existencia humana– y nuestras minucias se le escapan.

Sólo que esas 'minucias nuestras' incluyen nada menos que la banda vital, y dentro de ella, el estrecho margen de parámetros que delimitan la posibilidad de vida humana. Pues bien, la incertidumbre de muchas predicciones geológicas engloba con holgura ese margen, dejándonos en la duda hamletiana sobre lo que más nos importa: ser, o no ser.

Aun en el caso, nada probable, de una reducción drástica del impacto de efecto climático, lo hecho, hecho está y su efecto va a durar un par de siglos, por lo menos. Inexorablemente. Hagamos lo que hagamos a partir de hoy.

Aquí es donde hace sentido el «¿Y qué?», en el título de la charla. Con un sobrecalentamiento global que afectará a las próximas 6-10 generaciones, para las actuales ese ¿y qué? podría significar tal vez un sentimiento vago de culpa, con un no menos vago propósito de enmienda. Para la clase política –la que realmente decide–, el y qué sólo significa a mí qué. El sistema democrático que nos hemos otorgado no funciona para esas eternidades, más allá de los 3-4 próximos comicios.

Dos imágenes cerraban la intervención del conferenciante, a cuál más alentadora: un esquimal perdido en la nieve y un beduino perdido en la arena. Dos desertícolas extremófilos. Gráfica idea de la resistencia humana para hacer sostenible lo inaguantable. Bienaventurados los héroes supervivientes, porque nadie les envidiará su calidad de vida.

–¿No habrá entonces Apocalipsis? Con lo entretenida que es...

–¡Y quién dice que no ha de haberla! Los plazos geológicos son tan largos, que sobra tiempo para cualquiera sorpresa política con rotura de la baraja. No serán exactamente las pesadillas del visionario de Patmos, recreadas en los tebeos de los Beatos. No será la Fiera Corrupia de los Tres Seises. Como tampoco necesariamente la Cabalgata de las Valquirias vomitando napalm. Pero en fin, algo se nos irá ocurriendo.



 De todas formas, y si algún meteorito no se hace el encontradizo y le borra la cara al planeta, o si algún otro accidente piadoso no interfiere de sopetón, el declive de nuestra especie una vez declarado seguirá su curso, hasta la agonía de los últimos de la saga. Los que, cuando se vayan, no tendrán ni luz que apagar. Tal vez su última mirada sea a las galaxias, donde seguramente hay y habrá siempre planetas vivos. ¿Y qué?

lunes, 7 de diciembre de 2009

Soliloquio, sobre pequeños mundos sostenibles



Fue en 1966/7. Con bastante desorientación tanteaba yo entonces algún tema de tesis doctoral, que bien a mi pesar parecía decantarse por la serología y análisis de grupos sanguíneos en población vasca. Las dificultades eran muchas y grandes. Sin embargo, entre ellas no figuró el franquismo. Aquella "represión a muerte de todo lo vasco" suena más truculenta hoy que entonces. Y eso que un estudio como aquél podía contemplarse sin demasiada violencia como contribución útil para los constructores del identitario material de la raza.

Muy pronto se supo en nuestras áreas de muestreo de qué iba el estudio, siempre en busca de personas no emparentadas y con ocho apellidos vascos, y ni una sola vez la guardia civil me llamó a capítulo. Hoy es el día en que no puedo presumir de heroísmo por la causa vasca, al menos por aquello, qué pena.

Las dificultades reales –en especial el ir por libre, sin ayuda económica y viviendo de un salario– habrían condenado el empeño, de no haber contado con una facilidad excepcional. El laboratorio del Instituto de Maternología y Puericultura –para la gente, 'La Maternidad', su nombre fundacional hasta 1954–, de la Diputación (entonces no foral) de Vizcaya, fue el más idóneo y a la vez hospitalario lugar donde realizar las pruebas serológicas.

A muchas personas debo gratitud, tanto en el trabajo de campo como de laboratorio. En este último es imborrable el recuerdo de una monja joven –en aquellos tiempos era normal la presencia de religiosas en tales menesteres–que me ayudó con su mucho saber y experiencia. Una laborante nada rutinaria, como demuestra este caso.

No mucho antes, el laboratorio se había dotado con un buen microscopio Leitz, con equipo de contraste de fases. Yo tenía alguna experiencia con esta novedad, de modo que me encargué de montarla y ponerla a punto. Era una técnica pionera para observar objetos transparentes sin fijarlos ni teñirlos, como es el caso de células y microorganismos vivos.

Un buen día sor Antonia me saludó con que tenía una sorpresa para mí. Era un tubo de ensayo con unos grumos verdosos en agua, un alga verde sin nada de particular. Lo interesante eran unos animálculos que ella había había visto al microscopio entre las células del alga. Agarro una pipeta para montar una gota de aquella suspensión. Pero no hizo falta. La preparación ya me estaba esperando bajo el objetivo del microscopio. Así era sor Antonia.

Aquella curiosidad suya me parecía admirable. Un laborante vulgar habría tirado sin más por el vertedero la disolución de fosfato contaminada con algas, inservible como reactivo. Ella no. Por dos razones. La primera, porque las contaminaciones en su laboratorio eran muy raras, y aquélla en particular era inédita. Y lo segundo, porque sí, porque antes de desechar un producto averiado, qué menos que dedicarle una última ojeada… Bromeando le recordé que así se había descubierto la penicilina. No fue por ahí aquel hallazgo, pero tampoco resultó inútil.

Por de pronto, me sirvió para contemplar por primera vez un rotífero vivo. Identificarlo como tal fue inmediato, con su típica 'rueda' de cirros en torno a la boca. Por otra parte, sus movimientos de flexión y desplazamiento a modo de sanguijuela lo situaban en el grupo de los bdeloideos (bdélla es la sanguijuela, en griego), por más que los pequeños rotíferos son un tronco animal que nada tiene que ver con las sanguijuela y demás gusanos anélidos.

Aproveché la ocasión para empollarme esa clase de rotíferos, de los que sólo conocía de oídas su propiedad más notable: los machos son desconocidos, de modo que la reproducción es por partenogénesis rigurosa. ¡Todos los bichejos del tubo eran rotíferas! Yo mismo tuve ocasión de verlas muchas veces en plena faena de poner sus huevos virginales y femeninos. Un auténtico parto, no sé si con dolor o sin dolor. Por cierto, ocasionalmente también paren hijas casi tan grandes como la madre. Un paso más, y ya tenía el nombre de género: Philodina, algo así como 'amiga de revolver'. Muy adecuado. De ahí no pasó mi ciencia taxonómica.

No así en cambio el interés experimental. Obviamente era un caso de simbiosis entre un animalillo específico y un alga también más o menos específica, en compañía de bacterias y otros microorganismos, en un medio acuoso rico en fostato. ¿Qué ocurriría si convertíamos aquel sistema en un mundo cerrado, sin otro aporte externo que la luz? Teóricamente, el metabolismo fotosintético del alga serviría para la respiración aerobia del rotífero, y en parte para su alimentación, completada con la ingestión de bacterias, cosa bien visible al microscopio. A su vez, el metabolismo respiratorio y excretor del animal liberaba el dióxido de carbono y el nitrógeno indispensables para la planta, y la sal o sales disueltas en el agua harían el resto. Y en fin, la descomposición de cadáveres y detritus mantenía la población microbiana.

Pensado y hecho. Con una pipeta y unos tubitos hematológicos preparé unas cuantas muestras precintadas herméticamente, y en una gradilla las coloqué junto a una ventana, donde les diese la luz a su ritmo normal. Uno de los tubos lo reservé para muestreo, para seguir periódicamente el estado de mis ecosistemas cerrados. En estas muestras fue donde pude observar la reproducción virginal y puesta de huevos de un tamaño regio. Digo, en proporción al tamaño de unos seres microscópicos, aunque debo añadir que mis bdeloideos, iluminados bajo cierto ángulo de reflexión, se hacían perceptibles a simple vista como puntitos brillantes.

El experimento salió redondo, en el sentido de que funcionó durante un par de años, hasta que una mudanza con agravante de olvido me hizo perder la pista de los tubos. Un experimentador menos bisoño, más curioso y preparado, habría sacado chispas de aquella oportunidad, un modelo sencillísimo, magnífico campo para una tesis. Pero ¡ay!, yo entonces estaba absorto en los entresijos de la raza vasca, amén de otras preocupaciones, incluida la vital de pane lucrando. No me disculpo. Me faltó una cualidad que distingue al científico de casta: cognoscere tempus visitationis suae, en palabras del Evangelio de Lucas (19: 44).

Hoy los rotíferos, y concretamente los bdeloideos, se estudian con avidez bajo todos los aspectos, en especial para sonsacarles el secreto de su vida 'asexual' sana –unisexual, propiamente–, que contra todo pronóstico les ha permitido existir durante 80 millones de años con pleno éxito en su femineidad de estricta observancia. Y lo que les quede. Habremos desaparecido nosotros de este mundo, y ellas seguirán solteras, ajenas al vicio de la lujuria aunque, eso sí, esclavas de la gula. Da gusto verlas tragar, recogiendo la cabeza cada vez que degluten, para enviar la presa al 'molino'.

Entonces se sabía mucho menos de los rotíferos, como de todo. Pero ya lo que se sabía era de llamar la atención. No sólo su partenogénesis, también su capacidad de deshidratarse y parar la vida cuando las condiciones vienen mal dadas, para luego revivir como si tal cosa. Anhidrobiosis se llama; una forma de criptobiosis. O la eutelia: propiedad de tener cada individuo el cuerpo formado por un número fijo de células, el mismo para toda la especie. Una caja de sorpresas.

Recuerdo la impresión que me hizo la estabilidad de aquel sistema simbiótico tan simple y económico. Sistema, por otra parte, muy singular. Con su capacidad de vida latente y reviviscencia, estoy seguro de que mi linaje de rotíferos con sus algas preferidas sigue vivo en alguna parte, aunque los tubos de ensayo estén reducidos a polvo.

Durante años, mi filodina fue sólo un recuerdo grato. Pero desde el cambio de siglo, más o menos, periódicamente salen noticias sobre los bdeloideos. alguna tan apasionante, como el descubrimiento de que, si no pueden intercambiar genes entre sí mediante el sexo, como (casi) todo el mundo, gozan de habilidad singular para pescarlos de otros organismos con los que conviven, incluidos de los residuos de sus banquetes.

Hoy se pueden recordar y recrear estas cosas, hasta con música:




Ahora, con esta matraca sobre sostenibilidad en el cambio, y esa cita pintoresca de Copenhague, con sus 'dos semanas para salvar el planeta', vuelvo a representarme aquel experimento dieciochesco de 'recipientes sellados', realizado con unos conocimientos decimonónicos y una perspectiva ecosistémica ya del siglo XX, aunque todavía sin el enfoque molecular que ha traído el XXI.

Más pronto que tarde, desaparecemos, llevándonos con nosotros eso que pomposamente llamamos 'inteligencia' o 'razón'. Bien es verdad que nos habremos llevado por delante otras muchas especies, dejando una biosfera mucho más pobre y devastada que la que nos acogió como 'hombres nuevos' hace 200 millones de años, y que desde entonces nuestros ancestros habían mantenido prácticamente intacta hasta nuestro tiempo, al no contar con estímulos ni con medios para saquearla a placer.

Y a todo esto, quedan rotíferos para rato, aptos para sobrevivir sin contratiempo, por ruin que sea la biosfera que les dejemos. Porque esa es otra de esos bichejos. Reacios a las radiaciones ionizantes, aguantarán impasibles aunque decidamos despedirnos con un holocausto nuclear.

–Bien; y todo, ¿para qué?

–¡Ah!, esa es otra cuestión. No mezclemos debates.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Minaretes de punta



Caer (o llover) chuzos. Si el temporal arreciaba mucho se añadía de punta. Pero a mí, friolero y medroso de niño, me impresionaba más la expresión de mi abuela, mujer muy religiosa (era terciaria franciscana): Llueven capuchinos de bronce. Yo había visto en su breviario alguna estampa de San Francisco con la capucha calada apuntando al cielo, y un chaparrón de esas características me parecía cosa del fin del mundo.

Sin llegar a tanto, volvamos a los chuzos. Donde están lloviendo estos días es en Suiza. Y nada más lógico, ya que chuzo es lo mismo que 'suizo'. Lo dice Covarrubias, explicando la palabra chuzón: «cierta arma enastada con el hierro largo. Díxose chuzón, quasi çuyzón, de los çuizos, gente belicosa en Alemania, de donde se truxo esta arma...» Luego habla de una fiesta de soldados así armados, llamada çuiza. En grafía moderna escribimos suiza, como también suizón, que aunque parezca aumentativo no lo es, sino que viene de una forma bajo latina de llamar a los suizos: Suitones. De modo que tampoco chuzón es 'chuzo grande', sino chuzo normal y corriente: el arma y, por metonimia, el soldado que la lleva.

Por cierto, suiza vino a significar 'bronca', por el modo frecuente de acabarse aquellos alardes o algaradas a la suiza. Tomemos nota de esto, porque va a sernos de utilidad si seguimos con el tema.

El chaparrón de chuzos suizos viene a cuenta de los 'minaretes sí/no', objeto de un referéndum muy al estilo suizo de dirimir debates cívicos. Aquí el gran Ibarretxe, sobre su famosa 'consulta', ya mencionó el referendismo helvético, como si allí las gentes votaran lo que les pida el jefe, y no lo que les pide el cuerpo.

[El otro día el hombre ha vuelto a dar la carga, esta vez por carta. A propósito: el ex lendacari firma ahora como lehendakari ohia, que es como traducen el ex al vascuence moderno, aunque la expresión suena más bien algo así como 'el difunto lendacari', o también, 'lendacari usado', o en fin, 'el lendacari habitual', el de costumbre... Y en verdad, esto último debe de ser, con sus últimas intervenciones machaconas y desmesuradas.]

Santiago González en su bitácora del 1 de enero ilustraba la polémica suiza con una foto de Factual (30/11) , la misma que pongo arriba invertida, para dar una idea de lo que es llover minaretes de punta. El siguiente día 2 en el mismo blog de Santiago puse un comentario:

«Perdón por volver sobre el tema de ayer, pero es que hoy ha salido otro 'Moro Vizcaíno' –no es ninguna rechifla– pontificando sobre 'Islamofobia'.
Abdul-Haqq Salaberría descubre el primer lunar de la historia de Suiza, precisamente cuando los suizos deciden sobre algo que a él le interesa, los minaretes. Su alegato empieza así:

"Suiza ha sido siempre un ejemplo de civilización, neutralidad y democracia..."

Efectivamente. Sería impropio decir, por ejemplo: "Suiza quemó vivo a Servet por hereje". Le quemaron en Suiza ciudadanos de allí, que se sepa sin referéndum. Y tenga por seguro que los suizos, seres humanos al fin, tienen sus pecadillos. En especial, son muy suizos.

Total, el mismo Salaberría lo reconoce cuando, a lo capitán Renault ('Casablanca'), nos descubre que en Suiza se juega a la banca.»


'El Moro Vizcaíno' fue el seudónimo de mi admirado paisano José Mª Murga Mugartegui (1827-1876), el aventurero romántico cosmopolita, que por los años 1863-1865 vivió en Marruecos como hachi Mohammed al-Bagdadi, publicando a su regreso Recuerdos marroquíes del Moro Vizcaíno (Bilbao, 1868), últimamente reeditado por Federico Verástegui (Miraguano, Barcelona, 2009). Baste para que nadie piense que ironizo sobre el converso autor del artículo, para quien toda discusión sobre minaretes implica islamofobia.
Como suena. No me gustan determinados minaretes en determinados lugares, y voy listo: aborrezco el Islam, soy islamófobo. ¿Qué calificativo me caerá entonces, si lo que no me gusta no son sólo ciertos minaretes, sino la misma palabra?
Porque así es. Tuve un maestro que me enseñó que minarete es galicismo; que es más español alminar. ¿Que da igual? ¿Qué es lo que da igual? ¿Por qué no empezar definiendo de qué se discute? Empecemos.

Minarete. Aquí mi viejo tenía razón. Palabra reciente entonces en nuestro diccionario. No es un diminutivo algo despectivo (aunque lo parezca), sino tomado del francés minaret, recogido por la Académie desde 1762, y registrado en su idioma desde el siglo XVII. Definido así:

«Tour faite en forme de clocher, d'où l'on appelle chez les Turcs le peuple à la prière, et  d'où l'on annonce les heures.»

Curioso. Torre en forma de campanario, usada entre los turcos para llamar a la oración y para dar las horas. Ni mención de la mezquita. En efecto, aunque de origen árabe, el minaret entró en París por la Sublime Puerta; por el minare turquesco, atípico y más bien tardío. Sólo a partir de la 6ª edición del Dictionnaire (1832-1835) el minarete se sitúa «auprès d'une mosquée» (junto a una mezquita), y finalmente en la 8ª (1932-1935) se define como «torre de una mezquita... en la religión musulmana». Bienvenido este detalle, inexplicablemente ausente hasta entonces. Sin embargo, hay otro cambio que no mejora lo dicho cien años antes. Es más correcto situar el minarete al lado de la mezquita que convertirlo en la torre de un edificio del que no forma parte necesariamente. En este sentido sí es comparable a la torre de una iglesia.

No está del todo claro de dónde le vino al minaret francés esa te final, que como se nos advierte, «no se pronuncia ni se enlaza jamás», ni en singular ni en plural. Podría venir del plural árabe, minârât (es lo que cree Eguílaz en su Glosario), o por el contrario, ser 'nombre de unidad', forma especial del singular en árabe.

Con esto me apeo yo del minarete galo y lo cambio por el alminar castellano. Alminar, almenar, almenara... Nada de mezquita ni de oraciones. Las tres palabras vienen a ser una misma, en árabe manâr(a), 'lugar de la luz', faro. De la raíz nâr/nûr, idea de 'fuego/luz'. Son así mismo topónimos.

Almenar. s. m. Soporte de hierro para teas encendidas.

Almenara. s. f. 1. Nombre de unidad del anterior.

         2. Candelero, candelabro (lo mismo que el hebreo menorah).

         3. El fuego que se hace en las torres de costa para dar aviso. Documentado ya en el Libro de Alexandre (1ª mitad del s. XIII): «de noche las almenaras, por más çiertos seer» (copla 1559), que cita Eguílaz. Este mismo autor lo da también como vasco, en esta acepción. Y no me extraña, aunque en Euskaltzaindia no lo encuentro. Porque según dicen, uno de nuestros recursos pesqueros en el pasado fue la captura de pecios, sobre todo en la costa francesa y las Landas, engañando a los barcos por la noche con almenaras de mentirijillas para hacerlos naufragar, bendita inocencia.

Alminar. s. m. Etimológicamente es lo mismo, pero técnicamente es la torre aneja a la mezquita, aunque en castellano no aparece hasta el Duque de Rivas, en la 1ª mitad del siglo XIX. Entra en el diccionario en 1837, un siglo antes que minarete. O sea que tampoco es tan castiza.

¿Y cómo demonios se llamaban antiguamente los alminares o minaretes en castellano? Sencillamente, 'torre'. Como la torre de la Giralda, o la torre de la mezquita de Córdoba, etc.

Esas torres en árabe tienen varios nombres:

    mi`dhana: raíz 'dhn, idea de oír, enterarse (de oído). Es el lugar desde donde se llama (a oración), cosa que hace el mu`addhin o almuédano a sus horas. El verbo `addhana significa llamar (a oración), aunque referido a un chiquillo quiere decir, cariñosamente, 'calentarle las orejas'.

    minâr, manâra: lugar de luz, faro. Este significado vale como símbolo para el proselitismo islamista. Sin embargo, también nos revela que en origen esas torres no eran para llamar a oración, ni tuvieron mucho que ver con las mezquitas. Como tantas torres, de día eran observatorios, y de día o de noche almenaras para señales luminosas. En culturas con calendario lunar,  una de las funciones primeras debió de ser dar la señal luminosa con algún farol para indicar la luna nueva.

    sawma'a: garita cónica o rematada en cúpula. Se usa más en oriente, por referencia a las chozas cónicas típicas de la Alta Siria, también las pequeñas chozas de los monjes, y en fin, la garita que remata el alminar. Evocada tal vez por las ojivas picudas de los alminares turcos, que les dan ese aspecto de misiles.

Ahora ya sabemos lo más importante para la polémica de los minaretes: se trata de elementos accesorios y prescindibles. El director de la mezquita mayor de Burdeos, Tareq Oubrou, así lo ve y llama a la calma:

«El minarete no es de obligación coránica. Es una arquitectura tradicional para llamar a la oración en los países musulmanes. En Francia no hace ninguna falta. Incluso está fuera de lugar.»

Por consiguiente, nada como para poner el grito en el cielo (dicho sea sin segunda intención), como hace el Sr. Salaberría. Y no vale decir que dicha sentencia moderada es minoritaria. Eso ya lo sabemos. Lo que importa es saber si lo accesorio se vuelve esencial a efectos de polemizar, porque entonces queda claro de qué va la 'suiza'.

En el Islam primitivo, la mezquita era un edificio inconspicuo, y exteriormente lo sigue siendo en muchos lugares muy concurridos, como las casbas y bazares, donde el oratorio mantiene su función utilitaria, sin más relevancia externa que la que tienen unos lavabos públicos, con perdón, pero es así.

El minaretismo ostentoso es un exceso de autoafirmación proselitista invasiva. Y lo que es más grave, sin contrapartida ni reciprocidad alguna. No debe extrañar que la gente se ponga a resguardo cuando amenazan caer alminares de punta.


lunes, 30 de noviembre de 2009

El Ocaso de los Dioses (1)



De Constantino a San Constantino el Grande

Anque el día a día invita a hablar de política, yo imaginé esta bitácora en principio como lugar de evasión. Al bosquejar secciones temáticas, a la primera y preferida mía la llamé La Biblioteca de Focio, sobre mis lecturas. A fecha de hoy, con tantas entradas publicadas, veo con bochorno que mi querida Biblioteca es la sección más pobre. 

No puede ser. Tengo que escribir más sobre lo que me da más que pensar. ¿Que voy a interesar a menos gente? Sólo pensarlo, me parece desconsiderado, falto de respeto, incluso fatuo. ¿Acaso floto yo en el Olimpo, para mirar de arriba abajo a unos mortales entretenidos en boberías?

El caso es que últimamente releo un libro que tiene más de siglo y medio, y que ya era un clásico cuando al fin se puso en castellano, hace más de 60 años. La época de Constantino el Grande, de Jacobo Burckhardt (1818-1897), traducida por Eugenio Imaz (1900-1951) en su exilio de Méjico, por alguna razón salió llamándose Del paganismo al cristianismo, quedando como subtítulo el título verdadero. Buen trabajo el del malogrado donostiarra, sin quitarle mérito por decir que el original se lee 'como una novela'.


Original disponible, por cierto, en el 'Proyecto Gutenberg', que descargado y puesto en formato PDF es tener el texto completo indexado. Una gozada. Y por si fuera poco, muchas de las obras citadas, de consulta difícil hasta hace bien poco por su antigüedad, son también ya de dominio público, con Google. Así, mientras doña Milagros del Corral, la directora de la Biblioteca Nacional, deshoja la margarita digital dando calabazas a Google y declarándose por Telefónica, la espera de nuestros fondos nacionales podemos llenarla gracias a los norteamericanos digitalizados y digitalizables. 

A ver lo que dura tanta ventura. Yo estoy que canto el Nunc dimittis.

Hablar de lectura 'como una novela' no es frase hecha. La época de Diocleciano y Constantino (284-337) es tan apasionante como enigmática. En ella se produce una de las mayores revoluciones de la Historia: la legalización y oficialización del cristianismo: Edicto de Milán (313). Al uso de entonces, la leyenda rodeó de prodigios unos acontecimientos mucho más prosaicos y coherentes, mientras esa misma propaganda política cristiana nos dejó sin claves lógicas esenciales, escamoteadas con el trampantojo del numine divino, como suele ocurrir siempre que una religión desplaza a otra.

No fue lo menos intrigante el que la gran promoción del cristianismo estuvo precedida por un pogromo sistemático, la Gran Persecución, impulsada por Diocleciano. Persecución de exterminio, por la que uno de los mejores emperadores de Roma quedó como un monstruo. 

Para explicar el fenómeno, Lactancio y otros cristianos propalan bulos pueriles, o combinan silencios con noticias de despiste. Ni Diocleciano ignoraba estar rodeado de cristianos en su propia corte y familia, ni éstos con la señal de la cruz se dedicaban a reventar ceremonias paganas. Los hechos ciertos, aunque su conexión no conste siempre, incluyen:

Una conspiración de militares cristianos para el golpe de estado, 
  • Unas comunidades cristianas en auge, aunque de conducta social poco edificante, con muchos de sus dirigentes mundanizados en exceso, y hasta descreídos.
  • Levantamientos y motines de ciudades de mayoría cristiana, abortados por la policía y reprimidos para escarmiento.
  • Un incendio provocado y repetido en el palacio imperial de Nicomedia, precisamente en la residencia privada de Diocleciano.
  • Last, but non least, los complots e incendios coincidieron con la presencia en Nicomedia del joven y ambicioso Constantino, el futuro emperador.
Burckhardt no es ningún Gibbon. Cuidadoso de no escandalizar, sembrando este capítulo aquí y allá de reservas y medias palabras, con gran habilidad hace que el lector 'descubra' por sí mismo la intriga y se construya una versión razonable del rompecabezas. Una versión donde, desde el principio, Constantino emerge como el gran conspirador contra Diocleciano, utilizando con astucia la máquina de la tetrarquía ideada por el viejo como solución sucesoria, para destruir esa misma institución, eliminar a sus rivales uno por uno, y erigirse en amo absoluto, incluída la esfera religiosa. Para ello entra en connivencia con el cristianismo en auge, ya metido en ambiciones de intriga y poder.

Pero tampoco se ensaña el autor con los escritores cristianos del momento, dejando también en esto al lector la tarea de ir poniendo los adjetivos que le parezcan más eficaces para retratarlos, en especial a un impresentable Eusebio de Cesarea: «el primer historiador absolutamente insincero de la Antigüedad» (Burckhardt).

En aquellos años gloriosos de sangre y de victoria, el cristianismo se nos aparece como un lobby generalmente discreto –mejor que secreto–, aunque eventualmente se comporte aquí o allá como sociedad secreta, sin perjuicio de arrojar la máscara llegada la ocasión. Su diferencia con el lobby judío radica sobre todo en su proselitismo y su vocación de integración social. El ajuste de cuentas entre estos dos grupos hermanos, y a la vez enemigos irreconciliables, quedará para más adelante en la Historia.

Constantino era hijo del césar de Occidente, Constancio Cloro, con Elena, una concubina o esposa sin rango y repudiada por razón de otro matrimonio de estado. Ya mayor de edad, entra en contacto con militares cristianos que, de acuerdo con su clero, conspiran para administrar la púrpura. Abortada la intentona en una marea de sangre cristiana, iniciada por una purga en el ejército, Constantino ve y deja hacer, aguardando su ocasión.

La abdicación de los dos augustos emperadores, Diocleciano y Maximiano (305) fue seguida de cerca por la muerte del nuevo augusto, el césar Constancio (York, 306), y la aclamación ilegal de su hijo Constantino por la tropa. 

Fue la señal. Comienza una curiosa guerra civil, desarrollada a modo de torneo o liga eliminatoria entre los tetrarcas sucesivos del Imperio, a ver quién se apodera de la monarquía. 

En el envite, los cristianos no se quedan al margen. Ahora más que nunca su favorito es Constantino, por su parte cada vez más convencido de llevar dentro el toque numinoso, infalible, del ganador. Nace el mito del caudillo visionario y converso cristiano, liberador providencial de la Iglesia.

Pero Constantino fue además el gran arqueólogo que, como un zahorí, entre recuerdos desvaídos, revelaciones y milagrería, va redescubriendo los loca sacra del cristianismo, jalonando los hallazgos con monumentos que hagan respetable esta religión, en competencia ventajosa con los decrépitos templos y los tartamudos oráculos paganos.

En esta labor le asistió mucho su amada madre santa Elena, la antigua tabernera y mujer del partido, la amante arrinconada de Constancio, convertida ahora en augusta a título personal y con derecho a meter mano en el tesoro. Ventaja que ella aprovechó en empresas benéficas, constructivas y otras de igual interés eclesiástico. Sin poner en tela de juicio la devoción y virtudes de esta señora ya viuda, lo cierto es que por los servicios prestados, ella con su hijo, se convirtieron en la gran pareja icónica: San Constantino y Santa Elena.

Santa pareja. A pesar de un doble asesinato atroz: el de Crispo, el hijo del emperador y nieto de Elena, y el de su madrastra Fausta, la emperatriz, ahogada en el baño por orden del marido bajo instigación de la vieja suegra. Una historia sórdida y tenebrosa, justificada luego por aplicación del mito de Fedra con Hipólito. 

Por lo demás, la nueva corte asume la etiqueta oriental implantada por Diocleciano. La majestad imperial es una emanación divina que aplasta todo lo que se le pone por delante:

«Acaso la única relación sana en torno a este gran Constantino, "quien persiguió a sus más allegados, empezando por el asesinato de su propio hijo y de un sobrino, luego la esposa, y después toda una serie de deudos y amigos", es la que mantiene con su madre Elena» (B., citando a Eutropio).

Nada impide creer que Constantino, el político expeditivo, el parricida, el cristiano oportunista y siempre devoto del Sol Invicto, se hizo finalmente bautizar in articulo mortis, aunque fuese de mano de un obispo heterodoxo arriano. Y eso que había sido él, Constantino, quien en su papel de autonombrado «obispo externo» de la Iglesia, organizó el Concilio de Nicea (325), victoria formal de la ortodoxia sobre el arrianismo.

Con su muerte (mayo de 337), la leyende no había hecho más que empezar. Su bautismo tardío se adelantó en más de veinte años, a las fechas de la supuesta conversión, adornándolo con una fantástica Donación de Constantino al papa san Silvestre, origen de los estados de la Iglesia y del poder temporal de los papas. Y es que a los tradicionales bautismo de agua, de sangre y de deseo, habría que añadir un cuarto bautismo putativo, por el que la literatura cristiana cristianizó a paganos simpáticos, como el otro corregente Licinio, y a semipaganos simpatizantes, como Constantino.

Más que interesante, apasionante el relato de Burckhardt. Releyendo sus viejas páginas, cuánto material y argumento para una construcción fílmica moderna. Un filón de mucha más sustancia y consistencia que 'Ágora'.

¿Hipótesis? En todo caso, no infundios como los de la propaganda cristiana de entonces. En su búsqueda de la lógica histórica, el erudito suizo no omite pieza aprovechable para su mosaico. Tal por ejemplo, en el enfrentamiento entre Constantino y su cuñado Licinio, el testimonio del historiador godo Jordanes, que deja al primero lisamente como traidor: 

«Ocurre a menudo, ser los godos invitados [por los emperadores romanos], y también entonces, a solicitud de Constantino, irrumpen y arremeten contra el cuñado...».

Una lectura de las que hacen pensar, para seguir leyendo, pensando, penetrando en ese misterio que fue y es la implantación del cristianismo en el Imperio.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Trilingües para la convivencia (y 2)


El sobresalto de la pesadilla nos devuelve a la realidad, y con ella a un sobresalto mayor y más inquietante, precisamente porque estamos despiertos. Porque son individuos de carne y hueso los que plantean una política lingüística impositiva. Impositiva hasta el totalitarismo, unos. Mas suave en apariencia, otros. Pero todos con un objetivo perverso de 'normalización', y comulgando en el disparate de que nuestra convivencia depende del bilingüismo, o sea de la euskaldunización total de la población en Euskal Herria.

Markel Olano, por ejemplo. Si el PNV tienen dos almas –como les halaga que se diga de ellos–, al Diputado General de Guipúzcoa le anima la dionisíaca, no la apolínea. Olano fue un hombre de Lizarra y no oculta su simpatía por un frentismo abertzale como estrategia para neutralizar a los estatalistas o españolistas vascos, 'minoritarios' porque sí. Es su problema. Pero empieza a serlo también para los demás, desde que Markel pontifica para todos.

Por ejemplo, sobre el vascuence. Olano es de los que tienen una idea patrimonial nacionalista del euskera: 
«Las fuerzas políticas estatalistas han empezado a jugar con que el euskera es también de 'los demás', cuando han visto que ganaba fuerza en la sociedad»
Pero vamos a ver, ¿no dicen ustedes que el euskera es patrimonio de todos? Pues no. Sólo los nacionalistas se lo toman en serio. Los otros 'juegan' a que también es de ellos, pero por oportunismo y sin efecto:


«Aunque han demostrado una aparente tolerancia con respecto al euskera, no han tomado ningún compromiso firme y tampoco lo han interiorizado. Pese a que en teoría están a favor del bilingüismo, en la práctica impulsan una política de laissez faire».


No falta aquí un truco retórico burdo, aunque muy frecuente. Los contrarios quedan reducidos a «las fuerzas políticas estatalistas». No pidamos la gollería de referirse a ellos como «los vascos estatalistas». «Fuerzas políticas». Por lo visto, detrás de esas «fuerzas políticas estatalistas» sólo está la pared –que diría Egibar–, no hay una ciudadanía que les ha llevado al poder. En cambio, el 'nosotros' patriótico es el natural  pueblo vasco con sus líderes naturales, los jelkides burukides. Así no es extraño que el estatalismo en este país sea minoritario por convenio, qué digo, por puraputa definición.

Tan nacionalista es el vascuence, que los no nacionalistas lo asumen con frialdad, sólo por su tirón electoral, sin comprometerse con él, al no reconocerlo como la «piedra angular de nuestra identidad». Bueno, Markel no ha dicho esta vez piedra, sino pieza angular, un lapsus sin mayor importancia para un guipuzcoano fabril y febril. Lo que cuenta es que, con ese maximalismo nacionalista, todo, incluido el euskera, se convierte en un problema para la ciudadanía en pleno. 

«Sin euskara no hay Euskal Herria». ¿Opinión particular? ¿idea partidaria? Sería respetable. Pero no es eso, va por todos nosotros, desde que Olano se encara con los estatalistas para leerles la cartilla política lingüística. Una política que no puede ser neutral, cuyos mandamientes se encierran en dos: euskera para todos, y eusquera en todas partes, a todas horas. Eso es euskaldunización, lo demás es jugar sin comprometerse.

Estas salidas y pretensiones de Markel Olano, o de cualquier otro discípulo aventajado de Xabier Arzalluz, por inquietantes que sean, ya no son nada raras. Ellos sí que se han enrolado por oportunismo en los excesos de la llamada 'izquierda' patriótica vasca, con lo que de izquierdismo se quiera pintar un totalitarismo descarado. Preocupante, pero se entiende.

Más chocante me pareció el otro día, 17 de noviembre, un artículo en El Correo, Política lingüística en tiempo de cambio, de José Ignacio Pérez Iglesias. Ya desde el título, pero luego incluso en algun detalle argumental, el ex rector de la UPV coincide con el Diputado General en su preocupación por la suerte del vascuence en manos del Gobierno López. 

Pérez Iglesias es un asimilado o transculturado vasco oriundo castellano, tengo entendido. Desconozco su militancia política, si la tiene, y doy por supuesto que se interesa en el tema a título personal, aunque apela con elogio al «informe 'Euskara XXI', impulsado por el anterior Departamento de Cultura» y en definitiva su artículo es un apremio al actual Gobierno para que «continúe con la labor»... ¿de quién, pues, sino del anterior gabinete? 

Alguna vez el autor llega a expresarse en términos maximalistas propios del ex consejero Campos, al decir que la lengua vasca «no se adquiere hoy en la medida que establece la ley en todo nuestro sistema educativo». Pero lo que más se nota es la misma cuadratura del círculo, la contradicción entre modernidad y arcaísmo, entre libertad ciudadana e imposición totalitaria, que rezuma por todo el artículo. 

«Una sociedad vasca más integrada...», dice. De veras que no lo entiendo; o lo entiendo demasiado. ¿Qué es eso de integrar nuestra sociedad vasca? Una sociedad que ya somos como otra cualquiera de nuestro entorno, con instituciones funcionando normalmente, con una ciudadanía que pagando sus impuestos goza de prestaciones al nivel de nuestros vecinos, incluso con ventaja en algunos aspectos..., ¿integrarla más? ¿integrarla en qué, o como qué?

¡Vamos, suéltelo de una vez: integrada en Pueblo Vasco!

¿A que sí? Sigamos leyendo. ¿A que salen a relucir nuestras señas de identidad? ¿A que se trata de normalizarnos a macha martillo?

¡Rediez, pues es verdad! Empezando por lo primero, el vascuence. Esa sociedad más integrada «requiere que... trabajemos para que la lengua vasca, como patrimonio de todos, sea utilizada con normalidad».

Siempre el mismo lenguaje perverso. Normalidad. En cuanto hablemos todos euskera con normalidad esta sociedad estará más integrada. Patrimonio de todos, ergo vascuence para todos. 

–Pero, oiga, ¿y si esa sociedad no está por la labor?

–Prejuicios. La gente no sabe lo que le conviene, lo bueno que es poder decir las mismas cosas en más de una lengua; en vascuence, en inglés, en turco..., incluso en francés o castellano:


«Para ello es imprescindible que el Gobierno continúe con la labor destinada a superar los prejuicios que rodean al vascuence, que explique la riqueza que encierran el bilingüismo y el plurilingüismo».


Plurilingüismo. Aún no asamos, y ya pringamos. Estamos hablando de la euskaldunización obligatoria de los escolares, y de pronto se cruza un tema que nada tiene que ver: el dominio de lenguas extranjeras. ¿A qué viene eso ahora?

Será prejuicio mío, pero siempre me suena a música celestial ese empeño en vender a los no euskaldunes el vascuence desde arriba –vamos, imponerlo– con el gancho del trilingüismo o la panglosia. «¡Hala! Si sois buenos y os zampáis todo el euskera sin dejar nada en los bordes del plato, de postre tendréis inglés».
–¿Y por qué no invertir el orden? Primero inglés, luego euskera.–Eso sí que no. La sociedad ya se ha pronunciado por una política activa de euskaldunización, y al Gobierno toca llevarla a efecto. Pero sobre todo, el euskera es lengua cooficial aquí, y el Gobierno tiene el deber de hacer que la ley se cumpla, por las buenas o por narices.–¡Acabáramos! La gente, a pesar de tanto consenso, no acaba de ver la utilidad del euskera, y lo que realmente pide (con o sin castellano) es inglés. Es así como se le toma el pelo con la zanahoria inglesa mientras se le sacude con la maquila vasca. Tomadura de pelo, porque atiborradas de vascuence, las criaturas llegan al postre sin apetito.
–El cerebro del niño es de una plasticidad maravillosa. Es como una esponja aprendiendo, sobre todo idiomas. En la escuela se cumple el dicho: el saber no ocupa lugar.–¡Ya, ya! Buenos son los chavales para dejar que les cuelen de matute deberes 'recreativos'. No hay como forzarles, y lo que se cumple es otra cosa: la letra con sangre entra. Pues qué, ¿tanto inglés escolar se domina en las áreas euskaldunes, donde el vascuence se mama?
El ex rector en su artículo alaba y recomienda al Ejecutivo cierto informe 'Euskara XXI'. Si se trata de este producto, lo siento. Estamos siempre en la misma cuadratura de círculo, apelando a no sé que «consenso unánime», del que ya se denunció en su día la ausencia de más de media sociedad vasca –el 70% que son los no euskaldunes (J. Mª Ruiz Soroa, 'Curioso consenso').

El ser científico no siempre vacuna contra el sofisma. Tocando el punto de la demanda de modelos lingüísticos, el ex rector ironiza:


«Hay quien sostiene que la progresión del modelo D obedece a la presión ejercida por el nacionalismo desde las instituciones que gobierna o ha gobernado y que, una vez desalojado del Gobierno vasco, las cosas cambiarán.»


Si se quiere evitar toda apariencia de cinismo, una comprobación científica de la verdadera demanda de modelos D y A requeriría, no tanto haber cambiado el Gobierno, como suprimir la exigencia absurda del vascuence para ocupar puestos donde no hace ninguna falta.

Los caballeros están en su derecho de amonestar a la consejera Celaá sobre lo que debe hacer, según ellos, en política lingüística. Con la misma parresia yo le pido a doña Isabel que no les haga caso. Aun creyendo que lo mejor para todos sería dejar la lengua en paz, admito la política lingüística como un mal necesario, pero lo de 'mal' no se lo quita nadie.

Esto de la lengua propia se ha vuelto una calamidad que no compensa la supuesta riqueza del bilingüismo. El vascuence puede ser, o no, seña de identidad, allá cada uno. Lo que no debe ser –y lo está siendo en gran medida– es un estorbo para la convivencia, que por definición debe basarse en acuerdos de mínimos.


domingo, 22 de noviembre de 2009

Trilingües para la convivencia (1)


A veces me gusta vaguear dando suelta a la fantasía, sobre cómo serán las cosas por aquí dentro de diez, de veinte, de cincuenta años. Y aunque lo que entonces sea o deje de ser, a mí ya poco puede importarme, este soñador se distrae con un ejercicio inocente.

Los cuadros que se me pintan solos son de lo más diverso. En ocasiones, la gente de mis ensueños habla, pero duro de oído que es uno, apenas distingo en qué idioma lo hacen. En inglés, posiblemente. Es broma.

1. Una situación que se me ocurre bastante es que, en ese intervalo, la nueva generación ha perdido todo interés por nuestra mitología de hoy, y mientras la clase política emergente se rehace su propio iconostasio, el país se ha vuelto alérgico a toda esa tensión frentista que antaño se azuzó entre el aberzalismo y el estatalismo. Mentar esos temas, ni siquiera en campaña electoral, ya se considera de mal gusto y es políticamente incorrecto.

2. Otras veces me da por darle cancha al soberanismo, aunque en distintos 'escenarios' –voz esta que pido prestada (sin interés) a los estilistas de nuestra actual izquierda patriótica vasca–. Es muy raro que se me represente el mapa de Euskal Herría cabal. Y lo más inqietante, en alguna ocasión ni siquiera se trata de Euskadi, sino de Territorios Históricos que van cada uno por su lado.

¿Estado de autonomías? Sólo cuando la imaginación no da para más y reproduce el cuadro de siempre, con geometría fractal. Goyerri autónomo, Cuencas del Deva y del Urola a partir un piñón, Duranguesado a su fuero, villas y ciudades libres, incluida Bilbao (sin la República de Begoña, quede claro), noble valle de Ayala aforado y con derecho a decidir su futuro... Orgía de libertad. El Gobierno, siempre en Ajuria Enea y en sus covachuelas de Lacua, malviviendo a base de puches y un puñado de competencias no transferidas.

3. Pero a veces mi genio oniropompo se suelta el pelo, y la nueva Euzkadi del futuro se me parece pero que mucho a una dictadura monolítica de izquierda aberzale, rigurosamente tercer mundista e insular, con los disidentes mudos o diasporizados por el entorno limítrofe, Cantabria, Burgos, La Rioja...

4. Sólo por excepción imagino haberse llegado a cualquiera de esos escenarios ideales pasando por algún entremés de lucha o guerra civil. Más por falta de quórum que de ganas, la verdad sea dicha, y siempre por aquello de que sean otros los que saquen del fuego las castañas. Excepcional es también que se me represente la ciudadanía toda oronda y satisfecha.

Ya digo, no siempre sueño con la violencia física superada, pues mi país imaginario sigue a veces atenazado por el terror, con pistoleros no todos ni siempre del mismo bando ni de la misma banda. Si de pronto suena algún disparo me estremezco, y entonces me doy una palmada en la mejilla y me digo: «Despierta, es sólo un mal sueño».

¿Y la lengua? Para entonces prácticamente todo el mundo es bilingüe, y por tanto la famosa cuestión lingüística debería estar superada. De hecho, en mis sueños se insiste menos en lo de la 'lengua débil'. Sin embargo, algo no acaba de funcionar (siempre en mis fabulaciones, repito), pues todavía en ese futuro indefinido se sigue hablando de 'normalización lingüística', y el Kontseilua de turno arbitra medidas para imponer a todo el mundo su dichoso «vivir en euskera a 100 %», como ellos dicen. Peor aún, despues de tantos años de independencia, sigue a caño libre el dinero destinado a mimar y privilegiar la más privilegiada y mimada de las lenguas del orbe.

4. Con todo, el cuadro que con más frecuencia me sobresalta como una pesadilla es, al cabo de todos esos lustros condensados por mi maquinita del tiempo, encontrarme en la misma situación actual de impasse, en el mismo conflicto de dos comunidades divididas de forma artificial por la clase política con su monserga identitaria. Imagínese lo que tiene que ser, en la celebración de un improbable cumpleaños centenario, mientras asmático perdido tratas de soplar el bosque de velitas, escuchar por el telebé felicitaciones como éstas:

«Una sociedad vasca más integrada requiere que superemos el desequilibrio entre nuestros idiomas oficiales y trabajemos para que la lengua vasca, como patrimonio de todos, sea utilizada con normalidad». (JIPI)

«El euskera no es el único elemento de nuestra identidad, pero sí la pieza angular», de modo que «el bilingüismo es esencial para la convivencia». (MOLA)

–No puede ser. ¿Hemos oído bien?

–¡Y tan bien! Dicho de otro modo:

«El conocimiento del euskera es im-pres-cin-di-ble para la convivencia plena». (KOTE)

Esta última campanada suele marcar el final de mi siesta de la razón y la disipación automática de mis fantasmas oníricos. «¡Pero si hace lo menos quince años que me morí, y todavía estamos en esas!...»

Porque «en esas estamos». Dentro de x años, no sé; pero hoy, vaya que sí. Esas mantras absurdas que me parecía oír dormido son exactamente las mismas que escucho y leo bien despierto. Y lo que es más, quienes las firman no parecen darse cuenta de su contradicción.

¿Que si es posible que alguien diga cosas así? Son voces de instancia y apremio a la consejera de Educación, Isabel Celaá, recordándole cómo debe gestionar esa cosa, la más sagrada entre nosotros: el euskera. Pero se hace tarde. La próxima vez lo comentamos.

lunes, 16 de noviembre de 2009

De moros y cristianos



Ayer mi buen amigo Santiago González en su blog hacía pie en un comentario de Manuel Rivas, ironizando sobre el Los herejes y su sambenito, como seña de identidad católica española. La entrada de don Santiago, el 'Patrón', en su bitácora abría un debate nutrido, partiendo del velo islámico, en torno a la libertad de expresión indumentaria, de motivación religiosa. Pongo los enlaces recomendando una lectura que no defraudará, chispeante, sugerente y entretenida.
Por otra parte, las muelas de González y de Rivas son la bastante cordales como para hacer caso del refrán, y no entremeter mis pulgares a palpar qué se mascan esos dos caballeros entre ellos. Así que voy derecho al argumento.
El 29 de octubre en la Audiencia Nacional se celebraba una vista por terrorismo. En el estrado se encontraba una letrada de origen marroquí, nacionalidad española y religión musulmana, tocada con el velo islámico. Ante esto último, el juez le ordenó abandonar la sala, y apelando ella al reglamento sobre indumentaria, la respuesta del magistrado fue, que aquélla era su sala y aquél su criterio. El 11 de noviembre la letrada presentaba una queja al organismo correspondiente contra el juez, por «abuso de autoridad y discriminación».Mientras aguardo con curiosidad el desenlace, me pregunto en qué proporciones estamos hablando de religión, de cultura o de etiqueta. Una cosa es obvia: que doña Zoubida Barik Edidi –la letrada expulsada por el juez don Javier Gómez Bermúdez– lleva velo por su condición de mujer, pero no exactamente por la misma razón que usará ciertas prendas interiores, algo más relacionado con la anatomía y fisiología. El Islam sigue siendo correoso para la Alianza de Civilizaciones.
En 2004 Shirin Ebadi, iraní musulmana, galardonada con el premio Nobel de la paz, se presentaba a recibirlo sin el velo, por lo que recibió amenazas. Nada nuevo. Esta señora en 1969 era la primera mujer juez en su país, pero 10 años después la Revolución Islámica la destituyó del cargo, sin permitirle siquiera ejercer la abogacía hasta 1992. Y no me sé decir si en Irán las abogadas se personan en el estrado para defender a sus clientes de uno y otro sexo. Donde no pueden hacerlo es en Arabia Saudita, ni siquiera en causas de mujeres. Últimamente se habla de cierta apertura a las letradas del país para permitirles llevar y defender por sí casos, sólo de mujeres y en determinadas salas.
En cuanto a la judicatura civil, en árabe cadí (قاض) como nombre de oficio carece de femenino. La única 'Jueza' arábiga (qâdiyah, قاضيه), es la Parca. Sí, la Muerte. Estamos hablando del lenguaje, no de las personas, sean musulmanes, judíos o cristianos.
Tampoco hace tantos siglos que aquí doña Concepción Arenal (1820-1893) se hacía la intrusa en la Facultad de Derecho, disfrazada de varón a favor de su aspecto físico un tanto hombruno. Y lo que tuvo que oír la damisela.

«Hay que remontarse al siglo X para encontrar una Iglesia Católica comparable al Islam de hoy», escribe Santiago González. Y más se podría conceder, sin ir tan lejos. Cada religión tiene su idiosincrasia, que no deja apurar las comparaciones, así se trate del velo de las monjas, o de las cruzadas, o del papado, que algún autor musulmán (¿Aben Jaldún quizá? no recuerdo ahora) comparaba con el califato.
Además, cada religión se realiza históricamente en una secta o iglesia, con sus compromisos culturales. Del Islam se conoce bastante su origen y desarrollo, como para darle mucha beligerancia. Su clero se ha encallecido en la postura acrítica, y el problema para nosotros es hasta qué punto su cuña de intolerancia, al amparo de nuestra tolerancia, se mete en nuestras vidas. Un principio de reciprocidad sería elemental, pero no parece que los musulmanes estén por ello.

 
«Nadie obliga a una monja a ponerse el hábito. Nadie la reprime por no hacerlo.» Muy bien dicho, en presente de indicativo. Pero aquí podríamos decir lo que Cristo del divorcio: ab initio non fuit sic. He pasado muchas horas en el archivo de un ilustre monasterio femenino, estudiando ingresos de monjas desde primera mitad del siglo XIV, y no le demos vueltas, hasta tiempos muy modernos, el convento de clausura ha sido uno de los destinos impuestos a la mujer, un aliviadero donde aparcar entre rejas a hijas no casaderas, y sólo en último término un camino de perfección emprendido por vocación religiosa.
Con eso no estoy sugiriendo que el matrimonio de antes fuese una opción más libre que el claustro para la mujer. Ni siquiera para el varón. Eran acuerdos entre familias. Era la sociedad, y punto. ¡Ah!, y que nadie piense que mi investigación es hostil al estado religioso. De hecho, el libro ya a punto va dedicado a dos madres abadesas, y el manuscrito ha sido leído en su totalidad y comentado por una de ellas.

 
«Los obispos pueden excomulgar, apartar de la Iglesia a aquellos de sus fieles que no siguen sus reglas, pero no pueden encarcelarlos», sigue diciendo SG. «hacerlos encarcelar», sería más exacto, pues para esas cosas la Iglesia solía valerse del brazo seglar. Y de eso no hace tanto. En España en los años 50 un clérigo podía secularizarse. Era muy difícil, complicado, humillante. Pero sobre todo, el resultado final era un sarcasmo. Tengo ante mí una fórmula de aquella época, donde figura literalmente esta advertencia: «Sepa el interesado que la reducción al estado laical nunca se concede sino con la cláusula añadida: 'quedando firme la ley de sagrado celibato y sin esperanza de retorno al estado clerical'». Frente a esa inhumanidad gratuita, en países laicos cabía el matrimonio civil. En el régimen nacional-católico, imposible. Es más, todavía a fines de los 60, se imponía al ex clérigo el secreto de su situación jurídica, allí donde fuese conocido, y cuando empezó a autorizarse aquí el matrimonio (religioso, ¿qué otro?), había de ser en privado, sin testigos ni pompa, inscribiendo el acto en un registro especial secreto del ministerio de Justicia.
Como todo el mundo sabe, «la Verdad y el error no pueden gozar de los mismo derechos». Esta máxima cristiana desde los Padres de la Iglesia hasta el Syllabus (Pío IX, 1864) –y que podrían suscribir los ulemas en bloque– ha sido pilar y puntal de una ciencia algo trasnochada, la Apologética. ¡Apologética: la Religión a la defensiva! Con semejante principio, todo se justificaba: persecuciones, conversiones forzadas, cruzadas, inquisición… Curiosamente, como hoy en el Islam, el clero dictaba la norma, pero el pueblo secundaba, a lo que parece, con entusiasmo. ¿O se nos ha olvidado el juicio famoso de Llorente en su Memoria histórica sobre el Santo Oficio, y lo que de ese Gran Coco pensaron los españoles?: «La nación española amó, tanto como temió la Inquisición contra los herejes».
Si la Iglesia católica ya no coacciona ni persigue a nadie, alegrémonos, por ella y por nos, aunque tal vez el mayor mérito suyo en ese cambio haya sido hacer de la necesidad virtud.
Esto es lo que me cumple puntualizar, con irenismo militante, si vale la paradoja. Después de todo, este blog debe su origen a la Argos de Santiago y sus remeros, así que no me siento del todo impertinente trayendo cosas de allí que me interesan.

Bastante escéptico, por lo demás, y hasta pesimista, sobre las perspectivas de entente con un Islam tan agresivo y una sociedad nuestra tan palurda.

viernes, 13 de noviembre de 2009

De la fragua al aquelarre





Una de las aportaciones genuinamente vascas a la cultura universal es el aquelarre. La Real Academia Española en su Diccionario lo define así:

«(Del vasco aquelarre, prado del macho cabrío). 1. m. Junta o reunión nocturna de brujos y brujas, con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para la práctica de las artes de esta superstición.»

No sé si todo el mundo estará de acuerdo con eso. Por de pronto, los euscalzales o académicos vascongados con toda razón reprenderán a sus colegas de lengua española la falta de ortografía, debiendo escribir en la etimología vasca akelarre, como manda Jaungoikoa, o al menos Euskaltzaindia.

Algún quisquilloso podría también meterse con lo de «macho cabrío», pues el supuesto o real presidente de aquellas juntas no era un macho cualquiera de la especie –un cabrito, ni siquiera cabro–, sino lo que se dice de cabrón para arriba, un cabronazo.

Excuso detalles, pero no sin protestar que esos melindres son impropios de la grave ciencia lexicográfica. Con hipocresías y medias palabras, los académicos seguirían hoy en la pueril inocencia de sus antepasados, que por lo visto no supieron lo que era masturbación hasta que la Bazán, Clarín y toda su generación, buscando en el diccionario a escondidas, la echaron en falta, subsanada en 1884 de forma chapucera. Y encima, los muy ruines académicos les negaron el laurel, tanto a la Condesa –so pretexto de «no disponer de sillón a medida de sus posaderas», como a don Leopoldo por su mala letra. Pero en fin...

Cumplido ese trámite, entramos en el aquelarre propiamente dicho. Y aquí es facilísimo demostrar que los académicos, o el becario que les haya trabajado la ficha en cuestión, hablan de lo que no han visto. Sólo de oído se puede llamar al aquelarre superstición y práctica de artes demoníacas. Esto último podría pasar, pero lo otro no.

En propiedad, Aquelarre es topónimo: un lugar junto a un arroyo y una cueva en término de Zugarramurdi (Navarra), que tuvo mala fama por un proceso de brujería y auto de fe (Logroño, 1610). La primera vez que caímos por allí mi mujer y yo, hace cuarenta años, apenas nos atrevíamos a preguntar en el pueblo, por si nos corrían a pedradas. Nos pasó como con nuestro primer campo de concentración nazi, Mauthausen (Austria), que daba apuro preguntar, y luego resultó que estaba señalado y hasta con taquilla. Zugarramurdi no tenía entonces señalizado el Aquelarre. Hoy en cambio es toda una atracción turística, con su festejo evocador ya tradicional, por no decir inmemorial y milenario.

Alguno habrá que salga con que esa fiesta del chivo, tan nuestra de siempre, no se celebraba entonces por la represión franquista. Hay gente para todo. Y como hay gente para todo, mientras unos se quedan con el aquelarre festivo, otros lo viven de manera trágica, y no como superstición, sino como religión y culto nacional y patriótico.

El hecho es que, desde la transición democrática, esta forma de neo-aquelarre se propagó por el País. Primero, de forma solapada y (como en los tiempos antiguos) con nocturnidad y secreto. Luego con descaro a la luz del día.

Los resultados a la vista están. El más reciente, la encuesta de la Diputación de Guipúzcoa, revelando que en esa provincia un 16 % de jóvenes entre 15 y 19 años no acepta que ETA sea «una banda terrorista que provoca víctimas y deba ser destruida». De esa misma juventud, el 10 % legitima la violencia en ciertas circunstancias (las que se darían aquí precisamente), y al pedírseles un juicio de valor sobre la misma, la equiparan de hecho a lo que perversamente se llama «violencia estructural» (la que practica el Estado, y todo eso). Esos chicos ya no son escolares, pero algo habrá tenido que ver la escuela, más exactamente la ikastola, siendo la encuesta en Guipúzcoa. El otro día tocó hablar de la ikastola-fragua. Hoy toca lamentar la ikastola-aquelarre.

Pero no generalicemos. Es sólo un 10-16 %. Ni siquiera uno de cada cinco zagales. No vayamos a hacer como en el siglo de Zugarramurdi y la caza de brujas, cuando todos sospechaban de todos. Cuando hasta en el hogar, al bendecir la mesa, unos a otros se miraban con desconfianza. O cuando marido y mujer en la cama, si al tocarse sentían frío, temían tener al lado un íncubo o una súcuba.

Pero haberlos, hay los. Otro indicio de ello es la sentencia reciente de Estrasburgo, y la reacción airada del nacionalismo no violento. ¿A ustedes qué les va en esto, señores? Cabría entenderlo en un grupo como Aralar, que hasta hace demasiado poco no se desmarcó de la violencia terrorista.

Y hablando de Aralar. Lo propio de unos neófitos de la democracia no violenta (valga la redundancia) sería permanecer callados –como los antiguos penitentes en el último rincón del templo–, y no levantar la voz a cada paso, siempre como abogados de sus antiguos colegas en el error, y ahora despotricando contra el alto Tribunal argentoratense. Así estos beneficiarios comiciales, o herederos del electorado batasuno, descubren sin querer que algo de verdad habrá sobre los famosos aquelarres.

Una vez más, no generalicemos. Pero ni lo uno, ni tampoco lo otro. Ni hacernos los bobos ignorando una realidad ingrata, ni desesperar del remedio. Como muchos, yo también me niego a admitir que siempre hayamos sido así, comprensivos con el terror, siempre a cuestas con pancartas de gudaris y de mártires armados. Me niego, y con pruebas. La experiencia, la primera. Pero como ésta es subjetiva y puede ser ilusoria, ahí está toda una literatura de testimonios ajenos. Uno solo, y concluyo.

Últimamente he tenido que consultar la hemeroteca antañona buscando ciertos datos de aquella época tan conflictiva como fue la que trajo la guerra civil. Pues bien, por casualidad y al margen de mi búsqueda, hallo esta perla en un periódico catalán. Hablando de un inminente partido de fútbol del Barcelona frente al Athletic observaba que «el equipo bilbaíno practica un fútbol clásico y emotivo (aquí subrayo), verdadera escuela vasca, exento de violencia» (La Vanguardia, 10 de enero de 1935).

El aquelarre no era todavía fiesta nacional. Pero la ikastola, ésa sí que empezaba a ser fragua de adoctrinamiento patriótico. En la última entrada hice mención de aquellas Escuelas Vascas, como en la penúltima me referí al adoctrinamiento tendencioso en algunos textos escolares de hoy.

¿Alguna diferencia, de entonces acá? Pues sí y no. Por una parte, parece que la distorsión ya se advertía, antaño como hogaño. En otro número del mismo periódico (10 de noviembre 1934) figura esta gacetilla fechada la víspera:

«Bilbao, 9. El Gobernador Civil… Dijo también que se le había pedido la apertura de las escuelas vascas, pero que había examinado algunos textos de Historia y Geografía de los utilizados en aquellas, y como quiera que en ellos, y por una tergiversación intencionada, se aconseja la desintegración de la patria, ha dado cuenta de ello al ministro de Instrucción pública, y que por su parte él no está dispuesto a la reapertura de dichas escuelas.»

Bien. ¿Y cuál es, entonces, la diferencia? Recordemos que el I Estatuto de Euzkadi todavía no era realidad y no había base legal para el soberanismo o separatismo. Sin embargo, al velar por el orden constitucional maltratado en aquellos textos y aquellas escuelas, el celoso gobernador no halló que justificasen la vía violenta. Ojalá, de todos los textos actuales pudiese decirse lo mismo, tan comprensivos algunos con el terrorismo como respuesta a un conflicto de violencia institucional.

Lo dejamos, pues, así: medio siglo, desde la fragua al aquelarre. Sin generalizar, por supuesto.